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jueves, 16 de mayo de 2013

MIRADAS DEL FUTURO


Philip K. Dick pasa por ser uno de los escritores que, circunscribiéndose su “universo” literario a la ciencia ficción, ha cosechado unas adaptaciones cinematográficas que, más que por la cantidad por su calidad, han sido reconocidas como cumbres del género. Una de las últimas es la que nos depara Minority Report (2002), llegada de la mano de Steven Spielberg.

Antes incluso de los títulos de crédito de la película, durante los clips de presentación de la productora y la distribuidora (20th. Century Fox y Dreamworks), ya se nos empieza a introducir una idea: el agua como elemento omnipresente durante toda la cinta mediante el efecto óptico producido sobre estos logotipos. El agua es un elemento que hace comportarse a la luz de una forma curiosa, ya que deja que ésta la penetre, pero a su vez la deforma, jugando caprichosamente con ella. Pero también el agua puede congelarse (conservando en su interior, preservando, paralizando el tiempo) y puede evaporarse (convirtiéndose en vapor de agua, formando nubes y niebla, ocultando en su interior todo aquello que penetre en él). Es un elemento muy vinculado a la vida y a la muerte (ver esta misma relación en el estudio sobre Psicosis del número de noviembre). Por lo tanto, toda la película se articulará entre el triángulo formado por la mirada, la luz y el agua, formando un discurso en el que se plantea la incertidumbre de la verosimilitud de lo que se ve, de su carácter real.


El ser humano es un ente viviente que se desarrolla en un mundo eminentemente visual. Mientras otras especies animales tienen otros sentidos más desarrollados (según sus necesidades), el hombre necesita de sus ojos para poder observar el entorno que le rodea (como espacio físico ilimitado, y no sólo tangible, como lo puede aprehender una persona invidente). La luz nos permite ver las cosas, nos las hace tangibles y reales, otorga a los cuerpos sólidos volumen y color. Será por eso mismo que en la noche, al haber carencia de la luz que se nos hace tan necesaria, todo nos parece tan misterioso. En Minority Report hay un juego más que interesante entre la luz y la sombra, en un argumento ya de por sí plagado de luces y sombras (las que proporciona la visión y el análisis de una sociedad como la retratada, llena de sospechosos y, a priori, culpables). La luz se convierte en un elemento relacionado, como no podría ser de otra manera, con la verdad, ya que remite indefectiblemente a lo visual y a lo real, pero de una forma relativa, ya que aquello que no vemos (que está en penumbra, en la oscuridad), no tiene por ello que dejar de existir. Con esto queremos decir que en cualquier sociedad lo que se ve, lo “aparente”, es lo que prima en un juicio social, es un apriorismo, ya que confiamos tanto en nuestra mirada, en las señales que nuestros ojos envían al cerebro, que las imágenes nos parecen obviedades fuera de toda duda.

Así, John Anderton (Tom Cruise) trabaja con imágenes en un mundo tremendamente luminoso (lejos de oscuras visiones del futuro de otras producciones) pero, como todo policía, sabe moverse también por los bajos fondos, por los oscuros callejones, baja de vez en cuando a los infiernos para reencontrarse una y otra vez, no con sí mismo, sino precisamente con la negación de su yo, ya que su actual vida está incompleta, vacía y rota por el hecho dramático y traumático de haber perdido a su familia (a su hijo físicamente y a su mujer afectivamente). Para ello consume las drogas de diseño (que le vende un traficante sin ojos: ya que no ve, no participa de la sociedad; mientras, Anderton aparece con medio rostro en penumbra: conoce ambas visiones de la sociedad, es un agente de la ley que cae en la ilegalidad) mientras se tortura una y otra vez con la evocación de un pasado arcádico con su familia en los recuerdos físicos de las grabaciones en vídeo que proyecta holográficamente, dando un verismo total a la ficción , a la virtualidad. Sin embargo, cuanto mayor es la sensación de verismo, mayor es el retorno a la realidad: ese “end of file” parpadeando en rojo le arroja a una verdad indefectiblemente dura, haciendo presente la pantomima y el autoengaño.


