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lunes, 20 de mayo de 2013

GORDON GEKKO NUNCA DUERME


1. “El tema es, damas y caballeros, que la codicia, por falta de una palabra mejor, es buena. La codicia es correcta. La codicia funciona. La codicia aclara, se abre camino y capta la esencia del espíritu de la evolución. La codicia por la vida, por el dinero, por el amor, por el conocimiento ha marcado el avance de la humanidad. Y la codicia, recuerden mis palabras, no sólo salvará a Teldar Paper, sino a esa otra corporación que no funciona, los Estados Unidos” (Gordon Gekko —Michael Douglas — ante la asamblea de accionistas de la compañía Teldar Paper, 1985).

Gordon Gekko fue el máximo exponente del yuppie (acrónimo de young urban profesional), esa clase social ambiciosa, ilimitada en sus ansias de amasar dinero y poder, indisimulada en su ostentación. Gente joven, guapa, rica y de coca hasta las cejas. Era la época de Ronald Reagan, al que algunos acusaron de ser un pésimo actor pero que, en su afán por denigrarle en su antigua profesión, le subestimaron en su capacidad de vender la moto a la clase media norteamericana: desviar la atención con su feroz discurso anticomunista mientras trabajaba en silencio en su afán de gusano que llega al corazón de la Gran Manzana: Wall Street.


La película dirigida por Oliver Stone en 1987 y que tomó el nombre del mercado de valores de Estados Unidos es un espléndido ejemplo de aquellos tiempos. Y, lo que es más meritorio, realizada en aquel preciso momento. Una época de apariencias, de cartón-piedra, de apartamentos suntuosos empapelados con los dólares de la especulación. Unas vidas de lo más falsas, que llegan a hacer traicionar las raíces de las personas, volviendo la espalda incluso al propio padre, despreciando valores como la experiencia y la honradez.

Y es que aquella década fue la que domó ese espíritu libertario (e incluso libertino) que fueron los años 70, época traumática de los USA en la que convivieron el movimiento hippie y las montañas de jóvenes cadáveres que Vietnam les devolvía como un vómito incesante. El golpe en la mesa dado por el reaganismo azuzó a una nación que una vez soñó con una sociedad diferente y que terminó acostumbrándose a las diferencias económicas que permitían aparcar grandes limusinas al lado de mendigos sin que ello supusiera ningún trauma para la conciencia.

Bud Fox (Charlie Sheen), el protagonista de esta cinta, vivirá atormentado durante todo el metraje del film, basculando su filosofía vital entre la imagen de un padre, Carl (Martin Sheen), que se ha partido el espinazo durante toda su vida para conseguir muy poco, y la figura de un mefistofélico maestro que le libra de sus ataduras morales para el enriquecimiento prematuro a cualquier precio. Las consecuencias de sus actos recaerán directamente sobre el corazón de su progenitor y una postrera actitud de integridad le hará redimirse, traicionando a Gekko para ser leal a los suyos al darse cuenta de la trascendencia de una frase que le dijo un veterano compañero de trabajo, Lou Mannheim (Hal Holbrook): “Lo principal acerca del dinero, Bud... te hace hacer cosas que no quieres hacer”.


2. “Alguien me recordó recientemente que una vez dije que la avaricia es buena. Ahora parece que es legal. […] La madre de todos los males es la especulación. […] Pedir prestado es nocivo para la salud. Y odio decirles esto, lo que también molesta: es un modelo de negocio quebrado, que no funciona. Es sistémico, indignante, y despreciable. Como el cáncer. Es una enfermedad, y debemos combatirla” (Gordon Gekko —Michael Douglas— ante los asistentes a una conferencia en la que se presenta su libro ¿Es buena la avaricia?, 2008).
Es sorprendente el poder de los términos y los eufemismos, y cómo en distintas épocas su sentido tiende a desplazar los problemas con un solo gesto. Si la palabra greed era traducida en la película de los 80 como «codicia» (un término más ligado en el inconsciente judeocristiano con los mandamientos de Moisés), en los nuevos tiempos se transforma en «avaricia» (uno de los siete pecados capitales). Y si pensamos en el resto de los personajes de Wall Street: el dinero nunca duerme (Wall Street: Money Never Sleeps, Oliver Stone, 2010), que son jóvenes con eso que se llama conciencia social, ecologistas y comprometidos (vamos, los bobos, acrónimo de bohemian bourgeois, que ya hemos comentado en alguna otra ocasión), nunca nos atreveríamos a aplicarles tales epítetos, sino más bien el de «ambiciosos en el buen término», «ávidos de prosperar» o cosas por el estilo, a pesar de que se lucran a través de sus trabajos en compañías de hidrocarburos contaminantes mientras sueñan con un mundo más verde, como el caso del joven protagonista, Jacob Moore (Shia LaBoeuf).
Esta segunda parte de Wall Street se convierte así en un certero (aunque ciertamente maniqueo, como el original) análisis sobre la hipocresía de la sociedad actual, donde la cárcel es antes un elemento punitivo que un método de reinserción donde personajes como Gekko prefieren el encierro a la sombra durante unos pocos años para luego disfrutar impunemente de sus dividendos delictivos que les llevaron a la trena. O donde se prefiere el mismo mamoneo de antes, mientras no se haga con esa insoportable ostentación de antaño —la desplegada por el implacable Bretton James (Josh Brolin), quien en la impotencia de la derrota es capaz de machacar la joya goyesca Saturno devorando a su hijo, un cuadro de indudable dimensión alegórica en ambas cintas—.


La avaricia hoy en día no sólo es legal, sino que se ha convertido en el primer mandamiento de un decálogo no escrito, insertándose en una sociedad moralista e hiperviolenta que, sin embargo, censura imágenes y conductas que considera inapropiadas desde el punto de vista puritano. Gordon Gekko es el paradigma gatopardiano, para el cual todo debe cambiar para que las cosas permanezcan igual. Por ello mismo no es de extrañar que las grandes compañías continúen con sus desmedidos beneficios a pesar (o incluso gracias a, habría que decir) esta maldita crisis, mientras los mercados financieros y las agencias de calificación imponen sus severas y drásticas medidas a gobiernos maleables y éstos a trabajadores cabreados. Quizás habría que repensar si actitudes pasivas como soportar porrazos en la espalda quedaron obsoletas hace muchos años, y si no sería mejor dinamitar el sistema desde dentro, aprovechándose de su perversa avaricia para reventar todo este tinglado a través de sus deficiencias y contradicciones (como hacían los más jóvenes protagonistas de ambas películas). La máscara de moda en los próximos carnavales podría ser la de V de Vendetta.

