Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de mayo de 2013

'USA' EL TERRORISMO


Este verano, entre la gran cantidad de refritos —televisivos, por supuesto: ya me gustaría que hubiesen sido de chiringuito de playa— y reposiciones, tuve la oportunidad —miento, no me quedó más remedio: no había nada mejor en la tele a esa hora— de volver a ver la película que de la serie Expediente X hicieron en su día: The X Files, dirigida por Rob Bowman [1]. Su pareja protagonista, Mulder y Scully —morbosos y libidinosos a partes iguales en la piel de David Duchovny y Gillian Anderson—, se enfrentan en sus primeras secuencias a un acto terrorista por el cual un edificio queda casi completamente destruido. Lo más significativo es que todo era una tapadera para camuflar unos cadáveres que para el gobierno de los Estados Unidos eran un tanto incómodos. Además de que las imágenes del edificio destruido se me parecían mucho a aquellas de tres años antes ocurridas en Oklahoma City —perpetrado por el ultraderechista Timothy McVeigh, dando de esta manera un cariz ideológico muy determinado al acto de la película por su carácter evocador—, me llamó la atención lo mucho que todo se iba pareciendo a lo que los conspiranoicos —como yo, he de reconocerlo— destaparon en su día como la gran mentira de los atentados del 11 de septiembre de 2001: todo había sido allí una —otra— tapadera para enmascarar el verdadero asunto, que no era otro que hacer saltar por los aires a alguien en un despacho muy profundo del Pentágono y que —como en la película de Expediente X— también estaba siendo un grano en el culo para el gobierno federal. ¿Que en el Pentágono se estrelló un avión? ¿Y dónde están sus restos, y los cadáveres, y las imágenes de ese brutal alunizaje? Pero lo que más me sobresaltó es que la película estaba realizada tres años antes de los ataques a las Torres Gemelas: o alguien de su producción tenía una información privilegiada… o alguien en el gobierno de George W. Bush le gustó la idea, tomando muy buena nota de todo ello. ¿El arte imita a la vida? En algunos casos hay motivos más que suficientes para afirmar todo lo contrario.

No hay duda de que un tipo como Michael Moore produce resquemor a mucha gente. He de confesar que incluso a mí. Tres son los motivos: primero, que la filiación con su mensaje me distraiga de ser ecuánime a la hora de valorar correctamente su metodología, basada en la inducción —siempre me pareció más seria, correcta y honesta la deducción empleada por el cocainómano de Sherlock Holmes—; segundo, que la precipitación y la casi nula contrastación de sus argumentos —basados fundamentalmente en sospechas: a ver quién es el guapo que se mete en la boca del lobo para conseguir los documentos que demuestren lo que afirma— les puede servir a su vez a los poderosos para desacreditar su espíritu crítico y ponernos así en evidencia a todos los que opinamos/sospechamos como él; y tercero, estar escuchando lo que quiero oír, lo cual me puede hacer caer en una autocomplacencia que me impida estar permanentemente alerta, dependiendo de que otros como él me aporten unas reflexiones que yo mismo debería hacer.


Y, sin embargo, no me parece para nada desdeñable este tipo de cine. A través de la exaltación del espectáculo —¿o es que es otro su objetivo, mostrándonos un mundo que cada vez más parece un circo?— trata de ser didáctico en su discurso —algo que en Europa podemos considerar insultantemente paternalista, pero que si nos fijamos en el casi nulo espíritu crítico de la mayoría de los habitantes del panorama USA no nos tendría que extrañar tanto— para hacernos dudar de cualquier discurso oficial, dejándonos una mosca detrás de la oreja que no para de decirnos —como a Mulder— “La verdad está ahí fuera”. Y es cierto, porque solemos ver menos de lo que nos muestran, y lo que nos muestran es siempre una infinitésima y mínima parte de ese siniestro iceberg que es el poder, pues éste siempre cuenta con que la dispersión de las partes no nos permitirá tener acceso al todo —como la leyenda que se cuenta al principio de Elephant (Id., Gus Van Sant, 2003), una peli que tiene mucho que ver con Michael Moore y su Bowling for Columbine (Id., 2002), aunque en parte surgiera como contrarréplica a su discurso—. Pero con lo que no cuenta el poder es con que existan personas con la intuición tan acerada que acaben por dar sentido al caótico puzle en el que se ha convertido la realidad —cada vez más virtual, cada vez más parecida al Matrix de los Wachowsky—.

