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domingo, 19 de mayo de 2013

EL HUEVO DE LA SERPIENTE


Supongo que no seré muy original al tratar el aspecto con el que inicio este artículo y que más de uno/a de mis compañeros/as tocará el tema que viene a continuación, pero es que la presidenta de la Comunidad de Madrid nos lo ha puesto a huevo:

El pasado 15 de septiembre Esperanza Aguirre —esa superheroína que es como Supermán, pero que en vez de llevar los calzoncillos por encima de las mallas va con calcetines debajo de las sandalias— volvió a dar un golpe de efecto al anunciar que investiría a los profesores con una autoridad propia de policías y jueces [1]. En principio medidas de este tipo son tan populistas y populares que a todos nos llegan a convencer, porque son de esas propuestas que todos queremos oír, alarmados durante años de escuchar noticias que nos hacen abochornarnos de la sociedad en la que vivimos: profesores que sufren faltas de respeto, agresiones, atentados contra su persona y su patrimonio, linchamientos por parte de padres despechados —“¡ay, mi niño, con lo bueno que es en casa!”—, etc. Todo eso por no hablar del bullying que sufren aquellos niños más débiles, más “raritos”, que soportan sobre sus espaldas la lacra de llevar gafas —los “cuatro-ojos” de antaño, y que hoy somos “gafapasta”—, gustar de la lectura o practicar ballet. Y sin embargo, parafraseando a Hamlet, siempre hay algo que huele a podrido en Dinamarca, pues algunos días antes todos vimos atónitos cómo durante las fiestas de Pozuelo de Alarcón grupos de jóvenes se enfrentaban a la pasma y pretendían tomar al abordaje la comisaría del pueblo [2]. Pero a diferencia de Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, John Carpenter, 1976), donde allí los asaltantes eran delincuentes y yonquis que más parecían zombis que personas, aquí resultó que los bandarras no eran los acostumbrados okupas, punkis, perroflautas y demás tropa antisistema, sino unos pijos de tomo y lomo que bien podrían estar militando en Nuevas Generaciones. Qué curioso… y qué bien le vino al pelo —rubio y cardado hasta lo kitsch— a la presidenta de Madrid. Como si todo fuese una feliz coincidencia, oiga.

Pero a lo que vamos: en una de las múltiples tertulias sobre lo de la autoridad en las aulas alguien distinguió entre auctoritas y potestas, dos términos latinos que apuntan a lo mismo, pero con sus matices, ya que mientras con el primero se alude a la autoridad que uno se gana y que está investida de saber y valor moral, con el segundo se manifiesta aquella que se otorga y que se aplica por imposición. ¿Cuál de estas “autoridades” es la que se propone implantar en la Comunidad de Madrid? No es muy difícil de imaginar, teniendo en cuenta que esa autonomía se está convirtiendo en un auténtico estado policial. Los profesores allí se terminarán por convertir en unos agentes de la ley más, cada vez más atentos en corregir que la espalda esté bien recta y en repartir capones que en impartir conocimientos como —por poner un ejemplo “al azar”— Educación para la Ciudadanía, esa “inmoral” materia que no sólo enseña que dos personas del mismo sexo pueden llamar matrimonio a su relación [3], sino que precisamente intenta inculcar valores como la democracia, la tolerancia y el respeto, que ahora —tarde y mal— la derecha intenta imponer, prefiriendo de esta manera la obligación al diálogo y al debate. Vamos, lo de siempre.


Pero dejemos ya tranquila a Aguirre (la cólera de Dios) y vayamos al turrón. Todos tenemos en la memoria un profesor o una profesora que nos dejó tan fascinados y maravillados que, a poco que lo pensemos, sabemos que sin él o sin ella nuestra vida no hubiera sido la misma. Marcó nuestro camino vital y nos inculcó gustos y aficiones que, aún hoy, consideramos como una herencia para definirnos como individuos, llevando esa antorcha con el gozo del orgulloso discípulo. Yo, por ejemplo, dediqué mi primer —y, hasta la fecha, único— libro de relatos a aquella maestra que en la guardería me enseñó a leer el abecedario. Y a pesar de que la cita me salió toda una cursilería, no pude expresar con otras palabras todo mi agradecimiento por ella, por su paciencia y por su comprensión. Cuanto más lo pienso, más me siento como un depositario del fuego del conocimiento. Si volviera a nacer, sin duda lo que más me gustaría sería repetir ese tortuoso y fascinante itinerario que es aprender a leer y escribir. Y, sin duda, me gustaría que aquella misma mujer me volviera a desvirgar. Porque, al fin y al cabo, esa es la auténtica labor de los profesores: romper ese himen que significa la ignorancia para descubrir el placer del conocimiento… incluso a pesar de que éste sea algo tan deplorable como el fascismo.

