miércoles, 15 de mayo de 2013

EL CUERPO ES SUEÑO


Entre los numerosos análisis que se están haciendo en estas fechas a colación del IV centenario de la primera edición de El Quijote (a vueltas de nuevo con el inmortal cervantino) hay algunos que destacan las similitudes del hombre de aquella época con el de la actual: el mundo está en constante cambio, vivimos en un mundo donde las guerras parecen no tener fin, las fronteras nacionales son efímeras, los modelos políticos entran en crisis con facilidad, los conflictos religiosos están a la orden del día, etc. La crisis finisecular y el rápido desarrollo de la tecnología (sobre todo en lo que a lo virtual se refiere) han provocado que el habitante occidental adquiera una mentalidad proclive al pesimismo y a la duda permanente. Si en el s. XVII surgieron obras en las que se destacaba lo efímero de la vida (el carpe diem), la imposibilidad de poder controlar nuestra vida y nuestro futuro (la eterna contradicción entre destino y libre albedrío) o la negación de frontera entre sueño y realidad, como las desarrolladas por Calderón de la Barca (La vida es sueño) o René Descartes (Meditaciones, El Discurso del Método), a finales del siglo pasado surge Matrix (The Matrix, 1999), una obra cinematográfica que reúne este pensamiento y lo integra en una narración futurista imposible, pero con un trasfondo reconocible y universal, convirtiéndose en un discurso político paradigmático: una apología del yo consciente y combativo que lucha contra una opresión camuflada, virtual.


En el número 121 de esta misma publicación (noviembre de 2004, dedicado a Travestis), hacíamos referencia a una cita de Eugenio d’Ors: “Todo lo que no es copia, es plagio”. En Matrix hay narraciones ya conocidas y elementos míticos retomados de otros discursos. Todo ello se mezcla y se integra, formando un relato nuevo pero con reminiscencias de aquello que forma parte del patrimonio subconsciente colectivo. El más obvio y evidente (por la gran cantidad de referencias explícitas) es aquel que aborda el mito de Alicia, el personaje creado por Lewis Carroll. El filme comienza exactamente igual que el famoso cuento: nos adentramos por el agujero que forma el número cero en la pantalla de un ordenador, introduciéndonos por tanto de forma irreversible en un mundo virtual, en el que ese espíritu barroco teatral de confusión entre sueño y realidad impregna a partir de ahora todas y cada una de la imágenes (teñidas del tono verdoso de la pantalla del ordenador aquellas que retratan el supuesto “mundo real” en el que habita John Anderson -Keanu Reeves-). Desde el primer momento el relato adquiere pues connotaciones oníricas, ya que a este elemento antes mencionado hay que añadir que la interconexión de túneles (conexiones telefónicas que forman esa “red de redes” que es Internet) que mezclan lo real y lo fantástico nos llevan al final hasta Neo (nick o sobrenombre virtual de Anderson) que “duerme” delante de la pantalla de su ordenador (como Alicia descubría al final del cuento que antes de caer por el túnel ya estaba dormida). Aparece después el conejo blanco: irresistible reclamo sexual, en términos psicoanalíticos, que le despierta un interés ajeno al vacío onanismo del teclado de su ordenador, primera de las referencias a lo tangible de la sexualidad como elemento inherente de lo humano.


Los contactos que empieza a tener con la clandestinidad le empiezan a reportar problemas: unos agentes clónicos (impersonalidad de las herramientas de represión del poder, con la referencia añadida a la Gestapo) le atrapan e interrogan, haciendo gala del acopio de información que sobre él poseen (certeza de la existencia del “Gran Hermano”, simbolizado por la multiplicación de pantallas de TV por las que asistimos al interrogatorio). En un momento determinado, Anderson se ve privado de su boca: el cuerpo comienza a ser mutilado, cercenado, castrado, eliminando parte de su definición de humanidad (el habla como comunicación compleja consciente es única al ser humano) y ejerciendo así la censura como instrumento político a través de esa mordaza tangible, haciendo real la amenaza de la violación de los derechos fundamentales en un mundo controlado.

