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domingo, 19 de mayo de 2013

UNA HUÍDA A LA BOCA DEL LOBO


Hace algunas semanas recibí un extraño correo electrónico en el que unas monísimas niñas de highschool ejercitaban malabarismos en medio de una cancha de baloncesto, deleitando a un público bobalicón con sus monerías —y su indudable talento, producto de horas y horas de entrenamiento, que lo abominable del espectáculo no quita para reconocer el esfuerzo— en el salto de la comba [1]. Curiosamente por coincidencias del destino —algo que algunos solemos llamar sincronicidad—, ese mismo día se celebraba el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, y al ver a esas saltimbanquis en su número de circo me acordé de esos otros espectáculos de masas en forma de grandes manifestaciones gimnásticas tan populares en las dictaduras totalitarias —desde la Alemania nazi a la Unión Soviética, pasando por nuestra deplorable Sección Femenina, todas ellas vivificantes en la exacerbación del culto al cuerpo, a la moralidad y al amor a la patria— y que en Corea del Norte son llamados arirang, representaciones en extremo kitsch llenas de ese mismo colorido que no se ve en sus ciudadanos cuando éstos salen a la calle. Entonces me pregunté si esas barbies no formarán parte de ese tinglado ideológico en torno a la supremacía nacional que todo candidato a imperio necesita, por lo que jugando a las siete diferencias, terminé por aceptar que las niñas de la comba no se diferencian en demasía de sus homólogas coreanas. Como mucho, que en la túrmix las de USA echaron Coca-Cola. Y es que los semejantes, aunque parezca enemigos, se reconocen entre sí.

En el cine hay una verdad irrebatible: cuando alguien aborda el género histórico, lo hace para hablarnos de nuestros días. De hecho, esto es algo tan generalizado que aquellos que nos dedicamos a disertar, analizar y destripar las películas lo admitimos sin que el autor nos lo tenga que recordar. Así ha pasado con la reciente Ágora (Alejandro Amenábar, 2009) al conectar —con discutibles resultados— la intolerancia en la Alejandría del siglo IV d.C. —¡qué curioso que su película se ubique en una megalópolis cultural que se llama como él!; sólo faltaba que hubiese firmado la cinta como Alejandro Magno— con la sufrida en nuestros días a manos de los reaccionarios —políticos, culturales, religiosos, sociales, etc.—. Así al menos algunos lo han entendido… sobre todo aquellos que más aludidos se han sentido.


De los Estados Unidos de las locuelas adolescentes saltarinas también nos llegó una cinta que —ésta con más inteligencia y mala leche— nos habla de lo que nos ocurre hoy en día. Enemigos públicos (Public Enemies, Michael Mann, 2009) retoma un mito como es el de la biografía de John Dillinger, famoso asaltador de bancos de los años 30 que fuera la figura mediática más importante de principios de esa década. ¿Por qué era tan popular y querido entre la población, a pesar de su conducta antisocial? La respuesta la encontramos en el rótulo con el que la película comienza: “1933. Es el cuarto año de la Gran Depresión. Para John Dillinger, Alvin Karpis y “Baby Face” Nelson es la edad de oro de los robos a bancos”. Y es que la clase trabajadora llevaba sufriendo de lo lindo a raíz del Crack del 29, y que apareciera en la escena pública un individuo como éste, que daba su merecido a unos banqueros a los que notoriamente se culpabilizaba de la penuria económica de millones de familias humildes —a pesar de que, a diferencia de Robin Hood, Dillinger no repartiera sus botines entre los más necesitados—, era tan del agrado de la gente que el público que acudía a los cines de la época vitoreaba y jaleaba las imágenes de los noticiarios en los que aparecían ecos del caco y su banda. Y es que si hoy se hiciese una película que intentara reproducir algo parecido, podría empezar así: “2009. Es el primer año de la crisis económica más importante en ochenta años…”. Pero, ¿ha habido alguien que haya puesto en su sitio a los banqueros, financieros y brokers? ¿Hay alguien con el que desempleados, arruinados y expropiados se puedan identificar en su encono hacia la autoridad —sea ésta política, económica o policial—?

