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domingo, 19 de mayo de 2013

REBOBINE, POR FAVOR


En muchas ocasiones aquellos que nos dedicamos a esta afición de escribir nos surge la tentación de rebuscar en los diccionarios el significado y el origen de ciertas palabras, tratando de encontrar una orientación que nos indique un cierto camino. Este afán significativo y etimológico resulta en la mayoría de las ocasiones un divertido juego que nos pone en comunicación con el sentido prístino de unos términos que, por el paso del tiempo y el cambio de las mentalidades, los utilizamos hoy en día de una forma muy diferente al de su más remoto origen. Incluso, a veces, de aquel más cercano. Con el concepto que estamos manejando este mes en Versión Original, por ejemplo, me he encontrado que María Moliner otorgaba la capacidad para generar crueldad tanto al ser humano como al resto de la fauna que puebla la Naturaleza. Que me perdone la insigne lingüista, pero no estoy de acuerdo: la crueldad es un acto consciente sólo aplicable al ser humano, y si cualquier acción de los animales nos puede parecer cruel es porque sus consecuencias nos perturban la mirada a través del sufrimiento que originan. El dolor en el mundo animal es algo connatural a la vida, una regla inmutable a través de la cual los ciclos se completan para crear más ciclos en un interminable devenir vital. Y esto es así hasta que la humanidad entra en juego para mancillar el equilibrio, pues desde la irrupción del ser humano en la escena de este planeta el padecimiento adquiere una nueva dimensión: la crueldad se convierte en algo tan refinado y sofisticado como para purificar y/o entretener. Y, si no, que se lo pregunten a miuras, vitorinos y demás astados.

Otro de los conceptos con los que me he encontrado es ese sentido etimológico al que antes hacía referencia. Corominas establece el origen de la crueldad en un término como crudo, es decir, algo sangrante. Es evidente que en nuestros días para ser cruel no es necesario que la sangre aparezca en escena. Puede ayudarnos a focalizar visual y externamente la maldad a través de esta manifestación física… aunque también puede distraernos de la verdadera crueldad, aquella psicológica que más hondo cala, más profunda penetra y más tiempo tarda en cicatrizar, pues nuestro cerebro no sólo es una de nuestras vísceras más delicadas —no sólo a nivel físico, y por ello tiene que estar bajo la coraza de nuestros cráneos—, sino la única que por sí misma puede recordar, y las laceraciones que sobre ella se cometen hay veces que nunca dejan de sangrar. A este nivel simbólico, por lo tanto, la crueldad sí está ligada a la sangre, pues los recuerdos hay veces que son como heridas permanentemente abiertas y repletas de sal, supurando un dolor que incluso se perpetúa más allá del necesario olvido.


El ser humano, cuando se lo propone, puede ser de lo más jodido a la hora de maquinar cómo ejercitar sus dotes de crueldad. ¿Cómo actúan y definen hoy en día las nuevas tecnologías nuestra relación con esa parte de nosotros que convive, se retroalimenta, cultiva y necesita de la crueldad? En ocasiones oigo a expertos debatir sobre el uso de los videojuegos en este sentido: unos afirman que la violencia virtual nos permite el desfogue de cierto sadismo que mantenemos reprimido, neutralizando la necesidad que tenemos de infringir daño, mientras otros afirman que la convivencia cotidiana con experiencias extremas nos hace moderar la percepción ética que la cultura nos ha imprimido sobre la crueldad, haciendo que sus límites sean cada vez más laxos. Yo estoy más de acuerdo con estos últimos, ya que creo que el salvajismo es como una droga que, una vez consumida, nos convierte en un híbrido entre Mr. Hyde y el Superhombre de Nietzsche: dominar al Otro a través del dolor nos hace poderosos, pues el padecimiento hace débiles a los demás y nos permite un control sobre su voluntad que difícilmente se podría conseguir de otra manera. Tan terrible como cierto: el cine nos lo muestra esporádicamente —con ejemplos como Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), Hostel (Id., Eli Roth, 2005) o la saga de Saw—, pero lo que es cierto es que todos los días asistimos a algún telediario en el que tristemente un hombre a matado a su esposa tras años de fanática crueldad, en la que los celos y el concepto de propiedad privada han marcado a una mujer hasta convertirla en un guiñapo sin dignidad.

No hay duda de que las heridas abiertas por Auschwitz siguen muy presentes en nuestra sociedad [1]. Aquel lugar se convirtió en metáfora física y real, con nombre y apellidos, de la mayor crueldad ejercida por el ser humano de manera sistemática, despiadada e indiscriminada pues, como una piedra lanzada en medio de una charca, la onda expansiva recorrió rápidamente la vida de millones de personas —comunistas, socialistas, anarquistas, negros, gitanos, homosexuales…—, empezando y terminando en el pueblo judío, cordero sacrificial de esa religión pagana y esquizofrénica que fue el nacionalsocialismo.


