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sábado, 18 de mayo de 2013

SYLVIA LE DIO PLA(N)TÓN


De verdad que no dejo de maravillarme por ese descubrimiento que es la «sincronicidad». El pasado domingo 7 de septiembre, al tiempo que enviaba a esta misma publicación mi colaboración para el número dedicado a «Ancianos», recibía una llamada en la que me comunicaban que mi abuelo había sufrido un derrame cerebral. Tan fantástico de contar como siniestro de padecer. Somos el resultado de un cúmulo de circunstancias azarosas que se nos colocan delante para darnos una y otra vez lecciones que no podemos ignorar, pues cuando convergen varias de ellas lo casual se torna en causal.

Los encuentros más interesantes que tenemos en nuestras vidas suelen tener ese carácter inesperado que nos lleva a una búsqueda de adaptaciones a las nuevas circunstancias, todo por sobrevivir a un despido, a un matrimonio o a un derrame cerebral. De las personas con las que nos topamos en la vida son las de origen imprevisto las que, sin pretenderlo, más nos acaban marcando. Yo a veces juego a trazar en un mapamundi imaginario las líneas vitales de aquellas personas con las que me relaciono, viendo cómo se mueven frenéticas con el paso del tiempo, primero en una calle, luego en un barrio, en una ciudad, en todo un país, incluso atravesando varios continentes para, de repente, entrecruzarse con la mía propia, y entonces me doy cuenta de lo estática que es, prácticamente sin salir de mi ciudad, por no decir del mismo hogar.

Y si pensamos en lo intrincado que supone el trazado de un solo y simple barrio nos podemos dar cuenta de lo maravillosamente mágicos que pueden llegar a ser los encuentros cuando los medimos en grandes distancias, en dimensiones tan colosales como son las transnacionales o incluso las intercontinentales, pues los motivos que pueden llevar a alguien a tomar la decisión, por ejemplo, de emprender una nueva vida en un país pueden ser tan diversas como las obligaciones que empujan a las personas a emigrar por necesidad o el impulso que a veces se tiene de dejar atrás un mundo seco de esperanza e inquietudes. Por eso me parece que con esta llegada masiva de inmigrantes que para algunos resulta una total amenaza, pues ven en peligro aquello que consideran como suyo (qué gran daño hacen las fronteras que marcan los límites de la propiedad privada), para mí es como una bendición, las puertas abiertas para posibles nuevos encuentros que marquen nuestras vidas con el hierro al rojo del amor en su concepto más humanista y universal. Y, por qué no, también en su sentido más físico.


Con En la ciudad de Sylvia (id., 2007) José Luis Guerín retrató la persistencia de un encuentro fortuito y fugaz, de esos que no se quitan del recuerdo ni con agua caliente ni con duchas frías. Es quizás lo más estimulante de la historia (tal y como está contada) que ese episodio del pasado no nos es mostrado de ninguna manera, ni como un flashback ni como una recreación teatralizada (como sería lo esperable y deseable en otro tipo de cine), sino que planea sobre toda la puesta en escena, sobre todo ese desarrollo argumental que nos narra la tan lamentada ausencia. Pues si existiese alguna posibilidad, por remota que ésta fuera, de que aquel momento tan vital para el protagonista nos fuese mostrado de alguna forma, dicha imagen arrebataría de golpe toda la magia del nuevo itinerario, puesto que es la cercanía del desencuentro lo que da todo su milagroso sentido a aquel pretérito encuentro.

Resulta estimulante constatar cómo cambian nuestras vidas después de estos hallazgos rellenos de personas con las que ni siquiera habíamos soñado toparnos. Parece que el cine español más reciente se ha contaminado de esta visión de la sociedad que nos ha tocado vivir. Sólo hace falta ver la filmografía del último talento descubierto, Jaime Rosales, para ver que siempre hay a la vuelta de la esquina una sorpresa que no esperábamos, ya sea un asesino amateur (Las horas del día, 2003), una bomba en un autobús (La soledad, 2007) o un etarra encabronado (Tiro en la cabeza, 2008). Parecemos unos peleles en manos de la diosa casualidad. ¿Es esto lo que nos asusta? ¿Son éstos los verdaderos miedos de nuestra sociedad? ¿O es quizás la imposibilidad de no saber a ciencia cierta si aquello que acometemos obtendrá los resultados que a priori nos proponemos?