Este film de formato cuasi documental —y no sólo lo podemos afirmar por el fabuloso empleo del HD, sino también por la ausencia total de títulos de crédito en los que aparezcan los nombres del elenco artístico y técnico, algo que permite una total identificación con los personajes y sus peripecias vitales, casi al estilo de un docudrama televisivo— permite alguna lectura política más. A saber: allí como aquí la administración norteamericana lleva un año bajo tutela de dos presidentes —Franklin Delano Roosevelt y Barack Hussein Obama II— que han llegado al poder bajo sendas victorias electorales auspiciadas por la necesidad del cambio y las esperanzas de una población ahogada por una penosa situación económica, destacando por su lucha contra el imperio de las finanzas y sus desmanes —para lo cual aplican unas recetas que los más encendidos conservadores tildan como sovietizadoras—. También ambos son dos legisladores tolerantes y liberales —en el sentido más noble y primigenio del término— que tienen ansias por democratizar al máximo a sus respectivas sociedades. Y, sin embargo, una duda nos corroe por dentro al ver el film de Mann: si a pesar de todos los intentos de la administración Roosevelt para forjar un sistema en el que se respeten los derechos civiles, vemos cómo en un momento de la película hay policías que torturan y amedrentan a los detenidos con métodos expeditivos que van más allá de lo deseable, ¿ocurrirá lo mismo hoy en día —a tenor de los paralelismos entre las dos épocas— en los Estados Unidos de Obama? ¿Qué estará pasando en las cloacas norteamericanas, allí donde la vigilante mirada de su popular presidente no acaba de llegar? ¿Estarán los torturadores de Guantánamo en la cola del paro… o se habrán apartado hacia rincones más oscuros, donde el molesto poder les deje disfrutar con su juego de buenos y malos? Y es que no nos cansaremos de repetirlo: en nuestro mundo hay elecciones para presidente, pero no para acceder al poder.


Pero si hay una cosa verdaderamente sobrecogedora en Enemigos públicos es el retrato de la huída que realiza John Dillinger, pues su arrojo y su desafío a una autoridad a la que considera como perversa le impide alejarse de allí donde se le busca, siendo su viaje hacia el ojo del huracán uno de los actos más temerariamente nobles a los que se puede asistir. Verle pasear por las oficinas del FBI, escrutando las fotografías, informes y recortes de periódico que hablan sobre él es como asistir de primera mano a la glorificación en vida de un tipo que de corriente no tiene nada, que se ha convertido en mito social por méritos propios. Es el juego del gato y el ratón en su máxima expresión, donde el ratón se sabe con la ventaja de poder escaparse por unas rendijas a través de las cuales al sistema se le cuela la libertad de un individuo que se sabe irrepetible, pero que desconoce que el gato tiene una mira telescópica con visión nocturna.

Y es precisamente la oscuridad de una sala de cine —¡dónde si no!— el lugar en el que J.D. toma su última cena: el cinematógrafo como herramienta universal de mitificación, donde hasta un villano puede ser el nuevo héroe de masas al que venerar. Si Picasso fue el primer artista en ver en vida un cuadro suyo colgado en las paredes del Louvre, Dillinger fue el primer delincuente en contemplar en una pantalla de cine sus fechorías, sus robos, sus asesinatos… pero también su heroica gallardía y su enfrentamiento con un poder que, curiosamente —también hoy como ayer— estaba protegiendo a los banqueros, los mayores ladrones que hubo, hay y habrá.

Pero la película también se puede ver como la huída de su antagonista, Melvin Purvis, que por pertenecer a los leales servicios públicos para mantener la ley y el orden en su sitio debería ser el protagonista, el héroe. Y, sin embargo, no pasa de ser un tipo lleno de contradicciones, porque sabe que esa legalidad que está defendiendo es realmente cruel, despótica y repleta de hipocresía. Y también sabe que él ya no será nada después de atrapar a Dillinger, porque su tarea de atrapar a un icono social como él le convertirá, sin ningún género de dudas, en el malo de la película. De ahí su gesto de derrota al ver cómo el prófugo es abatido a tiros en la calle, ejecutado a sangre fría en medio de la muchedumbre, sin ningún tipo de honor, respeto o dignidad. Pero, ¿qué se puede esperar de un tipo que caza a los forajidos con un fusil de largo alcance y por la espalda? Habría que preguntarse si le gusta su trabajo o, por el contrario, es el sistema quien le impone las herramientas de represión.

Y es que, como en todo el cine de Michael Mann, policías y ladrones conviven en un ecosistema muy poco maniqueo en el que acabamos por comprender a cada una de las partes, pues todos ellos viven con sus contradicciones como pesados lastres vitales. Aquí, dos portentos de actores —Johnny Depp y Christian Bale— llevan el duelo de sus personajes más allá de la propia intriga, y nos ofrecen dos retratos llenos de matices dentro del gris, en un mundo que no es ni totalmente blanco ni totalmente negro. Son como dos almas gemelas que se atraen y se repelen, y se necesitan mutuamente para definirse a sí mismos. Dos caras de la misma moneda. Como decíamos al principio, los semejantes —aunque parezcan enemigos, públicos en este caso— se reconocen entre sí.


(artículo aparecido en el nº. 179 de Versión Original —febrero de 2010— dedicado a "Huídas")


[1] Disponible en http://www.biertijd.com/mediaplayer/?itemid=14256.

¿SUEÑA ROBOCOP CON PIRATAS INFORMÁTICOS?