Hace aproximadamente un año nos sorprendió el estreno de una película que trajo cola por su polémico argumento. La ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008) planteaba una pregunta muy seria: ¿es posible el fascismo hoy en día? Lo primero que tendríamos que decir es que el fascismo, como cualquier idea o ideología, es una constante universal —en su sentido más platónico— más allá de su aspecto externo, pues no es algo que se caracterice únicamente a través de ciertos símbolos o de una determinada exterioridad, sino que se forja a través de una serie de actitudes, y éstas las podemos encontrar en todas las civilizaciones que han poblado la historia de la humanidad. Incluso podríamos decir que se encuentran dentro de cada individuo, de forma más o menos latente, al lado de otras tendencias de signos opuestos, pues en la mayoría de las ocasiones que alguien se sienta identificado con una determinada idea corre por cuenta del entorno, pues aquellos valores a través de los cuales nos definimos suelen estar en consonancia con los mismos que vemos en nuestros hogares, en nuestro grupo de amigos… y sobre todo en la escuela, ya que durante la infancia y la adolescencia somos como esponjas que se impregnan del líquido con el que entran en contacto. Nunca dejaremos de ser unos seres sociales, grupales y gregarios y, como en la mayoría de los mamíferos, dependientes de un líder que marca con su actitud la tendencia general: la línea marcada por éste nos hará ser de una u otra manera. Y mucho más en una sociedad como ésta, condicionada por la pasividad y el seguidismo.


Viendo la película de Gansel me acordaba de El joven Torless (Der junge Törless, Volker Schlöndorff, 1966), donde a través de unos estudiantes de academia militar se constituían los precedentes de la Alemania nazi: la condición de jóvenes aristócratas de una parte de ellos —herederos de los antiguos junkers del siglo XIX— establecía su posición dominante sobre los que no lo eran, fundando la jerarquía que acabaría por instaurar el totalitarismo. La ola sin embargo, al retratar la sociedad de nuestros días, no sólo prescinde de aquellos jóvenes que se alejaban del resto de sus compañeros por pertenecer a una élite social repleta de privilegios, sino que nos enseña un muestrario heterogéneo de los jóvenes que hoy pueblan unas aulas con vocación igualitaria, donde no importa la extracción social a la hora de recibir aquellos conocimientos que forjen al individuo como parte de la masa. Y he aquí el gran peligro que para mí hay hoy en día en la escuela, pues a pesar de que en España existe desde la Transición una cierta disposición de atender educativamente a cada individuo según sus peculiaridades y necesidades, que esto se lleve a cabo acaba por depender de la buena voluntad del educador, pues los pocos recursos —económicos, tecnológicos y humanos—, la masificación de las aulas y la poca atención recibida por los jóvenes en sus hogares hace casi imposible que el eterno ideal fundado por Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza pueda ser llevado a cabo en algún momento de nuestro próximo futuro —de nuestro presente ya ni hablamos—.

La masa triunfa porque es cómoda. Esto no hay que dudarlo. Y el fascismo triunfa porque existe un cierto desahogo en que otro alguien piense por los demás, aplicando medidas de “cirujano de hierro” —en palabras de Joaquín Costa— que desinfecte y desparasite de forma efectiva aquellos “peligros” que amenazan los pilares reaccionarios —patria, familia, raza, orden, trabajo, etc.—. La parafernalia paramilitar de los antiguos fascistas ya no vale, espanta por sus reminiscencias aterradoras. Por ello, el profesor de la clase de La ola, en su intento por saber si el fascismo sería posible en una sociedad abierta, plural y socialmente igualitaria como la nuestra —nominalmente esto es así, aunque vivamos en la falsedad de la sociedad de las oportunidades: el capital tiende a ser endogámico—, decide un uniforme que contradice este término en la medida que es de lo más normal: camisa blanca y jeans definen exteriormente a unos individuos que, al portarlos, dejan de ser tales, asumiendo sin darse cuenta una estética, unos símbolos y unos lemas que los alejan de los demás tanto como de sí mismos. El experimento, forzado hasta el extremo, tiene en su final funestas consecuencias, pues aquel alumno que más aislado y perdido se encontraba en una sociedad que no le atendía ve la posibilidad de la tan ansiada integración en el nuevo grupo, convirtiéndose en un émulo del Recluta Patoso de La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987) para traernos un mensaje demoledoramente real: del fascismo se vuelve, de la muerte no.


