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sábado, 18 de mayo de 2013

MOTOR OBAMA


En estos tiempos de crisis (que más que económica es espiritual y de valores, siendo la una consecuencia de las otras… y viceversa) encontramos que los problemas suelen sacar lo peor del ser humano. Estaba pensando en la xenofobia y el racismo (dos términos que no quieren decir lo mismo pero que van indefectiblemente unidos), dos actitudes que dinamitan peligrosamente nuestra convivencia. Ahora que pintan bastos se mira a los inmigrantes de otra forma, a través de un cristal muy tupido de tanto que lo están ahumando algunos. Hemos pasado de reconocer que la mano de obra extranjera era la que nos iba a pagar a todos nuestras pensiones (encuentro personalmente algunas ventajas de mayor calado ético que no el engorde de nuestra tesorería pública) a que el mismísimo Ministro de Trabajo (ahora “del Paro”, como a algunos les traiciona tan verazmente la inconsciente conciencia) hiciera hace pocos meses una invitación “extraoficial” a que los extranjeros hagan las maletas si ven que aquí no hay para todos. Vamos, que lo de las pensiones lo podemos solucionar nosotros solitos. Ver (y oír) para creer. Y eso que Celestino Corbacho venía con un muy brillante currículo desde L'Hospitalet de Llobregat, modelo de integración inmigrante, que si no…

Aunque, la verdad, lo dicho arriba tampoco es del todo cierto, ya que ha habido otros ejemplos en los que una sociedad se ha cerrado a la admisión de inmigrantes durante épocas de economía boyante. Hace algunos años, por ejemplo, tanto Suiza como Austria llevaron a sus respectivos parlamentos leyes que restringían el acceso a sus privilegiados paraísos: les dio algo así como un siroco tirolés y decidieron que allí no cabía nadie más. Todo ello en el corazón de una Europa tolerante, integradora y aspirante a interlocutora de conflictos, que nunca olvida que el tránsito transnacional y transatlántico que verdaderamente merece la pena es el de capitales. Sin comentarios.


Todos somos contradictorios y tenemos nuestras paradojas. Puede que en España las tengamos todas (o casi). Quizás pueda ser debido a ello que tengamos por costumbre dejar de mirarnos a nosotros mismos (exigencias de nuestro complejo pasado) y tender la vista a los demás para escrutar y, en la mayoría de los casos, criticar (como esas vecinas cotillas que ven la suciedad de otras casas desde el otro lado de la calle). Y normalmente nuestros dardos suelen apuntar a los Estados Unidos: un país que no es un país, que nominalmente parece no existir (como bien se explicaba en un determinado momento de Elogio del amorÉloge de l’amour, J.L. Godard, 2001-) y que, precisamente por ello, sepan quizás mejor que nadie diagnosticarse con autocrítica.

Creo que no hay nadie que escape de tener una visión polarizada y contradictoria sobre lo norteamericano, pues esta denominación representa tanto la paternidad de la libertad y la democracia como el odioso imperialismo, tanto el amor al individuo como su represión, tanto el sofisticado urbanita como el patán sureño… en definitiva, tanto a Obama como a Bush (Padre, Hijos y Santa Compaña), comprendidos todos ellos bajo la amarillenta piel de Homer Simpson, el americano medio y modelo, tan libertario como sumiso, tan egoísta como comprometido… en definitiva, el paradigma del espíritu de la contradicción. Y, sin embargo, si cambiamos “lo norteamericano” por cualquier otra nacionalidad nos puede dar el mismo resultado (cualquiera puede hacer la prueba), con lo cual nos queda que en todas partes cuecen habas y que, al fin y al cabo, todos nos parecemos más de lo que nos gustaría. En nosotros mismos está la prueba.