Estas primeras secuencias de la película se convierten por sí mismas en una declaración de principios del filme y en uno de los mejores y mas valientes arranques de una película del llamado “cine comercial” de las últimos tiempos. A partir de aquí, estos elementos que hemos destacado pasarán a formar un discurso preciso. El juego de luces y sombras se convierte, como ya hemos apuntado, en un baile entre la verdad y la mentira, con términos ambiguos y nunca taxativos, donde la relatividad perdura por encima de doctrinas maniqueas. Así, por ejemplo, y centrándonos en el turbador personaje de Lamar Burguess (Max von Sydow), vemos cómo el jefe de Anderton trata durante todo el filme de ocultarse de la luz, de protegerse de la verdad que amenaza a Precrimen y a sí mismo (ver la conversación con el ya proscrito Anderton, en la que la luz entra a borbotones por la ventana, pero él se cuida de permanecer en la penumbra). Sin embargo, al final vemos su cuerpo inerte bañado por la luz del interior del edificio (proveniente de su fiesta homenaje, de esa hipocresía de alabar a alguien capaz de engañar y asesinar), enmarcado por la oscuridad desde la que Anderton y el resto de los policías de Precrimen le observan.

El otro elemento destacado, el del agua, está casi tan omnipresente en la cinta como el de la luz. Desde el fluido en el que descansan los pre-cog (esa “leche de fotones” o, según nuestra teoría, ese “líquido de la verdad”) hasta la imagen final de la película, en la que los tres pre-cog viven retirados en una isla rodeados (aislados) por una enorme cantidad de agua, el líquido elemento emerge en la práctica totalidad de las secuencias, siendo un referente a la hora de interpretar la realidad, lo que sucede. Pero su aparición tiene dos momentos de gran trascendencia. En el primero, Anderton es acosado por unos “robots-araña” en el apartamento donde se ha operado los ojos para no ser localizado mediante el escaneo ocular; para ocultarse de ellos y de los scanner de la policía (que detectan cualquier fuente de calor) opta por sumergirse en una bañera con hielos. El agua, por tanto, pasa a ser un elemento que deforma la realidad, haciendo desaparecer de la “vista” (una mirada electrónica, virtual) como por arte de magia. El segundo momento que destacaremos es aquel en el que Anderton y la pre-cog Agatha (Samantha Morton) intentan escapar del centro comercial en el que están rodeados por la policía de Precrimen. Salen a la calle y está lloviendo: John abre el paraguas que cogió por recomendación de Agatha y bajo su protección, “desaparecen” de la vista de los policías, amparados en el camuflaje del anonimato de la multitud.

Es, por lo tanto, la mirada aquella acción que interrelaciona los dos elementos antes expuestos, ya que los casa en un sentido discursivo para otorgarles una única dimensión conceptual. Pero la mirada, como también hemos apuntado, puede engañarnos, ya que posee un valor circunstancial y completamente relativo. En el primer caso en el que Anderton trabaja, un marido tiene sospechas sobre la fidelidad de su mujer: la ve especialmente arreglada para ser temprano, ve a un hombre que espera en la otra acera, etc. En la mesa del desayuno, la madre ayuda a su hijo con la obra del colegio: unas tijeras agujerean los ojos de una foto de Lincoln (alusión a la mirada herida, como en Un perro andaluz de Buñuel). Piensa que sus sentidos (su mirada) le puede engañar, idea instigada por su esposa (“sabes que sin tus gafas no ves bien”, es decir, tus sospechas no tienen fundamento, tus sentidos te engañan). Por eso, a través de sucesivas miradas, va recopilando imágenes cada vez más evidentes: escondido detrás de un árbol ve cómo el hombre misterioso entra en su casa, ve juguetear a los amantes detrás de una puerta con un espejo (la mirada reflejada, evidente pero deformada, aún no concluyente)… hasta que, poniéndose sus gafas, da carácter de constancia lo que hasta entonces era solamente desconfianza (“ya sabes que sin mis gafas no veo”, le replica a su esposa, sujetando con la misma mano las tijeras que agujerearon los ojos de Lincoln). Es el mismo camino que tendrá que recorrer Anderton para dirimir sus dudas y temores, enfrentándose a sus fantasmas en un periplo en el que se encontrará diferentes formas de apreciar la realidad: la virtualidad de lo que se ve pero no existe (la inutilidad de recordar una y otra vez sus videos familiares encuentra eco en el local de proyecciones holográficas, donde una sociedad frustrada accede a colmar efímeramente sus deseos) o lo que no se ve pero existe (las citadas escenas de Anderton ocultándose en la bañera de hielos, escapando bajo el manto de paraguas, cuando desaparecen de vista tras los globos del centro comercial, etc.).