Uno de esos privilegiados es Noam Chomsky. Sus libros y su pensamiento son más influyentes de lo que a algunos les gustaría. Sus teorías sobre el mundo actual y su gestión son, más que una certeza, toda una revelación sobre cómo su país y sus sucesivos gobiernos llevan a cabo sus oscuros planes de dominación mundial, algo que todos sabemos aunque muchas veces desconociendo el cómo, hasta dónde se permiten el lujo de llegar para la consecución del poder absoluto. Y es indudable que Michael Moore es uno de sus más destacados pupilos, pues ya en la mencionada Bowling for Columbine nos advertía sobre la psicosis que en los Estados Unidos crean los medios de comunicación a través de sus informativos, forjando una alerta social generalizada que permita el control indefinido sobre una población que se siente permanentemente atemorizada. Estamos, pues, ante una política de terror institucionalizada: es el terrorismo de Estado contra sus propios ciudadanos. Es la instauración del miedo al vecino, a lo desconocido, a lo extraño, a lo que es diferente… al extranjero. En definitiva, el Walt Kowalsky de la primera parte de Gran Torino (Id., Clint Eastwood, 2009) en su máxima expresión de wasp amenazado en su propio territorio.


Pero lo más inquietante de todo ello no sería la certidumbre de que hay unos tipos sentados en sus despachos y que, como el Dr. Maligno de la saga de Austin Powers, quieren dominar el mundo. Eso me parece previsible, bastante normal, porque el poder nunca se sacia y su naturaleza es la de aglutinar en torno a sí la mayor cantidad de control posible. Lo que me aterra es pensar que —efectivamente y como explicó el propio Moore en su siguiente cinta, Fahrenheit 9/11 (Id., 2004)— el mundo en el que vivimos —y que llamamos de forma equivocada “realidad”— esté siendo configurado en torno al concepto del enemigo, y que este enemigo no sea ya una creación artificial para justificar presupuestos militares y armamentísticos en materia de defensa o para alegar invasiones que generan cientos de miles de muertos —forma estadísticamente neutra de contabilizar vidas humanas perdidas, que ya de por sí es bastante siniestro—, sino que el sistema de propaganda y (des)información nos haga caer en una paranoica espiral en la que creamos que son prescindibles aquellos valores y elementos que configuran la —ya de por sí deficiente— democracia de la que disfrutamos, vitoreando su desaparición para conseguir la tan ansiada seguridad, sin caer en la cuenta de que mañana nosotros mismos podemos ser el enemigo de los que velan por nuestros intereses.

Lo último que nos ha llegado de Michael Moore es Sycko (Id., 2007), donde habla del tremendo problema sanitario en los Estados Unidos, comparándolo con otras partes del mundo. Sin embargo, hay algo en su cinta que nos concierne a todos: el gran poder de la industria farmacéutica y sus monopolios. Y en estos meses que estamos viviendo —y que nos quedan por vivir— en compañía de la Gripe A —que se va a convertir en las fechas navideñas en uno más de la familia, jodiéndonos la cena de fin de año, como si no tuviéramos suficiente con atragantarnos con las putas uvas— hay motivos suficientes para sospechar que, como siempre, nos la han vuelto a colar —mira tú que no aprendemos—.