Supongo que por nuestras raíces comunes, todos los europeos nos sentimos avergonzados y ciertamente culpables de aquello. ¿Cómo no estarlo? Bach, Goethe, Beethoven, Durero… conviviendo con el genocidio y la tortura a cielo descubierto, a la vista de todo el mundo. Durante mucho tiempo se nos trató de convencer de que el pueblo alemán no era consciente de lo que ocurría al otro lado de las alambradas, exculpándoles así de cualquier responsabilidad. Afortunadamente cada vez hay más voces que denuncian esta falacia: en el siempre infravalorado formato del comic se alzó hace poco tiempo una voz que se atrevió a contar lo que el mundo accidental consideraba como un tabú. Art Spiegelman, hijo de un superviviente de los campos de concentración, transcribió en boca de su padre la siguiente frase: «Sabíamos lo que se contaba, que nos gasearían y nos meterían en los hornos. Era 1944… Lo sabíamos todo. Y allí estábamos» [2]. Habría personas a las que el miedo les impediría reaccionar. Y no dudo de que a algunos les asaltara la impotencia de verse superados por una maquinaria creada por ellos mismos, pero con unas dimensiones tan colosales que se les había terminado por escapar de las manos. Pero no tengo ninguna duda de que otros, en máxima connivencia, asistieron congratulados al espectáculo de la desinfección. Ocultar esto tan sólo traería olvido, la peor herramienta para que algo parecido jamás vuelva a suceder [3].

El cine es uno de los peores enemigos de todos aquellos que pretenden olvidar. Que se lo digan a Fred Madison, el protagonista de Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997), con su atroz pánico a las videocámaras: a él le gustaba recordar las cosas a su manera. Y es que la memoria a veces es muy selectiva. No es algo para echar en cara, ya que es perfectamente comprensible y natural: es un sistema más de autodefensa, y aquellos recuerdos que nos resultan molestos, pues ¡zas! les transformamos en algo más digerible. A veces pienso que nuestro cerebro es como el estómago de un rumiante, pues masticamos constantemente el pasado para triturarlo hasta hacerlo irreconocible.


También algo parecido le pasa al protagonista de Caché – Escondido (Caché, Michael Haneke, 2005), quien disfruta de la típica vida del burgués acomodado parisino —lo que en sociología se conoce como bobo: el bourgeois bohemian [4]—, presentando su propio programa de televisión y casado con una mujer que triunfa en el mundo editorial, con la que tiene un hijo adolescente. Y, sin embargo, esa idílica paz se ve perturbada cuando comienza a recibir una serie de cintas de vídeo que le muestran que alguien está vigilando su casa: son imágenes de plano fijo en los que se ve el exterior de la vivienda y cómo sus inquilinos entran y salen de ella. Si bien al principio para nosotros no tienen más importancia que cualquier imagen que podemos ver a diario al pasear por la ciudad, el contexto y la angustia de los protagonistas nos las harán ver de otra forma al empatizar con sus circunstancias vitales: una imagen no es sólo una imagen, pues a la vez es su forma y su fondo, su continente y su contenido, la realidad empírica que nos muestra y las emociones que le otorgamos y que le acaban por dar significado.

Lo mismo pasa con los dibujos que acompañan a las cintas y que representan a niños sangrando por la boca y gallinas con el cuello cortado. Volvemos a la reflexión anterior para preguntarnos por su significado: ¿qué son y qué quieren decir? ¿Para quién tienen sentido? ¿Cuál es su origen? ¿Qué pretende quien las dibuja y envía? Conocer las respuestas a estas preguntas llevará al protagonista a salir de su pequeña fortaleza para enfrentarse con su pasado, para lo cual tendrá que alejarse de ese centro urbano en el que vive y trabaja para enfrentarse con unos fantasmas que habitan en los arrabales parisinos —significativamente en la Avenida Lénine— y en el medio rural —la granja familiar donde aún vive su madre—. Pero su viaje, además de físico, será también sentimentalmente doloroso, pues una serie de sueños a modo de flashes interrumpirán su tranquilidad: un niño de origen magrebí sangra por la boca y en otra ocasión le corta el cuello a un gallo, ligando de esta manera los anónimos recibidos con una infancia que le acosa hasta el tormento.