Estas alusiones a la mirada desatan una serie de referencias cinéfilas dentro de la propia película, la primera de las cuales sería la que se hace a Blade Runner (dirigida en 1982 por Ridley Scott, película basada como ésta en una novela de Philip K. Dick): la mirada como testigo de experiencias y recuerdos y de cómo éstos son o no reales, cómo se duda de su verosimilitud por permanecer o no en la memoria (otra película basada en un relato del mismo autor abordaba también este mismo tema: Desafío total, dirigida por Paul Verhoven en 1990). También hay nexos comunes con un paradigma de la ciencia ficción actual: The Matrix (Andy y Larry Wachowsky, 1999), ya que en ambas hay una crítica a los sentidos como garantes para poder apreciar lo real o lo falso, todo ello adornado con ciertos tintes místicos. También aparece reflejada La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), no sólo por la secuencia en la que se le coloca a Anderton un aparato en los ojos similar al que se le aplicaba a Álex, sino porque hay una crítica al sistema policial y carcelario, donde la sociedad es incapaz de reinsertar satisfactoriamente a un delincuente. Además, el protagonista de Minority Report podría pasar perfectamente por un “héroe kubrickiano”, ya que reúne la principal característica de los personajes del citado autor: la supervivencia, la adaptación a un medio que, paulatinamente, se vuelve tan agresivo que hace a su protagonista enfrentarse cara a cara con la muerte (no olvidemos que Tom Cruise ya sufrió en carne propia este “tormento” en Eyes Wide Shut).

Pero las similitudes más palpables son las referidas a otra película estrenada ese mismo año: El ataque de los clones, de George Lucas. Ambos son relatos policiales. El tándem Obi-Wan/ Anakin está basado en el esquema clásico del cine negro de serie B de los dos policías que parten del mismo caso y tienen misiones paralelas (uno la línea de investigación y otro la seguridad de la heroína, de la que se acaba enamorando), para llegar ambas a converger en su enfrentamiento al poder perverso. En ambas películas hay una serie de secuencias paralelas que, por su construcción y por su sentido, nos llevan a pensar en que Minority report es a la vez deudora y complemento de esta citada predecesora. Podríamos mencionar la persecución de Anderton por la fábrica de coches como un calco de la que Padmé y Anakin sufren en la fábrica de droides en Geonosis (aquí Spielberg sustituye a los deformes geonosianos por encorbatados agentes del gobierno (!)). Pero más allá de estas similitudes meramente superficiales, encontramos una trama política muy interesante en ambas. En MR, Anderton tiene que descubrir qué es lo que le llevará a matar a un hombre que no conoce. Para aclarar algo la maraña en la que está metido, acude al alguacil de la prisión general, que le confirma que los datos sobre el caso que investiga han sido borrados, de la misma manera que Obi-Wan descubre que hay un planeta (Kamino, curiosamente cubierto en su totalidad por agua) que ha sido borrado de los archivos de la biblioteca galáctica (donde se “encierran” los datos). Esta desaparición del informe le lleva a consultar con la creadora de Precrimen, donde se establece un bonito juego con la consulta que Kenobi le hace a su maestro Yoda. Ambos personajes están dotados de un aura venerable, lleno de sabiduría, y ambos les conducen a pensar que sólo alguien realmente poderoso es capaz de manipular archivos para hacer que algo desaparezca (si desaparece de la vista, ya no existe). Hay frases de la anciana con la que habla Anderton que son dignas de reseñar: “hay veces que para llegar a la luz hay que arriesgarse en la oscuridad” (efectivamente, Anderton recurre a métodos indebidos para resolver el caso, como transplantarse unos ojos en una clínica ilegal) o “todas las criaturas de este mundo sólo se interesan en una cosa cuando las cosas se complican: sobrevivir” (y esto lo dice mientras está apretando hasta asfixiar a una de las plantas que ha creado y que cuida, en clara referencia a que quien le está ahogando es su mentor, maestro y protector, Lamar Burguess, y que para librarse de esa presión tendrá que atacarle).