El pasado 1 de septiembre Iñaki Gabilondo, a su vuelta de las vacaciones, remataba su informativo con este mismo y triste presagio. Seguramente a él también le llegaría la noticia de que circulaba por la red un maravilloso cortometraje documental titulado Operación Pandemia (Id., Julián Alterini, 2009) [2], en el que se nos aportan datos suficientes para tomar el tinglado sobre la influencia porcina como un camelo más para acojonarnos. Pero lo más demoledor del documento se recogía en la parte en la que se habla sobre los efectos secundarios del medicamento con el que nos quieren hacer combatir a esta gripe [3]: entre ellos está la paranoia. Qué curioso: si no entras por el aro de la influencia de los informativos alarmistas, te la inoculo por vía oral. Y nuestros gobiernos, como bobos, colaborando con ello en vez de informarnos que este virus no es más dañino que la gripe convencional de cada invierno —que, por cierto, mata cada año de forma natural a miles de personas sin que esto ocupe las portadas de ningún medio de comunicación—.

Al escribir este artículo tuve una duda —que fue más una corazonada—: ¿cuántas entradas encontraría en la IMDB con la palabra «virus»? Sorprendentemente encontré que en la última década y media se han producido dos series de televisión, diez cortometrajes y un largometraje —Virus (Id., John Bruno, 1999)— con ese título. Entonces empecé a hacer memoria: Congo (Id., Frank Marshall, 1995), 28 días después… (28 Days Later..., Danny Boyle, 2002), 28 semanas después (28 Weeks Later, Juan Carlos Fresnadillo, 2007), Planet Terror (Id., Robert Rodriguez, 2007), [Rec], (Id., Jaume Balagueró, y Paco Plaza, 2007), Soy leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007)… son sólo algunos ejemplos de los que más han trascendido, de los que más han llamado la atención del público. A pesar de que muchas de estas películas beben directamente de ese maravilloso género de zombis —inaugurado, ampliado y nunca concluido por George A. Romero a partir de finales de los sesenta [4]—, se nota que, cuanto más nos acercamos a nuestro presente, mayor es la psicosis con respecto a un contagio producido por el contacto directo con otras personas: la presencia en nuestro mundo de la temible —entonces— gripe aviar no pasó desapercibida para el mundo del cine, pues sólo hay que ver la gran cantidad de films producidos en el año 2007 con este tema como eje central. ¿Triste reflejo… o dócil colaboración con la locura generalizada?


Se nos está inoculando un virus que no es real, que pasa por la fase previa del miedo —a lo extraño, a lo diferente… al otro— a través de lo intangible de un enemigo invisible e inaprensible, que se filtra entre nosotros como una fantasmagoría. Nuestra sociedad está involucionando, y cada vez nos parecemos más a aquel mundo medieval lleno de superstición que creía en un terrorífico final en esa bisagra psicológica que fue el año mil. Tan sólo hay que recordar la alarma generalizada a finales de la década/siglo pasado, cuando se nos advertía que nuestros ordenadores se colapsarían al no reconocer el «doble cero» como una fecha posterior al «doble nueve», creyendo nuestras computadoras que habíamos viajado en el tiempo al 1900. El mundo estuvo a punto de ser un enorme rancho de Waco, donde la inmolación fuera contemplada como el menor de los males. Hubo un tipo en Japón que gaseó el metro con un virus mortal en plena hora punta. Y el amianto desprendido por las Torres Gemelas al derrumbarse ya ha causado más víctimas de las que hubo ese fatídico martes 11 de septiembre de 2001. ¿Estamos siendo el blanco de una política de distracción, donde por comparación las intervenciones militares nos son vendidas como el antídoto preventivo que nos inmunice contra esa enfermedad llamada «terrorismo internacional», cuando en realidad estamos siendo dirigidos por un poder que, por su metodología, ya es de por sí la mayor amenaza terrorista?

