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jueves, 16 de mayo de 2013

MIRADAS DEL FUTURO


Philip K. Dick pasa por ser uno de los escritores que, circunscribiéndose su “universo” literario a la ciencia ficción, ha cosechado unas adaptaciones cinematográficas que, más que por la cantidad por su calidad, han sido reconocidas como cumbres del género. Una de las últimas es la que nos depara Minority Report (2002), llegada de la mano de Steven Spielberg.

Antes incluso de los títulos de crédito de la película, durante los clips de presentación de la productora y la distribuidora (20th. Century Fox y Dreamworks), ya se nos empieza a introducir una idea: el agua como elemento omnipresente durante toda la cinta mediante el efecto óptico producido sobre estos logotipos. El agua es un elemento que hace comportarse a la luz de una forma curiosa, ya que deja que ésta la penetre, pero a su vez la deforma, jugando caprichosamente con ella. Pero también el agua puede congelarse (conservando en su interior, preservando, paralizando el tiempo) y puede evaporarse (convirtiéndose en vapor de agua, formando nubes y niebla, ocultando en su interior todo aquello que penetre en él). Es un elemento muy vinculado a la vida y a la muerte (ver esta misma relación en el estudio sobre Psicosis del número de noviembre). Por lo tanto, toda la película se articulará entre el triángulo formado por la mirada, la luz y el agua, formando un discurso en el que se plantea la incertidumbre de la verosimilitud de lo que se ve, de su carácter real.


El ser humano es un ente viviente que se desarrolla en un mundo eminentemente visual. Mientras otras especies animales tienen otros sentidos más desarrollados (según sus necesidades), el hombre necesita de sus ojos para poder observar el entorno que le rodea (como espacio físico ilimitado, y no sólo tangible, como lo puede aprehender una persona invidente). La luz nos permite ver las cosas, nos las hace tangibles y reales, otorga a los cuerpos sólidos volumen y color. Será por eso mismo que en la noche, al haber carencia de la luz que se nos hace tan necesaria, todo nos parece tan misterioso. En Minority Report hay un juego más que interesante entre la luz y la sombra, en un argumento ya de por sí plagado de luces y sombras (las que proporciona la visión y el análisis de una sociedad como la retratada, llena de sospechosos y, a priori, culpables). La luz se convierte en un elemento relacionado, como no podría ser de otra manera, con la verdad, ya que remite indefectiblemente a lo visual y a lo real, pero de una forma relativa, ya que aquello que no vemos (que está en penumbra, en la oscuridad), no tiene por ello que dejar de existir. Con esto queremos decir que en cualquier sociedad lo que se ve, lo “aparente”, es lo que prima en un juicio social, es un apriorismo, ya que confiamos tanto en nuestra mirada, en las señales que nuestros ojos envían al cerebro, que las imágenes nos parecen obviedades fuera de toda duda.

Así, John Anderton (Tom Cruise) trabaja con imágenes en un mundo tremendamente luminoso (lejos de oscuras visiones del futuro de otras producciones) pero, como todo policía, sabe moverse también por los bajos fondos, por los oscuros callejones, baja de vez en cuando a los infiernos para reencontrarse una y otra vez, no con sí mismo, sino precisamente con la negación de su yo, ya que su actual vida está incompleta, vacía y rota por el hecho dramático y traumático de haber perdido a su familia (a su hijo físicamente y a su mujer afectivamente). Para ello consume las drogas de diseño (que le vende un traficante sin ojos: ya que no ve, no participa de la sociedad; mientras, Anderton aparece con medio rostro en penumbra: conoce ambas visiones de la sociedad, es un agente de la ley que cae en la ilegalidad) mientras se tortura una y otra vez con la evocación de un pasado arcádico con su familia en los recuerdos físicos de las grabaciones en vídeo que proyecta holográficamente, dando un verismo total a la ficción , a la virtualidad. Sin embargo, cuanto mayor es la sensación de verismo, mayor es el retorno a la realidad: ese “end of file” parpadeando en rojo le arroja a una verdad indefectiblemente dura, haciendo presente la pantomima y el autoengaño.