Pero estos paralelismos argumentales (presentes en casi toda la cinta) no son más que la excusa para trazar un discurso político de rabiosa actualidad, tanto cuando se gestaron sus argumentos como en el momento presente. Si en El ataque de los clones se nos desarrolla una tesis política basada en cómo el poder establece un estado militar con la excusa de un peligro exterior, con lo que ese “periodo de seguridad” se amplía y termina convirtiéndose en un sistema totalitario, en Minority Report tal mensaje se hace más patente y explícito. Precrimen es una organización que se adelanta al delito, detiene al asesino antes de que cometa su crimen. Para ello utiliza una publicidad efectista: testimonios de personas que iban a ser atacadas, intercalándose entre ellos palabras como “vida”, “libertad”, “felicidad”, “fin del crimen”, terminando con un coro de voces que proclaman “¡funciona!”. ¿No nos resulta familiar? ¿No hemos oído las mismas consignas, las mismas apelaciones al miedo a ser atacados en la campaña presidencial de George W. Bush? ¿No es acaso un fiel reflejo de cómo convencer de la utilidad de la guerra preventiva, justificando la necesidad de la ley y el orden a toda costa como únicas herramientas capaces de garantizar la estabilidad? En el homenaje a Lamar Burguess hay una referencia a la Guerra Civil americana. No es gratuito: la guerra contra el crimen es una cuestión de americanos decentes contra otra America compuesta por delincuentes y asesinos. Precrimen se pone a prueba primero en Nueva York (la herida abierta del pueblo norteamericano ante los terroristas), pero esa connotación de “guerra” lo amplia inmediatamente a nivel estatal (para posteriormente dar el salto a escala mundial: Afganistán, Iraq… ¿Irán? ¿Siria? ¿Corea del Norte?). Esa política se ampara en la mayoría (“la tiranía de la mayoría”, como definió Antonio Gramsci a la democracia occidental) y, sin embargo, esta película nos enseña cómo en la minoría está la voz más cuerda, más fiel a la realidad y, por contra, la menos escuchada, la ignorada por no concordar con lo cotejado por la mayoría. Esa voz  le suplica a Anderton “Puedes elegir”, ya que su futuro no está escrito si no lo escribe uno mismo o, como en este caso, si uno no es obligado: se nos apela a lo más familiar y sensible para que actuemos, para que seamos verdugos o cómplices, justificando la venganza y el odio. Quizás ese final (que a priori puede parecer el típico happy end hollywoodiense) no sea más que una declaración de principios y un deseo de futuro: un nuevo amanecer, donde un pueblo secuestrado (mantenido artificialmente con drogas entre el sueño y la vigilia) se reencuentra con su pasado para ser cada vez más consciente de su momento presente. Una pena que este mensaje no haya calado lo suficiente en Estados Unidos, un país embobado en su histeria colectiva.

(artículo aparecido en el nº. 123 de Versión Original —enero de 2005— dedicado a "Policías")

VIVIR PARA VER


No hay ninguna duda de que el entorno que rodea al ser humano es eminentemente visual. Otras especies animales tienen una percepción muy diferente del mundo en el que se desenvuelven, debido fundamentalmente a sus necesidades, lo cual genera que otros sentidos estén más desarrollados en ellos. Pero la humanidad está indefectiblemente ligada a la imagen. Desde la ventaja de nuestra altura, un privilegio que adquirimos al convertirnos en seres bípedos, oteamos todo aquello que nos rodea, y convertimos aquellos datos que nuestros ojos envían al cerebro en nuestra principal fuente de información sobre la realidad, transformando nuestra mirada en verosimilitud.