En su obra Esto no es música. Introducción al malestar en la cultura de masas, José Luis Pardo explicaba en alguna de sus páginas que los antiguos griegos inventaron el teatro para implantar de alguna manera la sensación de «justicia divina», ya que ellos habían observado que en la vida «real» un asesino podía salir impune y una buena persona podía sufrir desdichas. En el arte de la representación, sin embargo, todo estaba atado y bien atado, los buenos triunfaban y los malos fracasaban, y todo ello por intervención de las divinidades en persona. Y así, aunque fuera una sola vez durante el día, podían seguir teniendo fe en sus dioses.

Hay, pues, una gran distancia entre aquella sociedad de hace mil quinientos años y la nuestra. Quizás la misma que hay entre sus formas de representación y las nuestras, pues hoy, como decíamos antes, no podemos dejar de rendir pleitesía a divinidades como el infortunio o la casualidad. Sin embargo, personajes como Platón (c. 427- 347 a.C.) establecieron todo un compendio de teorías filosóficas que pesan como una losa hasta el día de hoy, pues ellos fueron los fundadores de la moderna manera de pensar. Y traemos aquí a colación a este filósofo pues  parece ser que José Luis Guerín lo tuvo muy en mente a la hora de trazar ese diario personal que resulta ser el filme En la ciudad de Sylvia (como más tarde veremos).


Lo primero que habría que decir de esta película es que en muchos aspectos parece como si fuera una continuación lógica de Tren de sombras (id., 1997), pues no es sólo que en ésta cada una de las tres noches en las que acompañamos al personaje protagonista está señaladas visualmente por las mismas imágenes que, al llegar la noche, marcaban en aquélla la frontera que generaba la magia del montaje cinematográfico, sino que la forma de retratar (encuadrar, seleccionar el tiempo y el tempo de cada plano, el carácter improvisado de cada toma, etc.) las calles de Estrasburgo nos recuerda mucho a aquella que utilizó al hacer lo propio con la villa de Le Thuit hacia el final del metraje de Tren de sombras. Parece, pues, que se abre un interrogante al observar esas vidas anónimas desde esa distancia impuesta por el pudor imaginero de Guerín: ¿qué habrá detrás de esas siluetas que han decidido pasar justo en este momento por delante del objetivo de la cámara? ¿Qué historias nos podrían contar? Y una de ellas genera esa máquina de hacer cinematógrafo que es En la ciudad de Sylvia.

Es, por lo tanto, ese carácter de «azarosidad» el que impregna desde el principio (tengamos o no la referencia intelectual e iconográfica de Tren de sombras) la historia de este joven pues, como en la celebérrima escena inicial de Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), la «casualidad» (nunca hubo tal, evidentemente, aunque el mago del suspense así nos lo quisiera hacer creer) nos ha hecho aterrizar en esa habitación en concreto, y de nuestra irrupción se deriva una penitencia: respetar minuciosamente el lento transcurrir del tiempo que el protagonista tenía para sí, pues para su hecho creativo (parece escribir una poesía) las prisas que imprime otro tipo de cine no parecen las más indicadas.


El arte se convierte así, por derecho propio, en una herramienta, en una prolongación utilitaria de la dimensión que luego se nos mostrará de ese soñador: la del cazador. Pues su block de notas parece ser el cuaderno de campo de un auténtico naturalista, un etólogo que apuntara todas y cada una de las especies que desfilan por delante de su mirada, de su guarida de observador. Apostado en la terraza de un café, parapetado detrás de su consumición, disimulando ser un cliente más, acecha, selecciona, diagnostica, analiza en su libreta, disfrutando de la cualidad de ser invisible. Y es aquí donde entra en juego la filosofía platónica, pues pronto empieza a reconocer que no le interesa determinada mujer, ninguna tipología específica, sino que es la idea de «mujer», su concepto más amplio y abstracto, aquel que le persigue en un tormento: es el momento en el que «la mujer» (elle, en el original), el ejemplar (con perdón) en concreto, se convierte en «las mujeres» (elles), el concepto eterno y universal. La mujer de espaldas se convierte en un misterio, pues la figura sin rostro es una incógnita por revelar que amplía el ansia si no se desvela. Es la búsqueda de la esencia, del cariz desligado de su reflejo imperfecto, aquello que persigue, que le obsesiona, pues quizás quiere comprender la esencia, aquello que habita el interior de las mujeres, asimilarlo para comprenderlo y para dar sentido al abandono que una vez sufrió. Pero sin embargo, ¿qué hacer, cómo actuar una vez se ha encontrado un modelo determinado que, por su belleza, por su armonía formal, arrebata y secuestra la mirada del artista, de ese amante eterno y sumiso de las formas perfectas?