(artículo aparecido en el nº. 196 de Versión Original —septiembre de 2011— dedicado a "La avaricia")

domingo, 19 de mayo de 2013

¿SUEÑA ROBOCOP CON PIRATAS INFORMÁTICOS?


El pasado 19 de abril en el programa de Iker Jiménez Cuarto Milenio hablaron sobre robots y de cómo su actual uso por esos benefactores de la humanidad llamados militares (¿no hablamos ya de ellos algunos colaboradores de esta revista en el número dedicado a los «cobardes»?) ha mandado a la mierda las leyes impresas por Asimov sobre la robótica (al cual siempre me le he imaginado bajando de su particular montaña, cual Moisés, con sus mandamientos escritos en sendos portátiles debajo de cada brazo). En la noticia, un grupo de veintitantos talibanes fueron asesinados por la voluntad de un engendro militar con forma de gran pepino, con el cual Occidente sigue jodiendo al mundo islámico. El mundo futuro representado en Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984) cada vez está más cerca.

En el cine y la literatura sci-fi hay, sin embargo, ejemplos en los que los robots muestran su previsible faceta benéfica, pues en su génesis está la función primordial de hacer al hombre (su creador) la vida más fácil. Pero incluso cuando su aparición en la pantalla está condicionada por el bien siempre suele haber otra manifestación homóloga que contrarresta esta tendencia positiva. Estoy pensando, sin ir más lejos, en la saga de Star Wars, donde a la presencia de C3PO y R2D2 siempre hay una contrarréplica imperial. Al fin y al cabo, los robots (casi siempre) responden a la voluntad de sus amos, de los cuales asumen su ética, mostrándose así como reflejo de nuestra dualidad moral.

Es por esa condición de servidumbre (devenida por la etimología del término eslavo robota) que estas máquinas pueden llegar a ser una herramienta perfecta para los intereses espurios al servicio del poder. Sobre ello reflexionaron los guionistas Edward Neumeier y Michael Miner al elaborar el argumento de RoboCop (Id., Paul Verhoeven, 1987). Y parece ser que todo partió de otro proyecto que, a la larga, se convertiría por derecho propio en uno de los mayores hitos del cine moderno: Blade Runner (Id., Ridley Scott, 1982). Su argumento pasó por las manos del propio Neumeier cuando, siendo un veinteañero, trabajaba como lector de guiones para la Warner Brothers: “Esta es una película [Blade Runner] sobre robots que quieren ser personas. ¿Pero qué ocurriría si todo estuviera planteado desde el punto de vista de un robot que, además, fuera un poli? Mi primera idea era que se tratara de un robot que se enfrentara contra toda la gente que intentara joderle (sic). Una pura inteligencia artificial contrapuesta a la inteligencia corrompida de los seres humanos” [1].


Más allá de su argumento y su sentido último, aquel que expone cómo un hombre literalmente «resucitado» expresa su deseo de encontrar sus raíces, su memoria, sus recuerdos, en definitiva, su humanidad perdida (perdida entre ese montón de circuitos y microchips que pueblan su regenerado cuerpo y su cerebro, y que remite más directa que indirectamente al mito de Frankenstein), hay un aspecto realmente interesante desde el punto de vista ideológico. A saber (y como apuntábamos al principio del párrafo) la propensión del sistema (ese concepto a veces tan denostado, pero que no por ello deja de rodearnos como una atmósfera intangible) a perpetuar su poder a través de aquellas herramientas que escapan al control del común de los mortales. Y es que la empresa que tiene bajo su dominio la gestión del cuerpo de policía de la futurible (por poco futurista) ciudad de Detroit (y que responde a la siglas OCP, configurando a través del juego de las letras que conforman la palabra cop su «reverso tenebroso», por aludir nuevamente a la fábula inserta en Star Wars) se transforma por sí misma en una denuncia ante la amenaza que ciertas políticas deslocalizadoras de la administración pública se producen con más frecuencia de la que a muchos nos gustaría, pues la privatización de ciertos servicios de interés general acaban degenerando en multitud de aspectos que, aunque convertidos en alegoría en el film de Verhoeven, resultan dramáticamente ciertos en nuestra vida cotidiana: los seres humanos nos convertimos en peones sustituibles, prescindibles, capaces (como los policías de ese Detroit saturado de delincuencia) de llegar al extremo de la huelga para reivindicar su dignidad (un derecho tan legítimo como molesto para el poder).

La crítica se extrapola fácilmente, pues, al contexto en el que se produce la película: la política ultraconservadora de la administración Reagan, la imposición de la clase yuppie como nuevos administradores de los recursos comunes y la desarticulación de lo público a través de demostrar su supuesta ineficacia. En el film el poder trabaja en connivencia con unos criminales cuyas acciones son controladas para permitir el advenimiento de aquello que, durante el Regeneracionismo, Joaquín Costa tildó como el «cirujano de hierro». Y yo me pregunto, ¿cuánto tardará en verse algún robocop por la floreciente (y cada vez más privatizada) geografía de la Comunidad de Madrid? Y algo que nos afecta a todos como cinéfilos e internautas, ¿cuánto tiempo tardará el nuevo equipo del Ministerio de Cultura en aplicar la política del policía virtual para controlarnos a todos nosotros, potenciales delincuentes on-line? (NOTA BENE: delincuentes a través de nuestras descargas, a pesar de subsanar nuestros delitos para con nuestras víctimas a través de ese impuesto revolucionario llamado «canon digital», y a pesar de atribuirnos los delitos a priori, puesto que nadie puede asegurar que la totalidad de los productos digitales que se consumen y utilizan tengan una finalidad “delictiva”: alguien se perdió la clase en la que analizaron Minority Report Id., Steven Spielberg, 2002—).


