Hay en esta película algo que inevitablemente
me lleva a pensar en Caché (Escondido) (Cache, Michael Haneke, 2005): el pasado que se cuela por una brecha
del presente, provocando una hemorragia con politraumatismo. “Las bases de
nuestra cultura se asientan sobre los pilares de la barbarie”, escribía Walter
Benjamin, un perseguido por el nazismo que optó por tomar ese atajo llamado
suicidio. En su obra, como en estos dos filmes, conviven pasado y presente como
dos malos vecinos: el presente es fluido (plano secuencia), el pasado es
disperso (montaje rápido). Nuestra percepción de la realidad se diluye como un
reloj líquido, mientras que la memoria es un precipitado cúmulo de recuerdos
dispersos. Es entonces cuando el montaje (su formato) se vuelve alegoría, pues
es el tiempo en el que ya prácticamente no existen los testigos directos (no
privilegiados) del Holocausto, y Auschwitz se convierte en el supremo símbolo
del horror. Son sus restos, esas cenizas en las que se convirtieron sus
moradores, las que llegan hasta nuestros días para emborronar nuestra flamante
Historia europea: mientras un tribunal juzga a Klaus Barbie (la TV otorga al
suceso carácter de espectáculo) unas funcionarias tasan el precio del miedo,
del horror, de la denuncia, de la muerte… Si no estuviéramos tan acostumbrados
a esta forma de chantaje tendríamos que vomitar al darnos cuenta de que cuanto
más nos pagan más barato vendemos nuestro culo.
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miércoles, 15 de febrero de 2017
jueves, 9 de febrero de 2017
JEAN RENOIR Y EL FRENTE POPULAR
Siempre he considerado como un
deber que cada persona rinda cumplido homenaje a aquellos maestros que le
enseñaron a ver el cine. Uno de los míos fue Jean Renoir. Todavía conservo
aquellas cintas de VHS (que hoy parecen los ladrillos de una primitiva
construcción, al lado del brillo sin emoción de los discos de DVD, material de
los rascacielos más altos de nuestras filmotecas) en las que grabé una gran
parte de su filmografía. Y, a pesar de haber digitalizado todas sus películas,
me niego a desprenderme de esas reliquias: en ellas conservo la turbación de
mis primeros pasos como cinéfilo, la conmoción que me produjeron sus
fotogramas, la intensidad del aprendizaje. Son el pañuelo donde quedó impreso
mi himen, la prueba de la infalibilidad del paso del tiempo que genera
insensata nostalgia.
Las imágenes, inmutables por su
naturaleza, tienen sin embargo la gran virtud de absorber el componente emotivo
de aquel que mira, variando con ello su carga atómica. Los fotogramas de un
film son los que son desde un punto de vista estético, pero se reformulan sin
cesar en el contexto en el que se enmarca el espectador, aquel que les da la
entidad necesaria para que se constituyan en discurso y acaten su estatus de
obra comunicativa.
Con Renoir aprendí que la
ideología es mucho más que una bandera, unas siglas o un lema: es la manera de
mirar a la humanidad. El tan manido compromiso no lo es tanto por la
fidelidad para con una determinada organización política, sino por la lealtad
con una concepción humanística de la vida y vital del ser humano. Es el lugar,
el momento y la actitud: donde unos huyen otros avanzan, donde unos callan
otros replican, donde unos destruyen otros construyen.
A este último respecto habría que
decir que el cine que Renoir desarrolló en los años treinta estaba plenamente
justificado en su época, quedando amargamente obsoleto al poco tiempo de su
creación (por no decir que incluso antes de la finalización de alguno de sus
proyectos, como más tarde veremos). Así, el prístino sentido agit-prop
(agitación+propaganda) de ciertas obras llega hasta nosotros como el remanente
de un tiempo perdido, más bien destinado a los historiadores (como reflejo de
las necesidades de una determinada época) en su exigencia de encontrar
testimonios in situ de aquello que de otra forma no se puede traer hasta
nuestro tiempo. Y, sin embargo, a pesar de que las imágenes son las que son, no
podemos dejar de recordar que su elección está condicionada por un componente
meramente ideológico, y que el orden de los factores (en este caso) sí altera
el producto.
Es a partir de este último punto
donde el cine renoiriano de este periodo adquiere valor por sí
mismo. Valor emocional e ideológico (sin duda, y sólo para quien encuentre
motivos para ello), pero también valor discursivo y artístico, tanto
enclavándolo en su propia época como observándolo en el presente, tanto
atisbando los aciertos (aquellos que definen y dan entidad a un maestro) como
los errores (aquellos que definen y dan entidad a un ser humano). Es el
tránsito de un hombre desde la pasión del convencimiento hasta la desengaño por
el fracaso, desde el advenimiento de una nueva era hasta el desencanto por la
inminencia de la catástrofe, desde la esperanza hasta el desastre, en
definitiva, de la ilusión a la decepción.
TONI (1934)
Los primeros síntomas del cambio
producido en Renoir son la filmación de una obra no literaria y ambientada en
época coetánea a la de su producción, algo anómalo si tenemos en consideración
su filmografía anterior. Toni (Id., 1934), considerada como la
precursora del neorrealismo italiano, es la primera película social del
realizador. Como todas los films de este periodo, Renoir instala su crítica
política tras un telón argumental en el que las pasiones personales y
emocionales son precipitadas por las duras condiciones laborales y sociales de
los protagonistas. En esta primera muestra aborda un tema candente en la
sociedad europea de la época, concretamente la que afectaba a aquellos países
que se encontraban a la vanguardia económica e industrial del momento: la
xenofobia producto de la llegada masiva de inmigrantes provenientes de aquellas
zonas más deprimidas del continente. El cartel que abre el film («La acción se
sitúa en un país latino, allí donde la naturaleza, destruyendo el espíritu de
Babel, sabe operar a la perfección la fusión de las razas») hace la acción más
universal y remite ideológicamente a un cierto anhelo de «utopía cosmopolita»
[1] que facilite la declaración de principios con la que Marx y Engels
daban entrada al Manifiesto Comunista: “Trabajadores de todo el mundo,
¡uníos!”.
Pero si hay algo que realmente
sorprende viendo esta película es el constatar cómo Jean Renoir es un director
que, en la mayoría de sus obras, habla sobre la mujer, sobre su situación
social, personal y familiar, sin entrar nunca el director galo en ninguno de
los anales de esos tradicionalmente considerados como representantes del cine
de mujeres. Y ahí están ellas, llenando sus fotogramas con sus inquietudes,
sus anhelos, sus esperanzas y sus necesidades, cumpliendo muchas veces la
ingrata tarea de permanecer en un segundo plano, otras veces asumiendo
indirectamente la culpabilidad de todo aquello que los hombres hacen por y para
ellas. Así, en Toni observamos dos tipos muy distintos de mujer:
aquellas que acompañan a sus maridos, padres o hermanos en su condición
inmigrante, y que deben sufrir en sus carnes la hipócrita conducta de sus
hombres, pues mientras ellos «se liberan» sobre ellas siguen aplicando
la represión más propia de sus lugares de origen (como el personaje de
Josefa/Célia Montalvan, que tiene que ceder ante un matrimonio de conveniencia,
renunciando así al amor de Toni); y aquellas otras que, siendo nativas y
recibiendo a los inmigrantes (incluso bajo las sábanas de sus camas) son
forzadas a privarse de su estatus de liberación femenina por la temperamental
conducta de los recién llegados (como Marie/Jenny Hélia, que tiene que soportar
los desplantes de Toni, enamorado a su vez de Josefa, a pesar de haber salvado
a éste de la penuria).