De los brillantes y asépticos centros financieros en los que Anderson trabaja y en los que se decide parte de la economía mundial pasamos a la otra cara de la realidad, aquellos edificios oscuros, viejos, mugrientos, de gran fisicidad, donde se oculta y actúa esa especie de “guerrilla” combativa y, cada vez, más misteriosa para un John Anderson deseoso de saber más. A partir de su encuentro con Morfeo (Lawrence Fishburne) es cuando el relato se vuelve plenamente cartesiano, cuando la duda que se plantea hace que desaparezca definitivamente John Anderson para que no nos vuelva a abandonar Neo, quien poco a poco comienza a comprender el gran engaño en el que ha estado viviendo, cómo sus sentidos le han estado mintiendo, deformándose la mirada hasta que la trampa parecía ser la única verdad. Por eso los personajes que vienen del mundo real llevan gafas de sol en Matrix, para que su mirada no se contamine, no se pierda en el vacío del absurdo, en esa “prisión de la muerte” donde la percepción está secuestrada por las sensaciones. Ese Neo que dice  “No me gusta creer que no soy yo el que realmente controla mi vida” (referencia a la famosa máxima de Descartes “Cogito ergo sum[1]) es quien tendrá que decidir sobre su futuro, sobre quién quiere ser: el de la pastilla azul (“el que tiene futuro” que diría el agente Smith –Hugo Weaving-) o el de la roja (“el del país de las maravillas” que diría Morfeo). Las dos imágenes parecen el reflejo en un espejo, simétricamente iguales. El reflejo en cada cristal de las gafas de Morfeo hacen que parezca el mismo, pero cada uno de ellos es radicalmente distinto al otro.

 
A partir de aquí, el cuerpo adquiere se verdadera importancia en el relato. Neo se enfrenta a un espejo que desfigura su rostro: su yo más identificable y personal, aquello que le hace ser único, entra en crisis. La película está plagada de superficies reflectantes deformantes: los grandes edificios donde John trabaja, el retrovisor de la moto de Trinity (Carrie-Anne Moss), las gafas de Morfeo… Ahora aparece ante nosotros Alicia a través del espejo: los espejos reflejan el mundo que vemos, pero proyectan ante nosotros un espacio virtual, que sólo es real en cuanto que se asume su inexistencia. Neo toca su superficie y su cuerpo empieza a ser fagocitado por esta nueva dimensión, transportándole al otro lado, el real (ya que, a diferencia de Alicia, Neo ha estado viviendo en el lado equivocado y tiene que hacer el trayecto inverso, hacia la realidad). El viaje de Neo es doloroso, ya que la percepción de lo existente será tan fuerte que su toma de conciencia sólo puede suponer un sufrimiento proporcional a la complacencia con la que ha estado viviendo en la mentira [2]. El encuentro con lo real (corpóreo) es chocante, una experiencia próxima a la muerte. Nace un nuevo hombre, libre de las ataduras de la tecnología que han impedido su desarrollo personal como un ser autónomo, como un individuo.

Neo tiene que empezar a convivir con su verdadero yo, físico y tangible. Morfeo le explica que el aspecto es una auto-imagen residual, una proyección mental del yo-digital, que los recuerdos no son más que implantes en el cerebro [3]. La percepción no deja de ser un efecto producido por las señales eléctricas que recibe nuestro cerebro a través de los sentidos, por lo que no es de fiar, ya que éstos pueden estar siendo engañados (una nueva referencia a Descartes: el mito del “genio maligno”). La realidad aparece ahora desnuda, es el “desierto de lo real”, en contraposición al oasis de la abundancia de lo no real, mero espejismo (se relacionan los términos “desierto” y “espejismo”; el espejismo es un engaño, una imagen que no existe). En ese espejismo virtual viven los virtuales, rodeados de dura y cruel realidad. Sin embargo, la otra realidad, la virtual, puede ser utilizada si cada uno es consciente de estar habitándola. Así, toma su verdadero sentido la máxima mens supra materia [4]: dejando al margen sus cuerpos, acceden a la virtualidad con la mente. Allí todo es posible, ya que la única limitación es aquella que cada uno se imponga [5]. Sin embargo, el cuerpo no deja de existir, y por ello todo lo que le suceda al cerebro repercute en el cuerpo, que sufre, sangra y muere, ya que su limitación es lo real (“el cuerpo no puede vivir sin la mente”, le dice Morfeo).