Puede que hoy en día y a simple vista asimilemos el fascismo a una minoría en nuestra vigilante Europa, que legisla para procurar que los errores y los excesos del pasado no vuelvan a repetirse. Y, sin embargo, si echamos la vista atrás y tomamos como ciertas las aseveraciones de Michel Serres [4], deberíamos tomar como cierto —aunque sólo fuera por prudencia— que la amenaza nunca se evaporó. Lo peor de todo es que el fascismo ya no se limita a un grupo de cabezas rapadas que nos pueden apalear por cualquier motivo —ojalá que sólo fuera así— o a algunos políticos oportunistas —léase, de Le Pen en Francia a los difuntos Pim Fortuyn en Holanda y Jörg Haider en Austria, pasando por Juan Peligro en España— que aprovechan la psicosis colectiva sobre amenazas como la inmigración —repito: ojalá que sólo fuera así—. Hoy en día en la Italia de Berlusconi el fascismo ya es oficial, ya es institucional. Y todo exactamente igual que en la Alemania de los años treinta: a través de unas elecciones, del voto de unos ciudadanos agilipollados por el miedo. Hoy en día por las calles de las grandes ciudades transalpinas patrullan unos engendros llamados los «City Angels» —que más se parecen a los «Ángeles del Infierno»—, cuadrillas destinadas a sembrar el terror entre aquellos que ya viven acojonados: inmigrantes ilegales, homosexuales [5], militantes de izquierda, periodistas [6], etc. Con sus camisetas rojas y sus boinas azules —lejos de las que portan las patrullas de la ONU— planean como buitres por las calles de Roma, Milán, Florencia… a la caza de de todo aquello que suene a amenaza para el orden, la moral, la familia, la Iglesia, el Estado… ¿Cuáles serán sus eslóganes? ¿”Leña al moro, que es de goma”? ¿”Maricón al paredón”? ¿“Vigilamos por usted, pensamos por usted”? Se me ocurren otros cuántos que descarto por su sutilidad: ya puestos —y plenamente legalizados a través de las urnas—, ¿para qué esconderse?

El reciente estreno de la última y esperada entrega de Quentin Tarantino, Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009) nos hace reflexionar sobre la ética y los límites para combatir al fascismo. “Ojo por ojo y el mundo estará tuerto”, sentenció Gandhi. “La pluma vence a la espada”, dijo Rilke en cierta ocasión. No sé si es mejor estar tuerto que la ceguera que provoca el fascismo, pero de lo que estoy seguro es que los metales que configuran la pluma y la espada no proceden de la misma mina. ¿Puede una ideología como el fascismo atender a razones, darse por aludida en los discursos, plegarse ante la voluntad de la razón mayoritaria? El discurso planteado por Tarantino me parece de lo más pertinente —atención: empiezan los spoilers—: en la era de los misiles dirigidos por láser nos muestra a unos soldados cortando cabelleras nazis como si fueran unos pielesrojas; en la era digital, una montaña de celuloide a modo de pira funeraria genera un horno crematorio en el que la cúpula de jerarcas fascistas perecen. “Viejas armas para nuevos tiempos”, parece decirnos el genial director. El comando americano liderado por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) simula hablar italiano para acceder —¿de incógnito?— al estreno al que acude la cúpula nazi: ¿mascarada… o feliz coincidencia, aludiendo de forma inconsciente y tangencial a esa Italia de Berlusconi por donde se nos está colando la más deplorable de las ideologías que ha adoptado la humanidad a lo largo de su historia?