EL CRIMEN DEL SEÑOR LANGE
(1935)
Podemos atribuir este interés por
el mundo femenino de Renoir a su compañera sentimental, Marguerite
Houllé-Renoir (a la sazón también su montadora desde finales de los años veinte
hasta 1939), quien a su vez espoleó al director en su implicación política con
la izquierda francesa del momento. Como anticipando la creación del Frente
Popular en febrero de 1936, Renoir filma unos meses antes El crimen del
señor Lange (Le Crime de monsieur Lange, 1935), una verdadera
parábola en la que un crimen (el que se enuncia en su título) es justificado,
explicado y posteriormente redimido mediante la huída consentida por un grupo
de aldeanos (en una bella secuencia que anticipa la liberación fronteriza del
final de Los cuatrocientos golpes —Le quatro cents coups,
François Truffaut, 1959—[2]). En ella se expone cómo la fuerza de
trabajo de un empleado (Lange/René Lefèvre, guionista de una revista y creador
del personaje Arizona Jim) es saqueada por su patrón (Batala/Jules Berry),
quien además de pretender robar al resto de sus trabajadores demuestra sus
pocos escrúpulos al acostarse con todas las muchachas que a su paso se
encuentra (una de ellas la prometida de Lange, Valentine/Florelle). Así, el
asesinato final se nos muestra como una desparasitación de la sociedad
(el personaje Arizona Jim se apodera al fin de su creador en su destino
vengativo), y más concretamente de la masa trabajadora, que proclama su derecho
de autodefensa ante los usurpadores, constituyéndose la empresa en la que
trabajan en un formato de autogestión obrera (con resultados positivos, como no
podía ser de otra manera en una fábula de edificante objetivo).
LA VIE EST À NOUS (1936)
Si en alguno de los párrafos
anteriores aludíamos a los posibles errores de este periodo renoiriano,
sin duda el más flagrante de todos ellos sería el cometido con La vie est à nous (Id.,
1936)[3], una obra que, vista con los ojos de hoy en día, cuanto menos
sonroja. Bien es cierto que los acontecimientos del momento podrían haber
justificado una participación activa en la vida política (no sería el primero
ni tampoco el último caso, teniendo en cuenta además el enorme compromiso que con
las izquierdas han tenido la mayoría de los intelectuales del último siglo y
medio). Y, sin embargo, al ponerse al servicio del Partido Comunista Francés (y
perder, por lo tanto, su autonomía creativa), Renoir dejó de ser él mismo: la
sutilidad se vuelve tosquedad, el circunloquio muda en bélica retórica, lo
implícito se torna explícito.
El film se puede ver en su
versión original sin subtitular y sin saber una palabra de francés: da igual,
el sentido está ahí, planeando sobre el espectador y su frágil inteligencia,
marcando un discurso puerilizante, pues ni siquiera sus promotores confiaban en
la capacidad intelectual y comprensiva de aquellos a los que decían querer
representar. Ni el prólogo en el que un profesor explica las riquezas de
Francia a unos alumnos que, después de clase, se preguntan por qué son pobres;
ni las delirantes imágenes de los ultraderechistas desfilando por el centro de
París (potenciales colaboracionistas, demostrando que la amenaza era real); ni
las imágenes de Hitler donde sus palabras son sustituidas por ladridos (sic);
ni las tres historias que se unen en un mismo hilo conductor (rayanas en la
vergonzante simpleza); ni los discursos de los líderes comunistas delante de
las fotos de Marx, Lenin y el papaíto Stalin (ahora entendemos
verdaderamente la dimensión del anteriormente denunciado paternalismo); ni ese
final en donde miles de obreros se dirigen a cámara cogidos fraternalmente del
brazo. Nada justificaba tamaña mácula en la filmografía de Renoir.
UNA PARTIDA DE CAMPO (1936)
Con Una partida de campo (Une
partie de campagne, 1936) Renoir retorna a la fábula alegórica en la que
para muchos es su gran obra maestra, camuflando bajo un (aparentemente)
inocente argumento un intenso debate en torno a las mentalidades: el orden
burgués contra el saber empírico popular, quedando la primera seriamente dañada
a través de las marcas dejadas en el alma femenina, la gran perdedora de dicha
batalla (como casi siempre que hablamos de lo renoiriano), pues la
experiencia vivida les sirve a las protagonistas femeninas para constatar el
alto índice de frustración en sus cotidianas vidas de la gran ciudad.
LOS BAJOS FONDOS (1936)
Los bajos fondos (Les
bas-fonds, 1936) sigue la estela de Toni en cuanto retrato de los
desheredados. Pero su verdadera importancia estriba en ser la primera
colaboración entre Renoir y el actor con el que siempre había soñado trabajar: Jean
Gabin [4]. Esta historia también inaugura una serie de películas en las
que el director entra, si no a analizar, sí a mostrar la decadencia de la
aristocracia, una clase social en horas bajas que lo había sido todo y que, por
el empuje económico de la burguesía, ya no era más que la sombra de lo que fue.
Así, aquí encontramos a Pépel (el propio Gabin), un ladrón de poca monta que,
tras entrar en casa de un barón que lo ha perdido todo por el juego
(interpretado con un estilo a medio camino entre la delicada elegancia y la
retranca por Louis Jouvet) [5], inicia una sincera amistad con éste,
quien se ve obligado a hospedarse en el asilo en el que vive el ratero.
Retomando la línea argumental de El crimen…, aquí también el
protagonista asesina a su patrón, explotador y celoso marido de una mujer
enamorada de él. Como en aquella, aquí también el magnicida tiene su perdón en
boca de uno de los suyos: «No lo ha matado él, han sido los bajos fondos».
LA GRAN ILUSIÓN (1937)
En La gran ilusión (La grande
illusion, 1937) el marco histórico de la Gran Guerra le permite a Renoir seguir
indagando sobre el choque de mundos distintos (representados por las
nacionalidades de los contendientes, Francia y Alemania) y las consecuencias de
la desaparición de uno de ellos (la rancia aristocracia imperial) a raíz del
encuentro entre dos oficiales militares, el capitán de Boeldieu (Pierre
Fresnay) y el junker von Rauffenstein (Erich von Stroheim). Dos individuos que,
pese a compartir noble linaje, pertenecen a siglos distintos, ya que mientras
el primero asume como propio el lema de la bandera tricolor («Liberté, Égalité,
Fraternité»), consumando tal ideología hasta sus últimas consecuencias (se
ofrece en sacrificio para que dos de sus subordinados, de origen más humilde al
suyo, puedan evadirse), el segundo permanece anclado a los preceptos del honor
y de la palabra dada entre caballeros, constatando su obsoleta y anacrónica
situación histórica al tener que disparar contra aquel que consideraba como un
igual, preguntándose silenciosamente al final qué sentido tiene un tipo como él
en un mundo que ya no le quiere ni le necesita.