El pasado 19 de abril en el programa de Iker Jiménez Cuarto Milenio hablaron sobre robots y de cómo su actual uso por esos benefactores de la humanidad llamados militares (¿no hablamos ya de ellos algunos colaboradores de esta revista en el número dedicado a los «cobardes»?) ha mandado a la mierda las leyes impresas por Asimov sobre la robótica (al cual siempre me le he imaginado bajando de su particular montaña, cual Moisés, con sus mandamientos escritos en sendos portátiles debajo de cada brazo). En la noticia, un grupo de veintitantos talibanes fueron asesinados por la voluntad de un engendro militar con forma de gran pepino, con el cual Occidente sigue jodiendo al mundo islámico. El mundo futuro representado en Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984) cada vez está más cerca.

En el cine y la literatura sci-fi hay, sin embargo, ejemplos en los que los robots muestran su previsible faceta benéfica, pues en su génesis está la función primordial de hacer al hombre (su creador) la vida más fácil. Pero incluso cuando su aparición en la pantalla está condicionada por el bien siempre suele haber otra manifestación homóloga que contrarresta esta tendencia positiva. Estoy pensando, sin ir más lejos, en la saga de Star Wars, donde a la presencia de C3PO y R2D2 siempre hay una contrarréplica imperial. Al fin y al cabo, los robots (casi siempre) responden a la voluntad de sus amos, de los cuales asumen su ética, mostrándose así como reflejo de nuestra dualidad moral.

Es por esa condición de servidumbre (devenida por la etimología del término eslavo robota) que estas máquinas pueden llegar a ser una herramienta perfecta para los intereses espurios al servicio del poder. Sobre ello reflexionaron los guionistas Edward Neumeier y Michael Miner al elaborar el argumento de RoboCop (Id., Paul Verhoeven, 1987). Y parece ser que todo partió de otro proyecto que, a la larga, se convertiría por derecho propio en uno de los mayores hitos del cine moderno: Blade Runner (Id., Ridley Scott, 1982). Su argumento pasó por las manos del propio Neumeier cuando, siendo un veinteañero, trabajaba como lector de guiones para la Warner Brothers: “Esta es una película [Blade Runner] sobre robots que quieren ser personas. ¿Pero qué ocurriría si todo estuviera planteado desde el punto de vista de un robot que, además, fuera un poli? Mi primera idea era que se tratara de un robot que se enfrentara contra toda la gente que intentara joderle (sic). Una pura inteligencia artificial contrapuesta a la inteligencia corrompida de los seres humanos” [1].


Más allá de su argumento y su sentido último, aquel que expone cómo un hombre literalmente «resucitado» expresa su deseo de encontrar sus raíces, su memoria, sus recuerdos, en definitiva, su humanidad perdida (perdida entre ese montón de circuitos y microchips que pueblan su regenerado cuerpo y su cerebro, y que remite más directa que indirectamente al mito de Frankenstein), hay un aspecto realmente interesante desde el punto de vista ideológico. A saber (y como apuntábamos al principio del párrafo) la propensión del sistema (ese concepto a veces tan denostado, pero que no por ello deja de rodearnos como una atmósfera intangible) a perpetuar su poder a través de aquellas herramientas que escapan al control del común de los mortales. Y es que la empresa que tiene bajo su dominio la gestión del cuerpo de policía de la futurible (por poco futurista) ciudad de Detroit (y que responde a la siglas OCP, configurando a través del juego de las letras que conforman la palabra cop su «reverso tenebroso», por aludir nuevamente a la fábula inserta en Star Wars) se transforma por sí misma en una denuncia ante la amenaza que ciertas políticas deslocalizadoras de la administración pública se producen con más frecuencia de la que a muchos nos gustaría, pues la privatización de ciertos servicios de interés general acaban degenerando en multitud de aspectos que, aunque convertidos en alegoría en el film de Verhoeven, resultan dramáticamente ciertos en nuestra vida cotidiana: los seres humanos nos convertimos en peones sustituibles, prescindibles, capaces (como los policías de ese Detroit saturado de delincuencia) de llegar al extremo de la huelga para reivindicar su dignidad (un derecho tan legítimo como molesto para el poder).

La crítica se extrapola fácilmente, pues, al contexto en el que se produce la película: la política ultraconservadora de la administración Reagan, la imposición de la clase yuppie como nuevos administradores de los recursos comunes y la desarticulación de lo público a través de demostrar su supuesta ineficacia. En el film el poder trabaja en connivencia con unos criminales cuyas acciones son controladas para permitir el advenimiento de aquello que, durante el Regeneracionismo, Joaquín Costa tildó como el «cirujano de hierro». Y yo me pregunto, ¿cuánto tardará en verse algún robocop por la floreciente (y cada vez más privatizada) geografía de la Comunidad de Madrid? Y algo que nos afecta a todos como cinéfilos e internautas, ¿cuánto tiempo tardará el nuevo equipo del Ministerio de Cultura en aplicar la política del policía virtual para controlarnos a todos nosotros, potenciales delincuentes on-line? (NOTA BENE: delincuentes a través de nuestras descargas, a pesar de subsanar nuestros delitos para con nuestras víctimas a través de ese impuesto revolucionario llamado «canon digital», y a pesar de atribuirnos los delitos a priori, puesto que nadie puede asegurar que la totalidad de los productos digitales que se consumen y utilizan tengan una finalidad “delictiva”: alguien se perdió la clase en la que analizaron Minority Report Id., Steven Spielberg, 2002—).


