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lunes, 20 de mayo de 2013

EL HECHO DE SENTIRSE VIVO


Vivimos atormentados tratando continuamente de establecer aquellos parámetros que justifiquen nuestros actos, nuestras manías y nuestros gustos. Mucho más en esta profesión de críticos de cine, pues nos vemos en la obligación de acudir a una serie de criterios que desemboquen en lo universal, a modo de científicos que recurren a la disección para tratar de demostrar la vida o la ausencia de ésta en el paciente. ¡Qué gran pérdida de tiempo en muchas ocasiones! ¡Qué derroche de esfuerzo la mayoría de las veces, cuando lo más sencillo sería el inapelable “me gusta” o “no me gusta”! Claro que luego pienso que en “el país” tenemos ejemplos que nos demuestran que se puede correr el riesgo de que se margine la parte inteligente de la expresión “inteligencia emocional”. Y es que todo tiene sus límites.

Por eso, cuando nos enviaron la propuesta para participar en este especial 200 de Versión Original y se nos pidió que eligiéramos “la película de nuestra vida”, traté de no pensar demasiado y preguntarme con qué peli me siento más identificado, con qué filme me dejo mecer en los peores momentos, el que me enseñó a ser la persona que soy ahora a pesar de haberlo visto hace ya muchos años y que, en definitiva, me hace sentir vivo. Y creo que para mí pocas cintas como Querido diario (Caro diario, Nanni Moretti, 1993).


Y es que esta película no sólo es como el bocadillo de plátano con atún y mayonesa (lo que David de Jorge, alias “Robin Food”, denomina como una guarrindongada), o como esos calzoncillos con la cinturilla dada de sí y con los que tan a gusto estamos, o como esa fotografía desenfocada pero que tan buenos recuerdos nos trae. Es decir, esas cosas que nos gustan y que son incomprensibles para los demás. Es que, además, Nanni Moretti nos enseña a amarlas aún más, a aceptarlas y aceptarnos tal y como son y como somos, que nos definen sin pudor en nuestra peculiaridad más allá de los criterios generales de la mayoría. En definitiva, que el corazón tiene razones que la razón desconoce (Blas Pascal dixit).

Hay obras que nos marcan porque empatizamos con ellas de tal manera que las hacemos nuestras, que son como parte de nosotros o como si hubiesen nacido naturalmente de nosotros. No me importa que en Caro diario comparta con su protagonista el entretenimiento de mirar edificios, imaginando cómo sería mi vida en esos luminosos áticos tan inalcanzables (en su altura y en su precio). O que me apasionen las canciones de Leonard Cohen, las cuales me acompañan por la vida como una perpetua banda sonora. O que quiera pero no pueda bailar. Tampoco me importa que él disfrute en su Vespa y yo no haya montado en moto en mi vida. Lo importante más allá de lo que compartimos y de lo que nos separa, de que tengamos más o menos filias y fobias en común, es que logro entenderle y que, a pesar de que por unos momentos me gusta ser como él y que me entusiasmen las mismas cosas, a partir de él ya tengo suficiente material para entretenerme en aprender a ser yo mismo, a aceptarme tal y como soy, llevando a cuestas mis rarezas, mis gustos y mis manías. Y que, como a mí, a muchas otras personas les ha pasado lo mismo.


Porque el diario al que hace referencia el título es el verdadero protagonista. Su carácter de obra personal e intransferible es una apología de la minoría, de la individualidad. Pero no entendida, como bien matiza Moretti en su conversación con el tipo del descapotable en el semáforo, como un alejamiento del resto de la humanidad, sino que la suma de peculiaridades da como resultado la diversidad y, por lo tanto, el enriquecimiento que se deriva de la aceptación del otro. Todos somos diferentes, pero no somos como esas islas que dan título al segundo capítulo de la película, trozos de tierra disgregados e incomunicados que sólo producen frustración y locura. No somos seres aislados, y en el momento del contacto y la comunicación es cuando se produce la magia de la comprensión: algo más que tolerancia, asumir la existencia ajena como un bien imprescindible.

