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martes, 7 de febrero de 2017

QUERIDA ROSETTA


Querida Rosetta:

No sé si te acordarás de mí. Nos conocimos en el festival de cine de Valladolid, hace ya algunos años. Tú venías de triunfar en Francia, donde tus papás te habían llevado para presentarte en sociedad, y les gustaste tanto allí que decidieron darte uno de los más grandes reconocimientos que ya quisieran para sí muchos de los más prestigiosos artistas del mundo. Por eso te eligieron para clausurar la SEMINCI, porque sabían que tu presencia sería un gran motivo de orgullo. Lo que yo ignoraba antes de que comenzara la proyección era que estaría hoy aquí sentado, escribiéndote estas líneas de amor y rabia, mi dulce niña.

Se apagaron las luces del Teatro Calderón. Como en una iglesia, los allí concurridos fuimos apagando nuestras conversaciones y nuestros móviles al dulce compás de los carraspeos de última hora. Detrás de la cabecera del festival (una animada lámpara-cafetera) apareció tu nombre ocupando casi toda la pantalla. Y de repente, sin previo aviso, apareciste tú de la forma más brusca que se pudiera haber imaginado. Parecía como si hubiésemos estado de parto y, sin mediar palabra, hubieses decidido por ti misma que aquello acabase en aborto. Corrías sin parar de un lado a otro dentro de una factoría. Te perseguían, pero tú te zafabas. Te gritaban, pero tú lo hacías más alto. Intentaban pararte, pero aquello era como contener un torrente abierto, una puñalada en una arteria que no se puede dominar si no es apretando con fuerza, porque eres como cabalgar sobre un potro salvaje, desbocado, que no conoce la derrota porque nadie le enseñó que se puede vivir sin ser libre, aunque en el mismo momento de colocar la cabalgadura vivir no merezca más la pena.

Esta es una lucha desigual, tú ya lo sabes, a un lado los patronos y al otro los trabajadores, y en medio, rellenando el abismo, una enorme alambrada jalonada de agentes de seguridad que vigilan una puerta diminuta por la que entran sólo los escogidos, los más preparados, los más sumisos. Y si no apruebas el examen de ingreso, si tus capacidades no son las requeridas, pues de vuelta a tu lado, a esperar el siguiente turno, que hay mucha cola, todos deseosos de tener su oportunidad, de demostrar su valía, su docilidad, porque cuanto más cabalgado es el potro, más obediente se vuelve. Se respira su justicia, que apesta a injusticia. Pero cuanto más tiempo pasa menos insoportable resulta ese olor: acaba siendo como propio.


Nos enseñó el poeta que bajo el yugo de la necesidad solo cabe la revolucionaria dictadura de alargar la mano y coger directamente del árbol. Tú te escondes, y como un primitivo clandestino, usas tus propias artes, personales e intransferibles, únicas en su solución, y cosechas en el río. Tu mirada no descansa, ilegal y furtiva, vigilando para que no te pesquen, como a un pececito. Si tu les agarras pequeños les vuelves a soltar, pero si te echan a ti el guante… Cada día es muchos días, una aventura, una hazaña, una gesta, donde la meta, el grial, es la supervivencia en su sentido más básico. Cuando caes al agua eres toda tú, toda tu vida, como una metáfora viva, queriendo salir a flote en un medio que no es el tuyo, que te arrastra, que te hunde, que te quiere ahogar. Cuanto más luchas, cuanto más te mueves, más te vence, y cuando logras llegar a la orilla miras atrás desde la tierra firme. Piensas que es mejor estar hundida fuera que flotando dentro. El río te puede reclamar las vidas que le arrebatas. Pero también sabe escupir los peces más pequeños.