Estas primeras secuencias de la película se convierten por sí mismas en una declaración de principios del filme y en uno de los mejores y mas valientes arranques de una película del llamado “cine comercial” de las últimos tiempos. A partir de aquí, estos elementos que hemos destacado pasarán a formar un discurso preciso. El juego de luces y sombras se convierte, como ya hemos apuntado, en un baile entre la verdad y la mentira, con términos ambiguos y nunca taxativos, donde la relatividad perdura por encima de doctrinas maniqueas. Así, por ejemplo, y centrándonos en el turbador personaje de Lamar Burguess (Max von Sydow), vemos cómo el jefe de Anderton trata durante todo el filme de ocultarse de la luz, de protegerse de la verdad que amenaza a Precrimen y a sí mismo (ver la conversación con el ya proscrito Anderton, en la que la luz entra a borbotones por la ventana, pero él se cuida de permanecer en la penumbra). Sin embargo, al final vemos su cuerpo inerte bañado por la luz del interior del edificio (proveniente de su fiesta homenaje, de esa hipocresía de alabar a alguien capaz de engañar y asesinar), enmarcado por la oscuridad desde la que Anderton y el resto de los policías de Precrimen le observan.

El otro elemento destacado, el del agua, está casi tan omnipresente en la cinta como el de la luz. Desde el fluido en el que descansan los pre-cog (esa “leche de fotones” o, según nuestra teoría, ese “líquido de la verdad”) hasta la imagen final de la película, en la que los tres pre-cog viven retirados en una isla rodeados (aislados) por una enorme cantidad de agua, el líquido elemento emerge en la práctica totalidad de las secuencias, siendo un referente a la hora de interpretar la realidad, lo que sucede. Pero su aparición tiene dos momentos de gran trascendencia. En el primero, Anderton es acosado por unos “robots-araña” en el apartamento donde se ha operado los ojos para no ser localizado mediante el escaneo ocular; para ocultarse de ellos y de los scanner de la policía (que detectan cualquier fuente de calor) opta por sumergirse en una bañera con hielos. El agua, por tanto, pasa a ser un elemento que deforma la realidad, haciendo desaparecer de la “vista” (una mirada electrónica, virtual) como por arte de magia. El segundo momento que destacaremos es aquel en el que Anderton y la pre-cog Agatha (Samantha Morton) intentan escapar del centro comercial en el que están rodeados por la policía de Precrimen. Salen a la calle y está lloviendo: John abre el paraguas que cogió por recomendación de Agatha y bajo su protección, “desaparecen” de la vista de los policías, amparados en el camuflaje del anonimato de la multitud.

Es, por lo tanto, la mirada aquella acción que interrelaciona los dos elementos antes expuestos, ya que los casa en un sentido discursivo para otorgarles una única dimensión conceptual. Pero la mirada, como también hemos apuntado, puede engañarnos, ya que posee un valor circunstancial y completamente relativo. En el primer caso en el que Anderton trabaja, un marido tiene sospechas sobre la fidelidad de su mujer: la ve especialmente arreglada para ser temprano, ve a un hombre que espera en la otra acera, etc. En la mesa del desayuno, la madre ayuda a su hijo con la obra del colegio: unas tijeras agujerean los ojos de una foto de Lincoln (alusión a la mirada herida, como en Un perro andaluz de Buñuel). Piensa que sus sentidos (su mirada) le puede engañar, idea instigada por su esposa (“sabes que sin tus gafas no ves bien”, es decir, tus sospechas no tienen fundamento, tus sentidos te engañan). Por eso, a través de sucesivas miradas, va recopilando imágenes cada vez más evidentes: escondido detrás de un árbol ve cómo el hombre misterioso entra en su casa, ve juguetear a los amantes detrás de una puerta con un espejo (la mirada reflejada, evidente pero deformada, aún no concluyente)… hasta que, poniéndose sus gafas, da carácter de constancia lo que hasta entonces era solamente desconfianza (“ya sabes que sin mis gafas no veo”, le replica a su esposa, sujetando con la misma mano las tijeras que agujerearon los ojos de Lincoln). Es el mismo camino que tendrá que recorrer Anderton para dirimir sus dudas y temores, enfrentándose a sus fantasmas en un periplo en el que se encontrará diferentes formas de apreciar la realidad: la virtualidad de lo que se ve pero no existe (la inutilidad de recordar una y otra vez sus videos familiares encuentra eco en el local de proyecciones holográficas, donde una sociedad frustrada accede a colmar efímeramente sus deseos) o lo que no se ve pero existe (las citadas escenas de Anderton ocultándose en la bañera de hielos, escapando bajo el manto de paraguas, cuando desaparecen de vista tras los globos del centro comercial, etc.).