Presiento que hemos estado viviendo muy tranquilos durante demasiados años, creyendo que reconoceríamos el fascismo cuando se presentase ante nosotros. Creíamos poder observarle asomar la jeta a la vuelta de la esquina, pero tristemente ya está aquí. En Italia, a pesar de haber vivido esa misma pesadilla en el siglo pasado, le han vuelto a dar una nueva oportunidad. ¿Seremos nosotros capaces de reconocer al nuevo Primo de Rivera que acaudille el renovado delirio? Espero que aparezca en el panorama un personaje como el encarnado por Brad Pitt, que marque a golpe de machete una esvástica en la frente de todos aquellos que tengan la tentación de querer colarlos el huevo de la serpiente. Por si acaso todavía hay algún despistado que no sabe reconocer al fascismo cuando lo tiene delante de sus narices…


(artículo aparecido en el nº. 177 de Versión Original —diciembre de 2009— dedicado a "Profesores")


[1] “Sólo los profesores de la escuela pública tendrán rango de autoridad”, El País, 16 de septiembre de 2009.

[2] “La "falta de autoridad", germen del 'botellón'”, El País, 10 de septiembre de 2009.

[3] Curioso el debate abierto por el Partido Popular sobre la etimología: si la relación entre dos hombres no se puede llamar «matrimonio» por aludir este término a la maternidad a través de su raíz mater-, tampoco se podría llamar así a la relación entre heterosexuales que, por problemas fisiológicos, estuvieran incapacitados para tener descendencia. Más aún, y siguiendo con la misma lógica pepera, ¿una mujer estaría impedida por ello para transmitir su «patrimonio»? La respuesta puede ser afirmativa sólo en el caso de vivir en una sociedad como la franquista (génesis ideológico de la actual política conservadora y reaccionaria).

[4] «Estáis persuadidos de que hemos vivido y vivimos en la posteridad a Hitler: me parece demostrado que él ha ganado la guerra. Su propia paranoia, que no era individual, sino histórica, ha vencido a todos los Estados, ha investido su política exterior, y ello sin ninguna excepción» (Hermes III: La Traduction, Ed. Minuit). Cita recogida del artículo de Marcelo Soto “Vacas con hélices y cerdos en paracaídas: ¿qué puede hacer el calor con la idea de Estado?” (Versión Original nº. 162, julio-agosto 2008, pp. 14-17), donde se puede encontrar ampliada.

[5] “Gays italianos piden asilo en España por la "creciente homofobia" de su país”, Público, 8 de septiembre de 2009.

[6] Entrevista a Concita de Gregorio (directora de L’Unitá): "Hay un peligro de involución de la democracia en Italia", Público, 9 de septiembre de 2009.

sábado, 18 de mayo de 2013

¿QUÉ HABÍA DEBAJO DEL BIGOTE DE ALFREDO MAYO?


En cierta ocasión alguien me enseñó un libro de texto de los que se utilizaban en la escuela durante el franquismo. Me picó la curiosidad de leer qué se decía allí sobre la Guerra Civil. Evidentemente todo eran gestas de los llamados “nacionales”, de los “salvadores” de la patria y la decencia, de aquellos que se vieron “obligados” a realizar una de las más “gloriosas” cruzadas que el cristianismo había visto sobre la faz de la Tierra. ¿Todas? No, pues se mencionaba una batalla ganada por los republicanos: la de Guadalajara. ¿Y qué tenía de especial esa batalla para que los “traidores” fueran mencionados con tanto honor? Pues ni más ni menos que en ella les ganaron a los italianos porque, eso sí, los rojos, aunque rojos, no dejaban por ello de ser españoles, no se vayan a creer, y les dieron bien para el pelo a esos extranjeros que, haciendo gala de su fama, salieron corriendo como alma que lleva el diablo al ver a esos aguerridos (aunque díscolos) descendientes de Don Pelayo y el Cid Campeador. Increíble, pero cierto. Así eran los chiquilicuatres mentales que gobernaron este país durante casi cuarenta años.