Querida Rosetta, en tu madre hay un vencido. Se siente cansada. Bebe y olvida. Ya nada importa porque para ella ya no hay esperanza, y si llegara la solución sería demasiado tarde. Tener que recoger a tu madre, borracha, rendida, es pura rutina. Te imagino hace tiempo, la primera vez que lo tuviste que hacer, asustada, perdida, sola, con un saco muerto que te triplicaba en peso, apestando a desesperación y derrota. Tú eres aún muy joven, Rosetta. No tienes nada que perder y sí mucho que ganar. Las fuerzas están casi sin mermar. Pero la rabia por la pérdida de dignidad de tu madre te hace odiar la vida, la belleza, la naturaleza, tu naturaleza, estar prisionera en una vida que no has elegido. El ejemplo de tu madre te hace desconfiar de los hombres, impedir cualquier tipo de relación, evitar cualquier contacto, físico o sentimental, que te lastre con un peso no querido, no deseado. Amar sería claudicar, dejar de ser autosuficiente, empezar a cargar con una obligación que se convierta en lastre. Porque eres mujer, y eso en nuestro mundo puede ser una maldición. Dios es misógino, y lo creó todo en vuestra contra. En tu vientre está la fuerza para crear la vida, pero ese milagro de la naturaleza tiene un alto precio, y por eso hay en tu interior una herida abierta que te recuerda aquello que a un mismo tiempo es bendición y maldición. Pero esa herida te hace estar viva, porque mientras se mantenga abierta, mientras la sangre mane, corra desde tu interior, sabrás que hay un futuro, una esperanza de salir adelante, de que nada ni nadie te ancle. Sólo te alivia el calor que nadie te puede dar, que no quieres que nadie te de, porque temes volverte quebradiza, ser todo aquello que te haría vulnerable.


Querida Rosetta, la ciudad es periférica, sucia, estéril. Como el campo que rodea el camping donde vives: salvaje, abrupto, ingrato. Como tú, que eres una rosa, bella, fresca, plena, pero cubierta de espinas, que te aíslan, te hacen más misteriosa, más inaccesible, oculta bajo el misterio de tu mirada, tras la máscara de la fortaleza. Pero vemos que tus pétalos son muy frágiles. Antes de dormir repites tus oraciones. Es como una hipnosis para creerte lo bueno que te ha pasado, lo mejor que en los últimos días te has encontrado, pareciendo ver la luz al final del túnel. Pero no quieres creértelo demasiado pronto, no quieres confiarte, te muestras recelosa hasta que vuelva a llegar la decepción, la bofetada de lo real. No encuentras motivos para bailar, para reír, para amar, sólo para sobrevivir. Pero todo tiene un límite. Las esperanzas pronto se rompen, los sueños pronto se truncan. La necesidad de ser feliz, de mejorar y salir del pozo chocan una y otra vez con la imposibilidad de demostrar la valía de unos brazos que trabajan. Es un mundo sin tecnologías. Sólo sirve la fuerza de trabajo, y cada vez más precaria, cada vez más barata.

Te aferras a tu trabajo con uñas y dientes, porque tienes bien sabido que el dinero hace la felicidad, sobre todo cuando no se tiene. El trabajo es una maldición, pero para ti es la vida. “El trabajo os hará libres”, rezaban los sofisticados asesinos de hebreos. Y qué triste que lo hayan sublimado aquellos que de ellos nos libraron. Ser contestatario, ser luchador, no admitir lo establecido tiene su precio, y tú lo pagas porque naciste así, porque no quieres doblarte ante la necesidad, no quieres mostrarte frágil, endeble. Por eso lo que para otros, para nosotros, parece traición, para ti es pura supervivencia, porque retorcer el cuello a un gorrión no significa crueldad, sino que hoy habrá algo en la cazuela. La ética o su ausencia están al margen de tu estómago, porque ese es el único cerebro con el que dos tercios de este planeta se ha visto obligado a pensar. La buena voluntad no da de comer. Las buenas acciones no dan de comer. Las buenas personas no comen. Este sistema obliga a que los semejantes nos matemos entre nosotros mismos sin impudicia, donde no valen las dobles tintas: hay que demostrar hasta donde somos capaces de llegar para malvivir, cuánto valen nuestros sueños. En un ejercicio de sadismo les gusta contemplar qué precio ponemos a nuestras fantasías, a nuestras esperanzas, pisando a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros hermanos, a nuestros padres, enfrentándonos a muerte en un coliseo en el que se exige alguna víctima que manche la arena. Saben que nos tienen, pero quieren más, y hay que demostrarles hasta qué punto les somos fieles, hasta qué punto del límite llegaríamos, asomándonos por ellos al precipicio donde yacen nuestros valores, todo aquella herencia que recibimos de nuestros padres como un santo tesoro de sabiduría, haciéndonos repetir: “Odia a tu prójimo como a ti mismo”. Pero la sensación de culpa te invade, aunque ya no hay marcha atrás, porque lo hiciste por lo que lo hiciste, porque en la selva el mejor amigo es uno mismo.


