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domingo, 12 de febrero de 2017

SOLDADITOS DE PLOMO




Para entender en parte la nueva apuesta de George Lucas por una película de animación como Clone Wars [1] (id., Dave Filoni, 2008) tenemos que remontarnos a un pensamiento expresado por Hilario J. Rodríguez con respecto al estreno en 2002 de El ataque de los clones (Star Wars: Episode II. Attack of the Clones): “(…) si en mi caso existe interés por todo tipo de cine, de cine razonablemente bueno, y un mínimo de nostalgia por ver en los nuevos episodios un poco del espectador que yo fui algún día, en el caso de los fans incondicionales adultos (…) me pregunto qué les mueve, qué les mantiene anclados a una forma cinematográfica más propia de niños y jóvenes. Me inclino a pensar que la razón reside en la tendencia innata al coleccionismo (…). Coleccionar le da un sentido a determinados actos y de paso le da rumbo a la vida», para casi al final de su artículo afirmar «En eso reside, precisamente, buena parte del encanto de la saga La guerra de las galaxias: en su carácter de museo abierto a la historia del género de ciencia-ficción y por extensión a la historia del cine” [2]. Sus palabras, además de correctas y concretas, resumen y definen a la perfección la idea con la que George Lucas actúa a la hora de llevar a cabo alguno de sus proyectos, pues en sus propios orígenes como realizador encontramos uno de los más bellos cantos a la nostalgia de una época (coincidiendo, cómo no, con la adolescencia del propio autor) como era American Graffiti (id., 1973). Todas y cada una de sus películas, sea cual haya sido su labor, han sido demostraciones de esa añoranza por lo desaparecido (en términos vitales y cinematográficos), intentando con ellas resurgir y/o resucitar viejos géneros y estilos populares caídos en un cierto desuso. Dicho lo cual estarían en perfecta consonancia estética e ideológica los últimos proyectos del realizador, como la denostada por algunos Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the kingdom of the crystal skull, Steven Spielberg, 2008), donde su guión expresa a la perfección un hecho evidente: que los años de tránsito deben estar argumentalmente en consonancia con la época de su producción.

Los acontecimientos sólo nos vienen dados de forma aislada si somos nosotros mismos quienes les aislamos. Por eso a mí personalmente me gusta poner en relación hechos que confluyen en el espacio y en el tiempo, algunos de los cuales no tienen que ver entre sí (lo cual da como resultado unas síntesis de lo más sugerentes) y otros tienen un componente de relación más que evidente. En estos últimos casos se encuentra la aparición cada vez más frecuente en kioscos de colecciones compuestas por objetos a escala realizados en plomo: figuras, soldados, vehículos, etc., que marcan una distancia abismal en cuanto a su concepción y realización con aquellas otras que nuestros padres y abuelos disfrutaron durante su infancia. Sin embargo, la gran diferencia está en sus consumidores, pues ya no son las de los niños las potenciales manos que las disfrutarán, sino que en la actualidad somos una legión de coleccionistas maduros (cercanos a la cuarentena, como bien advertía Hilario en una parte de su artículo) quienes llenamos parte del mobiliario casero con estos objetos que ya no son para jugar, sino para fijar la mirada y tratar de resurgir (o resucitar) las emociones pueriles. Somos los modernos peterpanes quienes otorgamos éxito a determinados productos a través de su demanda… y los que de paso llenamos las arcas de los nuevos midas para que perpetúen aún más nuestra ya agotada adolescencia intelectual.



En el caso de la película que nos ocupa, tanto el fondo como la forma confluyen en lo dicho en los dos párrafos anteriores. Clone Wars es en sí una experiencia estética, pues cierta “torpeza” o bastedad en el aspecto de sus personajes está lejos en su concepción a los del anterior proyecto en el mundo de las series de animación (me refiero al que llevó a cabo ese heredero natural de la factoría Hanna&Barbera que es Gendy Tartakovsky), lo cual los acerca a un cierto encanto arcaico (aunque aplicando lo mejor de la más novísima tecnología); y, por otra parte, los aparta de cualquier relación tanto con los largometrajes de las dos trilogías como con la mencionada serie “Las guerras clone”. Esa textura a medio camino entre el plomo y la cerámica realiza por un lado la función de ver en animación esos fetiches que los fans de la saga recopilan (a veces de forma compulsiva), de observar en acción esas figuritas con las que la mayoría ya no jugamos sino es a través de la imaginación, y por otro lado ponen en escena un universo para nuevos/viejos consumidores, aquellos que son capaces de seguir emocionándose con las nuevas formulaciones de la reciente revolución digital, configurándose como la misma prueba de fuego que tuvieron que soportar en su día aquellos fans de la ciencia-ficción de serie B ante el magno espectáculo de ver la panza de una destructor imperial fagocitar literalmente la pantalla de los cines durante el estreno del episodio IV de la saga galáctica. Es la eterna lucha que George Lucas impone a sus seguidores (y que muchos de ellos no pueden soportar): la morriña por lo ya conocido y el reciclaje de lo por conocer. Aquellos que no saben o no pueden adaptarse acaban pasándose al lado oscuro de desgastar sus viejos VHS.