Y es que mientras en el bando
alemán observamos el alto grado de jerarquía que existe entre sus miembros (a
los cuales ni siquiera vemos empatizar entre sí: sólo von Rauffenstein puede
entablar amistad con alguien de su misma condición social [6], con el
cual se comunica en inglés en algunos momentos [7]), los franceses
demuestran una solidaridad interclasista inherente a los hijos de la misma
patria (entre los prisioneros hay distintas procedencias sociales y económicas,
pero todos se sientan a la misma mesa, degustando las provisiones que uno de
ellos, de origen burgués, comparte con sus camaradas), desterrando entre ellos
cualquier impedimento para la fraternal reunión [8], condiciones que en
las filas alemanas no sólo no se daban, sino que era muy difícil que pudieran
darse (como se demostraría tristemente un par de años después del estreno de
este film con el comienzo de las actividades invasoras del III Reich) [9].
LA MARSELLESA (1938)
El producto final obtenido del proyecto de La Marsellesa (La
Marseillaise, 1938) es un resultado directo de los aciertos y los fracasos
contenidos en su génesis, pues por una parte Renoir pretendía realizar un film
que se moviese en un trasunto puramente ideológico que hablase de la situación
que en Europa (y más concretamente en Francia) se estaba viviendo en aquellos
convulsos años (la necesidad de asegurar la paz a través de las armas para
defender los valores devenidos de la Revolución francesa contra la amenaza
fascista), sorteando al mismo tiempo una censura que no permitiría que se
quebrase la Paz de Múnich [10]; y por otra el hecho de que la película
pretendiera autofinanciarse a través de suscripciones públicas promovidas por
la CGT (sindicato del Partido Comunista Francés) a beneficio de Ciné-liberté
(cooperativa obrera que ya había producido La vie est à nous), hecho que
no llegó a cuajar y que impidió la contratación de grandes estrellas (como
Maurice Chevalier o, de nuevo, Erich von Stroheim y Jean Gabin), lo que hace
variar el proyecto inicial hacia unos derroteros más populares que
otorgarían carácter iniciático a esta producción [11].
Pero si por algo habría que considerar a este film como una de las
grandes películas (no sólo de la década en cuestión, sino de la historia del
cine en general) es por su extraordinaria capacidad para transmitir toda la
emoción que contiene el himno francés, una canción que es más que una canción:
es la historia musicalizada de una de las mayores (y mejores) aventuras que
puede vivir el ser humano, una gesta que trasciende los límites individuales,
una llamada a la inmortalidad, la consciencia de ser protagonista de una proeza
realizada por un ejército de héroes de condición igualitaria. De esta manera
Renoir obtuvo un fresco popular, un tableau vivant (hagamos así honor al
galicismo) formado por individuos anónimos en su humilde origen (el argumento
no descansa, como en la mayoría de las ocasiones, en personajes de sobra
conocidos, como Danton, Robestierre o Marat) que viajan a pie desde la Francia
meridional hasta París para defender la legalidad revolucionaria (mientras el
propio himno les acompaña como un personaje más, creciendo con ellos en
presencia y personalidad hasta conseguir su verdadero papel, su auténtica
dimensión) y que, después del asalto al Palacio de las Tullerías, prosiguen su
agónico e interminable periplo hasta la frontera para combatir allí contra los
enemigos de la patria. Un mensaje este último que caería en saco roto, que no
lograría movilizar contra la amenaza del fascismo, corroborando el fracaso de
su discurso y el del propio Frente Popular [12], pero que seguramente
serviría de acicate en su recuerdo cuando, en los últimos estertores de la
Segunda Guerra Mundial, azuzara la entereza de millones de resistentes para
prolongar el último esfuerzo.
LA BESTIA HUMANA (1938)
La bestia humana (La bête humaine, 1938) es,
aparentemente, un paréntesis en el compromiso de Renoir con el Frente Popular,
donde desarrolla un tema por él tan querido como es el de las pasiones,
cuestión que nunca había abandonado (aunque estuviese dispuesto en un segundo
plano). Y, sin embargo, resulta más comprometida ideológicamente de lo que en
principio pudiera parecer, pues su protagonista (maquinista y, por lo tanto,
perteneciente a la clase obrera) parece anclado a unos patrones de
comportamiento de los que no puede escapar y por los cuales la sociedad no deja
de juzgarle, factor que podremos encontrar de manera más intensa en la mayoría
de los antihéroes neorrealistas que Rossellini y compañía pondrían en escena
con posterioridad (incorporando la fenomenología a la nómina de
corrientes filosóficas que tratan de dar voz a aquellos a los que se les
niega).
LA REGLA DEL JUEGO (1939)
Como último elemento de compromiso de Renoir con ese cine de desarrollo
más social y político encontramos la que (para muchos) es su gran paradigma
plástico: La regla del juego (La règle du jeu, 1939).
Fundacional también a su manera [13], este film incide en la crítica renoiriana
hacia las clases altas (aquí la aristocracia [14]), sobre todo teniendo
en cuenta el precipicio ante el cual se estaba disponiendo la sociedad europea
de aquellas fechas [15], siendo uno de los aspectos más destacables la
ambivalencia con la que estos individuos se relacionan con unos subordinados
que, a pesar de pertenecer a un mundo ajeno al de sus amos por voluntad de
éstos [16], adquieren entre ellos sus roles, sus manías y hasta sus
comportamientos [17], constatando así Renoir su desilusión por el
fracaso de un proyecto político universal, sumergiendo a su querida Francia en
un retrato lleno de amarga oscuridad [18].
________________________________________
[1] GARSON, Charlotte : Jean Renoir. Cahiers du cinéma
(Collection Grands Cinéastes). París, 2007, p. 29.
[2] Diez años
después, el mismo director rendirá cumplido homenaje con su maestro al incluir
un fragmento de La Marsellesa como preámbulo de su film La sirena del
Mississippi (La sirène du Mississippi, 1969).
[3] Co-dirigida
con André Zwoboda y el gran Jacques Becker.
[4] De hecho,
el director llegó a comentar en un documental sobre su persona: “Dios
inventó el cine porque antes había creado a Gabin”.
[5]
Personalidad que se resume en una frase que le dice a su nuevo amigo Pépel: “La
nobleza es como la viruela: ¡siempre queda algo!”. Y es que Renoir no dejó
nunca de tener simpatía por los aristócratas, personajes extravagantes y
entrañables (siempre y cuando hubiesen perdido todos sus privilegios sociales).
[6] “Todo el
peso de La gran ilusión radica en el análisis minucioso de cómo las barreras
impuestas por los Estados se alzan como barreras ficticias, mientras que la
solidaridad puede ser posible entre los seres de una misma clase social” (QUINTANA,
Ángel: “La gran ilusión”. Dirigido por… nº 350, noviembre de 2005, p.
60).
[7] “Aquí la
genialidad que otorga al hallazgo todo su valor humano es el empleo de una
tercera lengua, el inglés, entre Von Rauffenstein y Boeldieu, no ya una lengua
nacional, sino una lengua “de clase” que aísla a los dos aristócratas del resto
de la sociedad plebeya” (BAZIN, André: “Jean Renoir. Periodos, filmes y
documentos”. Paidós, 1999; cita recogida en CASAS, Quim: “Jean Renoir y la
diferencia de clases”. Dirigido por… nº 382, octubre de 2008, p. 81).
[8] Como en
su día dijo François Truffaut sobre esta película, “la principal idea de este
film, que animará más tarde a La Marsellesa y sobre todo a La regla del juego,
es que el mundo se divide horizontalmente antes que verticalmente; Renoir
explica con claridad que la idea de clase subsiste aunque ciertas clases
desaparezcan. En cambio, es necesario abolir la idea de la frontera,
responsable de todos los malentendidos” (cita recogida en CASAS, Quim: Op.
cit., p. 81).
