Argumento: en el mismo día una joven recibe
la noticia de que padece un cáncer en la laringe, es despedida de su trabajo y
su novio la ha dejado. Decide alquilar un apartamento (por lo que ella supone
sus dos últimos meses de vida) para no salir de él y comienza a gastar a lo
loco. Entre los objetos que compra hay una guitarra (un anhelo de su infancia
por lo que podemos ver por la visualización de sus sueños). El encargado de
llevarla los portes es un repartidor de raza negra, al cual se lo folla. De vez
en cuando llama a una pizzería a domicilio, y también se calza a la
repartidora. Cuando creíamos que cuando se cansara del polo de chocolate
seguiría lamiendo (esta vez) moqueta nos
sorprende con la compatibilidad de ambos en un trío. Luego ella la abandona por
riñas con su novio, y él también porque su esposa va a tener un bebé. Entonces
se da cuenta de que hace tiempo que debería haber muerto, por lo que acude a la
doctora que la diagnosticó el tumor, quien responde asombrada que es una especie
de milagro. La joven intenta recuperar parte del dinero que malgastó, y lo hace
a base de malvender todo lo que posee, menos (lógicamente, para justificar el
título de la película) su guitarra, con la que termina por tocar en un parque
público por donde (qué casualidad) pasa un grupo de música que la integra para
que toque con ellos. Bochornoso-rayano-con-lo-ridículo, aunque siendo su
realizadora la hija de Robert Redford seguro que pueda triunfar en las
taquillas.
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miércoles, 15 de febrero de 2017
TROUBLE THE WATER, de Tia Lessin y Carl Dean
A ratos estremecedor, a ratos desasosegante, este
documental sobre la tragedia de Katrina recoge durante su primera parte el
testimonio en primera persona de una de las familias que tuvieron que aguantar
el embate del huracán en su mismo epicentro, teniendo que refugiarse en el
desván de su casa con la única compañía de sus mascotas, sus vecinos y la
videocámara con la cual pretendían testimoniar la inevitable y previsible pesadilla.
Relatos aterradores, como el de un hombre que fue rechazado, junto a otros
ciudadanos, a punta de bayoneta de unas instalaciones militares en las que
pretendían refugiarse, o como la de un ex presidiario, que narra el abandono
que de los presos hicieron las autoridades de la prisión, teniéndose que
alimentar con papel higiénico y dentífrico, hace poner en duda la filosofía de
la América profunda, ya que los afectados por el desastre no dejan en ningún
momento de vincular a la divinidad su buena o mala suerte, sin ver que son sus
demonios, esos que los Estados Unidos deberían exorcizar, los auténticos
culpables de la tragedia: la desatención y la hipocresía de las autoridades; la
segregación racial, social y económica; el sistema capitalista ultra liberal… y
por supuesto al indigesto George W. Bush, al cual lamentablemente tardaremos
tiempo en olvidar.
domingo, 12 de febrero de 2017
CHARLIE NO HACE SURF
Mira lo que te digo, que
Kilgore será un facha hijoputa y todo lo que tú quieras, pero cuando pone a
Wagner a toda hostia… qué quieres que te diga, que me gustaría estar montado
también en ese helicóptero, con los cojones dentro del casco, mascando napalm
por la mañana y buscando la ola perfecta. Que sí, que estamos de acuerdo, que
ojalá los fachas hijoputas vivieran únicamente encerrados en un fotograma, que
no hubiera la más remota posibilidad de que nos les encontrásemos por la calle,
porque hay momentos en los que Kilgore sale del encuadre para hacer de las
suyas, para seguir maquinando más muerte y destrucción, y entonces a mí me
entra el acojone, le doy al stop y saco el disco del reproductor,
mirándole por sus dos caras. “¿Dónde se habrá metido este tío?”. De verdad te
digo que este fulano tiene mucho peligro, y hasta que no vuelvo a darle al play
y le localizo de nuevo no me quedo tranquilo.