Y es que, como decía Marcel Duchamp (uno de los padres del dadaísmo, el único movimiento artístico verdaderamente rupturista y revolucionario del siglo XX), “el sistema es capaz de fagocitar incluso aquello que lucha contra él”. Así, encontramos que en el film de Verhoeven “RoboCop no ha nacido de una intención beneficiosa para la humanidad, sino que en realidad es el resultado de una conspiración llevada a cabo en el seno de la OCP […] con vistas a convertirse en un instrumento de coacción al servicio de los poderosos”, a pesar de que ya en su final se atisbe una cierta nota de esperanza, pues “El resquicio de humanidad que todavía late en Murphy es lo que impide que RoboCop acabe siendo, tal y como hubiesen deseado sus creadores, esa perfecta máquina represora y parafascista con la que soñaban” [2].

Y, sin embargo, en un número dedicado a los «robots» aún no hemos hablado de ellos, ya que por un lado los citados R2D2 y C3PO no dejan de ser androides (pues su aspecto nos remite a las características morfológicas del ser humano) y por otro RoboCop pertenece al grupo de los cyborgs, seres que, aun conservando partes de tejido humano, están compuestos por piezas mecánicas y electrónicas. Y es en la propia Star Wars donde encontramos a uno de los más famosos cyborgs de la historia del cine, Darth Vader, quien comparte con el personaje llevado a la pantalla por Verhoeven varios aspectos visuales y circunstanciales la mar de interesantes. Por poner un par de ejemplos: ambos son manipulados por un poder siniestro que quiere hacerse con el poder absoluto; a ambos, antes de convertirse en ese híbrido entre ser humano y máquina, les amputan dramáticamente su mano derecha (algún aficionado al psicoanálisis lo ligaría con la superación de la fase onanística y la entrada en una edad madura condicionada por conocimientos de índole superior); y RoboCop, para certificar la búsqueda de su humanidad y librarse de su tormento identitario, se retira su casco, dejando al descubierto su rostro, de la misma manera que Darth Vader se quita el suyo (ese capuchón en forma de glande que remata su fálica presencia —siniestro cipote sideral revestido con una estética a medio camino entre lo queer y lo sado-nazi—), haciendo que “resucite” ese Anakin Skywalker que se creía irremediablemente perdido.


“Todo lo que no es copia es plagio”, decía irónicamente Eugenio d’Ors, trastabillando uno de los más famosos adagios gestados en la Real Academia de la Lengua Española (“Todo lo que no es copia es tradición”). Al final, todo está inventado. Y es curioso que los referentes de ambas películas los encontremos en otra magna obra del cine universal, aquella que se presupone como génesis del género futurista, pues Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1927) puede ser considerada, por méritos propios, como uno de los antecedentes de eso que, muy posteriormente, ha recibido el apelativo de cyber-punk: “El término, aplicado generalmente a la obra literaria de William Gibson o Bruce Sterling, a grandes rasgos designa aquellas ficciones que presentan la tecnología en todas sus variantes posibles no como algo maligno, sino que reflexionan sobre las cuestiones éticas y filosóficas que su aplicación plantea, el poder que genera su manipulación interesada por parte de políticos y grupos de poder, sobre la creación de una nueva “realidad”, sobre la inserción de la humanidad, de lo “humano”, en el seno de un mundo hipertecnificado” [3]. Curioso, además, no sólo por el hecho de que en sus fotogramas aparezca el androide precursor (en lo visual) del C3PO de George Lucas (hablamos de Maria II) o por la circunstancia de que el malo de la película,  el inventor Rotwang (precedente a su vez del estereotipado modelo del mad doctor tan profuso en la sci-fi), tenga una mano biónica (la derecha, para más inri), sino porque la guionista (y, a la sazón, esposa de Lang) Thea von Harbou se basó en dos obras de H.G. Wells para desarrollar su libreto, siendo una de ellas «Cuando el durmiente despierta» («When the Sleeper Awakes», 1897) (la otra sería «La máquina del tiempo» —«The Time Machine», 1895—), novela “en la que los descendientes de los capitalistas gozan en la superficie de una vida de lujo frente a la laboriosa y subterránea existencia de los trabajadores, que también son una especie de cyborgs [4]. Así, por lo tanto, es como nos encontramos con los verdaderos protagonistas del tema propuesto para este número por la redacción de Versión Original, pues al final los verdaderos robots, los únicos que pueden recibir para sí mismos este término con conocimiento de causa, no son nadie más que nosotros mismos.


¿Pueden las cosas cambiar? ¿Hay motivos o argumentos para la esperanza? En una reciente entrevista aparecida en el diario Público [5], el irreverente, necesario y siempre polémico filósofo Alain  Badiou (uno de los popes del mayo del 68 parisino) decía lo siguiente: “Actualmente en Francia hay mucha tensión [alude al secuestro de empresarios en sus propias fábricas por parte de obreros encolerizados, acciones que incluso han sido aprobadas por la clase ejecutiva en algunos sondeos]. Y quizá estamos, y digo quizá, en una situación preAcontecimiento. El Acontecimiento es algo que no se puede prever. […] Tomemos el ejemplo de los obreros de origen extranjero perseguidos por los estados ricos de forma generalizada. Esos obreros se están organizando, y eso sí es un Acontecimiento. El sujeto fiel es el que contribuye de una forma u otra a su lucha. El sujeto reactivo es el que encontrará justificaciones para no incorporarse al movimiento. […] Los individuos sólo pueden superar su estado de dispersión y su egoísmo por mediación de la Idea, que hace que uno exceda a sí mismo. La Idea es la única manera de superar el estado normal del individuo, el de sobrevivir, aprovecharse de todo lo posible y servir sus intereses propios. El capitalismo y su orden, al fin y al cabo, están enteramente basados en el principio de que los individuos permanecen en el estado de individuos y se rigen por sus propios intereses. La Idea es absolutamente todo lo que permite conducir a otra Humanidad y a que los individuos se incorporen en algo más importante que los límites de su interés propio”. La Idea… el Acontecimiento… el Momento. ¿Cuál sería la receta para el “nuevo mundo”? “El amor es una insurrección que te arranca de tu condición de existencia ordinaria y te saca de la experiencia individual, porque ves el mundo a dos, en lugar de a uno. Es salir del individuo. Es el primer paso que un individuo puede hacer más allá del límite de su interés egoísta”, remataba el filósofo. ¿Era esto lo que Lang y Von Harbou nos proponían en el final de su película… o era más bien la asunción de la sumisión como herramienta para la tan ansiada «paz social»? Pues ahora que nuevamente estamos en época de «vacas flacas» y se nos dice que nos apretemos el cinturón, escandaliza el hecho de ver el inmoral reparto de beneficios de los grandes bancos o que éstos presten sin pudor cifras mareantes para promover los fichajes de futbolistas/modelos/hombres anuncio (léase Kaká y Cristiano Ronaldo, por citar los más sonados de este verano —al menos hasta la finalización de este artículo—) al mismo tiempo que niegan créditos a las familias trabajadoras. ¿Es así como se desea apaciguar a una población saturada de hartazgo en la perpetua espera de saber lo que significa verdaderamente participar de la riqueza de su propia fuerza de trabajo? ¿Será todo tan fácil como esperar a ese «mediador» que una en comunión las manos con el cerebro? ¿Seremos nosotros capaces de ser ad aeternum las manos sin cerebro y que los poderosos vivan cómodamente como cerebros sin manos? Sí, puede que estemos cerca de ver el Momento.