Y es que, como decía Marcel Duchamp (uno de los padres del dadaísmo, el único movimiento artístico verdaderamente rupturista y revolucionario del siglo XX), “el sistema es capaz de fagocitar incluso aquello que lucha contra él”. Así, encontramos que en el film de Verhoeven “RoboCop no ha nacido de una intención beneficiosa para la humanidad, sino que en realidad es el resultado de una conspiración llevada a cabo en el seno de la OCP […] con vistas a convertirse en un instrumento de coacción al servicio de los poderosos”, a pesar de que ya en su final se atisbe una cierta nota de esperanza, pues “El resquicio de humanidad que todavía late en Murphy es lo que impide que RoboCop acabe siendo, tal y como hubiesen deseado sus creadores, esa perfecta máquina represora y parafascista con la que soñaban” [2].

Y, sin embargo, en un número dedicado a los «robots» aún no hemos hablado de ellos, ya que por un lado los citados R2D2 y C3PO no dejan de ser androides (pues su aspecto nos remite a las características morfológicas del ser humano) y por otro RoboCop pertenece al grupo de los cyborgs, seres que, aun conservando partes de tejido humano, están compuestos por piezas mecánicas y electrónicas. Y es en la propia Star Wars donde encontramos a uno de los más famosos cyborgs de la historia del cine, Darth Vader, quien comparte con el personaje llevado a la pantalla por Verhoeven varios aspectos visuales y circunstanciales la mar de interesantes. Por poner un par de ejemplos: ambos son manipulados por un poder siniestro que quiere hacerse con el poder absoluto; a ambos, antes de convertirse en ese híbrido entre ser humano y máquina, les amputan dramáticamente su mano derecha (algún aficionado al psicoanálisis lo ligaría con la superación de la fase onanística y la entrada en una edad madura condicionada por conocimientos de índole superior); y RoboCop, para certificar la búsqueda de su humanidad y librarse de su tormento identitario, se retira su casco, dejando al descubierto su rostro, de la misma manera que Darth Vader se quita el suyo (ese capuchón en forma de glande que remata su fálica presencia —siniestro cipote sideral revestido con una estética a medio camino entre lo queer y lo sado-nazi—), haciendo que “resucite” ese Anakin Skywalker que se creía irremediablemente perdido.


“Todo lo que no es copia es plagio”, decía irónicamente Eugenio d’Ors, trastabillando uno de los más famosos adagios gestados en la Real Academia de la Lengua Española (“Todo lo que no es copia es tradición”). Al final, todo está inventado. Y es curioso que los referentes de ambas películas los encontremos en otra magna obra del cine universal, aquella que se presupone como génesis del género futurista, pues Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1927) puede ser considerada, por méritos propios, como uno de los antecedentes de eso que, muy posteriormente, ha recibido el apelativo de cyber-punk: “El término, aplicado generalmente a la obra literaria de William Gibson o Bruce Sterling, a grandes rasgos designa aquellas ficciones que presentan la tecnología en todas sus variantes posibles no como algo maligno, sino que reflexionan sobre las cuestiones éticas y filosóficas que su aplicación plantea, el poder que genera su manipulación interesada por parte de políticos y grupos de poder, sobre la creación de una nueva “realidad”, sobre la inserción de la humanidad, de lo “humano”, en el seno de un mundo hipertecnificado” [3]. Curioso, además, no sólo por el hecho de que en sus fotogramas aparezca el androide precursor (en lo visual) del C3PO de George Lucas (hablamos de Maria II) o por la circunstancia de que el malo de la película,  el inventor Rotwang (precedente a su vez del estereotipado modelo del mad doctor tan profuso en la sci-fi), tenga una mano biónica (la derecha, para más inri), sino porque la guionista (y, a la sazón, esposa de Lang) Thea von Harbou se basó en dos obras de H.G. Wells para desarrollar su libreto, siendo una de ellas «Cuando el durmiente despierta» («When the Sleeper Awakes», 1897) (la otra sería «La máquina del tiempo» —«The Time Machine», 1895—), novela “en la que los descendientes de los capitalistas gozan en la superficie de una vida de lujo frente a la laboriosa y subterránea existencia de los trabajadores, que también son una especie de cyborgs [4]. Así, por lo tanto, es como nos encontramos con los verdaderos protagonistas del tema propuesto para este número por la redacción de Versión Original, pues al final los verdaderos robots, los únicos que pueden recibir para sí mismos este término con conocimiento de causa, no son nadie más que nosotros mismos.