Pero ¿sería mejor el
mundo sin Kilgore? ¿Sabes lo que te digo? Que ni de coña, que tú no serías tan
cojonudo si no existiesen bastardos de la categoría de Kilgore para que te
puedas comparar con ellos. Pero te digo más, porque la Primera División del
Noveno de Caballería me merece muchísimo más respeto que esas familias de
mono-parentales metiéndote arena en los ojos mientras se lanzan a la conquista
de su parcela de paraíso playero. Ellos te pillan de improviso, y no tienes
armas para defenderte de los balonazos que te dan en las pelotas ni de su olor
a fritanga. Tú querías leer un ratito tranquilo y en vez de escuchar la suave
cadencia de las olas te tienes que tragar el último hit del verano
taladrándote los tímpanos. Y entonces me dan ganas de llamar a Kilgore para que
limpie la playa y el paraíso se convierta en un infierno para ellos, para que
monte allí su chiringuito y mande a tomar por culo la Ley de Costas.
Sólo hay una playa que me
gusta, y esa es la de Kilgore. Allí la vida es vida y la muerte es muerte.
Nadie te va a engañar allí, nadie va a esconder sus cartucheras debajo de los
pareos ni sus barrigas cerveceras con el bañador subido hasta la sobaquera. Allí
el honor es mucho más que esa palabra que, de tanto usarla, la hemos acabado
desgastando: es Kilgore arrodillado dando de beber a un enemigo que tiene los
huevos de seguir luchando con las tripas fuera. Ponte en la situación de
cualquiera de los dos y dime si serías merecedor de una sola gota de esa agua.
Tú y yo seríamos más bien ese chaval que llora, que no quiere salir del
helicóptero porque sabe que va a morir. No tenemos ni la mitad de humanidad que
Kilgore, te lo aseguro, porque él santifica a sus víctimas, honra su memoria,
reconoce su valía.
Parece mentira que yo
esté defendiendo a un tipo como Kilgore. Nunca creí que un facha hijoputa me
pudiera caer tan bien. Pero es que odio las playas y la fauna que en ellas
habita. Creo que no puede haber nada tan parecido al averno. Los veraneantes
son mis charlies particulares. Cada vez que oigo el sonido de unas
chanclas me viene a la cabeza La Cabalgata de las Valkirias. Es que no lo puedo
evitar. Pero perdóname, de veras, porque esto debe ser culpa de este maldito
calor, la calentura del asfalto golpeándome en toda la jeta, sin una pizca de
brisa marina que me haga sentir tan bien como a ellos. Esto sí que es el
horror… el horror.
(artículo aparecido en la
revista digital de crítica de cine Miradas de Cine, en un dossier
dedicado a las playas, en julio de 2009)
CAUSAS Y CONSECUENCIAS
¿Cómo puede ser posible que en un festival al que se presentan obras maestras como El séptimo sello (Det sjunde inseglet, Ingmar Bergman), Don Quijote (Don Quichotte, Grigori Kozintsev), Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, Federico Fellini) o Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamne a mort s'est echappé, Robert Bresson) acabe ganando una película como La gran prueba (Friendly persuasion, William Wyler)? Al igual que el título de la película de Bresson, a nosotros también se nos escapa. Sin embargo, nuestra pasión por el cine de autor europeo no nos debería distraer de nuestro cometido: analizar y comentar la obra citada, más allá de lo justos o injustos que resultan los palmareses y de que el paso del tiempo haya tratado de mejor manera a las perdedoras que a la ganadora.
Como hace muy poco
tiempo me comentaba mi gran amigo y colega Enrique Pérez, sería apropiado hacer
un exhaustivo análisis sobre el cambio de los títulos originales, sobre todo si
tenemos en cuenta las barbaridades que nos han llegado de las décadas de los
40, 50 y 60 (aunque hoy en día alguna se sigue cometiendo). De La gran
prueba habría que decir que incluso su título en francés, La loi du
Signeur (literalmente, La ley del Señor), resulta algo
ridículo en comparación con la profundidad y la complejidad de su título
original, en el que el término “persuasion” no sólo alude a la capacidad de
convencer, sino además a todo aquello que tenga que ver con el credo, la
religión o lo sectario. La condición de cuáqueros de la familia protagonista
queda, por lo tanto, plenamente integrada en el sentido del título, pues en el
cumplimiento de esta religión se encuentra el pleno convencimiento del
pacifismo y de la no violencia, es decir, ese “freandly” que se incluye como
adjetivo de la persuasión.