Cada vez trabaja más para conseguir menos, y ya sólo queda la estéril cosecha de la rutinaria consecución de los días. Enciendes el gas, esperas la muerte, dulce como no lo fue tu vida. Pero la miseria te puede tanto que la bombona se terminó, y con frialdad te acercas a por más veneno para aliviarte definitivamente el hambre, para que la llama de ese gas deje de cocer míseros huevos y haga que en tus huesos florezcan rosas, Rosetta. Nadie dijo que morir fuese ni fácil ni gratis. Tu suicidio es la larga agonía de los que viven esa vida, tu vida, la de aquellos a los que se les entrega pronto la soga para que se la cuelguen al cuello y la paseen toda la vida hasta que digan basta. Las lágrimas aplacan el sadismo de cualquier buen corazón, pero no la de los chacales, en cuya dieta incluyen la mirada del miedo, con la que más se relamen, con la que más disfrutan, lo que hace que la vida valga para ellos la pena.

Querida Rosetta, quisiera haber saltado a la pantalla, y acunarte, acariciándote el pelo mientras respiras por última vez la paz que pronto te librará de todo. Y con el último suspiro repetir tu nombre, Rosetta, Rosetta, despidiéndote cálidamente del tormento de luchar contra sombras que se zafan con sorna de tus batallas cotidianas. Pero así no termina. Así no terminas. Con tu mirada pidiendo clemencia, pidiendo comprensión, gritando desesperadamente ayuda acaba todo. Hay en el encuentro una esperanza, quizás inútil, quizás también salvadora. Tus espinas se retraen y muestran al ser de cristal que eres, que siempre has sido, y te imagino diferente, en otro mundo, soñando en esta vida como en una pesadilla ajena a ti, lejos de ti. Y la pantalla de nuevo me aborta, me expulsa súbitamente a este lado, vomitándome sin respeto a mi realidad. Las manos me queman, la congoja abrasa mi garganta. Lágrimas y vísceras. Me encontré completamente desnudo, con las entrañas en mi regazo. Salí de la proyección sin palabras, en el estado autista de quien se siente culpable de no haberse encontrado antes contigo para poder salvarte, para haber podido evitar tanta angustia, tanto sufrimiento innecesario. Salgo a la calle, paseo hasta mi casa. Y por el camino aparecen más rosas, frágiles y llenas de espinas, curtidas por la desidia de la sociedad a la que pertenezco, de la que soy y me siento cómplice. Miro hacia otro lado y repito mi propia pesadilla: Rosetta, Rosetta.

domingo, 5 de febrero de 2017

LOS HERMANOS DARDENNE: LA ÉTICA DEL RETRATO



Cine social, cine comprometido, cine de denuncia, cine de valores, cine realista… Las etiquetas se acaban gastando, se acaban quemando. Hay quien se siente cómodo con ellas, quienes no sólo las prefieren, sino que hacen de su uso (de su abuso, habría que matizar) su bandera, su cruzada particular. Ken Loach, Robert Guédiguian, Fernando León de Aranoa… ¿Agitadores de conciencias? Sin duda. Sus propósitos son esos. No hay mala intención en sus objetivos. Más bien al contrario, tratan de ser premeditadamente subversivos, denunciando explícitamente la injusticia reinante, el abandono oficial. Sin embargo, se adueñan del megáfono, creando una fórmula que atenaza al espectador en una simplona sensibilidad derivada en sensiblería, transcribiendo en fotogramas la denuncia de la sinrazón, pero imponiendo un punto de vista, sin dejar por un solo momento que el público pueda respirar por sí mismo, adoctrinando antes que mostrando, recurriendo a la siempre manida buena conciencia. Es una visión triunfante porque gusta, porque es muy fácil sentirse identificado y conmovido. Esta unidireccionalidad es un factor difícil de evadir y que no permite deserciones, imponiendo una sola conciencia, privando de la libertad del pensamiento autónomo. Una vez marcado el camino de lo alternativo no hay marcha atrás, porque se ha creado una nueva oficialidad, marcando una ruta paralela pero que, con el paso del tiempo, se convierte en un nuevo convencionalismo, fácilmente admisible por esa parte bondadosa y “gatopardiana” del capital, que intenta modificar la realidad lo justo para que todo siga igual. Sin duda, de esta manera, a nadie le faltarán argumentos para más y más películas. Los lamentos vienen después, muy a su pesar, por haber caído en la tentación de una dialéctica a medio camino entre el infantilismo y la adolescencia, sirviendo de apuntadores ante aquellos que, amparados en el paraguas del populismo, prometen unas calles cada vez más limpias en unas ciudades cada vez más lustrosas, atajando los problemas con remedios paliativos a corto plazo.