La última vez que vi esta película (con motivo precisamente de la escritura de este artículo) empecé a comprender la enfermedad obsesiva de este personaje, su pulsión por perseguir de cualquier manera y a toda costa aquello que considera su presa. Son, de hecho, las calles de Estrasburgo un trasunto de aquel tétrico laberinto vegetal situado frente al hotel Overlock en El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980), donde el protagonista estaba encerrado en su propia obsesión. Como allí, el itinerario del joven poeta hacia un abismo interior marca la huída de una realidad que parece demasiado sosa, sin estímulos a la altura que se ha marcado. Sólo así, en el caso del filme de Guerín, podemos resaltar la capacidad que tiene el montaje de sonido para resaltar el montaje de la imagen, pues a cada paso de tranvía percibimos cada vez con más presencia y potencia ese «tren de sombras» en el que el personaje ha montado para no bajarse ya nunca más. Esos planos tan cerrados que no nos dejan ver más allá de las ventanillas de tranvía nos marcan los mismos límites del celuloide, y el traqueteo continuo martillea la bella alegoría del cinematógrafo, aquella forma antigua y primitiva de entender la fotografía animada. Nosotros, con ellos (director y protagonista/alter ego del director), quedamos atrapados en el interior del celuloide y, así, podemos tomar como cierto todo cuanto en sus fronteras acontezca, sin necesidad de más realidad que el oscuro marco de la pantalla.

La vuelta a Les aviateurs, aquel local que ya en el propio itinerario de la película se nos ha convertido en un lugar mítico, en una Ítaca de proporciones mitológicas, es el regreso del héroe itinerante, del semidiós errante, del guerrero eternamente nómada al lugar donde anidan los recuerdos, aquellos que forjan el propio mito. Sin embargo, resulta ser una bajada a los infiernos, pues el tiempo parece haberlo cambiado, y el soñador se encuentra con una cara menos amable del género femenino: unas excesivamente complacientes (incluso lujuriosas, menospreciando la sensibilidad que él les puede ofrecer), otras tétricamente distantes (esas «tres gracias», tan -post-modernas como fúnebres), allí encuentra «otras mujeres», aquellas que en la terraza del bar no estaban presentes y que ahora completan esa «esencia» o «idea» de mujer.


Hay, por lo tanto, un concepto indeterminado y artificial que se pretende denunciar, ya que Guerín parte de esa noción de «mujer abstracta» que se ha instalado en nuestra sociedad para reivindicar al individuo, al ser único e intransferible, a la personalidad, desterrando el ideal para reclamar la “perfecta imperfección” de cada ser, esas pequeñas diferencias que en las grandes ciudades desaparecen, quedan abotargadas, escondidas, desterradas, anegadas. La idea, sin referentes concretos ni formales, aparecen en todos los anuncios publicitarios que contiene la película, sobre todo en los de las paradas del tranvía, donde asoman mujeres atractivas, con una fuerte apariencia sumisa y complaciente, marcando un cliché al servicio del mercadeo, de la comercialidad más espuria. Y Guerín parece complacerse más en recrearse con esos grafitis que gritan a los cuatro vientos y sin complejos “Laure je t’aime”. Las paredes de los edificios se convierten en hojas y la ciudad en un libro vivo donde se escriben los dramas, las miserias y las alegrías de sus habitantes, antes de que los empleados municipales se encarguen de borrarlo con agua a presión para dejar un ambiente aséptico, sin vida, sin historia(s) (o con la Historia congelada en una postal romántica, en la reconstrucción de un pasado ideal, preservado en el espacio y el tiempo, que es como el poder muchas veces quiere actuar sobre los ciudadanos, negándonos la memoria: el tiempo sólo actúa sobre los habitantes de la ciudad, no sobre la ciudad misma). Son retazos de poesía urbana que reivindican la singularidad de cada mujer, invitando a izar la voz a favor de cada peculiaridad, de la cercanía que nos hacer asimilar y aceptar con los cinco sentidos la compleja identidad de cada individuo. En este caso, las mujeres.