“¿Tan difícil es entender qué se esconde detrás de la influencia porcina? Actuemos activamente, pero nunca perdamos la cordura. No entremos en un estado de paranoia ofuscador y sofocador. Cuidémonos a nosotros y cuidemos a nuestras familias. Tengamos en cuenta las medidas de prevención, pero también tengamos en claro que la fórmula, en algún momento, va a tener que cambiar, porque están jugando con nosotros, están negociando con su salud y con la salud de sus hijos”. Éstas son las palabras con las que Julián Alterini remata su intenso cortometraje de investigación. Puede que cuando se publique este artículo —dos meses después de haber sido escrito— la pandemia nos haya mandado a todos al garete… y también puede que no haya pasado nada. Siempre me ha parecido imprudente ejercer de adivino, pero me temo que esto último es lo que pasará. Puede que los gobiernos se apunten un exitoso tanto, vendiendo sus políticas preventivas como un triunfo de gestión a favor de los ciudadanos. Pero ya se nos habrá administrado la verdadera medicina que les interesa, aquella que les permita actuar cada vez con mayor impunidad ante unas amenazas con las que se están forrando. Ante un negocio así, ¿quién puede resistirse a acabar con él? La instauración generalizada del terror siempre fue muy lucrativa. Y, si no, que se lo pregunten a los inquilinos del Vaticano: el miedo, la paranoia y la superstición nunca les han fallado.

(artículo aparecido en el nº. 176 de Versión Original —noviembre de 2009— dedicado a "Terrorismo")


[1] Aunque su verdadero creador es, sin duda, el gran Chris Carter, lo cual demuestra hasta qué punto nombrar hoy en día al director como artífice del invento no deja de ser algo bastante obsoleto… en algunos casos.

[2] Disponible en http://www.youtube.com/watch?v=gKwk8Kq8QXA.

[3] El famoso Tamiflú, producido por los laboratorios Gilead Sciencies, de la cual fue presidente de su directorio Donald Rumsfeld antes de ser nombrado Secretario de Defensa por George W. Bush: el mundo es un pañuelo —lleno de mocos, que diría alguien—.

[4] Donde esos seres a medio camino entre la vida y la muerte eran en su origen una genial metáfora que señalaba tanto a los cientos de miles de damnificados por la reconversión industrial americana como a los miles de soldados que volvían a casa metidos en cajas de madera desde la lejana Vietnam.

¿SUEÑA ROBOCOP CON PIRATAS INFORMÁTICOS?


El pasado 19 de abril en el programa de Iker Jiménez Cuarto Milenio hablaron sobre robots y de cómo su actual uso por esos benefactores de la humanidad llamados militares (¿no hablamos ya de ellos algunos colaboradores de esta revista en el número dedicado a los «cobardes»?) ha mandado a la mierda las leyes impresas por Asimov sobre la robótica (al cual siempre me le he imaginado bajando de su particular montaña, cual Moisés, con sus mandamientos escritos en sendos portátiles debajo de cada brazo). En la noticia, un grupo de veintitantos talibanes fueron asesinados por la voluntad de un engendro militar con forma de gran pepino, con el cual Occidente sigue jodiendo al mundo islámico. El mundo futuro representado en Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984) cada vez está más cerca.

En el cine y la literatura sci-fi hay, sin embargo, ejemplos en los que los robots muestran su previsible faceta benéfica, pues en su génesis está la función primordial de hacer al hombre (su creador) la vida más fácil. Pero incluso cuando su aparición en la pantalla está condicionada por el bien siempre suele haber otra manifestación homóloga que contrarresta esta tendencia positiva. Estoy pensando, sin ir más lejos, en la saga de Star Wars, donde a la presencia de C3PO y R2D2 siempre hay una contrarréplica imperial. Al fin y al cabo, los robots (casi siempre) responden a la voluntad de sus amos, de los cuales asumen su ética, mostrándose así como reflejo de nuestra dualidad moral.

Es por esa condición de servidumbre (devenida por la etimología del término eslavo robota) que estas máquinas pueden llegar a ser una herramienta perfecta para los intereses espurios al servicio del poder. Sobre ello reflexionaron los guionistas Edward Neumeier y Michael Miner al elaborar el argumento de RoboCop (Id., Paul Verhoeven, 1987). Y parece ser que todo partió de otro proyecto que, a la larga, se convertiría por derecho propio en uno de los mayores hitos del cine moderno: Blade Runner (Id., Ridley Scott, 1982). Su argumento pasó por las manos del propio Neumeier cuando, siendo un veinteañero, trabajaba como lector de guiones para la Warner Brothers: “Esta es una película [Blade Runner] sobre robots que quieren ser personas. ¿Pero qué ocurriría si todo estuviera planteado desde el punto de vista de un robot que, además, fuera un poli? Mi primera idea era que se tratara de un robot que se enfrentara contra toda la gente que intentara joderle (sic). Una pura inteligencia artificial contrapuesta a la inteligencia corrompida de los seres humanos” [1].