Pero si hay una persona que me tiene alucinado con sus contradicciones (no son tales, sino que más bien están en mi mirada) ese es Clint Eastwood, capaz de pronunciarse a favor de McCain en las últimas elecciones y de ser al mismo tiempo la china en el zapato del movimiento ideológico conservador de su país a través de sus filmes, donde carga las tintas en contra de tótems intocables de su cultura como la familia o apelando a la dignidad de la vida en forma de eutanasia. Por eso no me extraña que para su última película haya elegido a un tipo solitario para meterse en su piel, pues así debe de sentirse en las filas republicanas: más solo que la una, mascando en la distancia su incomprensión.


Eastwood siempre se ha interesado por la soledad. Sus personajes salen de ella o terminan engullidos por ella, muchas veces cabalgando a lomos de un caballo (como en Infierno de cobardesHight Plains Drifter, 1973-, El jinete pálidoPale Rider, 1985- o en cualquiera de los filmes a las órdenes del gran maestro Leone), despreciando cualquier conato de empatía emocional con sus semejantes (frustrada cuando ésta se produce, como en Los puentes de MadisonThe Bridges of Madison County, 1995), pues cuando el destino nos golpea es más duro si lo hace contra aquellos seres a los que queremos (como en los trágicos finales de Kivu en Cazador blanco, corazón negroWhite Hunter, Black Heart, 1990- o de Hawk Hawkins en Space CowboysId, 2000). Su estampa siempre ha estado ligada al individuo y su sombra, su fiel compañera junto con un Winchester, un AK44 o una Magnum, herramientas para sembrar la muerte y, por tanto, la consiguiente soledad. Por eso sus personajes (al fin y al cabo uno sólo: él mismo) han evolucionado, han recapacitado, se han adaptado a los tiempos, sabiendo que todo lo que se deja atrás nos persigue y tenemos que encontrar nuestra propia redención para que la mala conciencia deje de acosarnos.

De todo esto (y de más cosas) habla en su última película Gran Torino (Id., 2008), una obra que huele a testamento, que cuenta historias sobre oportunidades perdidas y otras que se pueden aprovechar a través de un señor llamado Walt Kowalski y que está en las últimas. Un hombre que se define por sus circunstancias cercanas (recientemente enviudado y con unos hijos y nietos con los que no se trata y quienes no pueden verle ni en pintura) y que representa el último bastión norteamericano en un barrio dominado por la presencia de inmigrantes, a los que odia en su existencia sin pararse a pensar, como su propio apellido lo denuncia, que todos allí son inmigrantes, y que lo único que les diferencia entre sí, además de cierta pigmentación en la piel, son verdaderamente pocas cosas, todos con los mismos problemas, todos con las mismas pulsiones, todos con las mismas esperanzas. Todo depende, en este caso, desde el lado del cristal por el que se mire, ya que el color es igual para todos: violencia, desarraigo y, por supuesto, soledad.


“Los semejantes se reconocen entre sí”, le oí decir en cierta ocasión al profesor Gustavo Bueno (otro genio lleno de contradicciones). A pesar de las distancias y los iniciales recelos, los seres humanos estamos abocados al encuentro, aunque sea entre dos personas tan distintas en su origen, su cultura y su edad como ese anciano Mr. Kowalski (la persistencia que desarrolla a lo largo del metraje para que le llamen por su apellido es como un amarre a su pasado castrense, génesis de sus medallas, pero también de sus complejos, sus inseguridades y sus pesadillas) y el joven Thao. Y es curioso cómo las vidas de todos nosotros convergen a pesar de las imposiciones que parecen querer distanciarnos, pues el señor Kowalski encontrará en la familia hmong un sucedáneo de la suya propia (a pesar de haber luchado contra otros asiáticos en Corea) y Thao acabará accediendo al Ford Gran Torino a pesar de haber intentado robarle, viendo en el anciano a aquel padre comprensivo y generoso que le haga olvidar el autoritarismo del suyo propio [1].