El ser humano adquiere su verdadera dimensión a través de la sublimación de las pasiones: beber, fumar, degustar la comida, el sexo… estos actos, más allá de cumplir su función vital, de colmar las necesidades del cuerpo, nos humanizan, ya que los sofisticamos hasta que pierden su valor trascendente para perpetuar la existencia física y se convierten en determinantes culturales que nos enriquecen proporcionándonos placer, ya que nos hacen libres de cualquier atadura, ligazón con la mera necesidad corpórea (en un momento determinado se dice que “negar nuestros impulsos es negar lo que nos hace humanos”). Así, los tripulantes de la Nabucodonosor, más allá de la miseria física a la que están sujetos, satisfacen algunas de sus pasiones (Cifra bebe, Ratón recrea sus fantasías sexuales en sus programas informáticos, etc.). Sin embargo, estas pulsiones nos pueden llegar a esclavizar si sucumbimos a ellas: Cifra se convierte en traidor, vende a sus amigos por el engaño absoluto, por vivir perpetuamente en la trampa, sin querer conocimiento que le remita a sí mismo. “La ignorancia es la felicidad… No quiero acordarme de nada. Ser alguien importante… un actor”. En el mundo real es Cifra (Cypher, nombre que le aboca a la traición: Lu-cypher), pero en Matrix se llama… ¡Reagan! [6]

Morfeo lleva a Neo a que conozca al Oráculo. Allí deberá conocer su condición de “elegido”, pero la mujer que tiene que señalarle su futuro le manda señales indirectas: sobre el marco de la puerta se lee el aforismo latino Cemet nosce [7], frase de la que sólo Neo podrá sacar sus propias conclusiones: llegar a su destino por sí mismo, ya que nuestro comportamiento a veces descansa sobre lo que se espera de nosotros, empujándonos a ser alguien que en realidad no somos. Ser el elegido puede llegar a ser una carga muy difícil de soportar si todos esperan que nuestra conducta se corresponda con ello. Sin embargo sí que le hace saber que llegará el momento que tenga que decidir entre su propia vida y la de Morfeo, una insuperable prueba de fidelidad. Con esta información que guarda sólo para sí se enfrenta a la resolución del conflicto.


Neo salva efectivamente a Morfeo. Esta señal le hace reflexionar sobre su condición, su misión vital. Ciertamente, se empieza a conocer a sí mismo. En su lucha contra el agente Smith en la estación de metro aparece la “fe” (concepto alejado de toda connotación religiosa), que le condiciona la mente y el cuerpo. Creer es no correr, no escapar, no rendirse, no evadirse de la realidad con virtualidades, sino enfrentarse a aquello que niega la humanidad. La fe de Trinity hace resucitar a Neo con un beso (como en el cuento de “La bella durmiente”, aquí con una clara inversión de los roles sexuales: Neo ha vivido durante demasiado tiempo “castrado” socialmente, inactivo sexualmente, y ella le tiene que iniciar). El amor como sublimación humana. La mirada de Neo tras la muerte trasciende lo corpóreo, lo físico: se vuelve metafísica. En su cabeza resuenan las palabras que oyó a la niña en casa del oráculo: “la única verdad es que la cuchara no existe. No es la cuchara la que se dobla, sino tú mismo”. Se produce una evolución dentro de Matrix: el hombre domina el medio y el medio deja de dominar al hombre. Aparece el “elegido”, el “mesías” laico, el “cristo” del mundo virtual. Todos lo sabían… menos él. Por eso tiene un valor adicional, ya que ha llegado a ese estado porque de ninguna otra manera podía ser. El camino lo ha recorrido contra sí mismo, contra sus sentimientos y sus contradicciones, superando todas las fronteras que frenaron a aquellos otros que antes que él lo intentaron. Sólo lo han visto aquellos que supieron esperar, que vivieron en la esperanza de que otro mundo es posible [8].

(artículo aparecido en el nº. 126 de Versión Original —abril de 2005— dedicado a "El cuerpo")
 

[1] “Pienso, luego existo”.

[2] Esto se basa en la teoría del filósofo chino Lao-Tse sobre la convivencia del ser y el no-ser: una casa está formada por ser (paredes y techo, aquello que la hace definible e identificable) y no-ser (el espacio que contiene). Cuanto mayor sea el no-ser (este espacio interior), mayor será el ser (la casa en sí misma). Esta teoría tiene su máxima representación en el símbolo del ying-yang.

[3] Algo que nos remite irremediablemente a la obra de Philip K. Dick.

[4] “La mente domina la materia”

[5] Un concepto fundamentalmente oriental, llevado al extremo entre los practicantes del yoga o los guerreros shaolin, por ejemplo.

[6] Un toque de ironía de los hermanos Wachowski llamar al malo del grupo como uno de los más nefastos presidentes de los EE.UU. … que decía haber sido actor.

[7] “Conócete a ti mismo”.

[8] Aquí termina este análisis. Dejamos los comentarios de las siguientes partes (Matrix Reloaded y Matrix Revolutions) para los amantes de las consolas recreativas y los juegos para PC .

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