Estas alusiones a la mirada desatan una serie de referencias cinéfilas dentro de la propia película, la primera de las cuales sería la que se hace a Blade Runner (dirigida en 1982 por Ridley Scott, película basada como ésta en una novela de Philip K. Dick): la mirada como testigo de experiencias y recuerdos y de cómo éstos son o no reales, cómo se duda de su verosimilitud por permanecer o no en la memoria (otra película basada en un relato del mismo autor abordaba también este mismo tema: Desafío total, dirigida por Paul Verhoven en 1990). También hay nexos comunes con un paradigma de la ciencia ficción actual: The Matrix (Andy y Larry Wachowsky, 1999), ya que en ambas hay una crítica a los sentidos como garantes para poder apreciar lo real o lo falso, todo ello adornado con ciertos tintes místicos. También aparece reflejada La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), no sólo por la secuencia en la que se le coloca a Anderton un aparato en los ojos similar al que se le aplicaba a Álex, sino porque hay una crítica al sistema policial y carcelario, donde la sociedad es incapaz de reinsertar satisfactoriamente a un delincuente. Además, el protagonista de Minority Report podría pasar perfectamente por un “héroe kubrickiano”, ya que reúne la principal característica de los personajes del citado autor: la supervivencia, la adaptación a un medio que, paulatinamente, se vuelve tan agresivo que hace a su protagonista enfrentarse cara a cara con la muerte (no olvidemos que Tom Cruise ya sufrió en carne propia este “tormento” en Eyes Wide Shut).

Pero las similitudes más palpables son las referidas a otra película estrenada ese mismo año: El ataque de los clones, de George Lucas. Ambos son relatos policiales. El tándem Obi-Wan/ Anakin está basado en el esquema clásico del cine negro de serie B de los dos policías que parten del mismo caso y tienen misiones paralelas (uno la línea de investigación y otro la seguridad de la heroína, de la que se acaba enamorando), para llegar ambas a converger en su enfrentamiento al poder perverso. En ambas películas hay una serie de secuencias paralelas que, por su construcción y por su sentido, nos llevan a pensar en que Minority report es a la vez deudora y complemento de esta citada predecesora. Podríamos mencionar la persecución de Anderton por la fábrica de coches como un calco de la que Padmé y Anakin sufren en la fábrica de droides en Geonosis (aquí Spielberg sustituye a los deformes geonosianos por encorbatados agentes del gobierno (!)). Pero más allá de estas similitudes meramente superficiales, encontramos una trama política muy interesante en ambas. En MR, Anderton tiene que descubrir qué es lo que le llevará a matar a un hombre que no conoce. Para aclarar algo la maraña en la que está metido, acude al alguacil de la prisión general, que le confirma que los datos sobre el caso que investiga han sido borrados, de la misma manera que Obi-Wan descubre que hay un planeta (Kamino, curiosamente cubierto en su totalidad por agua) que ha sido borrado de los archivos de la biblioteca galáctica (donde se “encierran” los datos). Esta desaparición del informe le lleva a consultar con la creadora de Precrimen, donde se establece un bonito juego con la consulta que Kenobi le hace a su maestro Yoda. Ambos personajes están dotados de un aura venerable, lleno de sabiduría, y ambos les conducen a pensar que sólo alguien realmente poderoso es capaz de manipular archivos para hacer que algo desaparezca (si desaparece de la vista, ya no existe). Hay frases de la anciana con la que habla Anderton que son dignas de reseñar: “hay veces que para llegar a la luz hay que arriesgarse en la oscuridad” (efectivamente, Anderton recurre a métodos indebidos para resolver el caso, como transplantarse unos ojos en una clínica ilegal) o “todas las criaturas de este mundo sólo se interesan en una cosa cuando las cosas se complican: sobrevivir” (y esto lo dice mientras está apretando hasta asfixiar a una de las plantas que ha creado y que cuida, en clara referencia a que quien le está ahogando es su mentor, maestro y protector, Lamar Burguess, y que para librarse de esa presión tendrá que atacarle).