Pero, ¿podemos desarrollar nuestra vida más allá de la mirada, de lo que nuestros ojos nos muestran? Es evidente que en nuestra sociedad carecer de visión no es, afortunadamente, un impedimento como el que podía suponer en el pasado, donde una persona ciega se equiparaba a un individuo inútil. Hoy en día un invidente no es una persona incapaz, no es un minusválido, desterrándose tales términos de nuestro vocabulario. Su discapacidad no es ningún impedimento para su desarrollo autónomo, contrarrestando la anulación de su visión por la potenciación de los otros sentidos, incluso yo diría que también de una forma inherente de la inteligencia (¿alguien se ha percatado de la enorme capacidad para el sarcasmo que despliega la mayoría de las personas ciegas?). Puede entonces que la mirada a veces nos embobe, absorbiendo nuestra imaginación.

La mirada nos proporciona experiencia. Más concretamente experiencias. Somos testigos de acontecimientos a través de la vista, y si no asistimos en persona a un determinado suceso lo desarrollamos en nuestra imaginación, reproduciendo los hechos como si de una película se tratase. Nuestra capacidad para generar imágenes es irresistible, inevitable, porque nuestro cerebro demanda este tipo de información. Tanto es así que, cuando cerramos los ojos y nos abandonamos al sueño, nuestra mente las  sigue reproduciendo de una forma automática, denunciando con ello lo prisioneros que estamos de lo visual.


En el sueño la imaginación se desborda en imágenes. Soñamos con lo que queremos ser. A veces no nos reconocemos en nuestras involuntarias fantasías porque en nuestra consciencia tratamos de reprimir nuestro yo más auténtico. El sueño nos ayuda a reconocer nuestra propia identidad porque nadie sueña de la misma manera. Tampoco creo que los animales sueñen de la misma forma que los humanos. Ni otros seres. Philip K. Dick también se interrogó sobre el tema con una cuestión terriblemente paradójica: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). De esta pregunta surgió una de las más incontestables obras maestras del cine: Blade Runner.


En este film la mirada es toda una declaración de principios. El inserto de un gran primer plano de un ojo al comienzo de la cinta así lo denota. Su superficie nos devuelve la imagen de una ciudad de Los Angeles sacada del mismísimo libro del Infierno de La Divina Comedia de Dante. Es el mes de Noviembre del (del cada vez menos lejano) 2019. Se nos presenta un mundo muy contaminado, no sólo en el aspecto atmosférico (la ciudad está plagada de plataformas petrolíferas y no para de llover [1]), sino además porque la endeble cultura norteamericana parece haber sido barrida por lo japonés en un claro proceso de aculturación: grandes anuncios en las fachadas de los rascacielos protagonizados por geishas, presencia abrumadora de dragones, proliferación de puestos de comida oriental, letreros de neón con grafía asiática, etc. Este ambiente oriental no es gratuito: Deckard (Harrison Ford) es un personaje retirado de su actividad como cazador de replicantes (el punto al que ha llegado la historia es explicado en una introducción previa) y es reclamado para que vuelva a una nueva misión que parece final. Es, por lo tanto, un mercenario, y su figura se podría comparar con la de un ronin, debido a su marcado carácter solitario e independiente, un perseguidor implacable que practica la autodisciplina (su código de conducta se podría comparar al bushido) [2]. La película se convierte en un mare mágnum de géneros y referencias cinematográficas: ciencia ficción, thriller,  policiaco (o noir), western o el ya citado cine de samuráis se mezclan a partes iguales para crear un clima único e insólito hasta el momento de su estreno en 1982 [3].