Lao-Tsé estableció las bases del taoísmo de la siguiente manera: “El ser está formado por ser y por no-ser. Cuanto mayor sea el no-ser, mayor será el ser”. Y lo explicaba con el siguiente ejemplo: una casa está formada por ser (paredes y techo) y por no ser (el aire que contiene). Por lo tanto, cuanto mayor sea el espacio que contiene (el no-ser), de mayores dimensiones tendrán que ser las paredes y el techo, por lo tanto, la propia casa. Referido a cosas no materiales, por aquí solemos decir de forma más prosaica “Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”, lo que me lleva a pensar que si durante la posguerra fue tan prolífico en nuestro país cierto tipo de cine bélico basado en los héroes marciales y sus gestas guerracivilistas es porque o bien se les quedó la conciencia algo tocada con la cantidad de barbaridades que hicieron durante tres largos años (por no hablar de la crueldad desplegada inmediatamente después de la contienda)… o es que la cosa no fue para tanto. Es más, yo me atrevería a decir que esa anécdota sobre el ensalzamiento de los cojones patrios de los rojos contra los italianos enmascara la cobardía de no poder reconocer de otra manera tamaña (des)vergüenza, aunque otorgar tanto una como otra (la conciencia y la vergüenza) sería dar crédito de humanidad a unos individuos que hicieron retroceder a este país hasta el Medievo en todos los aspectos de la vida con las consiguientes bendiciones papales y occidentales en general (en generalísimo, habría que especificar).

Nunca me ha parecido justo equiparar el espíritu ideológico con el que ambos bandos pugnaron durante la Guerra Civil, que todo aquello fue un combate entre extremismos (como pretenden hacen creer aquellos a los que se les llena la boca con la palabra “democracia” mientras siguen sin condenar el franquismo en el Parlamento), pues mientras que los republicanos defendía la legalidad democrática vigente [1], los fascistas españoles impusieron sus despóticas doctrinas basadas en el autoritarismo desplegando una capacidad para la venganza y el revanchismo que puede que no haya tenido parangón en ningún momento ni lugar en toda la Historia. En fechas recientes hemos tenido la oportunidad de ver en Salamanca una exposición sobre los tebeos que consumían los niños en España durante la guerra, y en ella se muestra claramente cómo en el bando nacional había un adoctrinamiento infantil basado en el odio que en bando republicano no existía, cómo la manipulación y el maniqueísmo llegaron a unos extremos intolerables, haciendo imposible la posterior (y falsa) política de reconciliación nacional. Me parece inconcebible que después de ver una sesión doble con películas como Sin novedad en el Alcázar (L'assedio dell'Alcazar, Augusto Genina, Italia, 1940), Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942), Rojo y negro (Carlos Arévalo, 1942) [2], ¡A mí la legión! (Juan de Orduña, 1942) o El santuario no se rinde (Arturo Ruiz Castillo, 1949) los jóvenes de la época (los que se pudieran pagar el cine, claro) pensaran en lo dramático e inmoral que significa una guerra, o que dejándose el bigotito a lo Alfredo Mayo (ese paradigma del caballero español) iban a follar el doble (el doble de nada, es decir, nada de nada).


Y es que la iconografía patria se ha basado siempre en modelos distorsionados por el poder, y la mentalidad colectiva ha estado permanentemente secuestrada por unos intereses demagógicos que nos han hecho ver gigantes donde sólo había molinos de viento, estableciendo unos falsos parámetros basados en una masculinidad de cartón-piedra: aquellos viriles cruzados que no eran más que saqueadores y violadores, lo mismo que los caballeros medievales (que trataban igual a las mujeres que a sus monturas), o el más famoso representante del macho ibérico, Don Juan Tenorio, que a la postre resultó ser un deforme que se aprovechaba de la inocencia de sus víctimas. Es decir, que el imaginario masculino español se asentó (y sigue estando asentado) sobre los pilares de la cobardía más repugnante convertida por arte de birlibirloque en gallardía de la buena, donde el macho ibérico se presentaba sin problemas de posibles contradicciones henchido en su papel de héroe.

No hay duda de que una de las armas políticas que mejor les resultaron a los fascistas fue el miedo. Así, etimológicamente, no hay otra etiqueta posible para ellos que la de «terroristas», pues fue el terror la herramienta de la cual más se valieron para imprimir su ley, su fuerza y su sinrazón. Puede que, como algunos apuntan, todavía no se haya hecho una película en este país que retrate con fidelidad aquello que sucedió en nuestra Guerra Civil [3]. Sin embargo ha habido intentos realmente dignos, quizás para mí el mejor de todos el que en realizó José Luis Cuerda en 1999 con La lengua de las mariposas, donde la acción y la vida quedan en un impasse cuando llega la contienda, pues es entonces cuando terminamos de conocer aquello que nos faltaba, la génesis de todo lo que se nos vino encima, y cuando los protagonistas (el pueblo, que es el que siempre queda en medio de las trincheras) sale a la calle a recibir con vítores a los vencedores como un acto de supervivencia, pues es pura supervivencia el gesto rabioso de la madre insultando a aquel que hasta la fecha era su vecino, su panadero, el maestro de su hijo… Son las ganas de ganarle el pulso a la muerte, al dolor y al sufrimiento, de salvar a la familia, a los suyos. Y es curioso que siendo los adalides de la unión familiar, los facciosos no tuvieran ningún reparo en romper de esa manera los íntimos lazos que unen a los padres y las madres con sus hijos y sus hijas o a los hermanos entre sí. Cómo instauraron el miedo y la delación como armas simples, fáciles y baratas en su ejecución, y cómo los testimonios de la brutalidad con la que habían sido tratados por esas bestias (su bestialidad era consciente, pues así se aprendía mejor la lección) calaba profundamente en el resto para su docilidad.