Más allá de la contextualización formal del aspecto de esta nueva experiencia, en su desarrollo argumental también participa ese espíritu que hemos otorgado a George Lucas por resucitar géneros y estilos, no tanto en desuso (si por tal entendemos aquellos que pasan de moda en cuanto a los gustos), sino más bien arrinconados en la memoria cinéfila. En esta nueva aportación proveniente de la factoría instalada en el Rancho Skywalker se han resucitado parcelas casi olvidadas del mejor cine bélico inscrito en la II Guerra Mundial, donde la acción se intercalaba con el suspense que propiciaba el espionaje [3]. Un cine de pura emoción que aquí se desarrolla en escenarios estelares a través de una tecnología instalada en nuestro imaginario que (los cinéfilos) ponemos en relación con clásicos de John Guillermin o Ken Anakin (!) [4]. Y todo ello nada gratuito viniendo de quien viene, pues el mismo George Lucas ya instaló a Indiana Jones en una década como la de los 50 que, coincidiendo con la edad dorada del cine bélico, parece contar ahora con la afinidad del director (como hace veinte años fue, como no podía ser de otra manera, la de los 30).



Otro de los aspectos también destacables es la incursión de esta producción en el género de la comedia, una condición cada vez más recurrente por parte de Lucas, lo cual por mi parte le otorga cada año con más motivo el título de “frustrado director de comedias” (y volvemos a vueltas con la última entrega de Indiana Jones como ejemplo de ello). Y no de esa comedia de alto standing que fuera tan del gusto de Lubitsch o Hawks, sino aquella más emparentada con el gag visual y verbal, donde los droides de la Federación de Comercio destapan las torpezas de sus diseños a base de equívocos (mucho más apreciables por desgracia en su versión original que en el doblaje al castellano).

Así pues este nuevo proyecto del enfant terrible de la industria cinematográfica tendrá sus detractores (muchos, a tenor de lo que me va llegando) y también sus defensores, pero sin duda no dejará de aportar imaginario a este proyecto que parece que no termina de acabar, que ensancha las miras estéticas y argumentales de un universo eternamente inconcluso, cualidad que exaspera a algunos y nos colma a los demás.
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[1] Aunque fue estrenado en cines su episodio piloto, durante la mayor parte de este artículo abordaremos los comentarios configurando el filme como parte inseparable de la serie de televisión, aspecto que resulta más sugerente que el fílmico, aunque lo cinematográfico no deje en ninguno de los episodios de la serie de aparecer como un fuerte componente organizador ético y estético.
[2] Hilario J. Rodríguez: “Coleccionismo cinematográfico”, en Dirigido por…, nº 312, mayo de 2002.
[3] Camino que ya se inició en el mencionado Episodio II de la saga, configurándose esta serie de animación por lo tanto como una evolución natural de aquél en más de un sentido.
[4] Por citar tan sólo dos nombres… aunque ciertamente este último sea más que significativo con respecto al tema que estamos tratando.

miércoles, 8 de febrero de 2017

LA LEYENDA DEL ETERNO ERRANTE




Uno de los primeros artículos que leí de Versión Original fue hace dos años en el número dedicado a la sonrisa. Pablo Segovia hablaba sobre Mouchette, una de las joyas que Robert Bresson nos legó. Lo primero que pensé es que era difícil relacionar a tal personaje con una acción como la de sonreír, ya que más bien es una figura embargada por la tristeza antes que con la alegría. Pero inmediatamente me di cuenta de que hablar sobre algo es también hablar sobre su contrario. Las fuerzas de la Naturaleza siempre tienden a emparentarse con su contrario porque de la unión de ambas consta la propia existencia: vida y muerte, placer y dolor, ruido y silencio, masa y vacío… Es una visión netamente oriental, una idea que Lao-Tsé ya se encargó hace muchos siglos de establecer en palabras cognoscibles.