[9] “Del
interior de La gran ilusión acaba emergiendo uno de los grandes temas del cine
de Renoir: en un universo marcado por la diferencia el orden no puede imponerse
desde la ley – desde los principios propios del mundo apolíneo- sino que
siempre debe surgir desde abajo, desde el desorden de la existencia y sobre
todo desde el respeto hacia la alteridad. La gran ilusión a la que se refiere
el título es, sobre todo, la lucha por conseguir la tolerancia, para llegar a
crear la armonía colectiva” (QUINTANA, Ángel: Op. cit., p. 61).
[10]
Simbolizado en el argumento de la película a través del Manifiesto de
Brunswick, por el cual los aristócratas emigrados se otorgaban a sí mismos el
derecho de intervenir militarmente en la Francia revolucionaria si la familia
real era ultrajada, hecho que Renoir quería comparar con el eslogan de la
derecha francesa de 1937: “Antes Hitler que el Frente Popular”.
[11]
Personalmente la considero la primera película que habla de un proceso
histórico de gran alcance visto a través de personajes invisibles, héroes
anónimos camuflados en la masa pero protagonistas por derecho propio,
influyendo esta manera de contar acontecimientos vitales de la Historia de la
humanidad en cineastas posteriores, siendo el más evidente de los casos el de
Shohei Imamura.
[12] Dimitido
Leon Blum en agosto de 1937 cuando comienza el rodaje de La Marsellesa y
agónico el propio Frente Popular cuando se estrena en febrero del año
siguiente, encontramos la siguiente reflexión de Quim Casas (Op. cit., p.
81) a propósito del anterior film de Renoir, pero que nos sirve para corroborar
lo que hemos enunciado sobre La Marsellesa: “La gran ilusión se encuentra en la
misma situación que El gran dictador; desde el punto de vista «social», son dos
películas inútiles, ya que alertaron pero no influyeron: nadie en Hollywood
hizo caso a Chaplin cuando vaticinó la era del terror hitleriano y pocos
refrendaron la existencia del film de Renoir”.
[13] “Habla de
la diferencia de clases y de lo que ocurre arriba y debajo de la escala social
—de hecho, la película puede considerarse una especie de precursora de la
conocida serie británica con ese título o de productos cinematográficos como Gosford
Park, de Altman—“ (CASAS, Quim: Op. cit., p. 79).
[14] “No
conviene olvidar tampoco que estos relatos [decimonónicos] reflejaban, de
manera ejemplar, los valores morales y artísticos de una clase social (la
burguesía) que había ascendido al poder tras la Revolución francesa y que, por
ello mismo, resultaban en cierto modo inapropiados para mostrar en profundidad,
como Renoir pretendía hacer con su nuevo trabajo, las formas de vida de otra
clase social (la aristocracia), que había sido desplazada del poder por aquélla
y cuya función era ya —como ejemplificaban las modernas monarquías
constitucionales— meramente «representativa»” (SANTAMARINA, Antonio: “La regla
del juego”. Dirigido por… nº 341, enero 2005, p. 50).
[15] “Nada más
apropiado, por otra parte, que este tipo de estructura para mostrar los hábitos
de vida de los protagonistas de la película, un grupo de ociosos aristócratas
parisinos que, situados fuera de tiempo y de la historia, voluntariamente de
espaldas a los acontecimientos que están a punto de sumergir a su país en el
conflicto bélico más cruento del siglo XX, se dedican únicamente a jugar y a
representar sus papeles respectivos en un continuo cruce de mentiras y engaños,
de galanteos amorosos y añejas convenciones sociales, dentro de un mundo donde
—como afirma el personaje de Octave (interpretado por el propio Renoir)— toda
la gente miente” (SANTAMARINA Antonio: Op. cit., p. 51).
[16] “Con
todo, y siendo justos con la lectura del film como un tratado sobre la
diferencia de clases —o sobre las pocas cosas que diferencian a las clases—, no
hay mejor idea visual en la película que la de la pequeña puerta junto a la
escalera, empotrada en la pared, un rectángulo apenas entrevisto que separa
maquiavélicamente dos mundos, el de la burguesía aristocrática y el del
proletariado” (CASAS, Quim: Op. cit., p. 79).
[17] “Y esta
misma actitud la comparten, de manera ridícula y esperpéntica —tal y como
sucedía ya en el teatro español del siglo de Oro—, sus criados y sirvientes,
quienes viene a amplificar con sus conductas el comportamiento hipócrita de sus
amos y dejan al descubierto la vaciedad de unas reglas de juego carentes de
sentido” (SANTAMARINA, Antonio: Op. cit., p. 51).
[18] “Una vez
ahogado el drama, en el último plano tan bello como inquietante, sólo las
sombras de los invitados, proyectadas sobre la pared, pueblan el castillo.
Francia, vaciada, es una tierra de fantasmas” (GARSON, Charlotte: Op. cit.,
p. 53).
miércoles, 8 de febrero de 2017
NUESTRA BASURA, SU ALIMENTO
De todos los medios de comunicación que hoy
en día nos rodean quizás ninguno como el cine documental para mostrarnos
aquella parte de la realidad que más acusadamente lejana y ajena nos puede
resultar. El medio televisivo, con su inmediatez y su dimensión de producto de
consumo, nos puede llegar a inmunizar contra esa sensibilidad necesaria que se
llega a requerir para conmovernos a la hora de enfrentarnos a esas situaciones
de injusticia social que campan a nuestro alrededor, invocando un dejá vu en los noticiarios, donde el
drama colectivo de millones de seres humanos parece frivolizarse al
intercalarse estas tragedias entre los eternos bloques de información deportiva
(perdón, futbolística). Sin embargo, este género cinematográfico que
inmortaliza el presente nos deja muy frecuentemente pequeñas joyas, sublimes
aportaciones que nos posibilitan reconocer el mundo que habitamos,
reflexionando sobre él y tratando de dar respuestas a las inquietudes que nos
abordan e incomodan. Suponemos que con esta filosofía nació en el año 2000 de
la cabeza de la veterana realizadora francesa Agnès Varda el documental titulado
Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse).
Ya desde los efímeros títulos de crédito,
esas imágenes que nos introducen en la narración y que por el solo hecho de ser
las primeras suelen tener una importancia primordial en todos aquellos
“autores” que se precien de ser llamados como tales, observamos que estamos
ante una obra que tiene pretensiones de parecer improvisada. Nos recibe la
penetrante mirada de un gato, escrutadora, llena de inquietud por observar lo
que le rodea y que, por tanto, parece quererla para sí la propia Agnès Varda, y
su porte noble y distante (como lo será en cierta forma la actitud de la
directora, que intentará retratar, y no juzgar ni hacer apologías ni
proselitismos, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones) se
aposenta sobre una pantalla de ordenador en la que aparece el nombre de la
productora: estamos ante el ensalzamiento de la economía de medios, de la
utilización de todos aquellos elementos que están a nuestro alrededor,
esperando a ser usados para alguna tarea (aunque no sea aquella para la que
fueron concebidos), y esta idea parece imponerse como la filosofía sobre la
cual se vertebrará el discurso capital del filme, aquel que nos habla sobre la
reutilización, el aprovechamiento, la segunda vida de las cosas.