De esta involuntaria manera nos vemos empujados a la compañía cuando, precisamente, lo que pretendíamos era estar solos. Y es que la soledad es un estado del alma que incluso cuando la perseguimos nos acabamos dando cuenta de que ni siquiera entonces podemos administrar nuestras vidas como queremos, pues hay una pulsión en nuestro interior que nos empuja a nuestra verdadera esencia de seres sociales, donde los demás nos completan, ofreciéndonos un reflejo, muchas veces grato, otros desolador [2]. Pues es así como funciona la sociedad, donde todos y cada uno de nosotros somos como piezas de un engranaje, que hay que cuidar y engrasar para que todo funcione a la perfección. O como esa bonita metáfora que utiliza Eastwood, cuando Kowalski comparte con Thao sus conocimientos en el garaje, frente a su Gran Torino: al preguntarle el joven sobre el porqué de la gran cantidad de útiles que el anciano guarda en su garaje, éste le contesta con un simple “Cada herramienta tiene su propósito: todo sirve para algo”, y con esta sencillez el director, a través de su alter ego, no sólo nos habla de su cine, de su concepción creativa, de su estilo depurado de gran maestro (un fluir casi místico, aprovechando el título de otra de sus grandes obras, Mistic RiverId, 2003), sino también un concepto de modelo social, donde cada persona tiene una tarea más allá del utilitarismo: todos somos necesarios, todos tenemos nuestro sitio, todos nos complementamos, cada uno con sus atributos inherentes.


Parece ser que la llegada de Obama a la presidencia de los Estados Unidos (que no al poder: para ese tema no hay, por desgracia, elecciones que valgan) está precipitando un “nuevo cine”, reflejo de este advenimiento (como se destacaba recientemente en el editorial de una publicación de tirada nacional [3]). Yo creo más bien que este nuevo presidente es más la consecuencia de un hastío que ha producido una nueva/vieja mirada y una nueva/vieja forma de pensar y de sentir. Es decir, la recuperación de unos valores que se habían aparcado en USA. Por eso la aparición en los fotogramas de Gran Torino del automóvil que da nombre y sentido a su título es una alegoría de ese tiempo que parecía perdido y que se ha recuperado: un anciano de raza blanca (uno de esos wasp a los que tanto aludimos) sentado en el porche de su casa, bebiendo y fumando en soledad, recreando la mirada bajo la suave luz del atardecer (los Estados unidos están indefectiblemente ligados a esa imagen y a esa luz, como si desde allí se estuviera eternamente presintiendo el ocaso de su esplendor) las bellas líneas de una máquina perfecta, una obra de arte, de ingeniería y de diseño que se guarda con celo escondida en un viejo garaje, que con denuedo saca brillo cada tarde con el único fin de su devota contemplación. Así parecen ser los más bellos ideales americanos, los cuales, de vez en cuando, son apartados para darlos esplendor, esperando que luzcan más límpidos cuando los saquen a pasear.

Por ello mismo el final de la película adquiere toda su dimensión, pues el hecho de que Kowalski se ofrezca en solitario sacrificio para obtener la paz de su nueva familia hace que cuando veamos a Thao conduciendo el coche (no con un motor Ford, sino con uno llamado Obama) nos lleguemos a dar cuenta de que las cosas en los Estados Unidos ya se han puesto en marcha, ya están rodando imparables hacia ese horizonte en el que confluyen la incertidumbre y la esperanza, pues no sólo ha habido un relevo generacional, sino que la sociedad se ha declarado culpable de su pasado, se ha impuesto una mortal penitencia y admite que una minoría gobierne de pleno derecho la dirección de su más preciada posesión.