Por lo tanto, podemos hablar de “casas” en el cine sin que éstas aparezcan en el fotograma. Es decir, podemos tratar este tema como una visión sobre aquellos seres que viven sin un domicilio fijo, sin un hogar permanente, haciendo su casa de aquellos parajes y lugares por los que pasan. Nos referimos a todos aquellos vagabundos, cosmopolitas y/o exiliados que han perdido sus raíces y no han arraigado en ninguna parte, convirtiéndose en eternos errantes, encontrando su sitio allí donde alguien se convierte en su amigo.

En Star Wars la acción se sitúa, como todos sabemos, en el espacio interestelar. Este escenario es un mero lugar de tránsito, un espacio en el que aparentemente poco sucede en comparación con la densa trama que se forja en la superficie de los planetas, donde verdaderamente discurre la acción. Sin embargo, no son demasiadas las ocasiones en las que vemos a los protagonistas de la saga desarrollando su vida privada en una casa, en lo que podríamos considerar su hogar. Y mucho menos en la trilogía original, donde la acción de los personajes nos suelen trasladar de un lugar a otro a un ritmo que a veces resulta vertiginoso.


A pesar de lo dicho antes, hay momentos en los que vemos a los protagonistas en sus casas. De la comparativa entre éstas podemos deducir aspectos de su personalidad y su situación dentro del argumento, de dónde vienen y hacia dónde van. El Palacio de Naboo, residencia de la Reina Amidala, es un suntuoso y majestuoso edificio gubernamental, sede de una democracia consolidada. Sus pasillos y estancias cubiertas de mármol y materiales preciosos nos dan una perspectiva, no de quién es, sino de dónde proviene, de su infancia y de su educación. Cuando Anakin Skywalker sea encargado en El ataque de los clones de proteger y custodiar a la senadora Padmé Amidala a su planeta de origen para ocultarse de aquellos que están intentando eliminarla, asistiremos al regreso al hogar donde se crió esta bella e inteligente política. El sosiego y la belleza de ese entorno nos anuncia lo pacífico y la nobleza de sus intenciones y objetivos, ya que parece ser que no podría ser de otra manera, que su filosofía debe estar en consonancia con aquello que la ha rodeado durante su educación.

Es, por lo tanto, que por comparación presumimos que el futuro de Anakin está determinado por todo lo contrario: lo agreste y árido del entorno donde nació parece tener un peso tan tremendo en él que, desde el principio, sospechamos que el final de ese inocente niño tendrá un terrible final. Las casas en las que los esclavos viven en Tatooine en La amenaza fantasma nos remiten por su aspecto a cuevas habitadas por cavernícolas, por gente primitiva y sin cultura. Allí donde se cree que no puede haber un hálito de esperanza surge este niño con sus portentosos poderes y su predisposición para ayudar a nuestros héroes. Su entrega y solidaridad no se corresponden con el ambiente que le rodea, por lo cual su acción cobra un mayor peso dramático.


Del mismo remoto lugar también surge Luke Skywalker, su hijo perdido. Precisamente por ser el lugar de origen de Anakin/ Darth Vader y por considerar que lo doloroso con su pasado pesará demasiado en el villano como para no buscar allí a su vástago. El joven Luke crecerá también, como su progenitor, en un ambiente hostil en cuanto a la climatología (extrema aridez) y a las amenazas (los piratas tusken, los moradores de las arenas). Pero el drama de Luke no es comparable al del niño Anakin, ya que este último fue rescatado de su situación de esclavitud cuando era un niño, y sin embargo el héroe de la trilogía original permanece encerrado siendo ya un adolescente, esa etapa de la vida en la que más ardientemente surgen los anhelos de aventura, de escapar de la rutina y llevar a la práctica aquellos que se ha aprendido. Por ello su hogar, esa casa con la misma apariencia que aquella en la que vivía Anakin, tiene para él una apariencia de prisión mayor de la que tenía para su padre cuando era un niño, ya que aquel soportaba estoicamente su condición de esclavo al no haber conocido otra situación vital desde que nació. La trágica muerte de sus tíos Owen y Beru es lo que le catapulta más allá de la granja de humedad en la que ha estado encerrado, proyectándose su futuro fuera de la pesada atmósfera de Tatooine de la mano de sus improvisados y nuevos compañeros de aventuras.