Si bien ni siquiera con los títulos de crédito finales Haneke nos llega a dar una respuesta que satisfaga nuestra curiosidad sobre la verdad de los hechos, existen varios elementos de la puesta en escena que nos hacen dudar de la  “mediática” honorabilidad de este respetado citoyen, a saber:

1. tras denunciar en una comisaría de policía la llegada de los anónimos, está a punto de provocar un accidente a subsahariano que circula en bicicleta, al que insulta y reprocha su conducta cuando el único responsable parece ser él mismo;

2. trata de ocultar la verdad por todos los medios a su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo bajo el pretexto de su propia seguridad; cuando se atreva a contar lo que sabe, lo hará en la penumbra de su dormitorio, con su mujer como único testigo;

3. culpabiliza de la extorsión a Majid, un hombre que en su niñez estuvo a punto de ser adoptado por los padres del protagonista. Y he aquí el verdadero problema, pues este hombre es el mismo niño de los sueños que sangra por la boca y cercena el cuello del animal. Su penosa historia está íntimamente unida a la de la propia Francia, cuando en los años sesenta y bajo la presidencia de De Gaulle se reprimieron con dureza las ínfulas soberanistas e independentistas de los argelinos. Los padres de Majid, trabajadores de la explotación granjera de los padres del protagonista, murieron en los incidentes de París de aquellas fechas, y el huérfano se convirtió en una molestia para un pequeño que veía peligrar su status patrimonial y sentimental, logrando a través de sus mentiras que el pequeño argelino terminara en un orfanato, viéndose así truncada una vida de integración como ciudadano de pleno derecho.

¿A quién beneficia más el posterior suicidio de Majid? Haneke juega al despiste: en el último plano de la película vemos al hijo del argelino hablando a la salida del colegio con el hijo del protagonista. No oímos lo que le dice a éste, pero no parece haber entre ellos ninguna disputa. Podríamos entonces hablar sobre el conflicto entre padres e hijos, cómo para cada generación es difícil aceptar los errores cometidos por sus progenitores y cómo en algunos casos rehuimos su presencia, corriendo lejos de ellos —como el propio hijo del protagonista, que durante una parte del metraje huye de su casa sin dar noticias durante casi un día y sin dar explicaciones por ello—. Pero sin duda quien más gana al final es el propio protagonista, pues los errores de su pasado se borran, quedando él impune —incluso siendo observado como víctima por parte del resto de la sociedad—, despejándose su futuro de aquellos obstáculos de su pasado: el camino hacia el triunfo —personal y profesional— queda así allanado.


Esta película nos habla de un tipo de crueldad que late en las alcantarillas de nuestra sociedad, de la cual tenemos una percepción ciertamente sobrevalorada: brillante, opulenta y, sobre todo, tolerante. Siempre me he preguntado por qué se reivindica un término como la tolerancia, cuando tolerar es aceptar con desdén: te permito que estés ahí, pero sin que me molestes. Siempre he encontrado mayor sentido a integrar, que tiene la cualidad objetiva y positiva para sumar. De hecho, a veces creo que esa teoría por la cual desfogamos con los videojuegos nuestra violencia, nuestra crueldad y nuestras frustraciones tiene algo de cierto. Pero, claro está, para muchos es más divertido la realidad que la virtualidad. Sólo así se explicaría por qué algunos eligen a los inmigrantes para ser crueles. Efectivamente, Auschwitz sigue vivo.


(artículo aparecido en el nº. 178 de Versión Original —enero de 2010— dedicado a "La crueldad") 


[1] «Como dice Imre Kertész, Auschwitz no es la historia del triunfo del espíritu humano sobre la barbarie, sino un tajo profundo y oxidado sobre una civilización que tras esa apocalíptica danza de la muerte que supuso el Holocausto (la Shoah en términos hebreos), agoniza en sus supuestos triunfos de progreso, disimulada bajo el desarrollo tecnológico y científico, pero con una falta de espiritualidad y sentido de la piedad humana, que llega a ser vergonzosa» (CAGIGA, Nacho: “Auschwitz, la herida que no cicatriza”, perteneciente al dossier coordinado por Israel Paredes “Europa XXI”, Miradas de Cine —www.miradas.net—, nº. 62 —mayo de 2007—).

[2] SPIEGELMAN, Art, Maus, Círculo de Lectores, Barcelona, 2007, p. 159.

[3] «Un SS, al describir con una precisión infernal un estilo de vida y (ausencia) de pensamiento, respondió a la pregunta de Primo Levi con esta frase que se ha hecho célebre: ´Hier ist kein Warum´ (Aquí no existen porqués). Al día siguiente de esta noche profunda, Adorno se preguntaba si tras la caída (vergüenza más bien) de los porqués, sólo la culpabilidad era posible. ´Recordar es un deber moral´. Sin ninguna duda. El problema, en cambio, hoy como ayer, continúa siendo: ¿cómo?» (Sánchez-Biosca, V.: "Hier ist kein Warum. A propósito de la memoria y de la imagen de los campos de la muerte", en La memoria de los campos. El cine y los campos de concentración nazis (coord.: Arturo Lozano), Banda Aparte Imágenes 4, Valencia, 1999; citado en el artículo de Nacho Cagiga).