Es curioso (para más inri) que esta película la viera después de escribir el artículo para el anterior número de Versión Original, en el que hablando de «puertas» reflexionara sobre una película tan emotiva como El luchador (The Wrestler, Darren Aronofsky, 2008), y que allí terminara apelando a un cambio de actitud y al sacrificio de corazones nobles para poder afrontar una crisis que, a pesar de la gerontocracia con la que se gobiernan las finanzas, estoy convencido que ha provocado gente tan ambiciosa como joven. Y es que normalmente del caos suele emerger la sabia mirada de nuestros mayores para poner las cosas en su sitio y demostrar con sus hechos y sus palabras que la juventud, como la soledad, es también un estado del alma. En esta ocasión (en otras son Oliveira, Rohmer… benditos sean mientras duren) Clint Eastwood es quien ha sacado su artillería más pesada, la que más duele, la que más víctimas provoca. Y una de ellas ha sido él mismo, pues su presencia en la pantalla rezuma penitencia a través del sacrificio, y aunque lleve varios años amenazando con no volver a ponerse delante de una cámara, ésta ha sido una de esas veces en las que la advertencia parece que se va a cumplir, pues desde la muerte de su personaje hasta esa voz rasgada del final, intentando poner en pie una canción llena de tristeza, que no vuelva a aparecer en fotogramas venideros parece tan coherente como necesario: es el final de un ciclo, la evolución de un tipo justiciero que poco a poco se ha ido dando cuenta de que Harry Callahan [4] ya no tiene sitio ni sentido en esta sociedad, en este mundo, pues a partir de su William Munny [5] comenzó a ajustar cuentas consigo mismo y con sus personajes para llegar sin remedio a este Walt Kowalski, última parada de una vía muerta, principio de una reencarnación en forma de joven asiático, solitario e inadaptado como él mismo. Ojalá todos pudiéramos decidir así la forma en la que dejar nuestro legado.


(artículo aparecido en el nº. 172 de Versión Original —junio de 2009— dedicado a "La soledad") 


[1] Una idea que, evidentemente, redunda el conflicto argumental de una de sus obras más emotivas y redondas, como es Million Dollar Baby (Id, 2004).

[2] Como cuando Walt Kowalski se mira en el espejo del cuarto de baño de sus vecinos asiáticos y se dice a sí mismo “Realmente estoy solo y casi sin familia”, espetándose al final un “Feliz cumpleaños” lleno de triste ironía.

[3] Carlos F. Heredero: “En la estela de Obama”, Cahiers du cinéma. España, nº. 20 (Febrero 2009), p. 5.

[4] Que podría haber estrenado perfectamente ese Gran Torino por la época de su producción: Clint Eastwood, al sacarle brillo a través de Walt Kowalski, nos dice así que nunca ha dejado de tenerle cariño a su bronco pero entrañable inspector de policía, el más solitario y huraño de sus personajes.

[5] Protagonista de Sin perdón (Unforgiven, 1992), película dedicada al final de su metraje “a Don [Siegel] y Sergio [Leone]”, cerrando y explicitando así no sólo una deuda pendiente, sino una retahíla de personajes con un concepto tan particular como desfasado de lo que significa la justicia.

MATAR AL VIEJO


No son buenos tiempos para ser un anciano. Si incluso para los jóvenes este mundo nos parece a veces demasiado rápido, acelerado, incluso frenético, no quiero ni pensar cómo lo tienen que ver nuestros mayores. No hace falta más que verles la cara: despistados, perplejos, incrédulos ante todo lo que desfila por delante de sus ojos. El planeta que ellos conocieron hace algún tiempo que desapareció, y lo hizo a la velocidad del rayo. No ha habido una etapa de transición tecnológica, ni cultural, ni social para que hayan podido adaptarse. Todo lo nuevo ha llegado de golpe, casi sin anunciarse, como un torrente imparable que ha terminado por engullirles, rematando su desconcierto.

Nuestra sociedad está llena de contradicciones. Una muestra de ello es un celebrado pensamiento que (mucho me temo… y por desgracia) todos nosotros hemos utilizado en alguna que otra ocasión, ya que la comunidad gitana parece ser que “SÓLO” tiene una virtud: la de cuidar de sus mayores [1]. Y eso parece darnos mucha envidia. Aparentemente, claro, porque la cifra de ancianos abandonados o maltratados (cuando no las dos cosas a la vez) son escalofriantes. Es decir: que los gitanos son unos cracks aguantando la peste que emana sus viejos, y si no fuera porque son una comunidad “machista, vengativa, delincuente, caradura y un largo etcétera” (tópicos de los que, parece ser, no puede escapar ni uno de ellos) los aceptaríamos de mil amores. Sin embargo, nosotros tenemos ese “pequeño defectillo” (mira tú) de que nos resulta desagradable el tufo de los viejos, de que nos divierte darles de ostias y de que hemos convertido las gasolineras de nuestra “santa geografía” en improvisados basureros humanos. Porque sigue habiendo cafres que se consuelan pensando que “su vieja” prefiere vivir sola, sin ataduras, sin molestar a la familia… o al menos es lo que recuerda de la última conversación con ella… diez años atrás.