Aparte de otras presencias de casas y de edificios donde se ve el discurrir de la vida, como las que aparecen en Coruscant (fundamentalmente las estancias donde vive la senadora Amidala, el despacho del canciller Palpatine o los distintos lugares donde discurre la vida de los jedi), en Kamino (la habitación donde vive Jango Fett y su hijo Bobba), en Tatooine (la morada del gangster Jabba the Hutt) o en Vespin (la base minera de gas donde vive Lando Calrisian), una de las casas que más relevancia puede tener es la morada final en la que Yoda se refugia en su exilio. Indigno lugar de retiro para un ser que ha estado en el punto más alto del que pudiera ser considerado el centro del universo (simbólica y físicamente: el consejo jedi se reúne en el extremo de una altísima torre en Coruscant, centro neurálgico de la galaxia, ocupando Yoda el centro de todas las reuniones), ese hogar construido con barro se integra perfectamente en el paisaje de Dagobah. El entorno nutre de materiales para elaborar una vivienda que se funde con aquello que lo rodea, formando un equilibrio con la naturaleza, donde no hay espacio para los aditamentos, los ornamentos o la sofisticación: cada elemento cumple un papel específico dentro de una economía de subsistencia y funcionalidad, expresando tajantemente el carácter de su propietario (humildad, sobriedad, etc.).


Este tipo de viviendas aparecerán recurrentemente a lo largo de toda la saga, indicando con su presencia al mismo tiempo el principio y el fin de algo, el nacimiento y la muerte de distintos estados. Podríamos mencionar los hogares de los ewoks en la copa de los árboles, dese donde se gesta al final del Imperio en una batalla épica con visos de fracasar (es abrumadora la diferencia de tamaño entre los adorables «ositos» y los stormtroopers, así como entre sus respectivas tecnologías). También en los árboles están las casas de los wookies, produciéndose en el planeta Kashyyyk una de las más duras derrotas de la República, anunciándose la inminente victoria del nuevo régimen dictatorial. Asimismo, las tiendas de los moradores de las arenas (también conocidos como los piratas tusken) responden a este mismo modelo de hogares espartanos realizados con elementos naturales, y su disposición en el argumento de Star Wars tiene una importancia vital: emplazados en Tatooine, son observadores privilegiados del crecimiento de Luke Skywalker (aquel que destruirá la primera Estrella de la Muerte con su gesta individual, para después derrotar al Imperio en su conjunto), así como del nacimiento de su padre, Anakin, quien en su regreso a su planeta de origen, y llevado de una rabia incontenible, masacrará uno de estos campamentos, anunciando la inminente muerte de su persona, renacido en el cuerpo robótico de Darth Vader.

Las viviendas tusken nos permiten, además, adentrarnos en un territorio muy abundante en el universo de Star Wars, pues su carácter temporal nos lleva a tratar el tema del nomadismo y el hogar improvisado, recurrente en muchos de sus personajes. En un espacio galáctico donde las distancias entre planetas es enorme, es lógico que muchos de los seres que lo habitan tengan que llevar su casa a cuestas, como si de un caracol se tratase. Ya desde sus primeros fotogramas, Star Wars se nutre de comunidades que se desplazan con todos sus enseres y posesiones: los pequeños jawas recorren los desiertos de Tatooine dentro de un enorme transporte que contiene ingentes cantidades de chatarra (un verdadero tesoro para ellos), los rebeldes se establecen momentáneamente en bases militares de carácter transicional (como la Base Echo en Hoth), etc. Pero el personaje que mejor define este carácter ambulante, y al que le dedicamos este artículo por hacerse merecedor del título de «el eterno errante», es sin duda Han Solo.