(artículo aparecido en el nº. 174 de Versión Original —septiembre de 2009— dedicado a "Robots")


[1] Citado por Rob van Scheers en Paul Verhoeven, Faber&Faber Limited, London-Boston, 1997, p. 186; citado a su vez en la obra de Tomás Fernández Valentí Paul Verhoeven. Sangre y carne, Ediciones Glénat, Barcelona, 2001, p. 176.

[2] Ambas frases sacadas de la op. cit. de Fernández Valentí (pp. 203 y 206, respectivamente).

[3] Antonio José Navarro en su artículo “RoboCop. El policía del futuro” aparecido en Imágenes de Actualidad, n.º 175 (noviembre 1998), sección “Cult Movie”, p. 50; citado por Valentí en la p.178 de su op. cit.

[4] Según se dice en el artículo de Javier Hernández Ruiz “Las escenografías de Lang en el cine alemán de entreguerras”, Dirigido por, nº. 367, mayo 2007, p. 70.

[5] En la sección “Culturas” del lunes 20 de abril de 2009.

sábado, 18 de mayo de 2013

TE DOY UN BESO SI ME LLEVAS LEJOS DE AQUÍ


Dicen los que de esto saben (es decir, los antropólogos, como siempre) que utilizamos el beso como símbolo de amor porque es uno de los primeros gestos de supervivencia que utilizamos en nuestras vidas: cuando en nuestros primeros meses de vida tomamos alimento lo hacemos a golpe de beso, chupando del pezón de nuestra madre esa leche que nos resulta vital para la sobrevivir en este mundo. Así pues hay algo de este acto que se nos queda grabado en nuestro disco duro y que lo acabamos relacionando con el cariño, pues a cada gesto de avanzar los labios y provocar ese chasquido tan característico del beso estamos ligándonos a la vida. Y es curioso que con ello nos comprometamos con nuestra condición de mamíferos, pues nuestra situación de recién llegados (los 200 millones de años que llevamos sobre la Tierra son, en términos geológicos y biológicos, una miseria de tiempo) todavía pesa sobre nosotros, y ante la amenaza del pasado “reciente” de los grandes saurios nos ha quedado marcado que no sólo somos diferentes, sino que somos especiales, destinados (como así ha sucedido) a dominar el planeta con nuestra capacidad para la adaptación y para dar y recibir amor para y por los nuestros, lo cual nos hace verdaderamente fuertes frente a los demás. Cuando nos besamos también apelamos a esa memoria y a esa forma de ver la vida, pasada de generación en generación, de madre en madre, de pecho en pecho. Los besos no son tan efímeros como nos parecen: dentro de sí contienen una identidad de millones de años.

No hay duda que los besos son especiales, y que con ellos explicamos en muchas ocasiones nuestra esencia, no ya como especie, sino como sociedad. Ahí están todos esos besos de los cuentos. Con ellos nos hemos otorgado un código para poder explicar ese paso en nuestras vidas que es la pubertad. Nuestro pasado social manchado con la mirada machista ha hecho que nos lleguen hasta nosotros todas estas historias teñidas con un reparto de roles la mar de previsibles: es siempre el varón el que no sólo descubre en la doncella el final de la inocencia y el principio de la sexualidad, sino el que propicia, da permiso y visto bueno a la transformación en su eterno papel de protector y hacedor. También la Biblia, ese emérito conjunto de cuentos, relatos y fábulas que funcionan a nivel alegórico, nos ha legado una buena historia con un beso: evidentemente, no podría ser otra que la del beso de Judas a Cristo.

Al tratarse de historias tan simbólicas, de lenguaje tan figurado, muchos autores se han dedicado a fantasear con multitud de teorías sobre todo aquello que aparece en dicho magno libraco. Una de las teorías que más me ha impactado ha sido la que el genial Jorge Luis Borges trazó en su libro Ficciones (1944) en un relato titulado «Tres versiones de Judas». Recuerdo que lo leí hace bien poquito, y que las circunstancias de la lectura fueron muy especiales, mientras esperaba en el aeropuerto de Marsella a embarcar con mi mujer, Marta, en un avión que nos trajera a España tras unos maravillosos días en la ciudad francesa. Y también recuerdo que durante todo el tiempo que permanecí en el avión no me pude quitar de la cabeza la historia pergeñada por Borges, tan perturbadora me pareció su teoría: “Limitar lo que [Cristo] padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio. Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, ham­bre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. […] Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la histo­ria; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas”. Según estas palabras se me ocurre una historia terrible, en la que Jesús, como en los mejores ejemplos del timo de la estampita, tiene que conseguir que un primo se haga pasar por él, pues tiene que asegurarse de que el objetivo (el sacrificio del Mesías por los pecados de la humanidad) se cumpla, y él, al no estar seguro de su fuerza de voluntad, se lo trata de endosar a otro, comiéndole previamente la cabeza, llenándosela de pájaros, fabricando un fanático, un kamikaze, un militante de Hamas forrado de cartuchos de dinamita a punto de inmolarse en el nombre de Yahveh. Así, el beso de Judas a Cristo no sería un gesto de denuncia, la entrega del maestro, una seña de un Edipo que se quiere redimir, sino la señal de agradecimiento de un líder hacia el más sumiso de sus alumnos, aquel que da permiso para ser el auténtico cordero para el sacrificio.


