Hay en este filme una reincidencia por parte
del realizador de origen armenio en la contextualización de los niveles de
representación (por la película desfilan todo tipo de imágenes captadas por
aparatos con los que hemos aprendido a convivir: teléfonos móviles, ordenadores
portátiles, etc.) que en principio (y sólo en principio) registran esa
entelequia llamada «realidad», y que en principio (y sólo en principio) parecen
configurar nuestra memoria presente. Y es que estamos ente una de las
constantes de Egoyan a lo largo de su filmografía, que es la manera en la que
los recuerdos (re)construyen nuestra percepción de pretéritas realidades, y la
suma de esas “memorias” es la que otorgan el contexto propicio para evocar el
pasado. Sin embargo, allí donde filósofos con Jacques Derrida proponían la suma
de las partes para alcanzar un todo inaprensible, Egoyan parece querer decirnos
que ni aun así, pues la polarización de la mirada (es sintomáticamente
alegórica la imagen de decenas de cuadrículas en la pantalla del portátil, cada
una de ellas como continente de un video-chateador que vierte su opinión sobre
el tema a debate de la película) es la suma de células aisladas en el
maremágnum de la cuestión. Es a través de la farsa, de la representación
teatral, de la pantomima que cada uno de los personajes parecen encontrar su
sitio, adquirir esa personalidad que no pueden alcanzar a través de su yo real,
un cortafuegos en el dispositivo de las relaciones humanas. Es precisamente
cuando las máscaras caen cuando cae la propia película, pues los últimos quince
minutos se disuelven como un azucarillo ante el café caliente, remitiéndonos a
unas conclusiones que, por su sentido positivo, se tornan en la mayor falsedad
del filme.
miércoles, 15 de febrero de 2017
LA GUITARRA (The Guitar), de Amy Redford
Argumento: en el mismo día una joven recibe
la noticia de que padece un cáncer en la laringe, es despedida de su trabajo y
su novio la ha dejado. Decide alquilar un apartamento (por lo que ella supone
sus dos últimos meses de vida) para no salir de él y comienza a gastar a lo
loco. Entre los objetos que compra hay una guitarra (un anhelo de su infancia
por lo que podemos ver por la visualización de sus sueños). El encargado de
llevarla los portes es un repartidor de raza negra, al cual se lo folla. De vez
en cuando llama a una pizzería a domicilio, y también se calza a la
repartidora. Cuando creíamos que cuando se cansara del polo de chocolate
seguiría lamiendo (esta vez) moqueta nos
sorprende con la compatibilidad de ambos en un trío. Luego ella la abandona por
riñas con su novio, y él también porque su esposa va a tener un bebé. Entonces
se da cuenta de que hace tiempo que debería haber muerto, por lo que acude a la
doctora que la diagnosticó el tumor, quien responde asombrada que es una especie
de milagro. La joven intenta recuperar parte del dinero que malgastó, y lo hace
a base de malvender todo lo que posee, menos (lógicamente, para justificar el
título de la película) su guitarra, con la que termina por tocar en un parque
público por donde (qué casualidad) pasa un grupo de música que la integra para
que toque con ellos. Bochornoso-rayano-con-lo-ridículo, aunque siendo su
realizadora la hija de Robert Redford seguro que pueda triunfar en las
taquillas.
CEREZOS EN FLOR (Kirschblüten-Hanami), de Doris Dörrie
Una mujer con una gran carga a sus espaldas
en forma de terrible secreto muere repentina e inesperadamente, y su marido
trata de descubrir quién era realmente su esposa a través de su pasión por
Japón. Quizás una de las pocas pegas que pueda tener esta película es que hay
una ruptura demasiado evidente en cuanto a lo formal entre esa primera parte dominada
por lo que sabemos con la protagonista y no podemos decir y el posterior viaje
del anciano a Tokio, aunque ciertamente la realización no pueda escapar de la
vorágine y el frenetismo de la capital nipona en comparación con el tranquilo
lugar de origen del matrimonio alemán. Son dos formas de mirar y de sentir,
pues el sosiego de la costumbre no puede permanecer inalterable frente al
bullicio de las grandes capitales donde, por contrapartida, los protagonistas
se topan con otras personas ajenas a sus hijos con los que acaban por compartir
sus mejores momentos. Dicho de otro modo, compartir ADN no tiene por qué
significar nada, ya que son de hecho los encuentros con la novia de su hija
lesbiana o esa joven japonesa de nombre Yu que danza en un parque quienes
acaban por mostrar el camino de lo que significa la verdadera familia, aquella
que se elije y no con la que se nace, puesto que los hijos del matrimonio hacen
válido ese dicho popular de “Cría cuervos…”.