Así es como termina el padre del niño protagonista en esta película, aterido por esa cobardía del que desea por encima de todas las cosas que nada importune a aquellos a los que más quiere, viendo cómo desfilan victoriosos esos “valientes” que con sus armas imponen esa “paz” y ese “orden”, que no fueron tales pero sí duraderos. Y yo me pregunto qué hubiera hecho en sus mismas circunstancias, pues es para mí muy fácil sacar pecho y tirarme al monte de los valientes. Los que van de héroes por la vida siempre me han dado un cierto repelús. Siempre les he mirado con cierto recelo, pues los valientes de verdad siempre quedan tirados en el campo de batalla, y los que vuelven a casa son los que han tenido la suficiente prudencia de utilizar la cobardía para salvar su vida. Siempre nos queda el consuelo de pensar que la Historia pone a cada uno en su sitio.


(artículo aparecido en el nº. 170 de Versión Original —abril de 2009— dedicado a "La cobardía")


[1] Más concretamente el respeto a los resultados electorales de febrero del 36 que dieron la victoria al Frente Popular, pues no está de más recordar que los futuros golpistas vivieron cómodamente en esa República bajo mandato de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) durante el trienio 1933-1936, a pesar del alto índice de corrupción de sus miembros, cuyo escándalo más sonado (y el que a la postre precipitaría la caída del gobierno conservador) fue aquel en el que varios ministros del partido de Lerroux se vieron involucrados en un negocio ilegal con dos extranjeros, Strauss y Perl (de donde se derivó posteriormente el término de «estraperlo»).

[2] Curioso el caso de esta producción, pues a pesar de que su argumento estaba claramente decantado hacia las premisas del bando nacional (un Madrid tomado por unos embrutecidos marxistas), tuvo el dudoso honor de ser la primera película censurada por el Régimen. Y es que el espíritu falangista (netamente joseantoniano, “revolucionario y progresista”, en palabras de José Luis Castro de Paz –“Conflictos y continuidades. Los turbios años cuarenta (1939-1950)”, en Carmen Arozena [et al.]: La nueva memoria, historias(s) del cine español (1939-2000). Vía Láctea, Oleiros (La Coruña), 2005, p. 22-) que desarrolla su protagonista femenina (Luisa -Conchita Montenegro-) al tratar de salvar la vida de sus camaradas, y la redención final de su novio republicano (Miguel –el nunca suficientemente homenajeado Ismael Merlo-) no debieron contar con el beneplácito de unas autoridades que desde la misma instauración de la “paz” trataron de domesticar a una Falange que les amenazaba desde su presencia y su poder de convocatoria.

[3] Entre ellos el genial guionista Carlos Blanco, quien en el libro que le dedicó la SEMINCI (Juan Cobos: Conversaciones con Carlos Blanco. Un guionista para la Historia, 46 Semana Internacional de Cine, Valladolid, 2001) opinaba así: “Podría hablar durante toda una vida, no de los hechos bélicos, sino de sensaciones y pensamientos que te atenazan durante el combate. Y de las lágrimas que a veces fluyen sin que las llames. Es cuando, en el momento más inoportuno, recuerdas un vaso de leche caliente, cómo tu madre te envolvía la boca con una bufanda al salir del cine: “Respira por la nariz, Carlos”. O la sonrisa de una chica que viste ayer. No, la guerra civil no fue esa especie de juerga que he visto a veces en el cine, ni «milicianos» y «milicianas», puño en alto, en camiones hacia Navacerrada. Eso acabó en noviembre del 36” (p. 26).