Los ancianos siempre tienen las de perder ante sus generaciones posteriores, pues irremediablemente sus hijos y nietos tienen la capacidad “a toro pasado” de juzgar aquello que sus mayores hicieron o dejaron de hacer. Por eso, antes que como a víctimas, a las personas que tuvieron que vivir épocas pretéritas mucho más duras que las que ahora disfrutamos se las suele ver como actores participativos, como si todo aquello que pasó lo hubieran propiciado con su voluntad (o, en el mejor de los casos, con esa pasividad de “el que calla otorga”). Y, sin embargo, yo soy de los que están convencidos que en la mayoría de los sistemas políticos habidos y por haber, sea cual sea su signo, nosotros poco pintamos. Quiero decir que (y aunque suene a un arcaísmo del que algunos ya estaban celebrando su defunción: perdón, seguimos aquí) eso que ha venido en llamarse las «superestructuras» no nos dejan a los individuos demasiado margen de maniobra. Es decir, que nos guste o no nos guste, esto es lo que hay, y con ello parece que tenemos que tragar. Por eso me parece muy injusto cuando a un anciano se le achaca parte de los pecados del pasado, de la misma forma que no soporto que a un gitano se le eche en cara pertenecer a una comunidad como la suya pues, desde mi punto de vista, sus virtudes (ya he dejado claro que para mí son bastantes más que esa a la que siempre se alude) y sus defectos (que los tendrá, como toda sociedad) forman parte a un mismo tiempo de un acervo, de una forma de ser hasta cierto punto “autoimpuesta” y que arrastran desde hace siglos, sin que sus miembros no puedan escapar de ello si no es con el peligro de perder su identidad racial y cultural (que en la comunidad gitana caminan a una muy corta distancia). Afortunadamente, las cosas cambian, y ni ellos ni nosotros somos los mismos que los de hace un par de décadas. Aunque, por supuesto, siempre nos quedan cosas que mejorar… a todos.

Mi madre aún no es anciana, pero llegará el día en el que lo será. Yo muchas veces me pregunto cómo será entonces nuestra relación y sobre todo si, en ese momento en el que tanto ella como mi padre me necesiten, yo sabré estar a la altura y ser fiel a todo lo que ahora mismo pienso sobre la dignidad de los que tanto nos han dado (para empezar, la propia existencia). Saco a colación aquí a mi madre porque en cierta ocasión, hace unos cuantos años, hice con ella una apuesta: después de preguntarla si ella me quería, si nunca me haría daño y si daría su vida por mí, y responder ella siempre afirmativamente a mis preguntas, yo la dije que siempre podría haber alguna situación vital en la que ella llegara a matarme con inmenso alivio por su parte. Ella, supongo que por el desconcierto de lo que le estaba diciendo, no supo qué contexto podría ser ese. “Imagínate”, le dije, “que unos hombres vienen a por mí, que me van a llevar con ellos y que me van a torturar hasta que la extenuación acabe con mi vida. Ahora imagínate que tienes delante un arma y que tienes el tiempo justo para evitarme tal tormento… ¿Qué harías entonces?”. Supongo que sus enrojecidos ojos, sus lágrimas y el fuerte abrazo que me dio respondieron positivamente al reto que la planteé… aunque cada vez que me mira desde entonces tengo la sensación de que ve en mí a un irredento sádico.