LA MUJER DEL ANARQUISTA (Die frau des anarchisten), de Peter Sehr y Marie Noëlle
Exactamente los mismos errores que
destacábamos al principio del anterior artículo son aplicables a este producto.
Con una salvedad: que aquí los directores no son patrios. ¿Se habrán
contaminado al trabajar con un equipo casi enteramente español? Recursos
narrativos fáciles (no, perdón, facilones), diálogos novelescos (o
folletinescos, como se prefiera), situaciones dramáticas poco espontáneas,
dirección de actores pésima, un sonido directo de suicidio colectivo… Puede que
incluso lo peor sea ese espíritu episódico, donde las situaciones y peripecias
de los protagonistas casi siempre acaben por no encontrar continuidad en la
historia, rompiendo así la fluidez narrativa, por lo que el espectador acaba
por pedir que le libren de tanto esperpento. Incluso hay algo peor, y es ser un
espectador español que ha leído algún libro de Historia o ha visto algún
documental sobre los convulsos años 30 y 40, pues nuestra Guerra Civil y
nuestra postguerra están tan infantilmente mostrados (los anarquistas eran
todos muy buenos pero, por si nos tachan de maniqueos, ponemos a uno con
gabardina de cuero que va ejecutando aleatoriamente, a lo freelance; los fachas de bigotito son todos muy malos pero, por si
nos tildan de manipuladores, ponemos a un falangista «auténtico» con buen
corazón –aunque de “húmedas” intenciones, todo hay que decirlo-; etc.) que el
producto parece más un pastiche para convencidos que una aportación
constructiva para conocer nuestra Historia más dramática. Todo tan naif y tan arcádico para nuestras
conciencias como el cabecero de la cama de los protagonistas.
RETORNO A HANSALA, de Chus Gutiérrez
Personajes estereotipados y situaciones
convencionales (y viceversa) son algunos de los males endémicos del cine
español. Y no sólo del actual, ya que la situación parece que viene de lejos.
Ello se encuentra en esta película de la directora Chus Gutiérrez, que acusa
también formar parte de ese grupo de películas de temática social y enfoque
comprometido, etiquetas que suelen camuflar la mediocridad cinematográfica y
que parecen impedir cualquier tipo de crítica, confundiendo el ataque a la
forma con la indiferencia a unos temas de los que habría que hablar más con
vísceras como el estómago antes de caer en la sensiblería más ramplona. Sin
embargo, en Retorno a Hansala también
hay bellos momentos que ennoblecen el cine, sobre todo desde la llegada de los
protagonistas a la aldea marroquí que da título a la película y de la que
proceden tanto Leila como ese hermano suyo que muere queriendo alcanzar las
costas de nuestro “paraíso”, esa tierra prometida que desde la lejanía parece
tan atractivo (desde luego por comparación lo es), y que regresa a su lugar de
origen en una hermética y fría caja de pino. Es allí donde, como decíamos
encontramos buen cine: el entierro, el consejo de ancianos, las mujeres en la
fuente… todos ellos momentos que parecen puro cine documental y que, por no
notarse la presencia de la realizadora detrás de la cámara, son los mejores.
A destacar otro aspecto: aquel que se refiere
al hacho de que los lugareños reconozcan las prendas de aquellos que han perecido
también en la travesía marítima a través del olfato, oliendo la ropa, donde
está impreso una especie de ADN familiar, reconocible, cercano, pues es así
como viven (o, mejor dicho, malviven) en sus lugares de origen. Es una forma
maravillosa de exaltar y celebrar lo que significa la familia… y no las
absurdas concentraciones de la Iglesia y el PP en la Puerta del Sol.
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