No deja de haber, sin embargo, creadores que huyen como de la peste de esta serie de terminologías y marcas, quienes creen que aún quedan espectadores críticos, independientes, emancipados y activos, capaces por sí mismos de establecer las coordenadas necesarias para sacar sus propias conclusiones. Son aquellos que no tratan de enmascarar la realidad de verdad sino que, muy al contrario, apelan a la sinceridad desde la neutralidad, mostrando sin juzgar, dejando puertas y ventanas abiertas para que la naturaleza se cuele con toda su complejidad y todas sus contradicciones y nos encontremos a unos seres que, a pesar de no compartir con ellos el mismo ecosistema degradado, sí podamos llegar a entenderlos, porque en sus pasiones y pulsiones son extremadamente parecidos a nosotros mismos.


Así se presentan en este panorama de nuestro actual cine europeo los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne. En cada nueva experiencia se nos presenta el mismo panorama de angustia vital y desolación social. Sin embargo, cada nueva muestra contiene en sí misma un nuevo universo complejo, perturbador, aterrador y fascinante, todo a un mismo tiempo: el dilema moral. Hay sin duda en las películas de los Dardenne una ética que maneja, dirige y empuja a sus protagonistas: la supervivencia. A través de ella (de esta ética) los personajes actúan, y es en los ojos de los espectadores donde se acusa la moralidad o su falta: roban, venden a sus hijos, traicionan a aquellos amigos que les ayudaron, perdonan, aceptan, se vengan, etc. Es por ello interesante, sobre todo a tenor de lo dicho en el primer párrafo de este artículo, observar cómo en estos belgas la ética descansa en su mirada, en su forma de plasmar en la pantalla la acción de sus personajes, en quienes recae la responsabilidad de lo moral a través del público, mientras que en los directores aludidos al principio su mirada es la que está teñida de moralidad (suscitan en el espectador la necesidad de creer en que esa forma de observar es la única “buena” de todas las posibles) sobre unos personajes de comportamientos éticos (sus conflictos siempre parecen estar, de una u otra manera, justificados). Es la paradoja de una sociedad repleta de prejuicios, donde sólo se admite una forma de retratar al lumpen, dogmática y bienintencionadamente, un tableau vivant maniqueísta, repartiendo a los buenos y los malos con un orden prefijado y políticamente correcto, muy del gusto de un público aburguesado que se ve impelido a la movilización cívica, para excusarse en su posterior inmovilismo aduciendo que tenía las manos atadas. “Resistez!”, arengaba Ariane Asacaride (musa de Guédiguian) al público del Teatro Calderón de Valladolid durante un homenaje a su perpetuo director en la SEMINCI del año 1999. Curiosa forma de lucha…

La eterna dicotomía entre el bien y el mal marca el comportamiento de unos personajes en busca de un lugar en el mundo, circunstancia dada a tenor de su desplazamiento, su exilio forzado de ese centro urbano que funciona como árbol que no permite ver el bosque, porque su expulsión se ha producido con un movimiento centrífugo, habitando el drama en los arrabales de las grandes urbes, campo de cultivo de la hostilidad. “A veces pienso que en el fondo de mí (y quizá también de mi hermano) hay un miedo al humano que somos, un miedo al mal del que somos capaces, del que soy capaz. Quizá para exorcizar ese miedo mostremos el trabajo del mal” [1]. Pero, ¿el bien y el mal con respecto a qué, con respecto a quién? No cabe duda que, como decíamos antes, en la retina de quien mira se encuentra un infalible juez, siendo el espectador quien sentencia sobre el calibre de una determinada acción siguiendo el código penal impuesto a través de los convencionalismos éticos, morales, políticos y sociales que rigen una sociedad creada por y para una “tiranía de la mayoría”, que diría Gramsci. Es la sociedad (acomodada, por supuesto) en su conjunto, ese gran equipo que supone la clase media (que funciona como un único ser de un solo cuerpo cuando se ve amenazada) quien impone sus normas de convivencia, valorando todo comportamiento ajeno y extraño con virulento rechazo, sin llegar a comprobar y comprender las necesidades que puedan mover a unos individuos devaluados social y económicamente.