Ya desde su mismo nombre se nos indica una cualidad intrínseca a su persona, sobre todo para los hispanoparlantes: «solo» hace referencia a su carácter individual, a su desapego hacia otras personas, a su deseo de ser libre, sin ataduras. Su hogar es cualquier punto de la galaxia, y lo más parecido a una casa es su nave, la mítica «el Halcón Milenario», vehículo de contrabando que, como la furgoneta de cualquier repartidor de mensajería, no dispone de decoración alguna, y la única distracción a bordo es ese fantástico tablero de ajedrez holográfico. Con la única compañía de su fiel amigo y socio Chewbacca, recorre el universo en busca de aventuras y créditos fáciles, sin referentes emocionales o morales que le lastren en sus oscuros negocios. Es en ese punto en el que entra en contacto con aquellos que harán que su vida gire 180˚, encontrándose con lo más parecido a una familia y unos ideales por los que trabajar, abandonando su egoísmo y su cinismo por la vida.
 
En dirección opuesta encontramos a Anakin Skywalker, que será arrancado de su hogar en tatooine para vagar permanentemente por la galaxia. Desaprovechará su oportunidad de fundar una familia, condenado a vagar sin rumbo fijo ni hogar al que fijar su vida. La suya es la maldición de los que no encuentran su sitio, dominados por la paranoia que transmite el miedo: el terror que le provoca perder aquello que ama le convertirá en un monstruo por dentro y por fuera, atemorizando a los habitantes del universo entero con su personaje de Darth Vader. He aquí una de las más valiosas lecciones de Star Wars: el odio no lleva a ninguna parte, permaneciendo sus habitantes perdidos en la oscuridad y la nada.

martes, 7 de febrero de 2017

LA FUERZA DEL MONSTRUO




Los monstruos han acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos. A la vez que se creaba en nuestro subconsciente la necesidad de forjar un ideal deífico que acaparara todas nuestras mejores cualidades y deseos surgía también ese otro reverso que nos anclaba a nuestra condición humana, a un universo mágico poblado por deformaciones de nuestro mundo consciente en el que somos vulnerables a unas amenazas emanadas de nuestro propio interior, producto de nuestra desazón vital y nuestra imaginación.

Tras largos siglos en los que los poderes políticos y religiosos se aliaron del impulso generado por lo desconocido para atrapar el anhelo de libertad del ser humano, la llegada de la razón a través de los ilustrados del siglo XVIII comenzó a dinamitar todas esas supersticiones, y el hombre poco a poco comenzó a ser libre tras siglos de oscurantismo. La luz emanada por la ciencia hizo comprender al ser humano que todo lo bueno y lo malo que en el universo habita no es sino todo lo bueno y lo malo que hay dentro de cada hombre y cada mujer.

La mano de los románticos del XIX quiso que el alma liberada del hombre empezase a apreciar como aliados a todos aquellos monstruos que habían poblado sus noches de tormenta, floreciendo así una época repleta de seres deformados y crueles que basaban su comportamiento en su instinto primario de caza y supervivencia, y en la mayoría de los casos era el propio ser humano quien, creyéndose a salvo en las nuevas megalópolis, acababa siendo su desafortunada presa. Todos ellos surgieron como producto de los nuevos miedos instaurados por los límites de la tecnología, aunque lejos de espantar crearon una fiebre sin precedentes por su lectura y conocimiento, generándose un nuevo gusto por lo macabro y lo desconocido, por todo aquello que durante milenios había sido tachado de pecado y herejía. Las nuevas teorías científicas que exploraban el inconsciente lograron que explotara una revolucionaria forma de ver la realidad. Los sueños dejaban de tener carácter mágico, imponiéndose la idea de que son manifestaciones de nuestros deseos más profundos, siempre ligados a nuestras pulsiones sexuales. Así comenzó a forjarse una liberación física, rompiéndose las ataduras de la represión. Todos estos monstruos creados en el siglo XIX respondían a estas tentativas de plasmar la nueva sexualidad, desligada del mero acto de la procreación y enfocada a la participación del placer personal. Las nuevas formulas invitaban a la amoralidad, a despejarse de prejuicios obsoletos, contemplando el deseo como una manifestación inherente al ser humano.

Todo esto se estableció y potenció en el siglo pasado, donde el deseo por escapar de nuestras fronteras físicas nos llevó a imaginar otros mundos fuera de éste, a viajar por el espacio y enfrentarnos con lo desconocido. Nuevamente surgieron remotos miedos, viendo en la profunda oscuridad del cosmos aquel vacío que nos atenazaba en nuestros orígenes, y tuvimos que llenarlo con presencias amenazantes. Y qué mejor medio de plasmar todo esto que el cine. El género fantástico cinematográfico ha sido, desde sus orígenes con Méliès, una perfecta plataforma para los monstruos modernos. El carácter ignoto de lo no explorado siempre ha servido como excusa para crear mundos fantásticos a capricho del artista, quien ha ampliado sus límites más allá de los marcados por lo conocido. Y tratando de ciencia ficción tenemos que seguir hablando inevitablemente sobre Star Wars.