Sobre las perdiciones de un tipo tan misterioso y oscuro en sus datos biográficos como fue Jesús de Nazaret también especularon escritores como Nikos Kazantzakis y su celebérrima obra La última tentación de Cristo llevada al cine con pulso, eclecticismo y acostumbrados manierismos por Martin Scorsese (The last temptation of Christ, 1988). Para no estar a vueltas con su argumento, que creo que es de lo más conocido, supongo que lo más provechoso será ahondar en algunos aspectos que hacen de esta obra algo especial. Como por ejemplo, el uso que el realizador de origen italiano hizo de sus dos protagonistas principales, Willem Dafoe como Cristo y Harvey Keitel como Judas, ya que por una maravillosa simbiosis parece como si Scorsese hubiera leído el relato de Borges (no tenemos datos ni para afirmar esto ni para negarlo, por supuesto): sin que ambos hubieran dejado de hacer papeles de villano en su carrera como actores (camellos, yonkis, traficantes, atracadores, etc.) parece como si sus roles estuvieran invertidos, y que esos rasgos tan afilados de Willem Dafoe que presumen a un psicópata o a un sociópata fueran más propios para interpretar a Judas que a un personaje tan seráfico como Jesús. Y viceversa, pues a priori parece transmitir una mayor bondad en la mirada y en el gesto un tipo como Harvey Keitel como para merecer la condena de tener que interpretar a uno de los personajes más odiados de la cristiandad. Hay por lo tanto, y así de partida, una manipulación en la sugerencia, una reinterpretación de las apariencias que nos llevan a cuestionarnos si la Historia oficial (al menos la oficiosa, aquella que la Iglesia en su conjunto ha querido transmitir) es como verdaderamente sucedió (creo que somos todos lo suficientemente maduros y críticos como para saber que las cosas casi nunca son como nos las quieren hacer creer, ¿verdad?). Sólo así la dimensión de cada personaje se refuerza, y el maniqueísmo del relato original se acaba por diluir en un mar de incógnitas, pues el propio Cristo llega a pronunciar en la película una afirmación que resulta terrible en cuanto a la Historia Sagrada: “Dios me dio el trabajo más fácil: ser sacrificado”. Es de entender, pues, que aquel trabajo más difícil, el que conlleva más mortificación, es el de Judas, el del delator, el que entrega a su maestro, y puede que con esta lógica fuera el propio Jesús el que eligiera en algún momento el tomar para sí el peor de los personajes, pues con él conminaría al mundo a una purificación mayor con su propio ejemplo redentor.


Son esos mismos misterios los que envuelven la figura de Cristo, un individuo que habla con Dios durante una serie de ataques epilépticos y que acaba siendo él mismo (es decir, su destino, lo que tiene que ser) por intercesión del fanatismo de su compañero Judas, el baluarte de la ortodoxia, de la pureza, del dogmatismo, que necesita de un líder (y no a cualquier líder, sino de uno muy concreto) para la consecución de su obra, para adquirir su sentido en el mundo y en la Historia. Es así como empuja a Cristo a ser realmente Cristo, a fabricarse su propio adalid, ese Mesías enviado por Dios al que el propio Cristo desea crucificar. A él y a todos los que vengan detrás de él, pues lo considera una prueba de fuego impuesta por su dios para mortificarle y, de paso, purificarle [1]. Es por eso que acepta la misión que Judas le encomienda, no porque sea su cometido, sino porque es lo mejor para ambos, ya que se retroalimentan de sus propias necesidades materiales y espirituales. Así se forjan los mitos [2].

Por eso al final, en su delirio, ni siquiera Cristo puede dominar a su propio personaje, el cual se ha vuelto una pesadilla incluso para él. En su “fuga psicogénica” [3], hecho un venerable anciano padre de familia después de haber descendido de la cruz, tiene esta discusión con Saulo, el que será futuro San Pablo:

Pablo: “Mira alrededor tuyo. Mira a toda esa gente. Mira sus caras. ¿Ves cuán infelices son? ¿Ves cuanto están sufriendo? Su única esperanza es el Jesús resucitado. No me importa si tú eres Jesús o no. El Jesús resucitado salvará el mundo y eso es lo que importa.
Jesús: “Esas son mentiras. No puedes salvar al mundo con mentiras.
Pablo: “Yo creé la verdad de lo que la gente necesitaba y de lo que ellos creían. Si tengo que crucificarte para salvar el mundo, entonces lo haré. Y si tengo que resucitarte, entonces lo haré también.” –Para después rematar-: “Ves, tú no sabes cuánta gente necesita a Dios. No sabes cuán felices Él los puede hacer. Felices de hacer cualquier cosa. Él puede hacerlos felices de morir y ellos morirán. Todo por amor a Cristo. Jesús Cristo. Jesús de Nazaret. El Hijo de Dios. El Mesías. No por ti. No por amor a ti. Estoy contento de haberte encontrado. Porque ahora puedo olvidar todo de ti. Mi Jesús es mucho más importante y mucho más poderoso. Gracias. Fue bueno haberte encontrado.


Es al final esa idea y esa imagen que todos tienen de Cristo la que inunda de fe su confianza y su esperanza [4]. Es el icono exportado por todo el mundo, manipulado y moldeado para un fin en concreto: la dominación de las mentalidades, aunque su sentido más prístino y aquel que nos ha llegado hasta nosotros no tengan demasiado que ver. Y las primeras que hay que convencer son las de aquellos que son sus ministros, sus elegidos, los comerciantes que vender ilusión en la vida ultraterrena. Y yo me pregunto, ¿cómo verán realmente a Cristo las monjas? ¿Soñarán con él? ¿Qué tipo de sueños tendrán aquellas que dicen haberse “casado” con Él? Supongo que ellas verán a Cristo como un superhéroe, aquel que se interponía entre los linchadores y la pecadora. Un joven alto, guapo y rubio que cada noche viene a visitarlas a su celda, y las acaba poseyendo en un amor infinito lleno de gozo. Es como esa maravillosa escultura de Bernini que está en el Vaticano, donde Santa Teresa de Jesús es traspasada por un rayo de amor y misericordia, y su rostro relajado indica un clímax bestial, un orgasmo de tal brutalidad que es capaz de elevarla del suelo para transportarla con su querido amante, allá donde se encuentre. Es como en la película de Ray Loriga, Teresa, el cuerpo de Cristo (España- Reino Unido- Francia, 2007), con esa genial Cáceres como telón de fondo, en el que la santa es más carnal que nunca, pues los besos de verdad y las caricias piel contra piel no pueden sustituir a ninguna otra sensación que materialice el amor de mejor manera. Por eso sé que, si lo pienso mucho, mi vida siempre será una frustración, pues no sólo nunca podré sentir la sexualidad como la siente una mujer, sino que jamás la podré sentir como la siente una monja. Lo peor de todo es que ni siquiera ellas saben el gran don que poseen.