Puede que el escritor japonés Shichirô Fukazawa se plantease la escritura de su novela Narayama como el retrato de la odisea de unos campesinos japoneses por sobrevivir, pero yo también pienso que hasta cierto punto podría haber sido un reto que alguien le lanzó: “¿quién y cómo podría alguien matar a su propio padre de buena gana, con una sonrisa en los labios?”. La propuesta es a priori dura de asumir, por lo que aquél que abordara el proyecto de transcribir este argumento en imágenes (a un medio tan popular y difusor de formas de ser, vivir y pensar como es el cine) tendría que ser, cuanto menos, un tipo de ideas peculiares. A pesar de que de dicha novela ya se hiciera una primera (y casi olvidada) versión cinematográfica en 1958 por Keisuke Kinoshita, el honor de hacerla verdaderamente famosa correspondió al maestro Shohei Imamura en La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983) [2].

Desde luego éste es un ejemplo en el que, a pesar de ser una película coral donde se cuenta la historia de todo un pueblo, el peso principal lo lleva sobre sus espaldas la anciana Orin (literalmente, ya que esta misma imagen se repite innumerables veces a lo largo de la cinta). Ella resulta ser la más veterana habitante de la Casa del Árbol, donde vive con sus hijos: Tatsué, Késa y Risuké. Está a punto de cumplir los setenta años y llega el momento de “ir a la montaña”. ¿Será esa viaje como el que nuestros mayores hacen tan frecuentemente a Benidorm? ¿Será ese un lugar en el que disfrutar de un apacible y merecido retiro? Las duras condiciones en el que tiene que (sobre)vivir esa pequeña y humilde comunidad nos hacen respondernos muy pronto en sentido negativo.

El film es, sin duda, un retrato sobre lo que significa el equilibrio y las funestas consecuencias que puede suponer su ruptura, algo muy del gusto “oriental” [3]. En un ecosistema tan delicado como el que viven encajonados (por valles y montañas) los seres que comparten ese mismo paisaje (hombres y animales, ya sean éstos salvajes o domésticos) no puede permitirse que el ciclo vital natural se rompa en ningún momento: si un eslabón se suelta, la “cadena natural” (término muy ilustrativo con el que nos enseñaron este concepto en el colegio) se romperá. Parece una perogrullada, pero todo al fin y al cabo es tan simple y tan fundamental como esto, pues si esa serpiente que vemos hibernando al principio de la cinta no sirviese de comida para las ratas en invierno, los mismos roedores no podrían alimentar a otras serpientes antes de que éstas den a luz a sus culebrillas. Y el ciclo de la Naturaleza vuelve así a empezar.


Al estar el ser humano tan inmerso en los condicionamientos que la Naturaleza acaba por imponer, no podría ser retratado de otra forma que como un ser vivo más, arrastrando las mismas miserias materiales y teniendo que someterse a las rigurosas leyes naturales para no perecer en la carrera por la conservación. Así, ese “deber” que empuja a los protagonistas de la historia resulta ser el motor que genera el movimiento de la acción: la madre, a pesar de poder ser aún una productiva trabajadora, “debe” apartarse de la comunidad, pues su presencia supone el estancamiento de su familia al taponar la posibilidad de la llegada de otros miembros que la puedan enriquecer (así de débil es ese “equilibrio” al que antes hacíamos mención) [4]. Y ella, por pertenecer desde hace más tiempo a esa cultura del “deber”, lo acepta de mejor grado (de hecho provoca físicamente su marcha al partirse adrede los dientes ya que, según su cultura, aquel que no tiene dientes no puede mantenerse por sí mismo) y se enfrenta con entereza y parsimonia a su indefectible futuro (qué diferencia entre esta anciana y los de nuestro tiempo y sociedad, a los que parece que permanentemente se les está acabando el tiempo: ¡hasta ese punto les contagiamos nuestra esquizofrenia por la dictadura del reloj!). Sin embargo, su primogénito Tatsué se ve lastrado en el compromiso vital que tiene culturalmente con su madre por un incidente del pasado: su padre no se atrevió en su día a llevar a su progenitora a la montaña, trauma que será para él un acicate para llevar a cabo su misión [5].