El metraje está lleno de referencias a la mirada, desde la acumulación de planos en los que aparecen ojos [4] hasta las repetitivas referencias a la reproducción artificial de imágenes. Deteniéndonos en este punto, podríamos distinguir en esta película dos tipos de ellas: las primeras serían las que se refieren a la monitorización en pantallas de televisión, las cuales representan la deformación de la mirada del ser humano debido a su carácter artificial, donde la vista es engañada por la verosimilitud de lo representado y el espacio se convierte en una virtualidad, una falsificación de lo real. Por ello las segundas, las fotografías que tan celosamente guardan los replicantes, se contaminan de este concepto. En esas imágenes basan su pasado en forma de recuerdos implantados que adquieren su sentido a través de la negación de su condición como producto prefabricado (replicante Rachael –Sean Young-) o del anhelo que tienen por vivir, por encontrar respuestas al hecho de su corta longevidad (el resto de los Nexus 6). Pero la película parece ir más allá, ya que para los androides que han vuelto a la Tierra no parece tener importancia nada más que aquellos momentos inmortalizados después de haber accedido al conocimiento de su propia identidad de seres manufacturados. Cuando Deckard les roba una instantánea en la que aparecen resguardados en la libertad de no sentirse observados, el policía se convierte en un voyeur, escrutando su intimidad hasta llegar a la imagen que más puede representar el abandono de un ser confiado: asistimos al sueño de uno de ellos, Zhora (Joanna Cassidy). La imagen de su rostro sereno será reproducido a su vez en otra fotografía que se convertirá en fetiche para Deckard, ya que su gesto le equipara peligrosamente a la especie humana, por lo que será la primera en caer abatida a manos del blade runner.

Pero sin duda lo más interesante de todo el filme se desarrolla en su última parte, aquella que nos narra la convergencia vital entre el protagonista humano y el líder de los replicantes rebeldes. Antes de su encuentro, Roy realiza algo que se nos comenzó a mostrar en las primeras imágenes de la película, aquellas en las que aparecía el ojo en primer plano. Sobre su superficie se reflejaban llamas que rodeaban el punto central del ojo, la pupila, que parecía marcar visualmente un objetivo: unos enormes edificios en forma de pirámide truncada de los que emanaban unos potentes haces de luz hacia el cielo. En el transcurso del metraje descubrimos que son la sede de la Tyrell Co., la empresa que ha fabricado a los replicantes. Así pues esta imagen se convierte en el objeto de deseo, el propósito final de lo observado, allí donde reside el padre que les ha dado la vida. Los edificios se convierten, por tanto, en un lugar sagrado [5], vedado, prohibido, donde mora la divinidad, allá donde tendrán que acudir para encontrar su propia identidad, su Yo, a través del asesinato del dios creador, el sádico que ha inducido a sus criaturas a tener apetitos y aspiraciones imposibles de satisfacer. Este gesto dará pleno sentido a su libertad. Y lo hace aplastando el cráneo de su autor, aquella parte en la que él fue confeccionado, y hundiendo sus ojos, un instrumento que estaba deformando la realidad a través de sus enormes gafas. Con este acto se establece una dicotomía transversal que agrupa a los dos grandes tipos de seres que aparecen en la cinta: aquellos que atrapan la realidad con su mirada y en primera persona, de forma activa, a los cuales podríamos denominar “los empíricos” (donde se situarían los replicantes y Deckard); y aquellos que se dedican a generar, a crear miradas desde una posición más pasiva, plenamente científica, “los teóricos” (el primer entrevistador, Tyrell, J.F. Sebastian y el fabricante oriental de ojos), los cuales acaban sucumbiendo ante el arrollo de aquellos que han experimentado en directo con la realidad y, fundamentalmente, con la muerte (la cual han ejercido personalmente), lo que les confiere un handicap de superioridad por el empleo masivo de una violencia de la que han sido obligados a ser testigos [6].


El duelo final entre Deckard y Roy adquiere esos tintes que antes mencionábamos, a medio camino entre el cine del oeste (western) y el del este (de  samuráis), donde ambos personajes mantienen una lucha personal y directa por la supervivencia. El combate comienza con malas artes por parte del humano, disparando a traición a su contrario, el cual se lo reprocha (“¿No eres el bueno?), poniendo en entredicho el autoconcepto de bondad (basado en un código ético) de la especie humana, representada en la figura del policía. Por el contrario, cuando Roy le rompe a Deckard los dedos de su mano derecha, inutilizándola para manejar su arma, le da noblemente ventaja ante su nueva superioridad, contando los segundos como si de un juego del escondite se tratara. En este momento los roles se han cambiado: la presa pasa a ser cazador y viceversa. 