Ninguna otra película ha desplegado tal galería de monstruos y personajes difíciles de imaginar. Ninguna sensación como ver por primera vez la cantina de Mos Eisley, asistir a la heterogénea presencia allí concurrida e ir poco a poco adentrándonos en un universo vivo, repleto de criaturas imposibles que no atienden a ninguna norma genética conocida. La presencia del joven Luke Skywalker, con su aspecto virginal e infantil, choca ante la variopinta estampa de mercenarios y cazarrecompensas, y es en ese preciso momento, frente a los monstruos, en el que nos sentimos atrapados por su situación vital, lográndose una completa identificación con este personaje y su contexto de desamparo: un huérfano que ha perdido todo vínculo con sus tutores al ser asesinados éstos de forma brutal, y que está en ciernes de comenzar una aventura sin precedentes de la mano de una sabio guerrero jedi. La amenaza de ese entorno hostil nos hace empatizar al momento con él, haciéndonos partícipes de sus sueños y esperanzas, acomodándonos en su piel y haciendo nuestras esas primeras emocionantes vivencias.

Aunque no toda presencia monstruosa en Star Wars está ligada a lo maligno o lo amenazante, ya que hay guerreros jedi y aliados de la Fuerza Rebelde que así lo constatan (como pueden ser los ejemplos del maestro Yoda o Chewbacca), resulta pintoresca la galería de malvados que George Lucas ha logrado crear, estableciendo en nuestro subconsciente una lista de aspectos y presencias que han forjado su propia personalidad y espacio en la historia de la cinematografía (aunque un caso aparte sería el de los malos de la nueva trilogía, ya que sólo el tiempo y las futuras generaciones pondrán en su sitio).

Sin embargo, en cada nueva entrega que el director nos ha estado ofreciendo desde 1999 ha ido apareciendo un personaje o una serie de ellos con sus peculiaridades propias y su idiosincrasia particular, haciéndoles reconocibles en cuanto a su apariencia y su comportamiento. Así, en el Episodio I es evidente que la figura de Darth Maul focaliza la atención en cuanto a su aspecto: una cabeza coronada por pequeños cuernos, un rostro rojo cruzado por rayos negros y una mirada diabólica concentrada en unos ojos con destellos rojos y amarillos (que parecen reflejar un interior habitado por fuego y azufre) remiten iconográficamente a la idea que del mismísimo diablo nos han transmitido las religiones a lo largo de la historia. Su traje de profundo negro y el sable de luz de doble haz de color rojo completan su maléfica estampa, y su poderío físico se concreta en su capacidad para luchar contra dos jedi a la vez. Es el representante de las fuerzas desatadas de la Naturaleza, de la animalidad en estado puro frente a las sofisticadas religión, cultura y comportamiento de los monjes-guerreros, los agentes del bien [1].


Sin embargo, no hay que olvidar que este villano no es autónomo, no hace el mal de forma voluntaria, sino que es un tentáculo de una fuerza mayor, ya que es discípulo de un maestro sith que actúa en las sombras [2]. No es gratuito, por lo tanto, que el título de este episodio haga referencia a esa “amenaza fantasma” que es Darth Sidius, cuyas apariciones están siempre definidas por la proyección holográfica de su figura: no hay una presencia física, no hay una intervención directa de su persona en la conspiración, sino que sus huellas son borradas a través de la influencia que ejerce sobre otros, sobre aquellos que en muchos casos son engañados, presas como los demás de un complot para acaparar la mayor cantidad de poder que le permita gobernar la galaxia a su antojo y en solitario. Así, George Lucas establece una teoría política en la que nos enseña a dudar de que aquellos que nosotros creemos como culpables de los males del mundo no son más que esbirros y mercenarios de otros poderes mayores, ocultos en la sombra, verdaderos monstruos en sus propósitos, que confabulan en secreto con objetivos mayores de los que nos podamos llegar a imaginar.