Desde la misma definición del término
“espigar”, la realizadora muestra un interés por saber de dónde nacen las
cosas, cuáles son sus orígenes. Según el diccionario, espigar es recoger
después de la cosecha, puntualizando que esta labor la realizaban en el pasado
sólo las mujeres. Por lo tanto Agnès Varda, por su pertenencia al género
femenino, se siente capacitada para acometer la tarea de encontrar los
orígenes, el pasado, el presente y el futuro de esta forma de vida tan
peculiar, retratada de forma misteriosa y majestuosa en una obra de Millet
titulada, precisamente, “Las espigadoras”. La directora nos muestra este cuadro
en su contexto actual, el Museé d’Orsay, e inmediatamente hay algo que nos
choca, produciendo en nosotros una mirada llena de paradoja: hay un brutal
enfrentamiento entre contenedor y contenido, pues una obra pictórica que nos
está retratando la pobreza, la marginación y la necesidad está rodeada de un
enorme marco dorado, abigarrado en sus formas, incompatible con la naturalidad
y la sencillez de la escena mostrada. Pero también está contenida en un
imponente edificio (en otros tiempos una estación de ferrocarril) pleno de
majestuosidad, como si de una catedral se tratase (de hecho, casi todos nos
comportamos en los museos como si de lugares sagrados se tratara, hablando en
voz baja y adorando imágenes). Esta contradicción no expresada explícitamente
permite a la realizadora inaugurar una línea de discurso crítico en torno al
arte, empezando aquí con un concepto que es inherente a cualquier obra de arte:
está hecha para ser vista. Esto, que parece una obviedad, resulta poderoso y
significativo si tenemos en cuenta que lo que se está viendo en este cuadro en
particular es una escena sobre la miseria, es decir, que se está haciendo de un
episodio dramático un puro espectáculo turístico, muy fácilmente descontextualizable
por retratar algo del pasado, ya que parece un remedo de tiempos pretéritos en
los que eso existía y que hoy en día parece haberse olvidado.
Para mostrarnos de primera mano cuáles eran
las circunstancias que llevaban a la gente a espigar en el pasado, la directora
nos ofrece el testimonio de una mujer ya en la ancianidad que realizó esta
tarea en su juventud. Su relato de primera mano, un documento de Historia viva,
parece ofrecernos una perspectiva alejada del dramatismo de la obra de Millet:
no había necesidad de recoger todas las espigas, sino sólo aquellas más
hermosas, y después del duro trabajo, con el que dice que disfrutaban, se
reunían todos juntos para hablar, reír y tomar café. Después de ella, hay otros
testimonios de gente en una cafetería que dice haber espigado en su juventud,
cuando terminada la guerra había personas que pasaban necesidad, y una mujer da
una pista a Agnès Varda para continuar su labor de investigación, como si de un
detective que tiene la tarea de encontrar algo oculto se tratase: hoy en día
hay quien todavía realiza esta actividad en los campos de maíz.
Y allá nos lleva la directora, para
mostrarnos por primera vez y en vivo el presente de esta labor: ya no es
alguien que narra en pretérito, ni una anciana haciendo demostraciones con
palitos, ni imágenes cinematográficas de los orígenes del celuloide, sino
personas coetáneas, con las que compartimos espacio y tiempo, las que a día de hoy
se dedican a espigar. Su perfil en medio de los campos se funde con las figuras
encorvadas del cuadro del Museo d’Orsay, y esta comparación le sirve a la
directora para proclamar de viva voz: “El espigar se está extinguiendo, pero no
es agacharse lo que ha envanecido nuestra sociedad de la abundancia. Los
espigadores urbanos y rurales se agachan para recoger. No hay vergüenza. Sólo
preocupaciones”. Sus palabras no nos dejan prácticamente reflexionar, ya que
inmediatamente después de esta reflexión se cuelan los compases de un rap
[1] que habla con rabia de este problema, apoyándose en unas imágenes en
las que unos ancianos (quizás el colectivo que más sufre la situación de
marginalidad y abandono en las grandes ciudades) se agachan para recoger los
desperdicios urbanos del suelo.
Con este cambio de situación entre el campo y
la ciudad la veterana realizadora francesa comienza a cimentar un discurso de
réplica a la definición que nos recibía al principio del documental: espigar no
es algo privativo del campo, ya que incluso los propios límites de la ciudad
son difusos al existir un territorio de “tierra de nadie”, un cinturón que hace
de transición entre ambos mundos y que condensa gran parte de la marginalidad,
expulsando de su centro hacia esta periferia todo aquello que resulta molesto (incluso
se podría decir que “antiestético”), formando una muralla selvática en la que
quedan atrapados todos aquellos que pretendan adentrarse en el oasis de ese
aparente mundo acomodado. Las similitudes entre ambos entornos queda patente
cuando la imagen de una calle cualquiera de la ciudad pasa a asimilarse formalmente
a las calles que forman los surcos de un campo cultivado, donde nuevamente
encontramos a personas en el humilde gesto de agacharse para recoger. Agnès
Varda se da cuenta que todas ellas son mujeres, como aquellas que en el pasado
eran las encargadas de realizar esta actividad, pero también aprecia que hay un
cambio con la forma de trabajar de antaño: ahora la gente lo hace en solitario,
y no en comunidad, como en los casos que ha oído o como en el cuadro de Millet,
y esto le irrita, ya que parece que el individualismo que lacra a la sociedad
urbana ha contaminado incluso a los más necesitados en tal medida que ya ni
siquiera existe solidaridad ni ayuda entre ellos.
Posteriormente viaja a Arras para ver en vivo
otro cuadro en el que aparece una espigadora, esta vez pintado por Breton. La
figura de este personaje es radicalmente diferente al de aquellas mujeres que
aparecían en el de Millet: ese gesto humilde de agacharse para recoger ha
desaparecido, irguiéndose la mujer con un porte noble y desafiante, rebosante
de orgullo, mirando al infinito con provocación, como un tótem que representara
la fuerza de un pueblo que no se doblega ante nada. Ésta parece ser la actitud
luchadora que prefiere Agnès Varda, ya que se presenta a sí misma al lado del
cuadro imitando la misma postura. Sin embargo es consciente de las diferencias
en cuanto al espacio (el cambio de los paisajes: allí el campo, aquí la
ciudad), el tiempo (entre el pasado y el presente) y las protagonistas (de una
robusta mujer campesina a una menuda anciana artista), y su coherencia le hace
soltar el fardo de espigas y sustituirlo por una videocámara digital, que será
la hoz que le permitirá espigar, la herramienta que le servirá para captar la
presente situación de los espigadores. Pero la directora nos hace una
advertencia al presentarnos su útil de trabajo, ese pincel con el que pintará su
propio cuadro más de un siglo después de que fueran realizados aquellos lienzos: estas
cámaras pueden modificar la realidad, haciendo efectos estroboscópicos o siendo
una herramienta narcisista para el lucimiento personal del artista. Sin
embargo, en su dualidad también está el ser hiperrealistas, captar lo
circundante de la forma más hiriente, removiendo nuestra conciencia,
obligándonos a mirarnos a un espejo en el que veamos ambas partes del ser
humano y de la sociedad moderna, aquella que difícilmente da titulares en los
noticiarios por ser un drama asimilable, aunque no por ello menos trágico. Su
cometido será el mostrarnos aquello que nos es extraño, distante, que nos
enfrenta con nuestra (otra) realidad, que existe pero que nos es ocultada,
apartada, porque en nuestra opulenta vida no suele tener cabida. Esa será la
labor de la creadora, de aquella persona que más allá de saber interpretar el
manual de uso de la cámara tendrá el talento de ponerla a su (nuestro) servicio
y crear con ello un mensaje que trascienda a las meras imágenes, testimoniales
en aquellos casos que se frivolizan al negarlas un contenido relacionado con lo
real (que es lo que suele suceder en el cine de ficción), una realidad que
puede ser tan difícil de asumir como el propio deterioro. Y es que la
videocámara se muestra tan infalible como para devolver a su dueña su imagen
tal y como es, como si de un espejo se tratara, haciendo presente el paso del
tiempo, que deteriora implacablemente su organismo. Las arrugas de sus manos y
los surcos de su pelo son como las grietas de los campos que se espigan:
testimonios de la miseria del cuerpo y de la tierra, que poco a poco se vuelve
estéril, succionando todo lo que de sí tenía hasta agotarse.