No es, por lo tanto, nada fortuito que esta película nazca en un marco como es la Italia a finales del siglo XX, pues Nanni Moretti parece el guardián de esa tradición social de la antigüedad basada en el tránsito marítimo del Mediterráneo y que produjo tantas y tan grandes civilizaciones que compartieron espacio, cultura y necesidades vitales. Claro, todo ello un año antes de la llegada de Berlusconi por primera vez al poder y de que comenzaran sus coqueteos con una extrema derecha que llegan hasta nuestros días. Italia cada vez es más isla y menos península, pero todavía hay en su interior personas que levantan la voz para unirse con el resto del continente en un ejercicio similar al que le sucede a su amigo, aquel que ha permanecido 30 años sin ver la TV y que, de la noche a la mañana, termina enganchado a un culebrón como Belleza y poder (The Bold and the Beautiful, 1987-…). Y es que la capacidad de aislarse está más allá de la voluntad del individuo en esta sociedad, donde la globalización cumple funciones indeseables en cuanto al tránsito del capital, pero permite sin duda que todos nos contaminemos afortunadamente con aquello que nos rodea, haciendo que la intolerancia pierda el poco sentido que posee.


Hacia al final nos damos cuenta de que todo ha sido un hermoso viaje en el que el destino era el conocimiento del yo y su aceptación sin reservas. El último capítulo, el titulado “Médicos”, tiene la gran virtud de enseñarnos que el diagnóstico más directo no es siempre el que indican los síntomas, y que para saber esto debemos recorrer el duro camino de los errores ajenos. El diario no deja de ser el testimonio del triunfo de la vida sobre la muerte. Poder contarlo es, en la mayoría de los casos, lo mejor de la vida. Caro diario es una apología de las cosas que nos gustan y nos hacen ser diferentes, peculiares, mostrándolas sin vergüenza. Sin embargo, a diferencia de Nanni Moretti, yo nunca escribiré en un diario mis filias y mis fobias, porque prefiero que mueran conmigo. ¿A quién le importan mis gustos, al fin y al cabo? Seguir escribiendo y seguir leyendo. Seguir respirando y seguir riendo. La vida la gastamos mientras la disfrutamos.

(artículo aparecido en el nº. 200 de Versión Original —enero de 2012— dedicado a "Mi película")

sábado, 18 de mayo de 2013

¿QUÉ HABÍA DEBAJO DEL BIGOTE DE ALFREDO MAYO?


En cierta ocasión alguien me enseñó un libro de texto de los que se utilizaban en la escuela durante el franquismo. Me picó la curiosidad de leer qué se decía allí sobre la Guerra Civil. Evidentemente todo eran gestas de los llamados “nacionales”, de los “salvadores” de la patria y la decencia, de aquellos que se vieron “obligados” a realizar una de las más “gloriosas” cruzadas que el cristianismo había visto sobre la faz de la Tierra. ¿Todas? No, pues se mencionaba una batalla ganada por los republicanos: la de Guadalajara. ¿Y qué tenía de especial esa batalla para que los “traidores” fueran mencionados con tanto honor? Pues ni más ni menos que en ella les ganaron a los italianos porque, eso sí, los rojos, aunque rojos, no dejaban por ello de ser españoles, no se vayan a creer, y les dieron bien para el pelo a esos extranjeros que, haciendo gala de su fama, salieron corriendo como alma que lleva el diablo al ver a esos aguerridos (aunque díscolos) descendientes de Don Pelayo y el Cid Campeador. Increíble, pero cierto. Así eran los chiquilicuatres mentales que gobernaron este país durante casi cuarenta años.

Lao-Tsé estableció las bases del taoísmo de la siguiente manera: “El ser está formado por ser y por no-ser. Cuanto mayor sea el no-ser, mayor será el ser”. Y lo explicaba con el siguiente ejemplo: una casa está formada por ser (paredes y techo) y por no ser (el aire que contiene). Por lo tanto, cuanto mayor sea el espacio que contiene (el no-ser), de mayores dimensiones tendrán que ser las paredes y el techo, por lo tanto, la propia casa. Referido a cosas no materiales, por aquí solemos decir de forma más prosaica “Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”, lo que me lleva a pensar que si durante la posguerra fue tan prolífico en nuestro país cierto tipo de cine bélico basado en los héroes marciales y sus gestas guerracivilistas es porque o bien se les quedó la conciencia algo tocada con la cantidad de barbaridades que hicieron durante tres largos años (por no hablar de la crueldad desplegada inmediatamente después de la contienda)… o es que la cosa no fue para tanto. Es más, yo me atrevería a decir que esa anécdota sobre el ensalzamiento de los cojones patrios de los rojos contra los italianos enmascara la cobardía de no poder reconocer de otra manera tamaña (des)vergüenza, aunque otorgar tanto una como otra (la conciencia y la vergüenza) sería dar crédito de humanidad a unos individuos que hicieron retroceder a este país hasta el Medievo en todos los aspectos de la vida con las consiguientes bendiciones papales y occidentales en general (en generalísimo, habría que especificar).