¿Y TÚ QUÉ HARÍAS EN TU ÚLTIMA NOCHE?


Cada vez que llega un nuevo número de esta revista surgen las mismas dudas, las mismas incertidumbres. Unas veces por defecto y otras por exceso, elegir el título correcto o aquel con el que más ampliamente se pueda comentar el tema propuesto puede resultar sumergirse en todo un mar de dudas. Sin embargo, uno termina por evolucionar en sus inquietudes y su estilo, y lo que antaño se planteaba como un reto analítico fiel a la cinematografía hasta el extremo, hoy se resuelve como una opción para hablar más de aquello que nos rodea a partir del pretexto del cine, aquello que el protagonista de Elogio del amor (Éloge de l’amour, Jean-Luc Godard, Francia-Suiza, 2001) decía así: “Yo no quiero hablar de Titanic. Yo quiero hablar sobre Titanic. Es decir, que cada vez más hay un gusto mayor (al menos por mi parte) en comentar la realidad circundante a partir de ciertas experiencias cinematográficas, sin importar demasiado si merecen o no estar en una supuesta e idílica Biblia para cinéfilos.

Quizás Last Night (id., Don McKellar, 1998) pertenezca a esa clase de películas pequeñitas y sinceras, realizadas con fe y convicción, con las que uno se sorprende cada vez que se topa con ellas. En dicha cinta se hablaba, precisamente, de la última noche de nuestro planeta. Más allá de su modestia en todos los aspectos, traer a colación este filme se justifica por algo llamado “sincronicidad” (tema que ya traté en el número dedicado a Reyes [1]) y que siempre me acaba salvando a la hora de escribir artículos como éste, pues nunca me han faltado argumentos tomados de la realidad para exponer aquí las conexiones entre nuestras vidas reales y las otras virtuales en la pequeña/gran pantalla. Me explico.

Durante los primeros días del pasado mes de junio, mientras España entera vibraba con los goles y las gestas de nuestra selección absoluta de fútbol en la Eurocopa que se celebraba en tierras de Austria y Suiza, una brutal huelga de transportistas golpeaba duramente nuestra realidad desabasteciendo los centros de compra (es decir, teníamos circo sin pan), una imagen que no se repetía desde la época de la posguerra. Era curioso observar la decadente imagen de unas supermercados de estanterías casi vacías (no hubo un cristal deformante que variaba el vaso de medio lleno a medio vacío, sino una única y dura realidad), entre las cuales deambulaban algunas personas de avanzada edad que creían haber olvidado estampas perdidas en el funesto álbum de nuestra historia pasada. Pues bien, una vez decidí hablar para este número de VO sobre Last Night, me encuentro con que una de las primeras imágenes que abre el filme es, precisamente, la de una mujer de origen oriental llamada Sandra (Sandra Oh, entonces no tan conocida como ahora por su premiado papel en Anatomía de Grey) paseando frenética por los pasillos de un desértico y esquilmado supermercado. Y yo me pregunté en ese preciso instante, ¿el arte imita a la vida… o viceversa? Tengo el recuerdo de haber paseado yo mismo por un escenario muy parecido, aunque sin las lógicas dudas del personaje de la película, sino mucho más ufano, sabiendo a ciencia cierta que en algunos días la cosa volvería a la normalidad. Casi podría decir (a pesar de lo impopular que pueda resultar) que esbozaba una sonrisa ante esa crisis del sistema, pensando que por muy mal que fueran las cosas tardaríamos mucho, mucho tiempo en llegar a perder nuestro estatus privilegiado con respecto a la mayoría de la humanidad, aquella parte de nuestra especie que desde hace siglos y día tras día ha aprendido a convivir con la muerte pegada al cogote. Reconozco que todos aquellos días de incertidumbre(s) fueron de mucho provecho, y que mi particular diario mental se llenó de páginas de las que tan sólo recuerdo las sensaciones más generales. Coquetear con la falta de recursos, con una idea remota de tener que buscar algo que llevarse a la boca teniendo que recurrir a cierto salvajismo competitivo (como ya había visto en ciertas novelas y películas antiutópicas) me terminó por convencer de que esa nueva tabla rasa podría ser una drástica (aunque efectiva) solución a la gran cantidad de problemas (políticos, sociales, culturales, medioambientales, etc.) que actualmente sufre nuestro planeta. Compartí estos pensamientos con algunas personas, y algunas de ellas reconocieron haber tenido pensamientos muy parecidos. Acabé por preguntarme: ¿no habremos convertido a la realidad en una vívida prolongación de un videojuego, de esos de argumento apocalíptico, al cual sin duda lo único que le puede faltar es la intensidad de la experiencia física, en primera persona, sin esa red amortiguadora del botón de «reset»? Quizás hoy en día estemos flirteando peligrosamente con un deseo por las experiencias extremas que nos empuje (un poco más, todo hay que decirlo) hacia la idea del fin del mundo. Pues eso parece que queramos desear, ya que tras el tedio de la apatía diaria cualquier cambio trascendente podemos llegar a contemplarlo como una buena opción.