¿Pueden las cosas cambiar? ¿Hay motivos o argumentos para la esperanza? En una reciente entrevista aparecida en el diario Público [5], el irreverente, necesario y siempre polémico filósofo Alain  Badiou (uno de los popes del mayo del 68 parisino) decía lo siguiente: “Actualmente en Francia hay mucha tensión [alude al secuestro de empresarios en sus propias fábricas por parte de obreros encolerizados, acciones que incluso han sido aprobadas por la clase ejecutiva en algunos sondeos]. Y quizá estamos, y digo quizá, en una situación preAcontecimiento. El Acontecimiento es algo que no se puede prever. […] Tomemos el ejemplo de los obreros de origen extranjero perseguidos por los estados ricos de forma generalizada. Esos obreros se están organizando, y eso sí es un Acontecimiento. El sujeto fiel es el que contribuye de una forma u otra a su lucha. El sujeto reactivo es el que encontrará justificaciones para no incorporarse al movimiento. […] Los individuos sólo pueden superar su estado de dispersión y su egoísmo por mediación de la Idea, que hace que uno exceda a sí mismo. La Idea es la única manera de superar el estado normal del individuo, el de sobrevivir, aprovecharse de todo lo posible y servir sus intereses propios. El capitalismo y su orden, al fin y al cabo, están enteramente basados en el principio de que los individuos permanecen en el estado de individuos y se rigen por sus propios intereses. La Idea es absolutamente todo lo que permite conducir a otra Humanidad y a que los individuos se incorporen en algo más importante que los límites de su interés propio”. La Idea… el Acontecimiento… el Momento. ¿Cuál sería la receta para el “nuevo mundo”? “El amor es una insurrección que te arranca de tu condición de existencia ordinaria y te saca de la experiencia individual, porque ves el mundo a dos, en lugar de a uno. Es salir del individuo. Es el primer paso que un individuo puede hacer más allá del límite de su interés egoísta”, remataba el filósofo. ¿Era esto lo que Lang y Von Harbou nos proponían en el final de su película… o era más bien la asunción de la sumisión como herramienta para la tan ansiada «paz social»? Pues ahora que nuevamente estamos en época de «vacas flacas» y se nos dice que nos apretemos el cinturón, escandaliza el hecho de ver el inmoral reparto de beneficios de los grandes bancos o que éstos presten sin pudor cifras mareantes para promover los fichajes de futbolistas/modelos/hombres anuncio (léase Kaká y Cristiano Ronaldo, por citar los más sonados de este verano —al menos hasta la finalización de este artículo—) al mismo tiempo que niegan créditos a las familias trabajadoras. ¿Es así como se desea apaciguar a una población saturada de hartazgo en la perpetua espera de saber lo que significa verdaderamente participar de la riqueza de su propia fuerza de trabajo? ¿Será todo tan fácil como esperar a ese «mediador» que una en comunión las manos con el cerebro? ¿Seremos nosotros capaces de ser ad aeternum las manos sin cerebro y que los poderosos vivan cómodamente como cerebros sin manos? Sí, puede que estemos cerca de ver el Momento.

(artículo aparecido en el nº. 174 de Versión Original —septiembre de 2009— dedicado a "Robots")


[1] Citado por Rob van Scheers en Paul Verhoeven, Faber&Faber Limited, London-Boston, 1997, p. 186; citado a su vez en la obra de Tomás Fernández Valentí Paul Verhoeven. Sangre y carne, Ediciones Glénat, Barcelona, 2001, p. 176.

[2] Ambas frases sacadas de la op. cit. de Fernández Valentí (pp. 203 y 206, respectivamente).

[3] Antonio José Navarro en su artículo “RoboCop. El policía del futuro” aparecido en Imágenes de Actualidad, n.º 175 (noviembre 1998), sección “Cult Movie”, p. 50; citado por Valentí en la p.178 de su op. cit.

[4] Según se dice en el artículo de Javier Hernández Ruiz “Las escenografías de Lang en el cine alemán de entreguerras”, Dirigido por, nº. 367, mayo 2007, p. 70.

[5] En la sección “Culturas” del lunes 20 de abril de 2009.

sábado, 18 de mayo de 2013

EL CALOR NOS VUELVE LOCOS


1. Eduardo Zaplana, después de calentar la vida parlamentaria y las cabezas de millones de españoles durante los cuatro años que ha durado su cargo como portavoz parlamentario de Partido Popular, ha explicado a su nueva empresa que él no puede trabajar si no es a una temperatura de 17 grados centígrados [1].