Nunca me ha parecido justo equiparar el espíritu ideológico con el que ambos bandos pugnaron durante la Guerra Civil, que todo aquello fue un combate entre extremismos (como pretenden hacen creer aquellos a los que se les llena la boca con la palabra “democracia” mientras siguen sin condenar el franquismo en el Parlamento), pues mientras que los republicanos defendía la legalidad democrática vigente [1], los fascistas españoles impusieron sus despóticas doctrinas basadas en el autoritarismo desplegando una capacidad para la venganza y el revanchismo que puede que no haya tenido parangón en ningún momento ni lugar en toda la Historia. En fechas recientes hemos tenido la oportunidad de ver en Salamanca una exposición sobre los tebeos que consumían los niños en España durante la guerra, y en ella se muestra claramente cómo en el bando nacional había un adoctrinamiento infantil basado en el odio que en bando republicano no existía, cómo la manipulación y el maniqueísmo llegaron a unos extremos intolerables, haciendo imposible la posterior (y falsa) política de reconciliación nacional. Me parece inconcebible que después de ver una sesión doble con películas como Sin novedad en el Alcázar (L'assedio dell'Alcazar, Augusto Genina, Italia, 1940), Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942), Rojo y negro (Carlos Arévalo, 1942) [2], ¡A mí la legión! (Juan de Orduña, 1942) o El santuario no se rinde (Arturo Ruiz Castillo, 1949) los jóvenes de la época (los que se pudieran pagar el cine, claro) pensaran en lo dramático e inmoral que significa una guerra, o que dejándose el bigotito a lo Alfredo Mayo (ese paradigma del caballero español) iban a follar el doble (el doble de nada, es decir, nada de nada).


Y es que la iconografía patria se ha basado siempre en modelos distorsionados por el poder, y la mentalidad colectiva ha estado permanentemente secuestrada por unos intereses demagógicos que nos han hecho ver gigantes donde sólo había molinos de viento, estableciendo unos falsos parámetros basados en una masculinidad de cartón-piedra: aquellos viriles cruzados que no eran más que saqueadores y violadores, lo mismo que los caballeros medievales (que trataban igual a las mujeres que a sus monturas), o el más famoso representante del macho ibérico, Don Juan Tenorio, que a la postre resultó ser un deforme que se aprovechaba de la inocencia de sus víctimas. Es decir, que el imaginario masculino español se asentó (y sigue estando asentado) sobre los pilares de la cobardía más repugnante convertida por arte de birlibirloque en gallardía de la buena, donde el macho ibérico se presentaba sin problemas de posibles contradicciones henchido en su papel de héroe.

No hay duda de que una de las armas políticas que mejor les resultaron a los fascistas fue el miedo. Así, etimológicamente, no hay otra etiqueta posible para ellos que la de «terroristas», pues fue el terror la herramienta de la cual más se valieron para imprimir su ley, su fuerza y su sinrazón. Puede que, como algunos apuntan, todavía no se haya hecho una película en este país que retrate con fidelidad aquello que sucedió en nuestra Guerra Civil [3]. Sin embargo ha habido intentos realmente dignos, quizás para mí el mejor de todos el que en realizó José Luis Cuerda en 1999 con La lengua de las mariposas, donde la acción y la vida quedan en un impasse cuando llega la contienda, pues es entonces cuando terminamos de conocer aquello que nos faltaba, la génesis de todo lo que se nos vino encima, y cuando los protagonistas (el pueblo, que es el que siempre queda en medio de las trincheras) sale a la calle a recibir con vítores a los vencedores como un acto de supervivencia, pues es pura supervivencia el gesto rabioso de la madre insultando a aquel que hasta la fecha era su vecino, su panadero, el maestro de su hijo… Son las ganas de ganarle el pulso a la muerte, al dolor y al sufrimiento, de salvar a la familia, a los suyos. Y es curioso que siendo los adalides de la unión familiar, los facciosos no tuvieran ningún reparo en romper de esa manera los íntimos lazos que unen a los padres y las madres con sus hijos y sus hijas o a los hermanos entre sí. Cómo instauraron el miedo y la delación como armas simples, fáciles y baratas en su ejecución, y cómo los testimonios de la brutalidad con la que habían sido tratados por esas bestias (su bestialidad era consciente, pues así se aprendía mejor la lección) calaba profundamente en el resto para su docilidad.