Pero estos paralelismos argumentales (presentes en casi toda la cinta) no son más que la excusa para trazar un discurso político de rabiosa actualidad, tanto cuando se gestaron sus argumentos como en el momento presente. Si en El ataque de los clones se nos desarrolla una tesis política basada en cómo el poder establece un estado militar con la excusa de un peligro exterior, con lo que ese “periodo de seguridad” se amplía y termina convirtiéndose en un sistema totalitario, en Minority Report tal mensaje se hace más patente y explícito. Precrimen es una organización que se adelanta al delito, detiene al asesino antes de que cometa su crimen. Para ello utiliza una publicidad efectista: testimonios de personas que iban a ser atacadas, intercalándose entre ellos palabras como “vida”, “libertad”, “felicidad”, “fin del crimen”, terminando con un coro de voces que proclaman “¡funciona!”. ¿No nos resulta familiar? ¿No hemos oído las mismas consignas, las mismas apelaciones al miedo a ser atacados en la campaña presidencial de George W. Bush? ¿No es acaso un fiel reflejo de cómo convencer de la utilidad de la guerra preventiva, justificando la necesidad de la ley y el orden a toda costa como únicas herramientas capaces de garantizar la estabilidad? En el homenaje a Lamar Burguess hay una referencia a la Guerra Civil americana. No es gratuito: la guerra contra el crimen es una cuestión de americanos decentes contra otra America compuesta por delincuentes y asesinos. Precrimen se pone a prueba primero en Nueva York (la herida abierta del pueblo norteamericano ante los terroristas), pero esa connotación de “guerra” lo amplia inmediatamente a nivel estatal (para posteriormente dar el salto a escala mundial: Afganistán, Iraq… ¿Irán? ¿Siria? ¿Corea del Norte?). Esa política se ampara en la mayoría (“la tiranía de la mayoría”, como definió Antonio Gramsci a la democracia occidental) y, sin embargo, esta película nos enseña cómo en la minoría está la voz más cuerda, más fiel a la realidad y, por contra, la menos escuchada, la ignorada por no concordar con lo cotejado por la mayoría. Esa voz  le suplica a Anderton “Puedes elegir”, ya que su futuro no está escrito si no lo escribe uno mismo o, como en este caso, si uno no es obligado: se nos apela a lo más familiar y sensible para que actuemos, para que seamos verdugos o cómplices, justificando la venganza y el odio. Quizás ese final (que a priori puede parecer el típico happy end hollywoodiense) no sea más que una declaración de principios y un deseo de futuro: un nuevo amanecer, donde un pueblo secuestrado (mantenido artificialmente con drogas entre el sueño y la vigilia) se reencuentra con su pasado para ser cada vez más consciente de su momento presente. Una pena que este mensaje no haya calado lo suficiente en Estados Unidos, un país embobado en su histeria colectiva.

(artículo aparecido en el nº. 123 de Versión Original —enero de 2005— dedicado a "Policías")

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL CUERPO ES SUEÑO


Entre los numerosos análisis que se están haciendo en estas fechas a colación del IV centenario de la primera edición de El Quijote (a vueltas de nuevo con el inmortal cervantino) hay algunos que destacan las similitudes del hombre de aquella época con el de la actual: el mundo está en constante cambio, vivimos en un mundo donde las guerras parecen no tener fin, las fronteras nacionales son efímeras, los modelos políticos entran en crisis con facilidad, los conflictos religiosos están a la orden del día, etc. La crisis finisecular y el rápido desarrollo de la tecnología (sobre todo en lo que a lo virtual se refiere) han provocado que el habitante occidental adquiera una mentalidad proclive al pesimismo y a la duda permanente. Si en el s. XVII surgieron obras en las que se destacaba lo efímero de la vida (el carpe diem), la imposibilidad de poder controlar nuestra vida y nuestro futuro (la eterna contradicción entre destino y libre albedrío) o la negación de frontera entre sueño y realidad, como las desarrolladas por Calderón de la Barca (La vida es sueño) o René Descartes (Meditaciones, El Discurso del Método), a finales del siglo pasado surge Matrix (The Matrix, 1999), una obra cinematográfica que reúne este pensamiento y lo integra en una narración futurista imposible, pero con un trasfondo reconocible y universal, convirtiéndose en un discurso político paradigmático: una apología del yo consciente y combativo que lucha contra una opresión camuflada, virtual.


