viernes, 27 de enero de 2017

BELLEZA FUGAZ



Existen ocasiones en las que, como decía un personaje de Jean-Luc Godard en Elogio del amor (Éloge de l'amour, 2001), hay que hablar «sobre» una película, y no «de» una película. Es decir, que los comentarios más jugosos que se puedan desprender de su lectura no tienen necesariamente por qué versar sobre sus méritos artísticos y/o técnicos, sino sobre aquellas valiosas lecciones que nos enseña en torno a nuestro pasado, nuestro presente y, quizás, también nuestro futuro. De cómo se inserta en nuestra sociedad y nuestra especie un determinado argumento y una determinada forma de hacer, y de cómo esta obra dialoga con otras, generando nuevos —y, a veces, inesperados— discursos que aplican una forma de interconexión entre pensamientos, unas veces cercanos, otras veces lejanos.

Resulta muy peculiar cómo una película como El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, Nate Parker, 2016) se inserta en la memoria colectiva del pueblo americano. Sus escasos méritos cinematográficos —más bien habría que decir «engañosos», pues la manipulación emocional que propone está a la altura de su más reciente equivalente argumental, 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013)— son compensados por el enorme caudal de discursos que de ella se derivan, pues las dos legislaturas de Barack Obama han generado, a su vez, múltiples lecturas sobre el problema racial de/en los Estados Unidos de América. El afán regenerador y compensatorio del 44º presidente norteamericano se ha visto empañado por las innumerables cortapisas que han salido a su encuentro: el control al que debe someterse la figura presidencial por parte de senadores y congresistas ha supuesto una adversidad insalvable en más de una ocasión, perdiéndose la oportunidad histórica de reconciliar distintos sectores sociales de su país. El final de su mandato se ha visto empañado por algunos de los conflictos raciales más duros en décadas, pues la Guardia Nacional no se había visto en las calles para atajar disturbios de este tipo desde 1992.


Sin embargo, existe otro factor que influye más en este fracaso, pues el problema no ha de leerse en clave racial, sino netamente socioeconómica. Hay que reconocer que la solidaridad de Obama con las clases más bajas ha sido tibia por insuficiente, pues el empeño de sus políticas se ha centrado en las clases medias urbanitas y bien instruídas. La Gran Recesión se ha cebado con los más desfavorecidos, y las medidas económicas aplicadas para paliar la desigualdad se han mostrado más bien escasas. Esa ha sido la pólvora que ha nutrido la explosión de los disturbios, siendo la mecha los numerosos casos de abuso policial.

Más allá de todo ello, la importancia de la llegada al poder de un afroamericano ha sido el empoderamiento de una raza históricamente maltratada, que ha expresado en estos últimos años una ingente variedad de productos audiovisuales de concienciación racial para poner las cosas en su sitio. Y el referente contra el que luchar, ese espejo en el que mirarse para no parecerse al reflejo ofrecido, parece haber sido la seminal El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, D.W. Griffith, 1915), aquel panfleto prefascista tan repleto de talento como de prejuicios. Así, esta nueva «versión» —que ofrece un relato alternativo y transversal, sacando a la luz una historia oculta por poco conocida— no es más que el colofón de una serie de materiales que ofrecen una imagen opuesta al discurso oficial e imperante de los wasp, originado desde las mismas raices fundacionales de los Estados Unidos. A las ya mencionadas películas se han unido otras que han mostrado progresos, logros y destellos que han podido allanar el camino del gran sueño formulado por el doctor Martin Luther King, materializado parcialemente en la administración Obama: el final de la sociedad esclavista en Lincoln (Steven Spielberg, 2012), las marchas por la integración en Selma (Ava DuVernay, 2014), los avatares del servicio doméstico desarrollado por afroamericanos en Criadas y señoras (The Help, Tate Taylor, 2011) y El mayordomo (The Butler, Lee Daniels, 2013), las actuales tensiones raciales que se manifiestan en la televisiva American Crime (John Ridley (cr.), 2015-en antena), etc. 


Pero quizás el aspecto que mejor ha desarrollado el audiovisual en estos últimos años haya sido el de poder asistir a un programa terapéutico, donde las imágenes han supuesto un bálsamo para curar las centenarias heridas de los indignados —sea cual sea su raza, pues somos millones aquellos que nos sentimos afines a las históricas reivindicaciones y denuncias de los expoliados, mucho más si su segregación se ha producido por algo tan insignificante como es la cantidad de pigmentación cutánea—. A este respecto, no deja de asombrar la capacidad sanadora de un filme como Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012), disponiendo a un héroe cuyo único superpoder es la acción a través de la rebeldía y la indignación, un hombre cuya liberación va más allá de despojarse de sus cadenas, encontrando en la venganza el vehículo ideal para compensar la acumulación de poder en manos de unos pocos. El retrato de estos opresores es demoledor, y la distancia que les separa de aquellos otros mostrados en la obra de Griffith se acorta a través de la caricatura: la ridiculez que emanan los jinetes del KKK, incapaces de fabricar ellos mismso unas capuchas que les permitan cabalgar cómodamente, está acorde con la aparatosa solemnidad y la grotesca nobleza de aquellos cruzados en blanco y negro, representantes de un honor tan obsoleto como irrisorio.


Sincronicidades de la vida, la mirada alternativa que ofrece esta nueva El nacimiento de una nación ha llegado a mi presente en el momento que leía la obra Treblinka, de Jean-François Steiner, donde se ofrece algún jemplo de rebelión por parte de los judíos, tratatando de desmentir así la generalizada idea de que la comunidad semítica no se resistió a su exterminio. La obra de Nate Parker tiene ese mismo sentido, rescatando para ello el fugaz levantamiento de Nat Turner, quien en la temprana fecha de 1831 mostró su indignación durante unas escasas 48 horas, en las que acompañado de otros cincuenta esclavos formalizó una cumplida venganza contra sus amos blancos. Este es el interés que ejercen los destellos, pues en su singulaidad radica su belleza.