La directora nos muestra de esta manera cómo
la tecnología se pone a nuestro servicio. Por eso la siguiente historia que nos
cuenta se refiere a cómo, sin ser los principales destinatarios de ella, hay
personas que se aprovechan de las deficiencias y los fallos de la tecnificación
de nuestra sociedad. Las máquinas que recogen la patata arrasan con la mayoría,
pero no con todas, y ahí entran las personas que vuelven a adoptar esa posición
de encorvamiento para recolectarlas. Pero incluso de todas aquellas que los
dueños de los terrenos recogen, varias toneladas se desprecian por no ser
comerciales, volviendo a encontrar el concepto de lo “antiestético” como un valor
primordial de la sociedad de consumo, de lo cual se sirve mucha gente para poder
sustentar su alimentación.
Vemos a niños que realizan esta tarea
cantando y bailando, lo que nos permite retrotraernos a los recuerdos de la
anciana del principio, cuando evocaba el pasado de su infancia como una época de
dureza, pero también de diversión, que es como los seres humanos tendemos a
percibir los primeros años de nuestra vida, donde todo se transforma en un
juego. Pero también aparece gente que tiene que recurrir a esta actividad como
la única salida al hambre que impone su miserable situación, gestándose entre
ellos el noble concepto de la solidaridad que tanto echaba en falta la
directora cuando veía a gente recolectando en soledad, y que permite tener una
perspectiva más optimista del futuro, donde quizás no todo esté perdido: a
través de las patatas en forma de corazón Agnès Varda recoge la idea de las
Comidas de Caridad del Buen Corazón, porque debajo de su suciedad y sus grietas
hay efectivamente un corazón, una buena voluntad de dar de comer al hambriento,
de erradicar el hambre a través de un alimento doblemente humilde, ya que las
patatas son un alimento básico y barato y son recogidas en esa postura
encorvada que la directora había anteriormente asimilado con la humildad.
Siguiendo su camino nos muestra uno de los
retratos más sobrecogedores de todo el documental: el de un hombre que lo ha
perdido todo por culpa del alcohol y vive en una caravana. Convive con un grupo
de gitanos, un dato que nos muestra otra de las lacras de nuestro tiempo: la
marginación histórica de determinados grupos raciales y culturales, a los
cuales se les niega el derecho de acceder a los beneficios de nuestra sociedad.
La especie humana, a pesar de entrar en el siglo XXI hiperdesarrollada
tecnológicamente, inmersa en la era digital, habiendo dominado la Naturaleza a
su antojo hasta casi destruirla y puesto su empeño en la conquista espacial,
sigue tolerando conscientemente la miseria física y anímica de miles de
millones de sus congéneres, que viven privados de la más primordial cobertura
de sus necesidades, recluidos sin esperanza a las mismas puertas de la
abundancia. No se han conseguido economizar los recursos, la gente se muere de
hambre y se tira la comida que puede paliar situaciones dramáticas, y este
hombre lo denuncia sin ningún miedo, ya que, como se ve, no tiene ya nada que
perder, posee en su expresión verbal esa misma dignidad que portaba la
espigadora del cuadro de Breton, de aquel a quien sólo le queda mirar hacia
arriba desde el fondo del pozo.
Él nos introduce en una de las formas más
comunes de espigueo en la ciudad: la búsqueda de alimentos en los contenedores
de basura. Como viven sin electricidad y casi sin agua potable (lo que forma un
doble círculo vicioso: su pobreza les impide acceder a la mínima cobertura
vital, y la negación de estos abastecimientos primarios es culpable de su cada
vez mayor depresión en la miseria), refugiados en el momentáneo alivio corporal
del tabaco y la cerveza, únicamente les queda la salida de acudir a los
exteriores de los supermercados para recoger aquello que se tira. Y a través de
la mirada de Agnès Varda asistimos al vergonzoso espectáculo de encontrar en
los cubos de basura alimentos en buen estado, aún comestibles, pasados de fecha
un par de días o tirados antes de tiempo debido a una dinámica de mercado que
impone estanterías repletas de nuevos productos, cuyos excedentes no tienen
cabida ante los ojos de unos consumidores cada vez más exigentes en cuanto a la
calidad y la presentación.
Al visitar Borgoña [2] para asistir a la situación del espigueo en esta famosa zona
vitivinícola, la realizadora se encuentra con distintas formas de enfrentarse a
esta actividad por parte de los dueños de las fincas. Las actitudes de aquellos
que poseen cultivos varían entre las de quien se ve justificado a la hora de
boicotear los restos de aquello que no se recolecta (amparándose en la
protección de su trabajo y su capital) y las de quien permite el acceso a los
espigadores porque los sobrantes de la cosecha no van a afectar a su
producción, ya que de ellos no se saca más que vino barato que no puede
competir con el de los mejores racimos. Pero el testimonio que más sorprende es
el de un anciano y acomodado propietario que recuerda con afecto, a través de
un poema de Bellay, los tiempos en los que los espigadores proporcionaban
belleza y dignidad al campo, como si perteneciesen indefectiblemente a ese
paisaje que, por unos días, fuese suyo por derecho propio. Su actitud ante la
vida se explica por su gran pasión hacia la filosofía y la psicología (tuvo
contactos en su juventud con el mismísimo Lacan), lo que le ha permitido
elaborar una teoría sobre la eliminación del propio Ego fijándose en el Otro,
originándose uno mismo a partir del Otro. Por eso comprende y se solidariza con
el espigador sin que su confortable situación económica y social sea un
impedimento, ya que puede llegar a pensar (y a sentir, podríamos decir) lo que
pensaría (y sentiría) en esa otra situación. Toda una actitud de ejemplo, sin
duda, a seguir, ya que de ninguna otra manera se puede llegar a proclamar la
solidaridad sin el hecho de comprender a los demás, poniéndonos (aunque sea
imaginariamente) por unos momentos en su propia piel.