Es, sin duda, el cine de los Dardenne un espectáculo hecho con las entrañas, tremendamente visceral y, por lo tanto, no apto para todas las sensibilidades. La extremada dureza de las situaciones que en ellas se describen no está sacada a fuerza de cincel, como en un principio se podría pensar, sino que viene determinada por el propio desarrollo de unos acontecimientos hirientes en su necesidad, en su causa última. Es en la indefectible relación causa/efecto de donde nace la complejidad de unos comportamientos al límite, en consonancia con el paisaje donde todo sucede, a donde todo llega, de donde nada puede escapar. "Elegimos a los desheredados porque no son visibles. Nos gustan esos personajes y los seguimos desde el afecto. Si fueran visibles lo serían vistos para reírse de ellos, o con piedad, en el típico programa del domingo por la tarde en televisión. Nadie los mira de una manera real, nadie ve sus sueños, su amor, y por eso nos gusta hablar de ellos" [2]. Es una visión alejada radicalmente de esa mirada condescendiente que conlleva esa otra forma de hacer cine, donde prima la melancolía por los desarraigados, la pena por una situación difícil de cambiar, la compasión hacia aquel que está por debajo. Aquí es la fuerza de agarrarse con toda el ansia posible a la vida, la supervivencia a toda costa, el triunfo de la vida a cada minuto. Las lágrimas que puedan brotar de los ojos de los personajes no son la confirmación de un drama, sino de una rabia, de una persistencia ajena a su voluntad ya que, se haga lo que se haga, no se puede escapar de la poderosa atracción que existe en esa periferia a la que son expulsados, vomitados una y otra vez, muchas veces debido a su insobornable forma de vida, que les lleva a plantearse el difícil dilema entre vivir en relación a sus propios códigos y valores o transigir al chantaje de la imposición, entre la integración o la exclusión, pero siempre a través de medidas drásticas y dolientes.

Es este comportamiento de sus protagonistas el que parece marcar el estilo del cine de los hermanos Dardenne, y no al contrario. Su interés por un determinado tipo de personajes, completamente al margen de la sociedad a través de sus convenciones, fructifica a través de la simpleza y la sencillez, una rareza bressoniana dentro de un panorama cinematográfico que no deja en ningún momento de indagar, aunque sea en contadas ocasiones, en el estilo del autor de obras como El diablo probablemente o El dinero (curiosamente sus dos últimas realizaciones), unos filmes que marcan un nexo de unión común entre los belgas y el francés, comulgando ambos ética y estéticamente. Su puesta en escena es la que rige la complicidad del espectador con cuanto sucede a unos seres que el objetivo de la cámara no abandona más allá de las fugas que éstos realizan inesperadamente, como queriéndose zafar de una molesta intromisión, justificando en cierta manera aquello que los Dardenne dijeron: " […] lo que nos interesa es tratar de filmar un ser vivo, y tratar de que el espectador esté a la vez dentro y fuera. […] Tratamos de poner al espectador en esta situación en la que comparte una experiencia –la del personaje- y al mismo tiempo no puede identificarse realmente. […] nos gusta mucho que un personaje con el cual el espectador se ha identificado a momentos lo sorprenda. […] Eso provoca –eso esperamos- una reflexión, un pensamiento en el espectador" [3].