Hay un proceso de animalización del replicante, desatando en su persona las fuerzas ocultas de la naturaleza: con la sangre de su compañera Pris (Daryl Hannah) se pinta la cara, hace suya la venganza por la muerte de su congénere a través de la  persistencia en su rostro del asesinato cometido por el cazador de replicantes. Desnuda su pecho y comienza a aullar de dolor, por lo que todo ello remarca ese carácter de personaje propio del cine del oeste: el indio que defiende un territorio y una tribu que han sido esquilmadas por el hombre blanco, represor y representante del poder establecido en nombre de la ciencia y la moral.


Parece que para Roy llega la hora de la muerte. La parálisis de su mano denota este momento, pero a través del dolor (se atraviesa la palma con un clavo [7]) encuentra su propia humanidad, con lo que ambos personajes se sitúan frente a frente por la equiparación de sus propias situaciones vitales (Deckard también tiene inutilizada una mano por el dolor). Pero es el replicante quien más ansias por vivir demuestra, ya que sus minutos están contados, y trata de llevar a su terreno al humano para que termine por comprenderle a través del juego como método de aprendizaje: con su cabeza (su parte consciente y pensante) quiebra una pared que simula la cuadrícula de un tablero de ajedrez (juego en el que ha demostrado su superioridad al vencer anteriormente a su propio creador/ maestro). Con ello rompe las normas del juego para hacerlas suyas y poder así establecer sus propias reglas, aquellas que confluyan en su último propósito. Roy se convierte en el nuevo maestro, el que posee el código de interpretación del juego, convirtiendo al humano en su aprendiz, aquel que desconoce el sentido de lo ignorado, de lo que queda por aprender. A través de sus palabras (“Muévete. ¡O tendré que matarte!”) establece la norma principal: la huída, que desemboca en Deckard colgado de la azotea, a punto de caer al vacío, en el limbo que separa la vida de la muerte. Se nos ofrece entonces la mirada del replicante, que observa al policía en esa situación límite como si de un espejo se tratara, observándose a sí mismo en la piel de otro (del Otro). Es entonces cuando explicita el sentido de todo lo que está ocurriendo, cuando da a conocer su propósito: “Es duro vivir con miedo, ¿verdad? En eso consiste ser esclavo”. A través de su agonía, el humano conoce los verdaderos sentimientos de su creación, ha realizado un itinerario por los infiernos de ese Otro desconocido, ignorado, hasta que ha podido mimetizarlo con su propio Yo, adquiriendo una mirada comprensiva, tolerante, lejana de la mirada anónima del mercenario, del asesino implacable.

Por ello, la liberación del replicante encuentra su sentido en la perpetuación que tendrán sus palabras en el propio Deckard [8], quien asiste como observador privilegiado al relato de belleza existencialista de Roy: “He visto cosas que vosotros no podrías creer. Naves de ataque ardiendo más allá de Orion. He visto rayos-C brillando cerca de la Puerta de Tannhaüser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. El momento del fallecimiento se ofrece a cámara lenta, como las del resto de los replicantes perseguidos, esclavos en su miedo, lo cual da un pretérito sentido de dignidad a todas sus muertes. Su cabeza cae en un gesto de abandono: la mirada ya está perdida, ya no habrá más experiencias, todo lo vivido será pasto del olvido. De esta secuencia surge el vuelo de una paloma que Roy tenía asida en su mano: su suelta se convierte en la libertad final del replicante, quien con esta metáfora adquiere su auténtica categoría humana a través del objeto simbólico que lo relaciona con la dimensión espiritual en un ser prefabricado. Es el nacimiento de un nuevo individuo, ya que las llamas en el ojo del principio y el pájaro levantando el vuelo se unen conceptualmente en el mito del Ave Fénix, un ser que era devorado por las llamas que emanaban del huevo que estaba incubando, del cual nacía un ente idéntico a él, con fuerzas duplicadas, en un perpetuo círculo de inmortalidad. 