Nos encontramos
ante una película en la que durante los primeros noventa minutos se nos
muestran las contradicciones sobre los duros preceptos de una ideología tan
férrea como la de los cuáqueros a través de una serie de situaciones cómicas, a
veces incluso hilarantes, y su puesta en escena es, a pesar de lo que hoy nos
podría parecer (sobre todo si tenemos en cuenta la zafiedad de actuales
ejemplos como Vaya par de idiotas –Kingpin,
Peter y Robert Farrelly, 1996-), un prodigio de elegancia y buen gusto, sin
faltar en ningún momento al respeto de ninguna sensibilidad. Lo único que pasa
en esta serie de situaciones es que una serie de dogmas se enfrentan a una
condición humana como es la de disfrutar de la vida, algo que la religión de
los cuáqueros (y por extensión el resto de religiones) suelen etiquetar como
pecaminoso. Sin embargo, la gran maestría de Wyler se encuentra en saber
diferenciar entre aquello que realmente resulta una “ofensa para Dios” y lo que
no dejan de ser formas de control del individuo, ya que la paulatina
introducción de elementos “subversivos” en el hogar (la música, la diversión,
el amor carnal, etc.) no sólo no desmiembran a la familia, sino que llegan a
actuar como aglutinante, mientras que, por otro lado, algo tan aterrador como
la guerra, a pesar de ser una lucha para librar al hombre de la esclavitud
(recordar que la acción se desarrolla en plena Guerra Civil americana y algunos
de los miembros de la comunidad cuáquera deciden luchar en el bando yankee),
acaba hundiendo al individuo en el peor de los crímenes: el asesinato de un
semejante.
Es esa forma de
“convencer amigablemente” la que, llevada hasta sus últimas consecuencias, hace
que se logren los propósitos que se quieren llevar a cabo: tras comprar un
harmonio sin el consentimiento de su mujer, el padre de familia acaba por
convencerla tras una noche de romanticismo (y algo más); tras el asalto de los
confederados a la granja familiar, la mujer de la casa, sin el amparo de los
hombres, logra capear a los asaltantes con un buen recibimiento y mucha
diplomacia, aunque el ataque que hacen los rebeldes a su ganso favorito se
zanje con los escobazos que su dueña les propina, saltándose ella su ideología
de no violencia y demostrándose así con una escena llena de sencillez aquello
que William Wyler se proponía demostrar sobre las causas y sus consecuencias: a
veces merece la pena saltarse unos cuantos principios, siempre y cuando los
frutos sean dignos de ser recogidos.
(artículo
aparecido en la revista digital de crítica cinematográfica Miradas de Cine, en un dossier especial dedicado a las palmas de oro del festival de Cannes, en abril de 2008)
LA MEMORIA DEL INFORTUNIO
Puede que Detour (Edgar G. Ulmer, Estados Unidos,
1945) sea para su director aquella obra que responde a eso que comúnmente se
suele llamar «declaración de principios», donde se reúne de forma explícita y
consciente todo un ideario y una serie de pulsiones argumentales y narrativas,
produciéndose al mismo tiempo una especie de conjunción astral que permite
exponer lo mejor de uno mismo de la mejor manera posible. Así (y sólo así)
nacen las obras de arte.