Tras un paso por El ataque de los clones, en el que la única presencia monstruosa destacable era la de la cazarrecompensas Zam Wesell, cuya pertenencia a la raza de los mutantes clawdites le permitía poseer la apariencia de una hermosa mujer mientras que debajo de esta máscara su aspecto era la de un horrendo ser, el director incorpora en La venganza de los Sith a un nuevo monstruo destructor, el General Grievous, que se presenta como un rival prácticamente indestructible por su capacidad para enfrentarse con cualquier situación adversa. Sus similitudes con Vader, el siguiente esbirro de Darth Sidius/ Palpatine, se centran en que ambos son una mezcla entre humano y máquina y su más que parodiada tendencia al asma (en este nuevo personaje resulta un chiste más que un precedente). Sin embargo, el color blanco de su morfología, su aspecto encorvado y su capacidad para manejar los sables de luz incautados a sus víctimas, ceñidos con esas garras articuladas, no llega a tener el peso dramático ni el poder de sugestión que desprende la figura de Darth Vader, personaje que «diseccionaremos» hacia el final del análisis.


De la trilogía original nos quedan en la retina varias apariciones monstruosas. Quizás la más extraña, por no pertenecer a ninguna entidad viva, sea la de la Estrella de la Muerte. Su presencia en pantalla está rodeada de un halo de turbación, como en la secuencia del encuentro con el Halcón Milenario, en la que literalmente engulle la nave y a nuestros protagonistas con ella. Su lento desplazarse por la espesa oscuridad de la galaxia impregna cada fotograma de desasosiego difícil de explicar: su perfecto contorno circular, la pulcritud de su superficie, ese gran óculo que lo asemeja a un temible cíclope y del que se sirve para sembrar el terror y la destrucción… todo está condicionado a impregnarnos de la idea de que estamos ante una máquina imparable, de que no hay otra nave en el universo en condiciones para enfrentarse a ella [3].
 
El Emperador resulta ser la quintaesencia de lo que podríamos denominar “el monstruo interior”. Su paulatina mutación en una bestia cruel y despiadada se va configurando en los episodios I y II de una manera sutil y cadenciosa, pivotando su personalidad entre la apariencia amable y diplomática del político integrado en el Senado Galáctico, al que va manejando con la destreza de un jugador de ajedrez, moviendo las influencias sobre los distintos sistemas a su antojo, y la del confabulador oculto tras la capa de la traición, lo cual nos da una idea del trastorno bipolar que sufre este personaje, el cual da rienda suelta a su temperamento desquiciado en el Episodio III, donde su aspecto externo llegará a reflejar su deformación interior, apareciendo ante nosotros el monstruo que realmente es. Sus contadas apariciones en la trilogía original no hacen sino acrecentar el mito sobre su temible influencia en toda la galaxia, ya que parece dirigirla a distancia, simplemente con el control que otorga el terror que sobre su persona circula.


Pero sin duda la más monstruosa, inquietante y, a la vez, sugestiva presencia que ante nosotros aparece en la saga de Star Wars es la de Darth Vader. Antes de la creación de los nuevos episodios que han completado la trilogía original, este personaje aparecía ante el espectador como un ser cargado de una aureola de misterio. Su hieratismo, esa contención en la que no hay lugar para los sentimientos, esa amoralidad a la hora de ejercer el poder que le permite asfixiar con su control mental incluso a sus subordinados, desataba en nuestro interior un inevitable desasosiego al enfrentarnos con un ser en el que se concentra la maldad en estado puro. La estética que le rodea, plasmada en los uniformes de los servidores del Imperio, nos remite a aquella otra que acompañó a los nazis, interrelacionándose sus figuras a un nivel político y sentimental, sirviendo lo ocurrido durante el III Reich como modelo de advertencia: estamos ante una máquina que no contempla la vida humana, sino el objetivo final de la dominación absoluta.

Conocer la génesis del monstruo nos ha servido para concretar los aspectos formales y comportamentales de ese personaje que un día fue un niño de presencia inocente y candorosa llamado Anakin Skywalker, asistiendo a su bestial transformación, tanto física como psicológica. Los datos se nos dan con cuentagotas, pero están ahí, como por ejemplo cuando, nada más abandonar Tatooine y acurrucado en un rincón de la nave que le transporta, confiesa a Padmé que la galaxia es un lugar “frío y oscuro”. Pudiera ésta parecer una frase de poca relevancia, aunque con un minucioso análisis observamos que es ahí donde se encuentra el principio de la creación del monstruo.