Es, por lo tanto, el peso de la tradición aquello que “en primera instancia” (ya que en última no deja de ser el sentido materialista de la supervivencia) vehicula el comportamiento de estos individuos, pues a nivel cultural únicamente pueden aferrarse a sus ritos y mitos para contextualizar su reducido universo. La extensión de sus referencias espaciales es tan escasa que el comerciante de sal es el único contacto con el mundo exterior, el único nexo con otros pueblos, el cordón umbilical (podríamos decir, con bastante mala leche, después de ver cómo son recibidos en dicho pueblo aquellos infantes que no han sido llamados) que une a distintas familias entre sí (es, de hecho, aquel que lleva las noticias de una mujer casadera para el hijo de la anciana Orin). Si atendemos a los primeros planos que abren la película observaremos la magnitud de lo dicho anteriormente: la silueta de esas montañas tan altas garantizan el aislamiento (mucho más en un invierno tan riguroso como el que se muestra). Los habitantes de un ecosistema como éste tienen que estar, a la fuerza, condicionados por él, tanto a nivel físico (incomunicación, autismo cultural, endogamia, prácticas sexuales perversas –zoofilia, gerontofilia e incesto-, etc.) como espiritual, pues las altas cumbres les ponen en contacto con lo divino, mientras que los remotos valles les acercan con el Averno, lo cual explicaría (aunque seguiría sin justificar) esa violencia que parece habitar intrínsecamente en las actitudes de esos individuos [6], pues esos hombres y mujeres parecen vivir en un limbo, en un eterno purgatorio donde no hay prosperidad ni tampoco merecido descanso.


Al final, el primogénito Tatsué (aquel sobre el que recae la responsabilidad de liderar a su casa, la «Casa del Árbol» [7], “armado” de poder a través de un atributo como es el de portar durante la caza del conejo el único fusil que se ve en toda la película) esboza una sonrisa, pues ha comprendido que su misión iba más allá de un rito o una tradición, pues su acción perpetúa en el tiempo la supervivencia de toda una comunidad (y su peculiar cultura). Si no fuera por el sacrificio de los ancianos el valle no se regeneraría con savia nueva, esa que hace brotar el arroz estación tras estación, año tras año, generación tras generación. Y la dureza de la prueba (transportar físicamente al padre o a la madre para depositarlos en un silo de historia escrito con los huesos pelados de sus antepasados) indica el nivel de compromiso con los suyos. Esa lealtad a la sangre será el pegamento que aglutine esos núcleos familiares (por lo menos hasta la llegada del próximo invierno).

Pero Tatsué también sabe que el fruto del amor hacia su esposa será algún día aquel que cargue con él en su “viaje” a la montaña. Lo que no sabemos es si cederá a la tentación de coger a su próximo  hijo y, bajo el amparo de la ley del equilibrio, abandonarle en mitad de un campo nevado para que sean así los rigores de la Naturaleza quines acaben con su futuro asesino. Quizás el anhelo de supervivencia vaya más allá de lo simplemente alimenticio. Quizás esa sonrisa final sea un gesto de satisfacción y victoria… quién sabe. ¿Le resultará más fácil… después de matar al viejo?

(artículo aparecido en el nº. 164 de Versión Original —octubre de 2008— dedicado a "Ancianos")



[1] Entrecomillo, pongo con mayúsculas y subrayo ese “SÓLO” para denotar mi indignación: ¿es que es tan desconocida la generosidad intrínseca, la lealtad por los suyos, la alegría por vivir, el concepto libérrimo de la existencia o la insumisión ante el Poder y la represión que ha venido demostrando el pueblo gitano a lo largo de la Historia?

[2] Película que se impuso en la competición por la Palma de Oro en el Festival de Cannes de ese año por encima de obras de la categoría de Nostalgia (Nostaghia, Andrei Tarkovski) o El dinero (L’argent, Robert Bresson).