Es el aspecto de un cine aparentemente improvisado, realizado a base de los jirones arrancados de la misma realidad. Se podría caer en la tentación de que nos encontramos frente a un cine cercano al documental. Y no andaríamos muy lejos: el cine de los Dardenne se nutre de los caprichos de la casualidad. “Hay cosas que se producen, el azar que se introduce en la planificación. Y eso es lo que nos interesa. Porque en un plano de cuatro o cinco minutos, siempre pasa algo imprevisto, aunque hayamos planificado todo” [4]. Cada experiencia fílmica es, por lo tanto, el diario de una serie de actores y actrices intentando encontrar a su personaje, queriendo ser Rosetta o Bruno, buscándoles denodadamente por el set de rodaje, a través de un escenario degradado, simple, violento en su pobreza. Al final les conocen tanto (o tan poco) como los podemos conocer nosotros. Sus motivaciones se nos escapan, no sabiendo por qué van o vienen, por qué hacen tal o cual cosa, por qué toman una u otra decisión. Hay una vida entera antes y después de su aparición delante del objetivo, marcando subconscientemente su pasado y su futuro, un entero itinerario vital. Dramáticamente cercano a la vida real.

(artículo aparecido en la revista digital de crítica cinematográfica Miradas de Cine, dentro del dossier dedicado al cine europeo del siglo XXI, en mayo de 2007)

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[1] DARDENNE, Luc: Detrás de nuestras imágenes (1991-2005). Plot Ediciones,. Madrid, 2006.

[2] Declaraciones recogidas del artículo de Carlos Balbuena “Retazos de realidad”, en el número de Diciembre de 2005 de Contrapicado.net.

[3] Entrevista realizada por Pamela Biénzobas, publicada el 7 de Noviembre del 2006 en www.mabuse.cl.

[4] Ib.

EL DELITO DE SER UN NIÑO




“Toda mi vida he pintado el mismo cuadro” (Antonio Saura). La repetición, la iteración de elementos y contenidos, la seriación… Una forma de entender el arte que lo liga con lo industrial, con el concepto de lo manufacturado. Así llegan hasta nosotros todas y cada una de las experiencias cinematográficas de los hermanos Dardenne: todas parecen ser la misma película, todas parecen contener los mismos personajes, todas parecen poseídas del mismo espíritu de rabia. Pero cada una de ellas nos habla de un drama distinto, aunque el paisaje prácticamente no varíe: seres sin pasado y sin futuro, anclados en un  eterno purgatorio (¿o el Papa ya lo había eliminado, y con él las almas que contenía?) de desesperanza, de angustia, de supervivencia, en los límites marcados entre la vorágine depredadora y caótica de una ciudad retroalimentada en sus necesidades y esa gran tienda al aire libre que es el campo, de donde una vez el ser humano salió y a donde ya no puede regresar, desterrado a perpetuidad de ese paraíso al alcance de la mano.

El niño es una muestra más de ese patrio trasero de la Europa reluciente y resplandeciente. “Mapa moral de la adolescencia rota” [1], del dolor ajeno, del grito mudo y permanente, que muestra “los cánceres convenientemente disimulados en una de las sociedades occidentales más avanzadas” [2], en un sistema implacablemente perverso que forja férreas barreras (a la vez visibles e invisibles) entre el confort y el desamparo.


Cualquier otro hubiera hecho un drama épico ante la circunstancia de que un adolescente venda a su recién nacido hijo, pero no los Dardenne. Ellos no juzgan, tan sólo muestran. No es un síntoma de ambigüedad, sino de compromiso con la verdad que emana de la distancia, tan necesaria para formar espectadores libres, autoconscientes, críticos y emancipados, que se pongan en la piel del otro para encontrarse con el personaje en toda su complejidad, con todas sus contradicciones.
En el mundo retratado por los Dardenne, trágicamente presente en cualquier ciudad de Europa, no hay sitio para la adolescencia, cercenada a golpe de bisturí por las duras circunstancias vitales a las que sus criaturas se enfrentan. Por eso, el niño al que se alude en el título nos hace pensar sobre todo en Bruno, el protagonista de la cinta. Su actitud ante su hijo recién nacido no es la de quien huye de las responsabilidades, sino de aquel que está imposibilitado para aceptarlas por no pertenecer al orden que se le quiere imponer. Parece ser que en su vida no hay transiciones, sino duros golpes evolutivos, pasando de la infancia a la madurez sin alternativa posible. Sus ojos le delatan: no hay maldad, no hay intencionalidad, sino afán de supervivencia, puro instinto primitivo para salir a flote de unas aguas gélidas de las que no todos salen airosos. El futuro se reduce a lo inmediato, y la esperanza de vida no llega más allá de mañana por la mañana, cuando se salga a un nuevo día y se pregunte con qué delito podrá sobrevivir en las próximas horas.
Viendo el estado de las cosas, parece ser que a los Dardenne no se les agotarán los argumentos para sus películas durante mucho, mucho tiempo.