En esa “última noche” que nos relata McKellar (y que puede parecer ciertamente una ironía, pues jamás la acción deja de desarrollarse bajo los rayos del sol: ¿es que quizás tengan algo que ver esas profecía aztecas tan de moda sobre el quinto sol que devaste nuestra civilización, allá por el 2012 según dicen los que más saben de esto?) lo más interesante es cómo cada uno de los distintos personajes se enfrenta a su último día de existencia. Al acabar la película, uno no puede dejar de pararse a pensar “¿Y yo qué haría?”, pues todas las actitudes que se muestran en la película pueden resultar en sí mismas absurdas si no se comparten los ideales de cada uno de los personajes que les llevan a actuar en un sentido o en otro. Así encontramos a Duncan (David Cronenberg) que se mantiene hasta el último minuto en su puesto de trabajo, demostrando a su empresa una fidelidad que difícilmente le será agradecida, y mucho menos recompensada. Igualmente, aunque sutilmente diferente, es la situación de ese periodista que aparece en la televisión, retransmitiendo un hecho tan histórico y trascendente como es el del fin del mundo, manteniéndose ante el pie del cañón hasta el último minuto. Ambos son unos profesionales en lo suyo, y aquello que más les llena es desarrollar su profesionalidad y su fidelidad hasta el último instante. La vida de Duncan parece ser tan ordenada y cuadriculada como esas líneas paralelas que eliminan de la lista a todos los clientes a los que él ha llamado para comunicarles la disposición de su empresa en prestar sus servicios hasta el final. Parece como si el personaje tuviera ante sí otra lista, ésta con todas aquellas cosas que nunca hubiera hecho y que ha ido tachando por falta de tiempo (un tiempo fagocitado seguramente por su ente superior, su empresa, aquella que le ha anulado su personalidad tanto como a todos nosotros nos las devoran las nuestras): nunca he hecho puenting, nunca he paseado por la Quinta Avenida, nunca…

Una lista que sí parece haber llevado a cabo hasta la última coma Alex (Trent McMullen), quien un buen día se propuso que no se iría de este mundo sin haber “catado” a toda variedad de mujer que se le pasara por la imaginación, empezando (o al menos la película así nos le presenta) por Mrs. Carlton (Geneviève Bujold), su profesora de francés del colegio (la inevitable erótica del profesorado parece ser universal, sin duda). ¿Qué decir, pues, de su actitud? ¿Puede que en sus últimos momentos de vida consciente sea uno de las personas sobre la tierra más satisfechas? ¿Puede el efímero placer soportar toda necesidad de trascendencia? En cualquier caso, ¿es la necesidad de trascendencia universal, extensible a todo individuo humano? Con ejemplos como éste, parece que la respuesta tendería de forma natural a ser negativa.