2. ¿Se ha preguntado alguien alguna vez por qué el hombre se empeña en explorar el espacio exterior, mandando sondas y robots a otros planetas, construyendo estaciones espaciales que orbitan alrededor de la Tierra, cuando aquí ni siquiera conocemos todos los misterios del fondo marino? ¿Y por qué perseguimos de una forma tan visceral y tan llena de odio a las ratas, cuando por nuestras calles damos de comer a las palomas, seres tan llenos de gérmenes, parásitos y enfermedades como los citados roedores? Todo esto tiene su explicación en el poder simbólico de los términos arriba y abajo.

Supongamos que en una sala de juicios el condenado se dispusiera en un lugar más elevado que el del juez. Éste seguiría teniendo el poder de condenarle o absolverle, pero perdería totalmente su credibilidad. A pesar de que un juez está investido de una serie de atributos en los que se reconoce su autoridad ética y/ o moral (la toga, la gran mesa, la maza, los agentes del orden custodiándole…), no es más persona que la que tiene delante de sí. Sin embargo, su status cualitativamente superior está plenamente representado por su superioridad física en tanto en cuanto situarse por encima de la cabeza de la persona a la que juzga supone una inserción en un plano que remite a cualidades más “elevadas” (dignidad, sabiduría, ecuanimidad, equilibrio, perspicacia, etc.), todas ellas que parecen emanadas de un dios, de un ser “superior”, más allá del hombre y del bien y del mal. Por lo tanto, si alguien se propusiera juzgar desde un plano inferior, ¿qué saldría?


En El infierno del odio (Tengoku to jigoku, Akira Kurosawa, 1963) hay un particular acercamiento a lo anteriormente expuesto. El filme se divide muy claramente en dos partes: en la primera se nos presenta al Señor Gonzo (Toshiro Mifune), un empresario del sector del calzado que está enfrentado con el resto de los socios capitalistas de su empresa (Zapatos Nacional). Sin embargo, sin que ellos lo sepan, ha planeado comprar la mayoría suficiente de la empresa para poder imponer sus propios criterios. Se ha hecho con una importante suma de dinero con mucho trabajo y sacrificios: ha llegado a embargar su propia casa. Justo después de una acalorada discusión con estos socios, se produce un hecho dramático: secuestran al hijo de su chofer, habiéndole confundido el secuestrador con el hijo del propio Gonzo. El rescate son 30 millones de yenes, prácticamente la cifra ahorrada por este empresario para llevar a cabo sus planes de futuro. A este hombre se le plantea una gran duda moral: elegir entre sacrificar al hijo de su empleado para conseguir sus sueños o entregar su fortuna para salvar a ese niño, que no sólo es el mejor amigo de su hijo, sino que es un ser humano desamparado que clama vivir. Al final, Gonzo elegirá pagar el rescate y salvar al pequeño.

Ya en estos primeros momentos empiezan a asomar distintos elementos que orbitarán sobre el argumento y las imágenes de toda la cinta. Por ejemplo, los niños juegan en la casa a indios y vaqueros, y en su primaria candidez intercambian sus disfraces (el elemento permite que se desarrolle el drama del secuestro de alguien equivocado, ya que la propia madre confunde a ambos niños) y, por lo tanto, sus roles (el bueno y el malo, el perseguidor y el perseguido, el acosador y el acosado…) de una manera natural. 


Esta primera parte se desarrolla por completo en el interior de la mansión de Gonzo. Se potencia sobremanera el poder claustrofóbico de no salir de un mismo escenario durante buena parte del metraje, acentuándose la impotencia que el personaje principal siente al no poder hacer nada y estar él mismo secuestrado en su propia casa, ya que sus movimientos están siendo vigilados muy de cerca por el secuestrador. También comienza a vislumbrarse el otro elemento al que hacíamos referencia en la presentación: hay un drama visible, público, a la vista (aunque parapetado del resto de la ciudad por grandes ventanales que funcionan como un muro de cristal) en el piso inferior, donde se desarrollan los negocios del señor Gonzo, se exponen sus secretos planes para hacerse con la compañía, juegan los niños, se suceden los primeros contactos con el secuestrador, las primeras investigaciones de la policía, etc., y otro drama más íntimo, más personal sucede en el espacio en off del piso superior, donde la mujer se refugia para llorar, al que no podemos acceder por ser aquello más sagrado e inviolable de todo hogar.
       
Tras el pago del secuestro comienza la segunda parte de la película. Este eje está marcado por una imagen que es la definición perfecta de toda la cinta: seguimos a dos policías en busca de pesquisas cuando, andando por la orilla de un canal, la imagen se detiene en la vista de la casa del Sr. Gonzo sobre una colina, dominando la ciudad. La cámara se fija en la imagen distorsionada que se refleja en el agua, mientras por delante de ella cruza una figura. Todo ello nos perturba, nos inquieta, y sin que Kurosawa nos diga nada más, ya sabemos que nos encontramos ante la imagen del secuestrador. El paradigma de la sencillez.