En el número 121 de esta misma publicación (noviembre de 2004, dedicado a Travestis), hacíamos referencia a una cita de Eugenio d’Ors: “Todo lo que no es copia, es plagio”. En Matrix hay narraciones ya conocidas y elementos míticos retomados de otros discursos. Todo ello se mezcla y se integra, formando un relato nuevo pero con reminiscencias de aquello que forma parte del patrimonio subconsciente colectivo. El más obvio y evidente (por la gran cantidad de referencias explícitas) es aquel que aborda el mito de Alicia, el personaje creado por Lewis Carroll. El filme comienza exactamente igual que el famoso cuento: nos adentramos por el agujero que forma el número cero en la pantalla de un ordenador, introduciéndonos por tanto de forma irreversible en un mundo virtual, en el que ese espíritu barroco teatral de confusión entre sueño y realidad impregna a partir de ahora todas y cada una de la imágenes (teñidas del tono verdoso de la pantalla del ordenador aquellas que retratan el supuesto “mundo real” en el que habita John Anderson -Keanu Reeves-). Desde el primer momento el relato adquiere pues connotaciones oníricas, ya que a este elemento antes mencionado hay que añadir que la interconexión de túneles (conexiones telefónicas que forman esa “red de redes” que es Internet) que mezclan lo real y lo fantástico nos llevan al final hasta Neo (nick o sobrenombre virtual de Anderson) que “duerme” delante de la pantalla de su ordenador (como Alicia descubría al final del cuento que antes de caer por el túnel ya estaba dormida). Aparece después el conejo blanco: irresistible reclamo sexual, en términos psicoanalíticos, que le despierta un interés ajeno al vacío onanismo del teclado de su ordenador, primera de las referencias a lo tangible de la sexualidad como elemento inherente de lo humano.


Los contactos que empieza a tener con la clandestinidad le empiezan a reportar problemas: unos agentes clónicos (impersonalidad de las herramientas de represión del poder, con la referencia añadida a la Gestapo) le atrapan e interrogan, haciendo gala del acopio de información que sobre él poseen (certeza de la existencia del “Gran Hermano”, simbolizado por la multiplicación de pantallas de TV por las que asistimos al interrogatorio). En un momento determinado, Anderson se ve privado de su boca: el cuerpo comienza a ser mutilado, cercenado, castrado, eliminando parte de su definición de humanidad (el habla como comunicación compleja consciente es única al ser humano) y ejerciendo así la censura como instrumento político a través de esa mordaza tangible, haciendo real la amenaza de la violación de los derechos fundamentales en un mundo controlado.

De los brillantes y asépticos centros financieros en los que Anderson trabaja y en los que se decide parte de la economía mundial pasamos a la otra cara de la realidad, aquellos edificios oscuros, viejos, mugrientos, de gran fisicidad, donde se oculta y actúa esa especie de “guerrilla” combativa y, cada vez, más misteriosa para un John Anderson deseoso de saber más. A partir de su encuentro con Morfeo (Lawrence Fishburne) es cuando el relato se vuelve plenamente cartesiano, cuando la duda que se plantea hace que desaparezca definitivamente John Anderson para que no nos vuelva a abandonar Neo, quien poco a poco comienza a comprender el gran engaño en el que ha estado viviendo, cómo sus sentidos le han estado mintiendo, deformándose la mirada hasta que la trampa parecía ser la única verdad. Por eso los personajes que vienen del mundo real llevan gafas de sol en Matrix, para que su mirada no se contamine, no se pierda en el vacío del absurdo, en esa “prisión de la muerte” donde la percepción está secuestrada por las sensaciones. Ese Neo que dice  “No me gusta creer que no soy yo el que realmente controla mi vida” (referencia a la famosa máxima de Descartes “Cogito ergo sum[1]) es quien tendrá que decidir sobre su futuro, sobre quién quiere ser: el de la pastilla azul (“el que tiene futuro” que diría el agente Smith –Hugo Weaving-) o el de la roja (“el del país de las maravillas” que diría Morfeo). Las dos imágenes parecen el reflejo en un espejo, simétricamente iguales. El reflejo en cada cristal de las gafas de Morfeo hacen que parezca el mismo, pero cada uno de ellos es radicalmente distinto al otro.