[4] Término acuñado en el año 2000 por el periodista David Brooks en su libro Bobos in Paradise: The New Upper Class And How They Got There, y que en Francia Pierre Merle acabó de definir al referirse peyorativamente a esa clase social económicamente emergente —heredera de los yuppies de los ochenta y principios de los noventa—, que simpatizan con lo políticamente correcto dentro de la tendencia política de la izquierda ecologista, feminista y nostálgica de mayo del 68.

sábado, 18 de mayo de 2013

AGUAS SUCIAS, NEGOCIOS CORRUPTOS


1. Hace unos quince años, Manuel Vázquez Montalbán escribía en el diario El País que en el futuro las guerras serían por el control del agua. Pues bien, década y media después estamos viviendo un fraticida enfrentamiento entre comunidades autónomas de distinto signo político, donde se mezclan a partes iguales intereses generales y particulares a través de la defensa del patrimonio económico, cultural y ecológico y esas señas de identidad nacionalistas y/o regionalistas que actualmente definen ese extraño modelo político de la “monarquía federal”. Muchos nos preguntamos, ¿qué habrá detrás de todo esto?

2. En el año 2005 salió a la luz un documental que mostraba las miserias morales y materiales que tienen que soportar los habitantes de esa decadente superpotencia que son los Estados Unidos de América. La cinta en cuestión se titulaba Enron: los tipos que estafaron a América (Enron: the smartest guys in the room, Alex Gibney), y en ella se mostraba la impunidad con la que los poderes económicos llegan a aliarse con los políticos (en concreto, la deleznable familia Bush) para poder pillar tajada de unos indefensos y pasivos contribuyentes a base de generar demanda a través del control de un producto de consumo básico como es el de la energía eléctrica. Las conclusiones finales de la cinta son capaces de ponernos a todos los pelos de punta, interrogándonos de hasta qué punto los ciudadanos hemos perdido el control sobre nuestras vidas al delegar el poder en manos de unos tipos a los que interesamos una mierda, siendo todos nosotros las víctimas de una flagrante especulación sobre unos recursos que máxima necesidad, los cuales nos llegan en un pésimo estado mientras se nos intenta convencer de que el abuso es un chollo con el que ellos (no sé exactamente hacia quién o dónde apuntar el dedo) llegan incluso a perder dinero.

3. En el pasado mes de mayo de este mismo año se nos anunciaba a los españoles un incremento que podría ser de hasta el 20% en la tarifa eléctrica porque prácticamente se nos estaba regalando la electricidad, mientras teníamos aún reciente en la memoria el dato de que Manuel Pizarro se había embolsado cerca de 20 millones de euros por su gestión en la OPA de Endesa, siendo recompensado por su trabajo sucio en contra del tan cuestionado gobierno de Zapatero con su inclusión en las listas electorales del PP (un fichaje estrella que, por otra parte, pronto se convirtió en agua de borrajas: su careto, ciertamente, provoca más inquietud que sosiego). Si a esto añadimos los numerosos problemas generados meses atrás en Barcelona debido a la precariedad de su sistema eléctrico y los frecuentes cortes de energía por saturación que todos los años tienen que padecer los habitantes de las regiones más cálidas de la España meridional durante los meses de julio y agosto (algo que, sospechosamente, parece dar argumentos a los que anuncian este tipo de subidas en las tarifas),  ¿quiénes son “los tipos que estafan a España”? Parece que en todas partes cuecen habas.

*     *     *

En 1974 Roman Polanski abordó de manera implacable el tema de la corrupción en su magistral Chinatown (id.). A través de la mirada de un detective privado (personaje que representa la quintaesencia del relato negro, pues es quien nos sirve de guía para decodificar un ambiente que nos es ajeno, pero del cual él posee los códigos para su interpretación) asistimos a un panorama dominado por la lucha sobre el control de un elemento tan primordial para la vida como es el agua. La acción transcurre en la California de los años 30, un paisaje dominado por el crecimiento urbanístico de unas grandes ciudades que succionan los recursos naturales a los grandes latifundios de frutales y los pastores, los cuales tratan de sobrevivir en medio del árido ecosistema que los circunda. Ante tales condiciones, ¿puede contenerse el desmedido apetito de los ambiciosos?


El investigador encarnado por Jack Nicholson es, desde la primera secuencia, una víctima más de un complot urdido desde los poderes ocultos en las sombras, estando curiosamente la acción ubicada en una de las regiones más soleadas de los Estados Unidos. Encontramos en este aspecto, por lo tanto, aquella pauta que marcará todo el metraje: detrás del brillo, del esplendor y de la abundancia (incluso se podría decir que de la opulencia) se esconden una serie de prácticas fraudulentas, mafiosas y corruptas, lo cual nos pone tras el pensamiento establecido a principios de siglo por Walter Benjamín, para el cual “los pilares de toda civilización se asientan sobre los cimientos de la barbarie”. O, como en este caso diría mi abuelo Hilario de forma más prosaica, “nadie se hace rico siendo honrado”, pues parece ser que en las bases del capitalismo está la máxima según la cual el beneficio de la comunidad está condicionado de manera irrevocable al enriquecimiento desmesurado de sus promotores. Así pues, en un sistema en el que decisiones de todo tipo se dejan en manos de la iniciativa privada, ¿alguien con los suficientes recursos económicos se molestaría en realizar la titánica tarea de abastecer de agua a una basta región en la que conviven personas de intereses enfrentados, como son los habitantes de la ciudad y los sacrificados agricultores? ¿Es, como muchas veces se nos quiere vender, el prestigio social el máximo de los acicates para acometer obras de este tipo?