Y ahí es donde entra perfectamente hilado en el argumento la actitud de los padres de Patrick (interpretado por el propio Don McKellar), el protagonista de la cinta, pues cumplen con la perfecta imagen antagónica de la actitud de Alex: esperan el fin del mundo rezando en la intimidad. A pesar de no ser partícipe con tal alto grado de espiritualidad, he de reconocer que, a priori, resulta ser quizás la actitud más coherente de todos los que aparecen en la película. Sin embargo, gracias de nuevo a la sincronicidad, cierta publicación me llevó recientemente a acercarme a la obra de un antiguo autor de ciencia-ficción para mí hasta ahora desconocido: Olaf Stapledon. En su obra Hacedor de estrellas [2] decía lo siguiente: “Los más desarrollados de estos mundos no necesita­ban de nuestra compasión, pues sus habitantes parecían capaces de admitir el fin de todo lo que amaban con un sentimiento de paz, y aun con una alegría curiosa­mente inconmovible que en aquella etapa de nuestra aventura nosotros no podíamos comprender. […] Pero a nosotros, abrumados por el su­frimiento y la futileza de un millar de razas, nos pare­cía que esta misma alegría, este éxtasis, ya fuese sentido por individuos aislados o por mundos enteros, debía de ser condenado al fin y al cabo como falso. Ese pri­vado e insólito bienestar espiritual debía de haber ac­tuado además como una droga, pues quienes lo habían conocido parecían insensibles al horror[3]. Es el rechazo a una postura tan diametralmente opuesta a esa materialista/hedonista adoptada por Alex que se convierte por enfrentamiento de inversos en una posición radical, pues incluso esa actitud espiritualista de poco les sirve (nos viene a decir el autor), ya que ese anciano matrimonio ha fracasado en su intento de ofrecer a sus hijos un aliciente para que pasasen con ellos sus últimos momentos.

Es precisamente su otra hija y hermana de Patrick, Jenny (Sarah Polley) quien está más cerca de la mayoría de la sociedad, y a través de la cual asistimos a un sentimiento generalizado a través de la masa: celebrar el fin del mundo como si de una gran fiesta se tratara [4]. En las imágenes se ve a miles de personas reunidas con regocijo y algarabía, y su actitud no es muy distinta a la que adoptarían si estuvieran en un concierto o en una fiesta de fin de año, pues precisamente el fin del mundo llega de esa manera tan habitual que tenemos de hacer entrar el nuevo año, es decir, con una cuenta atrás que nos permite cruzar el umbral de un nuevo año, de un nuevo ciclo. ¿Es quizás eso lo que representa este “peculiar fin del mundo” rodado por McKellar, el inicio de “algo diferente”, el fin de la sociedad tal y como la hemos conocido, para dar paso a un mundo nuevo? Puede que ésta sea la lectura más optimista, la menos derrotista, pues hoy en día, diez años después de que se realizara esta película, todas esas teorías que nos hablaban del fin de la vida sobre el planeta se van haciendo cada vez más y más palpables, con el últimamente tan manido «cambio climático» a la cabeza.


“Odio a la humanidad, pero amo a Fulanito, a Menganito…”. De esta manera enunciaba Jonathan Swift (el celebérrimo autor de Los viajes de Gulliver) su rampante misantropía, distinguiendo entre la visión de la humanidad en su conjunto y lo cada ser en sí mismo supone. Cuando hace más de quince años lo leí, me sentí plenamente identificado, pues concordaba bastante bien con mi sentir hacia la raza humana, una especie compleja, capaz de lo peor y también de lo mejor. ¿Sería el fin del mundo lo peor que le podría ocurrir a este planeta? Stapledon, con una extraña y siniestra belleza poética,  deja claro en su obra que los mundos abren los ojos y se apagan con la misma frecuencia y naturalidad que la vida despierta y fenece a diario con cada salida y cada puesta de sol. En un momento de su obra, dice el protagonista: “Desde el punto de vista cósmico, el desastre no era, al fin y al cabo, más que un asunto muy pequeño, aunque amargo. Además, si por el sacrificio de otro grupo de mundos, aun de mundos espléndidamente despiertos, se alcanzaba una más alta comprensión de la demencia de los imperios enloquecidos, el sacrificio valía la pena”. No hay duda que este mundo nuestro es extraordinario. Pero también a la vez terrible. Morir es tan sólo una cara de la moneda de la existencia, y desaparecer sería el equivalente a dar una oportunidad a nuevas formas de contemplar y actuar, existiendo entonces una mínima probabilidad que aquellos que nos sucedieran cometieran menos errores que nosotros. 

(artículo aparecido en el nº, 163 de Versión Original —septiembre de 2008— dedicado a "El fin del mundo")



[1] Versión Original, Nº 154, Noviembre 2007.

[2] Ediciones Minotauro, Barcelona, 1983.

[3] El subrayado es mío.

[4] Mientras, en montaje paralelo, Patrick y Sandra intentan una especie de “retrosuicidio”, apuntando cada uno a la sien del otro con una pistola. La imagen, rodada con un interminable travelling circular, es toda una alegoría del nivel de autodestrucción al que hemos llegado. Precisamente por ello, el final de dicha secuencia propone una solución tan coherentemente reconciliadora.