 
A partir de aquí, el cuerpo adquiere se verdadera importancia en el relato. Neo se enfrenta a un espejo que desfigura su rostro: su yo más identificable y personal, aquello que le hace ser único, entra en crisis. La película está plagada de superficies reflectantes deformantes: los grandes edificios donde John trabaja, el retrovisor de la moto de Trinity (Carrie-Anne Moss), las gafas de Morfeo… Ahora aparece ante nosotros Alicia a través del espejo: los espejos reflejan el mundo que vemos, pero proyectan ante nosotros un espacio virtual, que sólo es real en cuanto que se asume su inexistencia. Neo toca su superficie y su cuerpo empieza a ser fagocitado por esta nueva dimensión, transportándole al otro lado, el real (ya que, a diferencia de Alicia, Neo ha estado viviendo en el lado equivocado y tiene que hacer el trayecto inverso, hacia la realidad). El viaje de Neo es doloroso, ya que la percepción de lo existente será tan fuerte que su toma de conciencia sólo puede suponer un sufrimiento proporcional a la complacencia con la que ha estado viviendo en la mentira [2]. El encuentro con lo real (corpóreo) es chocante, una experiencia próxima a la muerte. Nace un nuevo hombre, libre de las ataduras de la tecnología que han impedido su desarrollo personal como un ser autónomo, como un individuo.

Neo tiene que empezar a convivir con su verdadero yo, físico y tangible. Morfeo le explica que el aspecto es una auto-imagen residual, una proyección mental del yo-digital, que los recuerdos no son más que implantes en el cerebro [3]. La percepción no deja de ser un efecto producido por las señales eléctricas que recibe nuestro cerebro a través de los sentidos, por lo que no es de fiar, ya que éstos pueden estar siendo engañados (una nueva referencia a Descartes: el mito del “genio maligno”). La realidad aparece ahora desnuda, es el “desierto de lo real”, en contraposición al oasis de la abundancia de lo no real, mero espejismo (se relacionan los términos “desierto” y “espejismo”; el espejismo es un engaño, una imagen que no existe). En ese espejismo virtual viven los virtuales, rodeados de dura y cruel realidad. Sin embargo, la otra realidad, la virtual, puede ser utilizada si cada uno es consciente de estar habitándola. Así, toma su verdadero sentido la máxima mens supra materia [4]: dejando al margen sus cuerpos, acceden a la virtualidad con la mente. Allí todo es posible, ya que la única limitación es aquella que cada uno se imponga [5]. Sin embargo, el cuerpo no deja de existir, y por ello todo lo que le suceda al cerebro repercute en el cuerpo, que sufre, sangra y muere, ya que su limitación es lo real (“el cuerpo no puede vivir sin la mente”, le dice Morfeo).


El ser humano adquiere su verdadera dimensión a través de la sublimación de las pasiones: beber, fumar, degustar la comida, el sexo… estos actos, más allá de cumplir su función vital, de colmar las necesidades del cuerpo, nos humanizan, ya que los sofisticamos hasta que pierden su valor trascendente para perpetuar la existencia física y se convierten en determinantes culturales que nos enriquecen proporcionándonos placer, ya que nos hacen libres de cualquier atadura, ligazón con la mera necesidad corpórea (en un momento determinado se dice que “negar nuestros impulsos es negar lo que nos hace humanos”). Así, los tripulantes de la Nabucodonosor, más allá de la miseria física a la que están sujetos, satisfacen algunas de sus pasiones (Cifra bebe, Ratón recrea sus fantasías sexuales en sus programas informáticos, etc.). Sin embargo, estas pulsiones nos pueden llegar a esclavizar si sucumbimos a ellas: Cifra se convierte en traidor, vende a sus amigos por el engaño absoluto, por vivir perpetuamente en la trampa, sin querer conocimiento que le remita a sí mismo. “La ignorancia es la felicidad… No quiero acordarme de nada. Ser alguien importante… un actor”. En el mundo real es Cifra (Cypher, nombre que le aboca a la traición: Lu-cypher), pero en Matrix se llama… ¡Reagan! [6]