Hay ocasiones en las que es muy difícil (por no decir
imposible) realizar comentarios al respecto de una película sin aludir a la
filmografía general (lo anterior y lo posterior a dicha obra) de su autor. En
esta caso concreto no podemos dejar de mencionar la persistente coherencia que
Ulmer planteó a la mayor parte de su obra (sobre todo en una primera parte que
llegaría hasta finales de los años cuarenta), donde la recurrencia a un
personaje que recuerda un pasado más o menos reciente, sobre el cual se cierne
un pesado velo de fatalidad, llegó a ser una especie de «marca de fábrica», un
signo de identidad que ha llegado hasta nosotros y hasta nuestros días como
expresión de una época de augurios impropios para el optimismo [1].
Y es que, efectivamente, en Detour
existe permanentemente sobre el protagonista, Al Roberts (Tom Neal), la funesta
sensación de que jamás llegará a su destino: la felicidad. Talentoso músico de
un local de mala muerte, decide un buen día hacer un viaje sorpresa para
visitar a su novia, que decidió hace tiempo mudarse a Los Angeles en busca de
mejores oportunidades. Sus pocas posibilidades económicas le obligan a hacer el
viaje haciendo autostop, recogiéndole un individuo con una cicatriz en
la mano (dato que justifica el título en español) y un pasado reciente algo
conflictivo con una mujer. Pero lo que en principio parecía que podía ser el
comienzo de su recuperación vital, con un hombre que le invita a cenar y por el
que a cambio Al se presta a conducir de noche, se torna en el inicio de una
serie de calamidades encadenadas: el propietario del coche muere repentinamente
por causas naturales, a lo que el protagonista reacciona con miedo a que la
policía lo acuse de asesinato (parece ser que él mismo es consciente de su
predisposición para la desgracia), huyendo con el coche y la ropa del hombre
muerto, teniendo que adquirir incluso parte de su identidad para encubrir algo
que él no ha cometido pero que, a fuerza de sentirse culpable por ello, acaba
convenciéndose de que sí lo ha realizado.
Sobre todo es su encuentro con
Vera (Ann Savage) lo que termina por minar su confianza en que la fortuna toque
alguna vez en su puerta para favorecerle: ella resulta ser la mujer que causó
la cicatriz en la mano del hombre al que ahora Al ha tomado prestada la
presencia física. A pesar de que a través de ciertas sutilidades apreciamos que
incluso ella llega a enamorarse de Al, sus ansias por chantajearle y estrujarle
a nivel emocional precipitan el dramático final y su posterior huída a un bar
de carretera desde donde el protagonista de esta odisea fatalista nos cuenta su
peripecia, dirigiendo su voz interior hacia una humanidad que él entiende como
intransigente juez de sus actos.
El deambular por las
polvorientas, calurosas y desérticas tierras de Arizona bajo un sol de justicia
(paisaje fundamentalmente estéril) donde es recogido por el solitario coche
(como signo de esperanza) contrasta con esa otra escena nocturna en donde una
lluvia torrencial (elemento eminentemente ligado por la fertilidad) sirve como
telón de fondo a la muerte del conductor. Parece ser que para el bueno de Al no
hay otra solución que vivir siempre sus experiencias bajo ambientes hostiles
(extremada aridez o lluvia intensa) para no librarse nunca de su mal fario. Su
silueta cansada por la mala aventura, derrotada por la mala pata, cargada de
malos presagios, reposa sobre la banqueta del bar. Es un tipo que incluso en su
felicidad tiene un mirar colmado de aflicción, como si supiese que la felicidad
siempre fuese efímera, que jamás fuese a durar a su lado más que un breve
instante, siempre arisca y siempre infiel. Así, aunque se quiera, nadie puede
hacer planes de futuro, por muchos desvíos que para esquivar al infortunio se
quieran tomar.
_______________________
[1]
Recordar que Ulmer fue uno de tantos artistas que desde Centroeuropa (al igual
que otros ilustres vieneses, como Billy Wilder o Fritz Lang) tuvo que huir del
acoso de los nazis para refugiarse en los Estados Unidos, siendo desde allí
testigo del aciago discurrir de los acontecimientos de la Segunda Guerra
Mundial y sus consecuencias.
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