Más allá de su argumento y su sentido último, aquel que expone cómo un hombre literalmente «resucitado» expresa su deseo de encontrar sus raíces, su memoria, sus recuerdos, en definitiva, su humanidad perdida (perdida entre ese montón de circuitos y microchips que pueblan su regenerado cuerpo y su cerebro, y que remite más directa que indirectamente al mito de Frankenstein), hay un aspecto realmente interesante desde el punto de vista ideológico. A saber (y como apuntábamos al principio del párrafo) la propensión del sistema (ese concepto a veces tan denostado, pero que no por ello deja de rodearnos como una atmósfera intangible) a perpetuar su poder a través de aquellas herramientas que escapan al control del común de los mortales. Y es que la empresa que tiene bajo su dominio la gestión del cuerpo de policía de la futurible (por poco futurista) ciudad de Detroit (y que responde a la siglas OCP, configurando a través del juego de las letras que conforman la palabra cop su «reverso tenebroso», por aludir nuevamente a la fábula inserta en Star Wars) se transforma por sí misma en una denuncia ante la amenaza que ciertas políticas deslocalizadoras de la administración pública se producen con más frecuencia de la que a muchos nos gustaría, pues la privatización de ciertos servicios de interés general acaban degenerando en multitud de aspectos que, aunque convertidos en alegoría en el film de Verhoeven, resultan dramáticamente ciertos en nuestra vida cotidiana: los seres humanos nos convertimos en peones sustituibles, prescindibles, capaces (como los policías de ese Detroit saturado de delincuencia) de llegar al extremo de la huelga para reivindicar su dignidad (un derecho tan legítimo como molesto para el poder).

La crítica se extrapola fácilmente, pues, al contexto en el que se produce la película: la política ultraconservadora de la administración Reagan, la imposición de la clase yuppie como nuevos administradores de los recursos comunes y la desarticulación de lo público a través de demostrar su supuesta ineficacia. En el film el poder trabaja en connivencia con unos criminales cuyas acciones son controladas para permitir el advenimiento de aquello que, durante el Regeneracionismo, Joaquín Costa tildó como el «cirujano de hierro». Y yo me pregunto, ¿cuánto tardará en verse algún robocop por la floreciente (y cada vez más privatizada) geografía de la Comunidad de Madrid? Y algo que nos afecta a todos como cinéfilos e internautas, ¿cuánto tiempo tardará el nuevo equipo del Ministerio de Cultura en aplicar la política del policía virtual para controlarnos a todos nosotros, potenciales delincuentes on-line? (NOTA BENE: delincuentes a través de nuestras descargas, a pesar de subsanar nuestros delitos para con nuestras víctimas a través de ese impuesto revolucionario llamado «canon digital», y a pesar de atribuirnos los delitos a priori, puesto que nadie puede asegurar que la totalidad de los productos digitales que se consumen y utilizan tengan una finalidad “delictiva”: alguien se perdió la clase en la que analizaron Minority Report Id., Steven Spielberg, 2002—).


Y es que, como decía Marcel Duchamp (uno de los padres del dadaísmo, el único movimiento artístico verdaderamente rupturista y revolucionario del siglo XX), “el sistema es capaz de fagocitar incluso aquello que lucha contra él”. Así, encontramos que en el film de Verhoeven “RoboCop no ha nacido de una intención beneficiosa para la humanidad, sino que en realidad es el resultado de una conspiración llevada a cabo en el seno de la OCP […] con vistas a convertirse en un instrumento de coacción al servicio de los poderosos”, a pesar de que ya en su final se atisbe una cierta nota de esperanza, pues “El resquicio de humanidad que todavía late en Murphy es lo que impide que RoboCop acabe siendo, tal y como hubiesen deseado sus creadores, esa perfecta máquina represora y parafascista con la que soñaban” [2].