El periplo que inicia el investigador se va jalonando paulatinamente de sospechas y elementos extraños (ya que, como hemos dicho, nada es lo que parece, todos parecen fingir y, por lo tanto, nadie dice la verdad). Así, una mujer visita las oficinas del detective Jake Gittes para investigar las supuestas infidelidades de su marido, Holis Mulwray, el ingeniero jefe encargado de las aguas públicas del condado. Pero pronto se descubre que aquella mujer no era más que una falsificación, ya que la verdadera esposa se presenta ante el investigador para pedirle cuentas por el escándalo en el que ha sumergido a su marido. El orgullo personal de Gittes al haber sido engañado le llevan a bucear en las oscuras aguas que una mano aún más oscura parece querer que sean lo más turbias posibles para cegar del todo a aquel que quiera seguir su siniestro rastro. Los posteriores sucesos confirman la espiral de mentiras y prevaricaciones en las que está sumergida esa parte de la sociedad que parece haber recogido el testigo de los intereses públicos en nombre del bien de la comunidad: el suicidio del ingeniero no es tal, sino un asesinato; los agricultores no son la causa del mal, sino su víctima más débil; el venerable patriarca de la más influyente familia resulta ser un ambicioso “padrino” que manipula cargos y recursos a su antojo, reflejándose su corrupción social en la máxima expresión de la podredumbre moral: el incesto.


A través de los distintos diálogos podemos imaginar la vida pasada del detective: Jake Gittes creía haber dejado atrás sus tiempos de agente de policía destinado a Chinatown, allí donde la corrupción se explicita a la vista, a plena luz del día como desafío a la autoridad de un poder que allí parece no tener sentido. Aquel hombre de la ley salió de ese infierno, espantado por las dimensiones de un monstruo que salpicaba con su hedor al mismísimo cuerpo al que él pertenecía. El desencanto por una institución a la que él supuestamente debía considerar ejemplo de la rectitud y del honor parecía haberse desvanecido, y puede que fuera por esa causa que decidiera un buen día establecerse por su cuenta, ser su propio jefe, no tener que rendir cuentas a nadie más que él, ser él mismo su juez y, si fuese necesario, su verdugo. Al apartarse del estercolero, de esa fuente del mal, e irse a esa ciudad resplandeciente y limpia creía haberse desvinculado por completo de su pasado. Sin embargo, Chinatown surge en los compases finales del filme como un “retorno al pasado”, como aquello que una y otra vez vuelve como una pesadilla para espantarnos al recordarnos lo que hemos sido, lo que somos y lo que nunca podremos dejar de ser: personas sin control sobre nuestras vidas, víctimas de un aleatorio oleaje producido por una mano negra en unas aguas sucias. Nada de lo que suceda tiene importancia en unas calles en las que la ley y la justicia brillan por su ausencia, y a nadie importa si en medio de un tiroteo una mujer muere intentando salvar a su hija del monstruo que conoció en su propia cama. Todo acaba en la mirada perdida y derrotada al final de un callejón sin salida. Víctimas. Sólo víctimas.

*     *     *

4 (y final). A pesar de que la película es de hace tres décadas y de que su argumento se establece en los años 30, parece que no hubiera grandes diferencias entre nuestro momento y aquéllos, pues los intereses particulares de unos pocos y los generales de la mayoría parecen ser los mismos ahora que antes: es decir, siempre antagónicos. Pues incluso cuando un político favorece con sus opiniones y argumentos a una determinada zona geográfica, siempre planea sobre nuestras conciencias si realmente no estará asegurándose la lealtad de su granero de votos. España se parece a la soleada California más de lo que pueda parecer: los regantes claman por una ración de agua que por derecho les pertenece, pero ellos no son el negocio. Un ambicioso proyecto formado por decenas de nuevos campos de golf y de macrourbanizaciones (con sus cientos de jardines, piscinas… y más campos de golf) hace tiempo que se instaló en el horizonte de nuestras comunidades levantinas. Si bien es lícito conformar como propias aquellas perspectivas de crecimiento que más convengan a cada cual, ¿es ético hacerlo por encima de los propios recursos disponibles? Valencianos y murcianos parecen estar viviendo en las entrañas de un monstruo que no se sacia de pedir más y más agua. Extiende todo un arsenal de tentáculos olisqueando cualquier indicio de humedad, depositando en aquellos lugares sus esperanzas, sus mejores expectativas de progreso (económico, por supuesto; “¿Es que hay otro?”, por allí se preguntan algunos). Y, mientras tanto, el monstruo busca culpables a su sed, apuntando sus ojos hacia fuera, sin darse cuenta de que el problema está dentro de sí. ¿Cuándo se dará cuenta el ser humano de que “el todo vale” a la larga “sale caro”? Incluso “El Innombrable” pareció darse cuenta de ello y un buen día le tomó desmesurada afición a inaugurar pantanos. “Contra Franco se vivía mejor”, que decía el profesor Aranguren. “Otro vendrá que bueno te hará”, que dice mi madre. Puede que el problema principal sea que cada político tiene su “chinatown” particular al cual no quiere regresar. Y, en medio, nosotros. Víctimas. Sólo víctimas.