Después de que el encargado de un terreno en
el que hay plantadas higueras certifique a la directora que no está permitido
acceder al terreno para recoger lo sobrante, Agnès Varda decide acudir a una
autoridad superior que resuelva la duda que nos está creando tanta
heterogeneidad de posturas y argumentos con respecto al espigueo. Así, antes de
preferir poner todas las cosas en sus respectivos contextos, a la realizadora
le interesa que las situaciones se comuniquen entre sí. Que si un letrado está
hablando sobre una ley que alude al campo, deje su despacho y los juzgados e,
investido de la dignidad que aporta la toga negra, aparezca como por arte de
magia (por ese carácter mágico que el cine ha mantenido desde los tiempos de Méliès,
el verdadero padre del cine) en medio de un campo de coles para confirmar la
legalidad del acto de espigar. Y lo hace con el Código Penal debajo del brazo,
esa compilación de normas que los miembros de una sociedad se auto imponen como
forma de gobierno y convivencia y que todos sin excepción deben respetar, y que
él denomina como “su biblia”, otorgando a ese libro el carácter sagrado que
para todo el mundo debe tener. Así explica la legalidad de recoger cuando ya ha
terminado la cosecha, siempre y cuando se cumplan una serie de requisitos:
espigar desde el amanecer hasta el ocaso (sin nocturnidad, con la luz del día y
de la verdad, a la cara, sin esconderse, demostrando el espigador la nobleza de
su acto) y realizarlo después de la cosecha (es decir, que los excedentes o los
fallos de la recolección están a disposición de quien quiera). Lo más
sorprendente es que se trata de una ley que proviene de 1554 que aún hay en día
es vigente. Esto permitía en su origen sobrevivir a los pobres y desahuciados,
pero hoy cualquiera puede hacerlo. Sin embargo Agnès Varda se da cuenta de que el
desconocimiento de la ley impide a los más necesitados ejercer sus derechos y permite
a los más ricos proteger su patrimonio, abriéndose aún más la brecha entre los
que lo tienen todo y los que no tienen nada, entre los que les sobra de todo y
los que necesitan de todo.
La realizadora define espigar imágenes y
conceptos como una actividad abstractamente mental, sin límites: hechos, obras,
actos, información. Espigar es una forma de recordar, de saber de dónde
venimos, como los souvenir que se trae de su viaje a Japón, a través de los
cuales evocará al mirarlos las imágenes y sensaciones que allí tuvo. Al
regresar del Lejano Oriente ve en su casa una gotera, que inmediatamente
asimila a un cuadro abstracto: arte y naturaleza se solapan, se
interrelacionan, confundiéndose en la pared y en su videocámara (donde la
mancha aparece resaltada con un marco), haciendo de este paisaje miserable un
espectáculo visual, como el primer cuadro de Millet del Museo d’Orsay: para
ella ese borrón en la pared es estético, casi artístico, por lo que podemos
decir que para ella el arte es subjetivo, amoral, sin fronteras.
De la comparación entre un autorretrato de
Rembrandt y su mano nace una duda: todo es un autorretrato, el autor hace un
testimonio de sí mismo, de su mirada, de su forma de ver el mundo, de la
realidad que le rodea. Y como miembro de la comunidad artística nos ofrece
varios testimonios de creadores que trabajan con materiales reciclados,
espigados de la misma basura, trazando una línea evolutiva entre los postulados
artísticos de los tiempos de Millet y las actuales formas de expresión,
marcando la diferencia entre términos como “convencional” y “vanguardia” y
destrozando las fronteras de la obra de arte, ya que estos artistas (desde el
bohemio ciclista hasta el anciano emigrado ruso, pasando por el reconocido
creador Louis Pons, del que se hacen libros monográficos) dinamitan el concepto
de lo artístico al incluir desechos en sus composiciones. Igual que el vacío se
define a través de la ausencia de materia (como en las esculturas de Henry
Moore o Eduardo Chillida) o el silencio se expresa en relación a la ausencia de
sonido, la miseria toma carácter corpóreo a través de su comparación con la
opulencia, y estos creadores nos enseñan a través de una ética personal lo
relativo de los conceptos, demostrando que en los desperdicios, en todo aquello
que para nosotros no tiene ya más utilidad que abarrotar los vertederos, hay una
segunda pletórica vida, quién sabe si colgados en las paredes de un museo,
exhibiéndose orgullosos ante nosotros, sus antiguos dueños, para hablarnos de
nuestra propia miseria interior. Para estos artistas también nuestra basura es
su alimento.
Pero más dramática parece la distancia que
separa a un profesor que enseña a los niños a hacer arte con el reciclaje de
envases recuperados de la basura y esa misma filosofía adoptada por una artista
que expone en la Fundación Cartier. El sentido es el mismo, los materiales son
los mismos, pero el marco vuelve a ser diferente: uno es un artista reconocido,
otro un simple y anónimo monitor; unos objetos son considerados obras de arte y
valorados en miles de euros, otros son sencillos colgadores móviles que enseñan
a los niños que “La basura es bella”. Sin embargo, no podemos pasar por alto el
valor simbólico de ese envase de yogur convertido en una flor, porque su
génesis está libre de cualquier pretensión comercial, mercantilista.
Al fin y al cabo, puede que todo se limite a
poder asimilar la mirada infantil, como la propia Agnès Varda trataba de
demostrar al jugar a atrapar con la mano los camiones que adelantaba en la
carretera. Ésta parece ser la única opción para poder dar una respuesta, una
salida, una solución al problema que se ha generado con el reparto de la
riqueza, y es acudir a la mentalidad pura de los niños: si fuese tan fácil
coger esos camiones y repartir su contenido entre los que más lo necesitan… La
cámara se convierte en una mirada pura, primaria, primitiva, libre de maldad y
de avaricia, porque el problema es tan sencillo de solucionar que hasta un niño
pequeño sabría lo que habría que hacer. Sin embargo, son unas manos viejas,
ajadas, marchitas las que lo hacen, porque poco a poco la experiencia nos
remite a pensamientos más puros, más infantiles. Es en esa sencillez donde se
encuentran las respuestas a los más grandes problemas que solemos atajar desde
perspectivas que medimos en términos macroeconómicos. Coger esos camiones con
las manos es espigar la riqueza que nos rodea y repartirla de forma equitativa.
Es quizás también ese primitivismo el que empuja
a un individuo que se define por calzar permanentemente botas de agua a llevar
diez años alimentándose de lo que encuentra en los contenedores de basura, ya
que sus criterios para saber si un alimento es o no comestible los basa en su
propio gusto, en catarlos y saber si están en buen estado. Su actitud tiene que
ver más con lo instintivo, con un estado primario del ser humano que hemos
perdido, entregando nuestro juicio a una fecha inscrita en un envase,
atrofiándonos en un estado de perpetua esclavización, convirtiéndonos en
máquinas sin voluntad personal que no saben discernir más allá de las
perspectivas de durabilidad que los fabricantes imponen en muchos casos de
forma aleatoria, condenándonos a permanecer instalados en el miedo a morir
intoxicados o vivir en el dolor de la enfermedad, fomentando así el consumismo
desmedido, loco, precipitado, sin importar lo más mínimo el desgaste que se le
pueda hacer al planeta, esquilmando sus recursos sin medida. Porque es la
Naturaleza la que paga las consecuencias de nuestros abusos, como este loco
genial nos recuerda, refrescándonos la memoria con desastres ecológicos como el
del petrolero Erika, donde miles de aves y animales marinos terminaron
cubiertos por el crudo. Pero estas manchas, a diferencia de aquellas del techo
de su casa, ya no gustan a Agnès Varda.