(artículo aparecido en el nº. 168 de Versión Original —febrero de 2009— dedicado a "Besos")


[1] Todo deviene de la discusión entre Cristo y Judas sobre las necesidades del rumbo de la revolución, ya que mientras el primero confía en el cambio de mentalidad en el espíritu (liberar al hombre de la esclavitud del odio), el segundo insta a la liberación material (la lucha de Israel contra los romanos). De la idea de este último parece ser Poncio Pilatos cuando le recrimina a Jesús “Una cosa es querer cambiar la manera en que vive la gente, pero tú quieres cambiar lo que piensan, lo que sienten”.

[2] “Los héroes se forjan con los tiempos”, frase que sirve como prólogo y leitmotiv al episodio octavo de la interesantísima serie de animación Clone Wars.

[3] Momento a la altura del mejor David Lynch.

[4] Otras dos frases que encabezan sendos episodios en la mencionada serie de la factoría de Georges Lucas que nos sirven en este momento: “Los grandes líderes inspiran la grandeza en sus semejantes” (ep. 1) y “La fe no es un asunto de elección, sino de convicción” (ep. 2).

MATAR AL VIEJO


No son buenos tiempos para ser un anciano. Si incluso para los jóvenes este mundo nos parece a veces demasiado rápido, acelerado, incluso frenético, no quiero ni pensar cómo lo tienen que ver nuestros mayores. No hace falta más que verles la cara: despistados, perplejos, incrédulos ante todo lo que desfila por delante de sus ojos. El planeta que ellos conocieron hace algún tiempo que desapareció, y lo hizo a la velocidad del rayo. No ha habido una etapa de transición tecnológica, ni cultural, ni social para que hayan podido adaptarse. Todo lo nuevo ha llegado de golpe, casi sin anunciarse, como un torrente imparable que ha terminado por engullirles, rematando su desconcierto.

Nuestra sociedad está llena de contradicciones. Una muestra de ello es un celebrado pensamiento que (mucho me temo… y por desgracia) todos nosotros hemos utilizado en alguna que otra ocasión, ya que la comunidad gitana parece ser que “SÓLO” tiene una virtud: la de cuidar de sus mayores [1]. Y eso parece darnos mucha envidia. Aparentemente, claro, porque la cifra de ancianos abandonados o maltratados (cuando no las dos cosas a la vez) son escalofriantes. Es decir: que los gitanos son unos cracks aguantando la peste que emana sus viejos, y si no fuera porque son una comunidad “machista, vengativa, delincuente, caradura y un largo etcétera” (tópicos de los que, parece ser, no puede escapar ni uno de ellos) los aceptaríamos de mil amores. Sin embargo, nosotros tenemos ese “pequeño defectillo” (mira tú) de que nos resulta desagradable el tufo de los viejos, de que nos divierte darles de ostias y de que hemos convertido las gasolineras de nuestra “santa geografía” en improvisados basureros humanos. Porque sigue habiendo cafres que se consuelan pensando que “su vieja” prefiere vivir sola, sin ataduras, sin molestar a la familia… o al menos es lo que recuerda de la última conversación con ella… diez años atrás.


Los ancianos siempre tienen las de perder ante sus generaciones posteriores, pues irremediablemente sus hijos y nietos tienen la capacidad “a toro pasado” de juzgar aquello que sus mayores hicieron o dejaron de hacer. Por eso, antes que como a víctimas, a las personas que tuvieron que vivir épocas pretéritas mucho más duras que las que ahora disfrutamos se las suele ver como actores participativos, como si todo aquello que pasó lo hubieran propiciado con su voluntad (o, en el mejor de los casos, con esa pasividad de “el que calla otorga”). Y, sin embargo, yo soy de los que están convencidos que en la mayoría de los sistemas políticos habidos y por haber, sea cual sea su signo, nosotros poco pintamos. Quiero decir que (y aunque suene a un arcaísmo del que algunos ya estaban celebrando su defunción: perdón, seguimos aquí) eso que ha venido en llamarse las «superestructuras» no nos dejan a los individuos demasiado margen de maniobra. Es decir, que nos guste o no nos guste, esto es lo que hay, y con ello parece que tenemos que tragar. Por eso me parece muy injusto cuando a un anciano se le achaca parte de los pecados del pasado, de la misma forma que no soporto que a un gitano se le eche en cara pertenecer a una comunidad como la suya pues, desde mi punto de vista, sus virtudes (ya he dejado claro que para mí son bastantes más que esa a la que siempre se alude) y sus defectos (que los tendrá, como toda sociedad) forman parte a un mismo tiempo de un acervo, de una forma de ser hasta cierto punto “autoimpuesta” y que arrastran desde hace siglos, sin que sus miembros no puedan escapar de ello si no es con el peligro de perder su identidad racial y cultural (que en la comunidad gitana caminan a una muy corta distancia). Afortunadamente, las cosas cambian, y ni ellos ni nosotros somos los mismos que los de hace un par de décadas. Aunque, por supuesto, siempre nos quedan cosas que mejorar… a todos.