Efectivamente, su planeta de origen es un lugar cálido, incluso extremadamente árido y agreste, pero es el lugar en el que moran sus recuerdos infantiles, aquellos que están ligados a su niñez al lado de su madre. La pesadumbre que este personaje va adquiriendo según avance el relato, poblado de pesadillas amenazantes hacia las dos mujeres de su vida (Shmi Skywalker y Padmé), tendrá su punto culminante en la paulatina pérdida de estos dos amores, de las que se acabará culpando por su pasividad, pasando por ello a la acción directa, llevando a la práctica sus monstruosas ideas sobre la paz y el orden. Cuando su mutación en Darth Vader tenga lugar su figura se investirá de una serie de atributos que definen lo que ha sido y lo que será en adelante: su capa le protegerá del intenso frío de la galaxia, el color negro de su indumentaria le confundirá con la oscuridad del vacío interestelar, el cuero de su traje remitirá a su tendencia al sadomasoquismo y la máscara le ocultará en el anonimato para no encontrarse con aquel inexperto jedi que fue capaz de dejar morir a su madre y a su esposa. El miedo que se forja en su interior es el primer paso de la correlación evolutiva advertida por el maestro Yoda: el miedo conduce a la ira, la ira conduce al odio, el odio lleva al sufrimiento… El perfil de su porte, de claras connotaciones fálicas, definen una personalidad edípica: un hombre preso del amor hacia su madre y que acabará matando a sus sucesivos padres putativos, Obi-Wan Kenobi y el Emperador.

El enfrentamiento con este último será su prueba final. Hacia el final de la saga su mentor en el Reverso Tenebroso volverá a poner a prueba a su más apreciado discípulo como antaño lo hizo cuando éste se llamaba Anakin Skywalker, pero en vez de enfrentarle contra sus tutores, los jedi, el nuevo experimento tratará de demostrar su incondicional fidelidad acabando con la vida de su propio hijo. Ya hemos comentado en alguna ocasión el peso y la fuerza de la transmisión de los genes. Un padre es capaz de dar su vida por salvar la de su hijo, ya que, de manera subconsciente, lo que predomina en una situación de peligro es la perpetuación de la información genética, que los rasgos inmutables que cada uno de nosotros porta se transmitan de generación en generación.


Seguramente sea debido a esto que Darth Vader no acabe cediendo al chantaje emocional del Emperador, entregándose él mismo en sacrificio en aras de que algo suyo, más allá del legado de dolor y destrucción que ha sembrado, perviva en el espacio y en el tiempo, redimiéndose con su gesto como ser humano más allá de la máquina que le mantiene vivo. Su noble acción le permitirá alcanzar la inmortalidad como el gran guerrero que fue al quemarse en la pira funeraria su máscara, esa presencia maligna que le mantenía encerrado. De una forma subconsciente, Luke redime a su padre realizando con él el mismo ritual de connotaciones vikingas con el que el resto de los jedi homenajearon a Qui-Gon Jinn, aquel que entregó su vida confiando en que aquel niño equilibrase de una vez por todas las fuerzas de la galaxia. Y no se equivocó ya que, aunque pueda parecer cogido por los pelos, Darth Vader concentra en su persona todas las características del superhéroe: lleva capa, tiene superpoderes (esa telequinesis que le permite mover objetos y estrangular a distancia) y acaba con «el malo de la película». Toda una demostración de que lo bello y lo siniestro siempre se acaban dando la mano, ya que no son más que distintas caras de la misma moneda.
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[1] Como se puede observar en la escena del duelo final, cuando Qui-Gon Jinn espera pacientemente a que se abra la puerta de energía, en actitud de reflexión, con una postura más propia de un budista, mientras que al otro lado Darth Maul le reta con la mirada, paseándose de un lado a otro, como si de un felino enjaulado se tratara.

[2] De hecho, la situación argumental de Darth Maul en el Ep. I es la misma que soportaba Darth Vader en el Ep. IV, ya que allí no era más que un sicario a las órdenes del malvado gobernador Moff Tarkin, a su vez segundo del Emperador.

[3] Sin embargo, será nuestro joven héroe quien acabe con este coloso a través de su pericia y su intuición, remitiéndonos su gesta a historias de la antigüedad como la de David contra Goliat o la Aquiles y su debilidad en un minúsculo punto de su talón, adquiriendo su hazaña un carácter netamente mitológico.