miércoles, 15 de febrero de 2017

DR. ALEMÁN, de Tom Schreiber




En una de las secuencias iniciales de la película, un joven médico alemán que ha llegado (se supone) por vocación a Colombia, está extrayendo en un quirófano una bala a un sicario. Lo realmente interesante de la situación es el contexto: las paredes pintadas de verde pistacho; de fondo, en la radio, una ranchera preciosa (creo que cantada por María Dolores Pradera); un virgen (que más bien parece un adorno navideño) preside la operación; la sangre chorreando sobre las deportivas del doctor, quien por su inexperiencia tarda un huevo en realizar la intervención. Conclusión: un arranque tan alto solo puede suponer que el resto de la cinta tiene que irremediablemente ir para abajo. Y es que estamos ante otro ejemplo (uno más) de eso que se podría denominar como “cine de favela”, con lo cual llega un momento en el que comienzan a desfilar ante nuestros ojos otras películas, comandadas fundamentalmente por Ciudad de Dios (Cidade de Deus, Fernando Meirelles, 2002). Hay un momento en el que la película podría haber dado un giro interesante, aquel en el que el joven alemán cena con sus compañeros y sus esposas, donde parece abrirse una nueva vía en la que se critica que al lado de la realidad más cruel parece habitar la frivolidad más implacable. Sin embargo, es algo fugaz, pues inmediatamente se vuelve sobre nuestros pasos para adentrarnos en el folklorismo de chabolas, rateros y matones. Es la comodidad de basarse en hechos reales, que luego no admiten ni crítica ni réplica.

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