Mi madre aún no es anciana, pero llegará el día en el que lo será. Yo muchas veces me pregunto cómo será entonces nuestra relación y sobre todo si, en ese momento en el que tanto ella como mi padre me necesiten, yo sabré estar a la altura y ser fiel a todo lo que ahora mismo pienso sobre la dignidad de los que tanto nos han dado (para empezar, la propia existencia). Saco a colación aquí a mi madre porque en cierta ocasión, hace unos cuantos años, hice con ella una apuesta: después de preguntarla si ella me quería, si nunca me haría daño y si daría su vida por mí, y responder ella siempre afirmativamente a mis preguntas, yo la dije que siempre podría haber alguna situación vital en la que ella llegara a matarme con inmenso alivio por su parte. Ella, supongo que por el desconcierto de lo que le estaba diciendo, no supo qué contexto podría ser ese. “Imagínate”, le dije, “que unos hombres vienen a por mí, que me van a llevar con ellos y que me van a torturar hasta que la extenuación acabe con mi vida. Ahora imagínate que tienes delante un arma y que tienes el tiempo justo para evitarme tal tormento… ¿Qué harías entonces?”. Supongo que sus enrojecidos ojos, sus lágrimas y el fuerte abrazo que me dio respondieron positivamente al reto que la planteé… aunque cada vez que me mira desde entonces tengo la sensación de que ve en mí a un irredento sádico.


Puede que el escritor japonés Shichirô Fukazawa se plantease la escritura de su novela Narayama como el retrato de la odisea de unos campesinos japoneses por sobrevivir, pero yo también pienso que hasta cierto punto podría haber sido un reto que alguien le lanzó: “¿quién y cómo podría alguien matar a su propio padre de buena gana, con una sonrisa en los labios?”. La propuesta es a priori dura de asumir, por lo que aquél que abordara el proyecto de transcribir este argumento en imágenes (a un medio tan popular y difusor de formas de ser, vivir y pensar como es el cine) tendría que ser, cuanto menos, un tipo de ideas peculiares. A pesar de que de dicha novela ya se hiciera una primera (y casi olvidada) versión cinematográfica en 1958 por Keisuke Kinoshita, el honor de hacerla verdaderamente famosa correspondió al maestro Shohei Imamura en La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983) [2].

Desde luego éste es un ejemplo en el que, a pesar de ser una película coral donde se cuenta la historia de todo un pueblo, el peso principal lo lleva sobre sus espaldas la anciana Orin (literalmente, ya que esta misma imagen se repite innumerables veces a lo largo de la cinta). Ella resulta ser la más veterana habitante de la Casa del Árbol, donde vive con sus hijos: Tatsué, Késa y Risuké. Está a punto de cumplir los setenta años y llega el momento de “ir a la montaña”. ¿Será esa viaje como el que nuestros mayores hacen tan frecuentemente a Benidorm? ¿Será ese un lugar en el que disfrutar de un apacible y merecido retiro? Las duras condiciones en el que tiene que (sobre)vivir esa pequeña y humilde comunidad nos hacen respondernos muy pronto en sentido negativo.

El film es, sin duda, un retrato sobre lo que significa el equilibrio y las funestas consecuencias que puede suponer su ruptura, algo muy del gusto “oriental” [3]. En un ecosistema tan delicado como el que viven encajonados (por valles y montañas) los seres que comparten ese mismo paisaje (hombres y animales, ya sean éstos salvajes o domésticos) no puede permitirse que el ciclo vital natural se rompa en ningún momento: si un eslabón se suelta, la “cadena natural” (término muy ilustrativo con el que nos enseñaron este concepto en el colegio) se romperá. Parece una perogrullada, pero todo al fin y al cabo es tan simple y tan fundamental como esto, pues si esa serpiente que vemos hibernando al principio de la cinta no sirviese de comida para las ratas en invierno, los mismos roedores no podrían alimentar a otras serpientes antes de que éstas den a luz a sus culebrillas. Y el ciclo de la Naturaleza vuelve así a empezar.


Al estar el ser humano tan inmerso en los condicionamientos que la Naturaleza acaba por imponer, no podría ser retratado de otra forma que como un ser vivo más, arrastrando las mismas miserias materiales y teniendo que someterse a las rigurosas leyes naturales para no perecer en la carrera por la conservación. Así, ese “deber” que empuja a los protagonistas de la historia resulta ser el motor que genera el movimiento de la acción: la madre, a pesar de poder ser aún una productiva trabajadora, “debe” apartarse de la comunidad, pues su presencia supone el estancamiento de su familia al taponar la posibilidad de la llegada de otros miembros que la puedan enriquecer (así de débil es ese “equilibrio” al que antes hacíamos mención) [4]. Y ella, por pertenecer desde hace más tiempo a esa cultura del “deber”, lo acepta de mejor grado (de hecho provoca físicamente su marcha al partirse adrede los dientes ya que, según su cultura, aquel que no tiene dientes no puede mantenerse por sí mismo) y se enfrenta con entereza y parsimonia a su indefectible futuro (qué diferencia entre esta anciana y los de nuestro tiempo y sociedad, a los que parece que permanentemente se les está acabando el tiempo: ¡hasta ese punto les contagiamos nuestra esquizofrenia por la dictadura del reloj!). Sin embargo, su primogénito Tatsué se ve lastrado en el compromiso vital que tiene culturalmente con su madre por un incidente del pasado: su padre no se atrevió en su día a llevar a su progenitora a la montaña, trauma que será para él un acicate para llevar a cabo su misión [5].

Es, por lo tanto, el peso de la tradición aquello que “en primera instancia” (ya que en última no deja de ser el sentido materialista de la supervivencia) vehicula el comportamiento de estos individuos, pues a nivel cultural únicamente pueden aferrarse a sus ritos y mitos para contextualizar su reducido universo. La extensión de sus referencias espaciales es tan escasa que el comerciante de sal es el único contacto con el mundo exterior, el único nexo con otros pueblos, el cordón umbilical (podríamos decir, con bastante mala leche, después de ver cómo son recibidos en dicho pueblo aquellos infantes que no han sido llamados) que une a distintas familias entre sí (es, de hecho, aquel que lleva las noticias de una mujer casadera para el hijo de la anciana Orin). Si atendemos a los primeros planos que abren la película observaremos la magnitud de lo dicho anteriormente: la silueta de esas montañas tan altas garantizan el aislamiento (mucho más en un invierno tan riguroso como el que se muestra). Los habitantes de un ecosistema como éste tienen que estar, a la fuerza, condicionados por él, tanto a nivel físico (incomunicación, autismo cultural, endogamia, prácticas sexuales perversas –zoofilia, gerontofilia e incesto-, etc.) como espiritual, pues las altas cumbres les ponen en contacto con lo divino, mientras que los remotos valles les acercan con el Averno, lo cual explicaría (aunque seguiría sin justificar) esa violencia que parece habitar intrínsecamente en las actitudes de esos individuos [6], pues esos hombres y mujeres parecen vivir en un limbo, en un eterno purgatorio donde no hay prosperidad ni tampoco merecido descanso.