Este plano citado del exterior de la casa es significativo del momento de la película en el que nos encontramos. Hemos cambiado por completo de estar en el interior de la casa a verla desde su exterior. Pasamos de ver la ciudad desde arriba, con una perspectiva despejada y desde el interior del hogar del empresario, a ver el exterior de la casa desde un plano inferior y desde los arrabales de la ciudad, entre los tejados de las casas más humildes. Hemos cambiado lo cómodo, tranquilo, ordenado, limpio y fresco del interior por lo caótico, sucio y caluroso del exterior (el propio secuestrador le recuerda a Gonzo en una de sus comunicaciones que no es más cómodo estar a 40º que con aire acondicionado). Hemos pasado del drama interior, individual, privado, al drama exterior, general, público. De la clase alta a la baja. Del empresario y su familia al trabajador y su soledad. Del que está protegido por la policía al que está perseguido por ella. Del que se muestra al que se esconde. Del que ama al que odia.

Más tarde veremos una imagen de esta misma casa del protagonista desde la ventana del cuarto del secuestrador: día tras día, mes tras mes, año tras año viendo cómo ese hombre triunfa y es feliz. El odio que se genera en el interior de ese muchacho es brutal por su acumulación. Es la impotencia de aquel que está atrapado por las circunstancias, habiéndole obligado el destino a tener como único paisaje desde su ventana aquello que comenzó a vertebrarse entre el deseo y el rencor, a tener que convivir con la miseria, pero con la opulencia a la vista. La frustración de ver cómo las distancias entre los dos vecinos se hacían cada vez más insalvables: cada vez más rico, cada vez más alto, cada vez más lejos. Pero la grandeza de Kurosawa no está en juzgar, sino en mostrar para que cada uno saque sus propias conclusiones. No hay un solo plano en el que el espectador no sea libre de pensar sobre lo que está viendo. El director no se entromete en el proceso de comprender las inquietudes que han llevado a esa persona a cometer esa fechoría. Los actos hablan por sí solos.


Esta segunda parte se convierte por derecho propio en una de las cimas del género negro policiaco. La investigación, las pistas, el seguimiento, la detención… todo ello resuelto con la destreza propia de un gran maestro. Desde el mismo momento en que la cámara sale al exterior con Gonzo y el resto de los policías y montan en un tren para pagar el rescate (donde Kurosawa utiliza incluso imágenes tomadas con cámaras tomavistas, remarcando el carácter de verosimilitud del documento) hasta la localización del secuestrador en el hospital donde trabaja, pasando por esa bajada a los infiernos que supone la visita a los bajos fondos de la ciudad donde habitan los drogadictos y las prostitutas (momento que remite explícitamente a El perro rabioso -Nora inu, 1949-, tanto visual como ideológicamente, y un filme también marcado por la sofocante presencia del calor), esta investigación policial engancha, inquieta y motiva, adquiriendo tintes de cacería, donde policía y prensa llegan a trabajar en connivencia para poder capturar al malhechor.

Pero el momento más importante desde el punto de vista de nuestra teoría es cuando, por caminos separados, el chofer del señor Gonzo y su hijo por un lado, y los policías por el otro, encuentran el lugar donde el secuestrador tuvo retenido al niño. Es una urbanización nueva, en un lugar elevado de la ciudad. No es casual: el secuestrador busca un lugar en el que poder parecerse a aquel a quien tanto odia, y busca para ello un lugar identificable con lo más odioso, lo más representativo de su oponente: la altura. Pero mientras que la mansión de Gonzo domina un paisaje urbano e industrial, el de la guarida del secuestrador es más natural: desde allí se ve la puesta de sol sobre el mar, con una isla en la postal. Existen, pues, dos filosofías enfrentadas: por un lado el zen, el sintoísmo del secuestrador, un joven con valores tradicionales, y por el otro el empresario agresivo y urbanita, un hombre maduro que mira hacia el futuro.


Las dicotomías conceptuales no terminan aquí, ya que mientras que el señor Gonzo representa cierta opulencia económica, a su figura se le relacionan elementos que nos remiten a lo inferior, como son los zapatos que fabrica o como cuando corta el césped que pisa con sus pies. Mientras, el secuestrador, perteneciente a una clase baja con aspiraciones (es un estudiante de medicina, por lo que su estatus económico y social es plausible de ser mejorado), pero está relacionado siempre con escaleras que ascienden (ver el momento en el que le reconoce la policía en el hospital o aquel que sucede con la prostituta drogadicta). Esto no es ninguna contradicción, sino un auténtico ejercicio de puesta en escena de conceptos relativos, ya que en la película nada es absoluto.