Y, sin embargo, en un número dedicado a los «robots» aún no hemos hablado de ellos, ya que por un lado los citados R2D2 y C3PO no dejan de ser androides (pues su aspecto nos remite a las características morfológicas del ser humano) y por otro RoboCop pertenece al grupo de los cyborgs, seres que, aun conservando partes de tejido humano, están compuestos por piezas mecánicas y electrónicas. Y es en la propia Star Wars donde encontramos a uno de los más famosos cyborgs de la historia del cine, Darth Vader, quien comparte con el personaje llevado a la pantalla por Verhoeven varios aspectos visuales y circunstanciales la mar de interesantes. Por poner un par de ejemplos: ambos son manipulados por un poder siniestro que quiere hacerse con el poder absoluto; a ambos, antes de convertirse en ese híbrido entre ser humano y máquina, les amputan dramáticamente su mano derecha (algún aficionado al psicoanálisis lo ligaría con la superación de la fase onanística y la entrada en una edad madura condicionada por conocimientos de índole superior); y RoboCop, para certificar la búsqueda de su humanidad y librarse de su tormento identitario, se retira su casco, dejando al descubierto su rostro, de la misma manera que Darth Vader se quita el suyo (ese capuchón en forma de glande que remata su fálica presencia —siniestro cipote sideral revestido con una estética a medio camino entre lo queer y lo sado-nazi—), haciendo que “resucite” ese Anakin Skywalker que se creía irremediablemente perdido.


“Todo lo que no es copia es plagio”, decía irónicamente Eugenio d’Ors, trastabillando uno de los más famosos adagios gestados en la Real Academia de la Lengua Española (“Todo lo que no es copia es tradición”). Al final, todo está inventado. Y es curioso que los referentes de ambas películas los encontremos en otra magna obra del cine universal, aquella que se presupone como génesis del género futurista, pues Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1927) puede ser considerada, por méritos propios, como uno de los antecedentes de eso que, muy posteriormente, ha recibido el apelativo de cyber-punk: “El término, aplicado generalmente a la obra literaria de William Gibson o Bruce Sterling, a grandes rasgos designa aquellas ficciones que presentan la tecnología en todas sus variantes posibles no como algo maligno, sino que reflexionan sobre las cuestiones éticas y filosóficas que su aplicación plantea, el poder que genera su manipulación interesada por parte de políticos y grupos de poder, sobre la creación de una nueva “realidad”, sobre la inserción de la humanidad, de lo “humano”, en el seno de un mundo hipertecnificado” [3]. Curioso, además, no sólo por el hecho de que en sus fotogramas aparezca el androide precursor (en lo visual) del C3PO de George Lucas (hablamos de Maria II) o por la circunstancia de que el malo de la película,  el inventor Rotwang (precedente a su vez del estereotipado modelo del mad doctor tan profuso en la sci-fi), tenga una mano biónica (la derecha, para más inri), sino porque la guionista (y, a la sazón, esposa de Lang) Thea von Harbou se basó en dos obras de H.G. Wells para desarrollar su libreto, siendo una de ellas «Cuando el durmiente despierta» («When the Sleeper Awakes», 1897) (la otra sería «La máquina del tiempo» —«The Time Machine», 1895—), novela “en la que los descendientes de los capitalistas gozan en la superficie de una vida de lujo frente a la laboriosa y subterránea existencia de los trabajadores, que también son una especie de cyborgs [4]. Así, por lo tanto, es como nos encontramos con los verdaderos protagonistas del tema propuesto para este número por la redacción de Versión Original, pues al final los verdaderos robots, los únicos que pueden recibir para sí mismos este término con conocimiento de causa, no son nadie más que nosotros mismos.