(artículo aparecido en la revista digital de crítica cinematográfica Miradas de Cine, dentro del dossier dedicado al cine europeo del siglo XXI, en mayo de 2007)

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[1] Quim Casas: “Naturalismo espiritual”, Dirigido por… nº 351 (Diciembre 2005), p. 20.

[2] Jaime Natche: “La textura social”, Letras de Cine, nº 10 (2006), pp. 51-55.

UNA VENTANA ABIERTA DE PAR EN PAR




Es el cine para los hermanos Dardenne más una ventana que un espejo. Dentro de esta eterna dicotomía, donde la ventana nos ofrece el panorama “tal cual es” (con todas las dudas que puedan marcar estas comillas, ya que siempre existe una manipulación de la realidad, desde la elección ideológica del plano hasta la “selectividad” de la tijera en la sala de montaje) y el espejo nos ofrece nuestro propio reflejo (formando un espacio virtual y, por lo tanto, deformado), estos genios belgas apuestan fuertemente por la primera, una forma de enseñar a mirar para poder comprender. Es su ventana, fundamentalmente y sobre todo, móvil: parece caminar y correr con autonomía, seleccionando de todo el paisaje aquello más significativo para hilar un discurso. Pero sólo son apariencias, porque esta ventana (abierta de par en par, tiritando por ello con la frescura que por ella penetra) es el objetivo de una “cámara-personaje” [1], por lo que las similitudes con el “cine-ojo” de Dziga Vertov van más allá de simples casualidades de pretensión para correr paralelamente en el plano ideológico.

Así pues, si todo su cine está tan imbricado con el concepto de lo real, ¿qué mejor elemento que la fábula para soportar toda la carga simbólica y metafórica que intentan dar a aquellas imágenes que nos acompañan en el diario devenir de lo real a través de un medio dominado por la representación? Su perspectiva moralizante (y, por ello, educativa) es el mejor catalizador de las inquietudes (porque sobre todo nos encontramos siempre ante personajes inquietos) que subyacen en cada argumento. Mucho más en El hijo por contener en sí misma una diatriba tan eterna y universal como turbadora: el doble camino entre la venganza o el perdón, unos conceptos tan fuertemente ligados con la cristiandad que, a fuerza de apropiárselos, casi nos los arrebatan.



No hay un interés real de los Dardenne por representar el drama moral en sí, sino más bien en hacer interactiva la experiencia: ¿qué encontrará cada espectador en el remoto fondo de sí mismo? ¿Cómo reaccionará cada individuo que se enfrente a lo que sucede en la pantalla? Seguramente, de los impulsos iniciales (aquellos más ligados con lo instintivo, con lo irracional) hasta la resolución final, haya un camino andado llamado “lección”. En la reflexión a posteriori es donde encontraremos la relación que tenemos entre nosotros y con el mundo en el que tenemos que vivir. ¿Cuántas personas existirán que sean capaces de optar por una actitud tan demodé como a la que el protagonista recurre? En una sociedad plagada de canibalismo, competitividad y revanchismo (elementos que se nos venden como imprescindibles para la supervivencia en esta jungla en que han convertido la vida) no siempre se dispone del suficiente tiempo de reacción para caer en la cuenta: destruir suele ser la opción que menos complicaciones conlleva. Crear es siempre difícil. Casi siempre se olvida que la prisión es un instrumento de reinserción antes que una herramienta punitiva. Para todos aquellos que no se acuerdan, no lo saben o no aceptan esta norma de convivencia (abogando por métodos aún más coercitivos), El hijo debe suponer una bofetada que les despabile, que les haga ver los barrotes de la celda que ellos mismos ocupan.

(artículo aparecido en la revista digital de crítica cinematográfica Miradas de Cine, dentro del dossier dedicado al cine europeo del siglo XXI, en mayo de 2007)
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[1] Como la definió Ángel Quintana en “Duelo y redención”, Dirigido por… nº 318 (Diciembre 2002), pp. 32-33.