En el encuentro final en la prisión, el cristal con la verja se convierte en un espejo en el que la imagen de ambos hombres no es su propio reflejo, sino la proyección inversa del ser que tienen enfrente, al modo de Alicia a través del espejo. El secuestrador se enfrenta a sus propias contradicciones: estudia medicina, una profesión en la que salva vidas y cura enfermos, pero él es capaz de contaminar y matar por medio de las drogas (las mismas que salvan y curan), incluso a personas que nada tienen que ver con su proyecto de extorsión. Odia a un hombre que ni siquiera conoce, que no sabe cómo siente, cómo piensa, qué opina. Simplemente tiene envidia por él, por lo que es y por lo que él cree que tiene, ya que está engañado en cuanto a lo exterior, a lo superficial: la casa que tanto envidia ni siquiera es de Gonzo, ya que la perdió al no poder hacer frente a la hipoteca a causa del pago del rescate. El secuestrador es, por tanto y sin saberlo, la causa de que la mansión de Gonzo, aquel objeto en el que se empezó a cimentar su odio, no sea más que una imagen de humo. En un último gesto, el secuestrador se pone en pie: mira a Gonzo desde esa altura y comienza a gritar. La policía se lo lleva entre alaridos. Quizás en ese momento comprendió que el punto de vista sea posiblemente algo relativo.


3. En su viva sabiduría, Kurosawa tituló a esta película Cielo e infierno (traducción literal del japonés), sabiendo no sólo que eso sería lo que el secuestrador sentiría al comparar su vida con la de Gonzo, sino ahondando en el relativismo y lo azaroso de la vida, ya que parece haber una delgada línea (no sabemos si roja o de otro color) que separa, efectivamente, el cielo del infierno, el éxito del fracaso, el placer del dolor, la felicidad de la desdicha.
Desde luego, si hay algo que identifique visualmente al infierno eso es, sin ninguna duda, el calor. Y no cualquier calor, sino el extremo, el insoportable por su crudeza, su intensidad y su carácter eterno. En esta película, como en muchas otras [2], aparece dicha sensación, y el comportamiento de uno de los personajes se ve tan influido por él que se podría decir que todo lo que acontece en la película es en parte producto de dicha incómoda sensación.

Y, sin embargo, puede haber otro infierno que, al contrario de aquel que acabamos de detallar, incluya precisamente la pérdida del calor: la falta de un hijo (aunque sea temporal) implica una carencia de afectividad, de ese pegamento que se suele llamar el “calor familiar”. Es por ello que el secuestrador, antes de hacer daño directamente a su odiado Gonzo, decide privarle de aquello que sabe que más daño le va a hacer, por encima de cualquier posesión material que pueda tener. Un hijo es algo imposible de reponer, y por ello el despechado e iracundo médico en prácticas golpea allí donde más puede doler, retirando de un hogar aquel elemento que da calidez sin quemar y luz sin deslumbrar. 

4 (y final). Así que, después de tanto tiempo, seguimos igual, a vueltas con la lucha por el aire fresco. Los tipos que antes se apellidaban Gonzo ahora se llaman Zaplana. Poco más parece haber cambiado, pues somos muchos los que les observamos desde la lejanía con la mirada llena de recelo, envidia y resentimiento. “Prefiero ser pobre que ser como ese tiparraco”, decimos muchas veces. ¡Pero cuánto nos gustaría poder trabajar a esos “inmorales” 17 grados en vez de pudrirnos junto con nuestras miserias a más de 40! Qué maestría de la Kurosawa, qué capacidad para decirnos que no merece la pena, que debemos ser mejores que ellos, que es preferible la dignidad a todos esos lujos tan frívolos… Sí, don Akira, pero sólo hasta que a todos de verdad se nos hinchen las pelotas, hasta que lleguemos al límite de nuestra paciencia. Entonces…

(artículo aparecido en el nº. 162 de Versión Original —julio-agosto de 2008— dedicado a "Calor") 


[1] “El periodista Miguel Ángel Aguilar contó ayer en el comentario que dedica a diario en la Ser que Eduardo Zaplana quería 17 grados en su despacho en Telefónica (el edificio estaba a 22 grados), por lo que han tenido que hacer obras en el exterior para colocarle su propio aparato”. Artículo titulado “Zaplana necesita 17 grados en su despacho de Telefónica”, aparecido el viernes 6 de junio de 2008 en el alicantino diario Información.

[2] A este respecto, recomendar la lectura del estudio que sobre este director hicieron Antonio José Navarro y Tomás Fernández Valentí (Dirigido por…, Nºs 272 y 273, Octubre y Noviembre de 1998), donde realizaron una clasificación sobre la influencia de los efectos atmosféricos en los filmes de Akira Kurosawa, incluyendo concretamente un apartado dedicado al calor (p. 75 del Nº 272).