domingo, 5 de febrero de 2017

ELOGIO DEL CINE-COLLAGE




Godard sin prólogos. Godard sin presentaciones. Godard en estado puro. Sólo él podía hacer, en estos tiempos que corren, una película dedicada al amor, un canto a ese sentimiento, con todas sus complejidades, en su total dimensión.

Los cineastas más veteranos (Rohmer, Vardá, Bergman, Oliveira…) parecen ser los más jóvenes. “A los ocho años pintaba como Goya. He necesitado toda la vida para pintar como un niño” (Picasso). Es la experiencia, el bagaje, aquello que atesoramos por pura acumulación vital lo que nos hace, paradójicamente por el grado de contaminación conceptual, limpiar la mirada, observar en un estado más prístino que cuando éramos simples esponjas esperando absorber lo ignoto, lo innombrable.
¿Qué es el amor? Nadie lo sabe. Nadie ha encontrado la respuesta. “Tesis+antítesis=síntesis” (dialéctica hegeliana). Es el todo y sus partes, el ser y el no-ser, la verdad y la mentira, la esencia y su contrario. Un niño vestido de hombre mayor (o un anciano con mirada infantil… como cualquier anciano) alza la voz en medio de la muchedumbre, del ruido ensordecedor, mostrando, como un viejo profesor a vuelta de todo, que todo es relativo en un mundo empeñado en presentar términos absolutos. “No estamos en contra de la guerra, sino de su guerra” (La chinoise). La gloria y la decadencia, el bien y el mal, el desafío y la perdición, la esperanza y el desencuentro… Todo ello es amor. “La medida del amor es amar sin medida” (San Agustín).


En una época ecléctica, sin definir, colmada de interrelaciones, aquí está Elogio del amor. No es una ópera, ni un poema, ni un filme de ficción, ni un ensayo de filosofía. Y, al mismo tiempo, lo es todo. ¿Por qué limitarnos a un solo aspecto? ¿Por qué tener que elegir, si tenemos al alcance de la mano aquello que queremos y necesitamos? Es el camino emprendido en Histoire(s) du cinema, una elección identificable, personal, un viaje al centro de un ser capaz de albergar en sí mismo la Historia de la propia humanidad.

La identidad es la suma del pasado más la memoria. Muchos pueblos son condenados al ostracismo de los libros de texto, negándoles su pasado. Otros, como esta Europa, tratan de aniquilar los vestigios de lo pretérito para crear un presente más ominoso. “La nostalgia de la barbarie es la última palabra de cada civilización” (E. M. Cioran). “Cada cultura se sustenta sobre los pilares de la barbarie” (Walter Benjamín). El esplendor de nuestros días está manchado por la persistencia de la vergüenza. Al tratar de aniquilar ese sentimiento salpicamos de ignominia al propio amor, enterrando muy abajo nuestra propia identidad. “La memoria tiene derechos, no obligaciones”, se atreve a aseverar uno de los personajes, para más tarde oírse “No puede haber resistencia sin memoria o universalidad”. ¿Resistencia ante qué, ante quién? Sin duda ante la muerte, la forma más inflexible del amor. Y ante el olvido, atroz mascarada utilizada para ignorar quiénes somos. El cine cumple así su cometido: persistencia en el tiempo, aletargando su imparable devenir, implacable destructor de la memoria. No es la lección de un viejo profesor a vuelta de todo escrita sobre una pizarra: es una caja de Pandora abierta de par en par, arrasando nuestras conciencias con una profunda carga de verdad.

(artículo aparecido en la revista digital de crítica cinematográfica Miradas de Cine, dentro del dossier dedicado al cine europeo del siglo XXI, en mayo de 2007)

No hay comentarios:

Publicar un comentario