Así es como termina el padre del niño protagonista en esta película, aterido por esa cobardía del que desea por encima de todas las cosas que nada importune a aquellos a los que más quiere, viendo cómo desfilan victoriosos esos “valientes” que con sus armas imponen esa “paz” y ese “orden”, que no fueron tales pero sí duraderos. Y yo me pregunto qué hubiera hecho en sus mismas circunstancias, pues es para mí muy fácil sacar pecho y tirarme al monte de los valientes. Los que van de héroes por la vida siempre me han dado un cierto repelús. Siempre les he mirado con cierto recelo, pues los valientes de verdad siempre quedan tirados en el campo de batalla, y los que vuelven a casa son los que han tenido la suficiente prudencia de utilizar la cobardía para salvar su vida. Siempre nos queda el consuelo de pensar que la Historia pone a cada uno en su sitio.


(artículo aparecido en el nº. 170 de Versión Original —abril de 2009— dedicado a "La cobardía")


[1] Más concretamente el respeto a los resultados electorales de febrero del 36 que dieron la victoria al Frente Popular, pues no está de más recordar que los futuros golpistas vivieron cómodamente en esa República bajo mandato de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) durante el trienio 1933-1936, a pesar del alto índice de corrupción de sus miembros, cuyo escándalo más sonado (y el que a la postre precipitaría la caída del gobierno conservador) fue aquel en el que varios ministros del partido de Lerroux se vieron involucrados en un negocio ilegal con dos extranjeros, Strauss y Perl (de donde se derivó posteriormente el término de «estraperlo»).

[2] Curioso el caso de esta producción, pues a pesar de que su argumento estaba claramente decantado hacia las premisas del bando nacional (un Madrid tomado por unos embrutecidos marxistas), tuvo el dudoso honor de ser la primera película censurada por el Régimen. Y es que el espíritu falangista (netamente joseantoniano, “revolucionario y progresista”, en palabras de José Luis Castro de Paz –“Conflictos y continuidades. Los turbios años cuarenta (1939-1950)”, en Carmen Arozena [et al.]: La nueva memoria, historias(s) del cine español (1939-2000). Vía Láctea, Oleiros (La Coruña), 2005, p. 22-) que desarrolla su protagonista femenina (Luisa -Conchita Montenegro-) al tratar de salvar la vida de sus camaradas, y la redención final de su novio republicano (Miguel –el nunca suficientemente homenajeado Ismael Merlo-) no debieron contar con el beneplácito de unas autoridades que desde la misma instauración de la “paz” trataron de domesticar a una Falange que les amenazaba desde su presencia y su poder de convocatoria.

[3] Entre ellos el genial guionista Carlos Blanco, quien en el libro que le dedicó la SEMINCI (Juan Cobos: Conversaciones con Carlos Blanco. Un guionista para la Historia, 46 Semana Internacional de Cine, Valladolid, 2001) opinaba así: “Podría hablar durante toda una vida, no de los hechos bélicos, sino de sensaciones y pensamientos que te atenazan durante el combate. Y de las lágrimas que a veces fluyen sin que las llames. Es cuando, en el momento más inoportuno, recuerdas un vaso de leche caliente, cómo tu madre te envolvía la boca con una bufanda al salir del cine: “Respira por la nariz, Carlos”. O la sonrisa de una chica que viste ayer. No, la guerra civil no fue esa especie de juerga que he visto a veces en el cine, ni «milicianos» y «milicianas», puño en alto, en camiones hacia Navacerrada. Eso acabó en noviembre del 36” (p. 26).