A mis murcianos favoritos
Ramón Monedero y José Antonio Planes:
para que el agua sea tan abundante
como vuestro espíritu crítico

(artículo aparecido en el nº. 161 de Versión Original —junio de 2008— dedicado a "Corrupción")

MEMENTO (O LA FINA LÍNEA QUE SEPARA EL BIEN DEL MAL)


“Una venganza pequeña es más humana que ninguna venganza”. De esta manera evidenciaba Nietzsche en Así habló Zarathustra la imposibilidad de huir de una pasión que en parte configura y define nuestra condición de seres humanos. Parece ser (o de tal manera me gusta pensar) que el nacimiento de nuestra especie estaría más vinculado a la asimilación de seres sensibles antes que a la de seres pensantes. De hecho, el resto de las especies animales con las que compartimos el ecosistema piensan de alguna manera, estando esta condición más o menos supeditada a los instintos. Sin embargo, no hay otra especie en todo el reino animal más allá de la humana que tenga el don de controlar su comportamiento en relación a sus sentimientos, otorgando a sus propios hechos una trascendencia y un significado y, una vez consumado el acto, justificando su conducta a través de un código determinado. El “Cogito ergo sum” cartesiano se transforma así en una constatación, no de la circunstancia pensante del ser humano, sino en la prueba de que el acto de pensar pasa inexorablemente por la voluntad de hacerlo, otorgando en última instancia la facultad del raciocinio a la capacidad de decisión que imprime el sentimiento, siendo nosotros a un mismo tiempo sus beneficiarios y sus víctimas.

Crecemos en la vida siendo enseñados a pensar que podemos controlar todo aquello que nos propongamos, que nuestra inteligencia puede dominar nuestra parte sensible a través de la voluntad, que las pasiones deben ser reprimidas en beneficio de nuestra cultura/civilización/religión/nación. Al desarrollarnos adquirimos autonomía y pensamiento crítico, y es entonces cuando nos damos cuenta de que sólo se intenta reprimir aquello que forma parte consustancial de nuestra naturaleza y que, por ello, resulta una auténtica amenaza.


No es nuestra tarea supeditar la capacidad intelectual que todos poseemos al hermoso poder de los sentimientos, pues nuestro discurso correría entonces desagradablemente paralelo al que realizaran los nazis en la primera mitad del siglo pasado. Pero sí podemos poner en tela de juicio la capacidad de absorción que ha llevado a cabo ese intento de racionalizar cualquier experiencia vital, que ha monopolizado el análisis en torno al empirismo, el utilitarismo y lo clasificatorio (quizás una mirada exacerbada, radical y mal entendida del materialismo) para dejar de lado otras formas de acercamiento más empáticas e intuitivas, aquellas que configuran en mayor medida nuestra verdadera dimensión humana.

Por eso, y teniendo en cuenta que el muy humano sentimiento de la venganza es curiosa e irónicamente deplorable desde el punto de vista humanístico, podemos tomar dos ejemplos que nos marquen el camino de lo que anteriormente hemos expuesto. En primer lugar podríamos iniciar nuestro discurso tomando el caso sucedido al personaje de Harmónica (Charles Bronson [1]) en la monumental obra de arte titulada Hasta que llegó su hora (C´era una volta il West, Sergio Leone, 1969). En ella, el empeño de un hombre por encontrar descanso a su dolor y su conciencia pasa por acosar desde la distancia a Frank (Henry Fonda [2]), el líder de una banda de malhechores que imponen la ley del más fuerte en un atemorizado pueblo en construcción de Arizona, por donde ha de pasar el ferrocarril que llegará hasta las costas del Pacífico. En este punto hay que destacar que es el western, sin ninguna duda, el género cinematográfico por excelencia en el que la venganza se ha instalado con más naturalidad. El paisaje fronterizo [3] y las consiguientes situaciones límite en las que se instalan sus personajes son el caldo de cultivo ideal para que en sus argumentos aparezcan todo tipo de conflictos, desagravios e insatisfacciones que han de ser resueltas a través compensaciones en forma de represalias, forjándose toda una mítica en torno a epopeyas en las que la virilidad y la violencia se instalan como método de supervivencia [4].