¿Pueden las cosas cambiar? ¿Hay motivos o argumentos para la esperanza? En una reciente entrevista aparecida en el diario Público [5], el irreverente, necesario y siempre polémico filósofo Alain  Badiou (uno de los popes del mayo del 68 parisino) decía lo siguiente: “Actualmente en Francia hay mucha tensión [alude al secuestro de empresarios en sus propias fábricas por parte de obreros encolerizados, acciones que incluso han sido aprobadas por la clase ejecutiva en algunos sondeos]. Y quizá estamos, y digo quizá, en una situación preAcontecimiento. El Acontecimiento es algo que no se puede prever. […] Tomemos el ejemplo de los obreros de origen extranjero perseguidos por los estados ricos de forma generalizada. Esos obreros se están organizando, y eso sí es un Acontecimiento. El sujeto fiel es el que contribuye de una forma u otra a su lucha. El sujeto reactivo es el que encontrará justificaciones para no incorporarse al movimiento. […] Los individuos sólo pueden superar su estado de dispersión y su egoísmo por mediación de la Idea, que hace que uno exceda a sí mismo. La Idea es la única manera de superar el estado normal del individuo, el de sobrevivir, aprovecharse de todo lo posible y servir sus intereses propios. El capitalismo y su orden, al fin y al cabo, están enteramente basados en el principio de que los individuos permanecen en el estado de individuos y se rigen por sus propios intereses. La Idea es absolutamente todo lo que permite conducir a otra Humanidad y a que los individuos se incorporen en algo más importante que los límites de su interés propio”. La Idea… el Acontecimiento… el Momento. ¿Cuál sería la receta para el “nuevo mundo”? “El amor es una insurrección que te arranca de tu condición de existencia ordinaria y te saca de la experiencia individual, porque ves el mundo a dos, en lugar de a uno. Es salir del individuo. Es el primer paso que un individuo puede hacer más allá del límite de su interés egoísta”, remataba el filósofo. ¿Era esto lo que Lang y Von Harbou nos proponían en el final de su película… o era más bien la asunción de la sumisión como herramienta para la tan ansiada «paz social»? Pues ahora que nuevamente estamos en época de «vacas flacas» y se nos dice que nos apretemos el cinturón, escandaliza el hecho de ver el inmoral reparto de beneficios de los grandes bancos o que éstos presten sin pudor cifras mareantes para promover los fichajes de futbolistas/modelos/hombres anuncio (léase Kaká y Cristiano Ronaldo, por citar los más sonados de este verano —al menos hasta la finalización de este artículo—) al mismo tiempo que niegan créditos a las familias trabajadoras. ¿Es así como se desea apaciguar a una población saturada de hartazgo en la perpetua espera de saber lo que significa verdaderamente participar de la riqueza de su propia fuerza de trabajo? ¿Será todo tan fácil como esperar a ese «mediador» que una en comunión las manos con el cerebro? ¿Seremos nosotros capaces de ser ad aeternum las manos sin cerebro y que los poderosos vivan cómodamente como cerebros sin manos? Sí, puede que estemos cerca de ver el Momento.

(artículo aparecido en el nº. 174 de Versión Original —septiembre de 2009— dedicado a "Robots")


[1] Citado por Rob van Scheers en Paul Verhoeven, Faber&Faber Limited, London-Boston, 1997, p. 186; citado a su vez en la obra de Tomás Fernández Valentí Paul Verhoeven. Sangre y carne, Ediciones Glénat, Barcelona, 2001, p. 176.

[2] Ambas frases sacadas de la op. cit. de Fernández Valentí (pp. 203 y 206, respectivamente).

[3] Antonio José Navarro en su artículo “RoboCop. El policía del futuro” aparecido en Imágenes de Actualidad, n.º 175 (noviembre 1998), sección “Cult Movie”, p. 50; citado por Valentí en la p.178 de su op. cit.

[4] Según se dice en el artículo de Javier Hernández Ruiz “Las escenografías de Lang en el cine alemán de entreguerras”, Dirigido por, nº. 367, mayo 2007, p. 70.

[5] En la sección “Culturas” del lunes 20 de abril de 2009.