MEMENTO (O LA FINA LÍNEA QUE SEPARA EL BIEN DEL MAL)


“Una venganza pequeña es más humana que ninguna venganza”. De esta manera evidenciaba Nietzsche en Así habló Zarathustra la imposibilidad de huir de una pasión que en parte configura y define nuestra condición de seres humanos. Parece ser (o de tal manera me gusta pensar) que el nacimiento de nuestra especie estaría más vinculado a la asimilación de seres sensibles antes que a la de seres pensantes. De hecho, el resto de las especies animales con las que compartimos el ecosistema piensan de alguna manera, estando esta condición más o menos supeditada a los instintos. Sin embargo, no hay otra especie en todo el reino animal más allá de la humana que tenga el don de controlar su comportamiento en relación a sus sentimientos, otorgando a sus propios hechos una trascendencia y un significado y, una vez consumado el acto, justificando su conducta a través de un código determinado. El “Cogito ergo sum” cartesiano se transforma así en una constatación, no de la circunstancia pensante del ser humano, sino en la prueba de que el acto de pensar pasa inexorablemente por la voluntad de hacerlo, otorgando en última instancia la facultad del raciocinio a la capacidad de decisión que imprime el sentimiento, siendo nosotros a un mismo tiempo sus beneficiarios y sus víctimas.

Crecemos en la vida siendo enseñados a pensar que podemos controlar todo aquello que nos propongamos, que nuestra inteligencia puede dominar nuestra parte sensible a través de la voluntad, que las pasiones deben ser reprimidas en beneficio de nuestra cultura/civilización/religión/nación. Al desarrollarnos adquirimos autonomía y pensamiento crítico, y es entonces cuando nos damos cuenta de que sólo se intenta reprimir aquello que forma parte consustancial de nuestra naturaleza y que, por ello, resulta una auténtica amenaza.


No es nuestra tarea supeditar la capacidad intelectual que todos poseemos al hermoso poder de los sentimientos, pues nuestro discurso correría entonces desagradablemente paralelo al que realizaran los nazis en la primera mitad del siglo pasado. Pero sí podemos poner en tela de juicio la capacidad de absorción que ha llevado a cabo ese intento de racionalizar cualquier experiencia vital, que ha monopolizado el análisis en torno al empirismo, el utilitarismo y lo clasificatorio (quizás una mirada exacerbada, radical y mal entendida del materialismo) para dejar de lado otras formas de acercamiento más empáticas e intuitivas, aquellas que configuran en mayor medida nuestra verdadera dimensión humana.

Por eso, y teniendo en cuenta que el muy humano sentimiento de la venganza es curiosa e irónicamente deplorable desde el punto de vista humanístico, podemos tomar dos ejemplos que nos marquen el camino de lo que anteriormente hemos expuesto. En primer lugar podríamos iniciar nuestro discurso tomando el caso sucedido al personaje de Harmónica (Charles Bronson [1]) en la monumental obra de arte titulada Hasta que llegó su hora (C´era una volta il West, Sergio Leone, 1969). En ella, el empeño de un hombre por encontrar descanso a su dolor y su conciencia pasa por acosar desde la distancia a Frank (Henry Fonda [2]), el líder de una banda de malhechores que imponen la ley del más fuerte en un atemorizado pueblo en construcción de Arizona, por donde ha de pasar el ferrocarril que llegará hasta las costas del Pacífico. En este punto hay que destacar que es el western, sin ninguna duda, el género cinematográfico por excelencia en el que la venganza se ha instalado con más naturalidad. El paisaje fronterizo [3] y las consiguientes situaciones límite en las que se instalan sus personajes son el caldo de cultivo ideal para que en sus argumentos aparezcan todo tipo de conflictos, desagravios e insatisfacciones que han de ser resueltas a través compensaciones en forma de represalias, forjándose toda una mítica en torno a epopeyas en las que la virilidad y la violencia se instalan como método de supervivencia [4].


A parte de las múltiples lecturas que esta magna obra nos puede ofrecer (fundamentalmente políticas y económicas, las más interesantes), el desarrollo de la acción pasa inexcusablemente por el deseo de venganza del protagonista, ya que cada paso de su acción repercute en todos y cada uno de los demás personajes, orquestando un juego en el que las reglas las va imponiendo a cuentagotas, despistando con ello a todos sobre sus propósitos finales. Sin embargo, más allá del desarrollo argumental encauzado a través del puro sentimiento de la venganza, hemos de destacar cómo un elemento de la puesta en escena como es el de la harmónica se configura como el objeto que, no sólo da nombre y personalidad a un personaje misterioso que carece de ambas, sino que en su propia presencia parece albergar la memoria de un espacio y un tiempo que se deben perpetuar incansablemente para dar sentido al sacrificio, no sólo de su portador si llegase el caso, sino de las vidas de todos aquellos que, aunque sean víctimas inocentes, se interpongan en el infalible recorrido hasta su objetivo.