Al final, el primogénito Tatsué (aquel sobre el que recae la responsabilidad de liderar a su casa, la «Casa del Árbol» [7], “armado” de poder a través de un atributo como es el de portar durante la caza del conejo el único fusil que se ve en toda la película) esboza una sonrisa, pues ha comprendido que su misión iba más allá de un rito o una tradición, pues su acción perpetúa en el tiempo la supervivencia de toda una comunidad (y su peculiar cultura). Si no fuera por el sacrificio de los ancianos el valle no se regeneraría con savia nueva, esa que hace brotar el arroz estación tras estación, año tras año, generación tras generación. Y la dureza de la prueba (transportar físicamente al padre o a la madre para depositarlos en un silo de historia escrito con los huesos pelados de sus antepasados) indica el nivel de compromiso con los suyos. Esa lealtad a la sangre será el pegamento que aglutine esos núcleos familiares (por lo menos hasta la llegada del próximo invierno).

Pero Tatsué también sabe que el fruto del amor hacia su esposa será algún día aquel que cargue con él en su “viaje” a la montaña. Lo que no sabemos es si cederá a la tentación de coger a su próximo  hijo y, bajo el amparo de la ley del equilibrio, abandonarle en mitad de un campo nevado para que sean así los rigores de la Naturaleza quines acaben con su futuro asesino. Quizás el anhelo de supervivencia vaya más allá de lo simplemente alimenticio. Quizás esa sonrisa final sea un gesto de satisfacción y victoria… quién sabe. ¿Le resultará más fácil… después de matar al viejo?

(artículo aparecido en el nº. 164 de Versión Original —octubre de 2008— dedicado a "Ancianos")



[1] Entrecomillo, pongo con mayúsculas y subrayo ese “SÓLO” para denotar mi indignación: ¿es que es tan desconocida la generosidad intrínseca, la lealtad por los suyos, la alegría por vivir, el concepto libérrimo de la existencia o la insumisión ante el Poder y la represión que ha venido demostrando el pueblo gitano a lo largo de la Historia?

[2] Película que se impuso en la competición por la Palma de Oro en el Festival de Cannes de ese año por encima de obras de la categoría de Nostalgia (Nostaghia, Andrei Tarkovski) o El dinero (L’argent, Robert Bresson).

[3] Con todo el peligro que conlleva utilizar este genérico término, ya que estamos hablando de decenas de países, idiomas, religiones, ritos, mitos, gastronomías, etc. que a nuestros ojos nos aparecen muchas veces de manera falsamente uniforme. Posiblemente haya un poso de verdad en que hay una “espiritualidad”, una forma de ver y entender que corresponde al núcleo común procedente del budismo: sintoísmo, confucionismo, etc.

[4] Pero las “nuevas incorporaciones” no pueden realizarse de cualquier manera, sino valorándose de forma “intuitiva” todo aquello que puedan aportar al núcleo familiar. Por eso están extendidos tanto el geronticidio como el infanticidio, ya que primero un anciano debe abandonar una “casa” (en el sentido de familia o clan) para que un neonato pueda ser recibido. Esto conlleva a que al hablar sobre los bebés abortados se pierdan escandalosamente las formas para los ojos de una persona que no viva en esas mismas circunstancias (un contexto que incluso exige tener una conciencia limpia al ser tan habitual el asesinato de recién nacidos), pues llegan a referirse a ellos como “abono” para los campos o “ratoncillos” que no hacen más que alimentarse a través de unas preñadas ávidas de más y más comida.

[5] A pesar de la grandeza de este film, no puedo dejar de expresar mi frustración cuando llega esta parte, ya que de estar viendo un “pseudo-documental” (si esto existiera) de carácter naturalista (como bien dice Santos Zunzunegui, en esa acepción puramente cientifista del que se dedica al estudio de la Naturaleza y que parte de la mirada de Zola) y trasfondo marxista (como intenté demostrar en un artículo que sobre esta misma película se publicó en la revista on-line Miradas de Cine del pasado mes de mayo) pasamos a entrar en un universo puramente ficticio, melodramático (por lo tanto, y siguiendo con la terminología utilizada hasta el momento, de carácter meramente burgués) y con profundas cargas freudianas (se descubre que Tatsué mató a su padre en el mismo punto argumental en el que no acepta que su madre se vaya, por lo que podemos afirmar que el hijo quiere seguir yaciendo ad aeternam con la madre –ya que la casa en la que viven poca privacidad permite-).

[6] Sin duda la más trascendente e impactante es aquella en la que entierran vivos a todos los miembros de una misma familia porque han robado alimentos, comportándose entonces todos con una especie de mentalidad ordenadora común, pues sus gestos y movimientos parecen tan unísonos y orquestados como en los que se observan en las hormigas (y no sería ésta la única vez en la que se mostrase a estos seres humanos tan imbricados en su medio natural que tomasen para sí actitudes y comportamientos propios de los animales con los que deben convivir: los dos jóvenes que hacen el amor enroscándose como dos serpientes, el búho que caza al ratón como la anciana Orin “caza” a la joven Matsu en su trampa, etc.).

[7] Son significativos los nombres de las dos “casas” que entran en liza en el argumento, pues son un fiel reflejo de la sociedad a la que nos enfrentamos: por una parte, la «Casa del Árbol» en la que viven Orin y sus tres hijos varones es receptora de mujeres pretendientes (ya que al estar hablando de un sistema patrilocal son ellas las que tienen que ir a vivir a la casa de sus futuros maridos), por lo que está en franca desventaja frente a la «Casa de la Lluvia» de la que procede la joven Matsu (que es “exportadora” de mujeres casaderas), la cual parece a salvo de tener que recibir nuevos inquilinos y, por lo tanto, repartir entre más individuos los escasos recursos alimenticios. De alguna manera se nos está diciendo que, a pesar de que en condiciones normales la lluvia fertiliza al árbol, aquí una de las casas (la de la lluvia) puede llegar a anegar a la otra (la del árbol), siendo para ésta como un cáncer o un veneno (de hecho, una serpiente sale de la Casa de la Lluvia para instalarse en la del Árbol).