A parte de las múltiples lecturas que esta magna obra nos puede ofrecer (fundamentalmente políticas y económicas, las más interesantes), el desarrollo de la acción pasa inexcusablemente por el deseo de venganza del protagonista, ya que cada paso de su acción repercute en todos y cada uno de los demás personajes, orquestando un juego en el que las reglas las va imponiendo a cuentagotas, despistando con ello a todos sobre sus propósitos finales. Sin embargo, más allá del desarrollo argumental encauzado a través del puro sentimiento de la venganza, hemos de destacar cómo un elemento de la puesta en escena como es el de la harmónica se configura como el objeto que, no sólo da nombre y personalidad a un personaje misterioso que carece de ambas, sino que en su propia presencia parece albergar la memoria de un espacio y un tiempo que se deben perpetuar incansablemente para dar sentido al sacrificio, no sólo de su portador si llegase el caso, sino de las vidas de todos aquellos que, aunque sean víctimas inocentes, se interpongan en el infalible recorrido hasta su objetivo.

Tres décadas después, el mundo no es el mismo (aunque a veces se le parece: nuevamente aparece Nietzsche, ahora con su teoría sobre el eterno retorno). En los albores del siglo XXI, Christopher Nolan realizó una de las películas más desconcertantes y turbadoras de los últimos años (con la venia de David Lynch): Memento (id., 2000) [5], también con el tema de fondo de la venganza. En este caso encontramos a Leonard (Guy Pierce), un hombre que únicamente vive con el propósito de vengar el asesinato de su mujer. Sin embargo, aunque pudiera parecer que un argumento como éste estaría de lo más manido y sobado en el panorama cinematográfico, se introduce una característica tan especial que hace que esta historia sea un auténtico paradigma: el protagonista sufre una pérdida de memoria denominada amnesia anterógrada, donde los recuerdos no van más allá de durar algunos minutos (debido a este problema recurre a una serie de métodos para que su objetivo de la venganza llegue alguna vez a cumplirse: notas, tatuajes, fotografías…) y que es aprovechado por el realizador para contar la historia en sentido inverso al convencional, es decir, de delante hacia atrás, mostrándonos primero las consecuencias para llegar a las causas que las originaron.


Estas escuetas notas sobre el argumento nos bastan para comenzar a desarrollar una serie de preguntas que establezcan, por contraposición al anterior ejemplo de Hasta que llegó su hora, un discurso sobre la evolución del cine como reflejo de la evolución de la conciencia social del ser humano en estos últimos cuarenta años. Quizás lo primero y más evidente que hemos de destacar es el hecho de que el protagonista de Memento carezca de una cualidad como la de recordar a largo plazo y que esta condición es la que nos permite darnos respuestas a preguntas fundamentales como las de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, etc., es decir, saber nuestra propia esencia, nuestra personalidad, aquello que nos hace seres únicos, inconfundibles y diferentes al resto de nuestros congéneres. La memoria es, pues, aquello sobre lo que asentamos nuestra conducta, pues somos un cúmulo de experiencias, de códigos adquiridos y de sensaciones que a un mismo tiempo relativizan nuestras acciones y establecen un marco de comportamiento coherente con nuestras necesidades, con aquello que deseamos ser en la vida. Podríamos incluso establecer una fría fórmula matemática para lo dicho anteriormente: memoria= recuerdos+ tiempo. Pero, ¿realmente nos podemos fiar de nuestros recuerdos, de nuestra percepción personal e intransferible de aquello que acontece a nuestro alrededor sin dudar ni por un momento de su fiabilidad?

Como ya hemos destacado, Leonard se apoya en una serie de elementos para dar soporte a su volátil memoria. Como vamos descubriendo con el discurrir del relato, esta serie de referencias de caótica disposición se contradicen entre ellas. ¿Qué patrón sigue entonces el protagonista para discernir la realidad, lo verdadero de lo falso? Pues seguramente lo que cualquiera de nosotros hace en su vida normal: la capacidad que tienen ciertos datos de anular otros por el mero hecho de ser más recientes en el tiempo (lo actual tiende a solapar lo remoto) y su intuición, sus corazonadas, lo que dictan sus sentimientos. La falta de memoria impide el remordimiento, configurando a quien lo padece la dimensión de perfecta máquina de matar, de herramienta asesina al servicio de escabrosos motivos. Todo ello, con el avance de la cinta, va emergiendo como un tremendo error, y es cada vez más notable y palpable la distancia que separa los mundos en los que se gestaron esta película y aquel precedente realizado por Leone ya que, mientras en aquél era el objeto de la harmónica el que aguantaba la carga de albergar y activar la memoria (con todo el poder emocional que contiene en sí la música, precisamente por su carácter efímero), en Memento son las fotografías (al lado de los susodichos tatuajes) los que parecen dar soporte al sentido de una vida (pues su carácter es indudablemente más perenne) [6].