Tres décadas después, el mundo no es el mismo (aunque a veces se le parece: nuevamente aparece Nietzsche, ahora con su teoría sobre el eterno retorno). En los albores del siglo XXI, Christopher Nolan realizó una de las películas más desconcertantes y turbadoras de los últimos años (con la venia de David Lynch): Memento (id., 2000) [5], también con el tema de fondo de la venganza. En este caso encontramos a Leonard (Guy Pierce), un hombre que únicamente vive con el propósito de vengar el asesinato de su mujer. Sin embargo, aunque pudiera parecer que un argumento como éste estaría de lo más manido y sobado en el panorama cinematográfico, se introduce una característica tan especial que hace que esta historia sea un auténtico paradigma: el protagonista sufre una pérdida de memoria denominada amnesia anterógrada, donde los recuerdos no van más allá de durar algunos minutos (debido a este problema recurre a una serie de métodos para que su objetivo de la venganza llegue alguna vez a cumplirse: notas, tatuajes, fotografías…) y que es aprovechado por el realizador para contar la historia en sentido inverso al convencional, es decir, de delante hacia atrás, mostrándonos primero las consecuencias para llegar a las causas que las originaron.


Estas escuetas notas sobre el argumento nos bastan para comenzar a desarrollar una serie de preguntas que establezcan, por contraposición al anterior ejemplo de Hasta que llegó su hora, un discurso sobre la evolución del cine como reflejo de la evolución de la conciencia social del ser humano en estos últimos cuarenta años. Quizás lo primero y más evidente que hemos de destacar es el hecho de que el protagonista de Memento carezca de una cualidad como la de recordar a largo plazo y que esta condición es la que nos permite darnos respuestas a preguntas fundamentales como las de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, etc., es decir, saber nuestra propia esencia, nuestra personalidad, aquello que nos hace seres únicos, inconfundibles y diferentes al resto de nuestros congéneres. La memoria es, pues, aquello sobre lo que asentamos nuestra conducta, pues somos un cúmulo de experiencias, de códigos adquiridos y de sensaciones que a un mismo tiempo relativizan nuestras acciones y establecen un marco de comportamiento coherente con nuestras necesidades, con aquello que deseamos ser en la vida. Podríamos incluso establecer una fría fórmula matemática para lo dicho anteriormente: memoria= recuerdos+ tiempo. Pero, ¿realmente nos podemos fiar de nuestros recuerdos, de nuestra percepción personal e intransferible de aquello que acontece a nuestro alrededor sin dudar ni por un momento de su fiabilidad?

Como ya hemos destacado, Leonard se apoya en una serie de elementos para dar soporte a su volátil memoria. Como vamos descubriendo con el discurrir del relato, esta serie de referencias de caótica disposición se contradicen entre ellas. ¿Qué patrón sigue entonces el protagonista para discernir la realidad, lo verdadero de lo falso? Pues seguramente lo que cualquiera de nosotros hace en su vida normal: la capacidad que tienen ciertos datos de anular otros por el mero hecho de ser más recientes en el tiempo (lo actual tiende a solapar lo remoto) y su intuición, sus corazonadas, lo que dictan sus sentimientos. La falta de memoria impide el remordimiento, configurando a quien lo padece la dimensión de perfecta máquina de matar, de herramienta asesina al servicio de escabrosos motivos. Todo ello, con el avance de la cinta, va emergiendo como un tremendo error, y es cada vez más notable y palpable la distancia que separa los mundos en los que se gestaron esta película y aquel precedente realizado por Leone ya que, mientras en aquél era el objeto de la harmónica el que aguantaba la carga de albergar y activar la memoria (con todo el poder emocional que contiene en sí la música, precisamente por su carácter efímero), en Memento son las fotografías (al lado de los susodichos tatuajes) los que parecen dar soporte al sentido de una vida (pues su carácter es indudablemente más perenne) [6].