Como dijimos al principio, hay colectivos más
propensos a sufrir el hambre y la miseria que infringe la marginalidad en las
urbes de nuestro mundo occidental, y la directora nos ofrece el retrato de dos
individuos en los que convergen dos de estas características: ancianos e
inmigrantes. Son dos representantes de todos aquellos que han tenido que
abandonar sus países de origen, huyendo de lugares que presentaban un panorama
desalentador, viendo nuestra cultura y nuestra sociedad como paraísos donde
seguramente se les diera alguna oportunidad. Y se les acabó dando: cubos de
basura repletos de alimentos en buenas condiciones, electrodomésticos en mitad
de la calle que con una pequeña reparación vuelven a funcionar… ¿En cuántas
ocasiones nos ha asaltado el pensamiento de “es más caro arreglar este aparato
que comprarse uno nuevo”? La necesidad es, sin duda, la mejor de las maestras,
y en estos dos ancianos parece tener a dos de sus alumnos más aventajados.
Pero, lejos de aprovecharse de su pericia y lucrarse con todo aquello que
recuperan, se fragua en ellos una teoría de la solidaridad entre los
desamparados, entre los que menos tienen, que son solidarios entre sí a pesar
de no tener nada, al contrario de los que lo tenemos todo, que solemos guardar
celosamente nuestro patrimonio, sin compartirlo, sin que nadie nos lo
contamine. Parece que no necesitan nada más, que ya su vida se ha convertido en
un lento caminar hacia la muerte (quizás una dulce liberación de la miseria), y
por ello regalan los aparatos que reparan y la comida que preparan, siendo
felices con lo poco que materialmente poseen y lo mucho que de humanidad
desprenden. Al fin y al cabo quizás sí que esto realmente les pueda parecer un
paraíso en relación a los infiernos que tuvieron que dejar tras de sí.
Realizando de nuevo un camino de regreso al
campo, en la recolección de la manzana volvemos a encontrar aquella misma
actitud que nos relataba la anciana del principio: no se recoge todo lo que uno
se encuentra, sino sólo aquello que más conviene, las espigas o las manzanas
más hermosas. Sin embargo, esto hay dos formas de enfocarlo: mientras que una
de las mujeres que recoge las mejores manzanas que no se han recolectado
explica el por qué de su selección (para su hija coge aquellas menos
estropeadas), el dueño de la finca (un prototípico cacique, que parece ser el
“reverso tenebroso” de aquel viticultor-psicoanalista que citaba al poeta
Bellay) hace la lamentable comparación entre una manzana defectuosa y una mujer
“fea y estúpida”: para él ambas son inservibles. Ya son innumerables las veces
que hemos encontrado el concepto de lo estético como un valor esencial para
esta sociedad en la que vivimos. Pero este individuo ha ido un paso más allá:
se permite el lujo de despreciar a los seres humanos por unas características
que a él le parecen negativas. Parece ser que la directora ha encontrado en
este hombre un ejemplo del paso evolutivo que requería para dar coherencia a
todas las injusticias que se dan en esta implacable sociedad: también hay
espigadores de seres humanos, que seleccionan los mejores productos y son despiadados
con aquellos que no cumplen los rigores del mercado, de los cánones de la
belleza, imponiendo sus criterios. De hecho, vemos como este productor aplica
sus propias normas a los espigadores, conculcando con ello las leyes
establecidas en el Código Penal, permitiéndose la licencia de calificar la
actividad de estas personas como “ejercicio físico”, restando así importancia a
un acto que sirve como supervivencia de todos aquellos que viven sumergidos en
la dramática marginación. Él se nutre de una mentalidad capitalista que se basa
en ideas preconcebidas y prejuiciosas que justifican la injusticia social, como
la consabida frase “quien no trabaja es porque no quiere”.
Por esto mismo el último testimonio es el más
conmovedor, el que por su dramatismo más nos llega a emocionar y enternecer y
que acertadamente cierra el documental: el de un joven biólogo que come en los
exteriores de los mercados los restos que ya no se van a vender. Volvemos a
encontrar en su gesto la humilde postura del que se agacha, pero él va comiendo
según recoge: no recolecta, no acapara, sólo toma aquello que inmediatamente
necesita para cubrir el instante, el presente, la necesidad más inmediata. Y, a
pesar de su situación y la humillación que le causa la necesidad (trata
infructuosamente de sobrevivir vendiendo revistas a la entrada de una estación,
donde parece ser invisible a las miradas de los transeúntes), dedica sus noches
a ayudar a otros más necesitados que él. Su labor como profesor de francés
parece atraer especialmente a Agnès Varda, ya que ella también ejerció de
maestra al principio del documental al adentrarse en el origen de las palabras:
“E de espigar” es como se enseña a los niños, como ese joven enseña a los
inmigrantes, y todos, nosotros espectadores y ellos desamparados, nos
convertimos de esta manera en uno solo, alumnos de estas personas que nos
quieren enseñar que las palabras suelen tener un sentido más grande que su
significado.
Al final, Agnès Varda prefiere quedarse con
la imagen de un cuadro oculto, casi perdido: los espigadores escapando eternamente
de la tempestad, de la amenaza. El lienzo se contamina de la tormenta que en el
exterior del museo se anuncia, iniciando sus personajes una macabra danza,
movidos aleatoriamente, sin voluntad, presos de lo azaroso de un entorno
hostil. Es la vida, día tras día, del miserable, del que no tiene nada más que
recoger aquello que los demás no queremos. Y a pesar de ser conscientes del
problema, de saber que hay gente que no tiene nada y nosotros lo tenemos todo,
¿no seremos como esos muñecos Playmovil que gritaban en una exposición “Liberad
a nuestros camaradas”, sin darnos cuenta de que los que realmente estamos
encerrados somos nosotros mismos, inmovilizados por nuestra frialdad, aislados
dentro de un frigorífico donde guardamos nuestra comida y nuestra abundancia?
________________________________________
[1] Podría parecer fuera de contexto un estilo
musical como éste, más propio de los gustos de cualquier adolescente. Sin embargo,
más allá de la aparente contrariedad, podemos pensar que esta elección se
ajusta por completo al carácter y el fondo de este documental, ya que el rap nace en los suburbios periféricos (tradicional
ecosistema de la marginalidad, ya explotado en la literatura francesa del XIX,
con ejemplos como Germinal de Émile
Zola o Los miserables de Victor Hugo)
de las grandes ciudades norteamericanas, donde se concentra la mayor parte de
los desamparados sociales, como un tipo de “canción protesta” que denuncia de
un modo popular la situación de depresión y los problemas de la comunidad
afroamericana.
[2] Allí contempla un célebre tríptico de Van der
Weyden en el que podemos encontrar significativas imágenes simbólicas sobre el
tema que está desarrollando en el documental en torno al hambre y la
abundancia. Por ejemplo, los condenados al Infierno son identificados al pesar
más en la balanza del arcángel (¿será la sobrealimentación, uno de los pecados
capitales de nuestra sociedad actual, lo que les precipite a la condenación
eterna?); allí purgarán sus pecados de distintas maneras, como uno de ellos,
condenado a fagocitarse a sí mismo, obligado a comerse su propia mano,
constatando así su propensión a la gula. Sin embargo, los que podrán acceder al
Paraíso resucitan de sus tumbas, y su salida del suelo se asemeja a la de una
hortaliza, convirtiéndose por comparación en humildes alimentos para la fe de
aquellos que observen el retablo. Debido a todas estas similitudes la figura
central del arcángel se convierte, como no podría ser de otra manera en este
documental, en un espigador.
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