Es curioso cómo entre ambos ejemplos parecen ser las instantáneas tomadas con la polaroyd las que evidencian un mayor contacto con la realidad y, sin embargo, los hermanos Nolan nos abren los ojos y nos hacen mirar con desengaño hacia ese mal endémico que parece haberse instalado en nuestra sociedad como una nueva religión: el culto hacia lo fotográfico como representación de una inalterable verdad. Hoy en día tendemos de forma natural a asumir como verídico todas aquellas imágenes que nuestros ojos reciben en distintos formatos (fotografía, cine, televisión, Internet…), cuando es precisamente el poder de convicción y su cercanía con los modelos reales lo que hacen de lo audiovisual un auténtico peligro que nos puede hacer caer, como al propio Leonard, en el error de creer como cierto aquello que no es más que pura manipulación, ya que en muchas ocasiones se carece de la voluntad de contrastar el origen y el significado de aquello que se recibe. Como este personaje, todos nosotros desarticulamos en nuestra vida cotidiana el defensivo sentido de la prudencia, no por dejadez o malicia, sino impelidos a ello por la vorágine de tal cantidad de imágenes recibidas que arrasan nuestra capacidad de absorción, estando por ello a merced de mensajes que no siempre son tan verídicos como pretenden aparentar.

Nuestros recuerdos son un cúmulo de notas y fotografías mentales que desordenamos y confundimos, mezclándolas aleatoriamente para configurar una visión del mundo que nos satisfaga y nos convenga. La memoria es volátil y, como el protagonista de Memento, tendemos a practicar aquello que se ha definido como “la memoria de pez de acuario”, que no nos permite recordar más allá de los tenues cristales de nuestra pecera global. Dentro de este panorama no hay duda de que, a pesar de ser un sentimiento humano, quizás demasiado humano, la venganza no es más que un juego cuyas reglas no siempre están claras sobre quién y para qué propósito han sido dictadas.

(artículo aparecido en el nº. 158 de Versión Original —marzo 2008— dedicado a "Venganza")


[1] ¿Pesaría tanto este papel en el actor como para configurarle en el futuro como el modelo del vengador facha/reaganiano por excelencia?

[2] Golpe de efecto magistral haber contado para el soporte del malo de la película con el actor que el público americano (y mundial, en general) contemplaba como la imagen del bueno por excelencia, el indefectible “falso culpable”, el mismísimo rostro del presidente Lincoln.

[3] Auténticamente marciano en el caso que nos ocupa, configurándose un panorama vital y visual inusualmente bizarro, extraño, alejado de la dimensión espacio-temporal en la que vivimos, por lo que si no fuera por los referentes culturales que nos hacen instalar la acción en el lejano y salvaje oeste podríamos estar hablando de una de las mejores adaptaciones de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury.

[4] Lo cual, por otra parte, ha permitido que esa elite política, económica, social, religiosa, cultural y racial que son los wasp (white anglo-saxon and protestant) haya conseguido en múltiples ocasiones y hasta la actualidad llevar a sus cowboys hasta la mismísima Casa “Blanca”. Sin embargo, al igual que en el propio western nos podemos encontrar con curiosos ejemplos de visión progresista que no cumplen con esa regla no escrita introducida en el texto (desde filmes abiertamente pro-nativos o filoindios como El gran combateCheyenne Autumn, John Ford, 1964-, antirracistas como El sargento negro -Sergeant Rutledge, John Ford, 1960- o de perspectivas femeninas como Johnny Guitaríd., Nicholas Ray, 1954-), en estos días los demócratas norteamericanos tienen la opción de escoger como su candidato a la presidencia de los EE.UU. entre un afroamericano y una mujer, una situación tan inaudita como esperanzadora.

[5] Basado en un relato llamado Memento Mori (en latín, "recuerda que eres mortal"), escrito por su hermano Jonathan.

[6] En este punto, y aprovechando la reciente salida al mercado del DVD de su Final Cut, hemos de destacar a modo de homenaje y reconocimiento una película como Blade Runner, ya que son demasiadas las referencias de este artículo que nos remiten a su argumento: la venganza como telón de fondo, lo efímero de la vida, la memoria perpetuada y sostenida por los recuerdos fotográficos, la calidad de “ser sensible” sobre la de “ser pensante” (aparece citada la máxima cartesiana del “Cogito ergo sum” en ese mismo sentido) e, incluso, el nombre de Bradbury (el complejo de apartamentos donde se refugian los replicantes).