Morfeo lleva a Neo a que conozca al Oráculo. Allí deberá conocer su condición de “elegido”, pero la mujer que tiene que señalarle su futuro le manda señales indirectas: sobre el marco de la puerta se lee el aforismo latino Cemet nosce [7], frase de la que sólo Neo podrá sacar sus propias conclusiones: llegar a su destino por sí mismo, ya que nuestro comportamiento a veces descansa sobre lo que se espera de nosotros, empujándonos a ser alguien que en realidad no somos. Ser el elegido puede llegar a ser una carga muy difícil de soportar si todos esperan que nuestra conducta se corresponda con ello. Sin embargo sí que le hace saber que llegará el momento que tenga que decidir entre su propia vida y la de Morfeo, una insuperable prueba de fidelidad. Con esta información que guarda sólo para sí se enfrenta a la resolución del conflicto.


Neo salva efectivamente a Morfeo. Esta señal le hace reflexionar sobre su condición, su misión vital. Ciertamente, se empieza a conocer a sí mismo. En su lucha contra el agente Smith en la estación de metro aparece la “fe” (concepto alejado de toda connotación religiosa), que le condiciona la mente y el cuerpo. Creer es no correr, no escapar, no rendirse, no evadirse de la realidad con virtualidades, sino enfrentarse a aquello que niega la humanidad. La fe de Trinity hace resucitar a Neo con un beso (como en el cuento de “La bella durmiente”, aquí con una clara inversión de los roles sexuales: Neo ha vivido durante demasiado tiempo “castrado” socialmente, inactivo sexualmente, y ella le tiene que iniciar). El amor como sublimación humana. La mirada de Neo tras la muerte trasciende lo corpóreo, lo físico: se vuelve metafísica. En su cabeza resuenan las palabras que oyó a la niña en casa del oráculo: “la única verdad es que la cuchara no existe. No es la cuchara la que se dobla, sino tú mismo”. Se produce una evolución dentro de Matrix: el hombre domina el medio y el medio deja de dominar al hombre. Aparece el “elegido”, el “mesías” laico, el “cristo” del mundo virtual. Todos lo sabían… menos él. Por eso tiene un valor adicional, ya que ha llegado a ese estado porque de ninguna otra manera podía ser. El camino lo ha recorrido contra sí mismo, contra sus sentimientos y sus contradicciones, superando todas las fronteras que frenaron a aquellos otros que antes que él lo intentaron. Sólo lo han visto aquellos que supieron esperar, que vivieron en la esperanza de que otro mundo es posible [8].

(artículo aparecido en el nº. 126 de Versión Original —abril de 2005— dedicado a "El cuerpo")
 

[1] “Pienso, luego existo”.

[2] Esto se basa en la teoría del filósofo chino Lao-Tse sobre la convivencia del ser y el no-ser: una casa está formada por ser (paredes y techo, aquello que la hace definible e identificable) y no-ser (el espacio que contiene). Cuanto mayor sea el no-ser (este espacio interior), mayor será el ser (la casa en sí misma). Esta teoría tiene su máxima representación en el símbolo del ying-yang.

[3] Algo que nos remite irremediablemente a la obra de Philip K. Dick.

[4] “La mente domina la materia”

[5] Un concepto fundamentalmente oriental, llevado al extremo entre los practicantes del yoga o los guerreros shaolin, por ejemplo.

[6] Un toque de ironía de los hermanos Wachowski llamar al malo del grupo como uno de los más nefastos presidentes de los EE.UU. … que decía haber sido actor.

[7] “Conócete a ti mismo”.

[8] Aquí termina este análisis. Dejamos los comentarios de las siguientes partes (Matrix Reloaded y Matrix Revolutions) para los amantes de las consolas recreativas y los juegos para PC .