En este film ese nuevo ser es, sin duda alguna, el amor entre Deckard y la replicante Rachael. De sus llamas nace la esperanza, la superación del abismo que separa sus respectivas condiciones, la unión entre dos supuestos enemigos, entre dos formas aparentemente irreconciliables, pero que la mirada y su experiencia (lo vivido) ha unido en perpetua armonía, más allá del espacio y el tiempo. El humano decide compartir ese miedo de su compañera que les lleva a una huída final, tomando sobre sus hombros parte de la fatal carga de vivir esclavos del miedo. La mirada, por tanto, se convierte en Blade Runner en aquello que define la comprensión hacia el Otro, la asimilación de experiencias ajenas más allá de la individualidad del ser, de aquello que se puede compartir narrativamente pero que no se puede hacer tangible. Una metáfora del propio cine, donde las experiencias fílmicas constituyen un bagaje de imágenes y miradas que conforman la personalidad intransferible de cada espectador, haciéndole partícipe de otras formas de vivir que nunca podrá experimentar, pero que estará en mejor disposición de entender.

(artículo aparecido en el nº. 136 de Versión Original —marzo de 2006— dedicado a "Miradas")


[1] Hay quien se ha preguntado si el efecto invernadero podría ser en el futuro un problema tal que llegase a deshelar los casquetes polares, por lo que la lluvia podría llegar ser un elemento casi perpetuo.

[2] Esta personalidad, esta dimensión de luchador samurái está remarcada por dos detalles de producción, como son el que se incluya música tradicional japonesa justo antes de su duelo a muerte con el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) o que en su casa haya un enorme cuadro de un guerrero samurái al lado de la puerta.

[3] Aunque en 1991 el director realizó un montaje alternativo, que es el que se ha preferido para realizar este análisis. El principal cambio supuso la eliminación de la voz en off del protagonista, con lo que el relato ganó en momentos de reflexión existencial, frente a los comentarios explícitos de la versión anterior.

[4] El más peculiar se refiere a una de las secuencias en la que unos replicantes visitan a un fabricante oriental de ojos artificiales. La fachada de su negocio, llamado “Eye World”, está dominada por un enorme neón que representa en forma de homenaje el ojo de HAL 9000, el ordenador asesino de 2001: Una odisea del espacio, otro film en el que la mirada y la memoria artificial dotada de sentimientos tienen un gran peso argumental.

[5] Cuando Roy consigue acceder a Tyrell, éste está en una cama vieja, con dosel y visillos, rodeado de velas: el espacio en el que sucede la secuencia parece un altar, una iglesia, un santuario, donde las llamas de las velas también remiten a las llamas reflejadas en el ojo.

[6] Esta idea nos remite nuevamente a tratar el tema del fascismo, ya que Blade Runner tiene más de una connotación con ejemplos literarios y cinematográficos que trataron de denunciar la aberración del hombre como dios creador y manipulador, entre ellos Frankenstein, El Golem o El Gabinete del Dr. Caligari. Los replicantes, como las criaturas anteriormente mencionadas, son generadoras de violencia como medio de adaptación y de supervivencia, ya que son esclavos de unos amos embebidos en su locura por el poder, una idea que enlaza con la filosofía nazi del superhombre. Para reforzar esta idea nos encontramos con la estética eminentemente aria del replicante Roy o que el test que se realiza para encontrar a los replicantes se llame Voight-Kampff, un nombre de tremendas similitudes con la obra en la que Hitler desarrolló su ideario fascista: Mein Kampf.

[7] Lo que remarca ciertas connotaciones místicas del relato por las similitudes entre el replicante y Cristo: Roy pertenece a una generación llamada Nexus, es decir, que es un nexo entre el dios (Tyrell, el padre que le otorga sus atributos, que le hace a su imagen y semejanza) y el hombre (al que imita y, a la vez, supera), como Cristo también era un vínculo entre su humanidad (Jesús de Nazareth, el profeta, el filósofo, el líder político) y su condición de divinidad (Hijo de Dios). Ambos se sacrificarán en pos de una humanidad que ha perdido su referente ético/ moral por su autosuficiencia científica. Y ambos son conscientes de su caducidad, de la acotación de su vida en la Tierra, de la inminencia de su muerte, para la que se preparan a través de la enseñanza de sus discípulos, mediante los cuales su memoria permanecerá, trascenderá, como ahora mostraremos que pasa con el replicante.

[8] No es gratuito que detrás de Roy se inserte un gran anuncio de neón de TDK, una empresa dedicada a la fabricación de medios de conservación y archivo de datos sonoros y visuales que perpetúan testimonios en el espacio y en el tiempo.