Es curioso cómo entre ambos ejemplos parecen ser las instantáneas tomadas con la polaroyd las que evidencian un mayor contacto con la realidad y, sin embargo, los hermanos Nolan nos abren los ojos y nos hacen mirar con desengaño hacia ese mal endémico que parece haberse instalado en nuestra sociedad como una nueva religión: el culto hacia lo fotográfico como representación de una inalterable verdad. Hoy en día tendemos de forma natural a asumir como verídico todas aquellas imágenes que nuestros ojos reciben en distintos formatos (fotografía, cine, televisión, Internet…), cuando es precisamente el poder de convicción y su cercanía con los modelos reales lo que hacen de lo audiovisual un auténtico peligro que nos puede hacer caer, como al propio Leonard, en el error de creer como cierto aquello que no es más que pura manipulación, ya que en muchas ocasiones se carece de la voluntad de contrastar el origen y el significado de aquello que se recibe. Como este personaje, todos nosotros desarticulamos en nuestra vida cotidiana el defensivo sentido de la prudencia, no por dejadez o malicia, sino impelidos a ello por la vorágine de tal cantidad de imágenes recibidas que arrasan nuestra capacidad de absorción, estando por ello a merced de mensajes que no siempre son tan verídicos como pretenden aparentar.

Nuestros recuerdos son un cúmulo de notas y fotografías mentales que desordenamos y confundimos, mezclándolas aleatoriamente para configurar una visión del mundo que nos satisfaga y nos convenga. La memoria es volátil y, como el protagonista de Memento, tendemos a practicar aquello que se ha definido como “la memoria de pez de acuario”, que no nos permite recordar más allá de los tenues cristales de nuestra pecera global. Dentro de este panorama no hay duda de que, a pesar de ser un sentimiento humano, quizás demasiado humano, la venganza no es más que un juego cuyas reglas no siempre están claras sobre quién y para qué propósito han sido dictadas.

(artículo aparecido en el nº. 158 de Versión Original —marzo 2008— dedicado a "Venganza")


[1] ¿Pesaría tanto este papel en el actor como para configurarle en el futuro como el modelo del vengador facha/reaganiano por excelencia?

[2] Golpe de efecto magistral haber contado para el soporte del malo de la película con el actor que el público americano (y mundial, en general) contemplaba como la imagen del bueno por excelencia, el indefectible “falso culpable”, el mismísimo rostro del presidente Lincoln.

[3] Auténticamente marciano en el caso que nos ocupa, configurándose un panorama vital y visual inusualmente bizarro, extraño, alejado de la dimensión espacio-temporal en la que vivimos, por lo que si no fuera por los referentes culturales que nos hacen instalar la acción en el lejano y salvaje oeste podríamos estar hablando de una de las mejores adaptaciones de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury.

[4] Lo cual, por otra parte, ha permitido que esa elite política, económica, social, religiosa, cultural y racial que son los wasp (white anglo-saxon and protestant) haya conseguido en múltiples ocasiones y hasta la actualidad llevar a sus cowboys hasta la mismísima Casa “Blanca”. Sin embargo, al igual que en el propio western nos podemos encontrar con curiosos ejemplos de visión progresista que no cumplen con esa regla no escrita introducida en el texto (desde filmes abiertamente pro-nativos o filoindios como El gran combateCheyenne Autumn, John Ford, 1964-, antirracistas como El sargento negro -Sergeant Rutledge, John Ford, 1960- o de perspectivas femeninas como Johnny Guitaríd., Nicholas Ray, 1954-), en estos días los demócratas norteamericanos tienen la opción de escoger como su candidato a la presidencia de los EE.UU. entre un afroamericano y una mujer, una situación tan inaudita como esperanzadora.

[5] Basado en un relato llamado Memento Mori (en latín, "recuerda que eres mortal"), escrito por su hermano Jonathan.

[6] En este punto, y aprovechando la reciente salida al mercado del DVD de su Final Cut, hemos de destacar a modo de homenaje y reconocimiento una película como Blade Runner, ya que son demasiadas las referencias de este artículo que nos remiten a su argumento: la venganza como telón de fondo, lo efímero de la vida, la memoria perpetuada y sostenida por los recuerdos fotográficos, la calidad de “ser sensible” sobre la de “ser pensante” (aparece citada la máxima cartesiana del “Cogito ergo sum” en ese mismo sentido) e, incluso, el nombre de Bradbury (el complejo de apartamentos donde se refugian los replicantes).