[3] Con todo el peligro que conlleva utilizar este genérico término, ya que estamos hablando de decenas de países, idiomas, religiones, ritos, mitos, gastronomías, etc. que a nuestros ojos nos aparecen muchas veces de manera falsamente uniforme. Posiblemente haya un poso de verdad en que hay una “espiritualidad”, una forma de ver y entender que corresponde al núcleo común procedente del budismo: sintoísmo, confucionismo, etc.

[4] Pero las “nuevas incorporaciones” no pueden realizarse de cualquier manera, sino valorándose de forma “intuitiva” todo aquello que puedan aportar al núcleo familiar. Por eso están extendidos tanto el geronticidio como el infanticidio, ya que primero un anciano debe abandonar una “casa” (en el sentido de familia o clan) para que un neonato pueda ser recibido. Esto conlleva a que al hablar sobre los bebés abortados se pierdan escandalosamente las formas para los ojos de una persona que no viva en esas mismas circunstancias (un contexto que incluso exige tener una conciencia limpia al ser tan habitual el asesinato de recién nacidos), pues llegan a referirse a ellos como “abono” para los campos o “ratoncillos” que no hacen más que alimentarse a través de unas preñadas ávidas de más y más comida.

[5] A pesar de la grandeza de este film, no puedo dejar de expresar mi frustración cuando llega esta parte, ya que de estar viendo un “pseudo-documental” (si esto existiera) de carácter naturalista (como bien dice Santos Zunzunegui, en esa acepción puramente cientifista del que se dedica al estudio de la Naturaleza y que parte de la mirada de Zola) y trasfondo marxista (como intenté demostrar en un artículo que sobre esta misma película se publicó en la revista on-line Miradas de Cine del pasado mes de mayo) pasamos a entrar en un universo puramente ficticio, melodramático (por lo tanto, y siguiendo con la terminología utilizada hasta el momento, de carácter meramente burgués) y con profundas cargas freudianas (se descubre que Tatsué mató a su padre en el mismo punto argumental en el que no acepta que su madre se vaya, por lo que podemos afirmar que el hijo quiere seguir yaciendo ad aeternam con la madre –ya que la casa en la que viven poca privacidad permite-).

[6] Sin duda la más trascendente e impactante es aquella en la que entierran vivos a todos los miembros de una misma familia porque han robado alimentos, comportándose entonces todos con una especie de mentalidad ordenadora común, pues sus gestos y movimientos parecen tan unísonos y orquestados como en los que se observan en las hormigas (y no sería ésta la única vez en la que se mostrase a estos seres humanos tan imbricados en su medio natural que tomasen para sí actitudes y comportamientos propios de los animales con los que deben convivir: los dos jóvenes que hacen el amor enroscándose como dos serpientes, el búho que caza al ratón como la anciana Orin “caza” a la joven Matsu en su trampa, etc.).

[7] Son significativos los nombres de las dos “casas” que entran en liza en el argumento, pues son un fiel reflejo de la sociedad a la que nos enfrentamos: por una parte, la «Casa del Árbol» en la que viven Orin y sus tres hijos varones es receptora de mujeres pretendientes (ya que al estar hablando de un sistema patrilocal son ellas las que tienen que ir a vivir a la casa de sus futuros maridos), por lo que está en franca desventaja frente a la «Casa de la Lluvia» de la que procede la joven Matsu (que es “exportadora” de mujeres casaderas), la cual parece a salvo de tener que recibir nuevos inquilinos y, por lo tanto, repartir entre más individuos los escasos recursos alimenticios. De alguna manera se nos está diciendo que, a pesar de que en condiciones normales la lluvia fertiliza al árbol, aquí una de las casas (la de la lluvia) puede llegar a anegar a la otra (la del árbol), siendo para ésta como un cáncer o un veneno (de hecho, una serpiente sale de la Casa de la Lluvia para instalarse en la del Árbol).