domingo, 19 de mayo de 2013

REBOBINE, POR FAVOR


En muchas ocasiones aquellos que nos dedicamos a esta afición de escribir nos surge la tentación de rebuscar en los diccionarios el significado y el origen de ciertas palabras, tratando de encontrar una orientación que nos indique un cierto camino. Este afán significativo y etimológico resulta en la mayoría de las ocasiones un divertido juego que nos pone en comunicación con el sentido prístino de unos términos que, por el paso del tiempo y el cambio de las mentalidades, los utilizamos hoy en día de una forma muy diferente al de su más remoto origen. Incluso, a veces, de aquel más cercano. Con el concepto que estamos manejando este mes en Versión Original, por ejemplo, me he encontrado que María Moliner otorgaba la capacidad para generar crueldad tanto al ser humano como al resto de la fauna que puebla la Naturaleza. Que me perdone la insigne lingüista, pero no estoy de acuerdo: la crueldad es un acto consciente sólo aplicable al ser humano, y si cualquier acción de los animales nos puede parecer cruel es porque sus consecuencias nos perturban la mirada a través del sufrimiento que originan. El dolor en el mundo animal es algo connatural a la vida, una regla inmutable a través de la cual los ciclos se completan para crear más ciclos en un interminable devenir vital. Y esto es así hasta que la humanidad entra en juego para mancillar el equilibrio, pues desde la irrupción del ser humano en la escena de este planeta el padecimiento adquiere una nueva dimensión: la crueldad se convierte en algo tan refinado y sofisticado como para purificar y/o entretener. Y, si no, que se lo pregunten a miuras, vitorinos y demás astados.

Otro de los conceptos con los que me he encontrado es ese sentido etimológico al que antes hacía referencia. Corominas establece el origen de la crueldad en un término como crudo, es decir, algo sangrante. Es evidente que en nuestros días para ser cruel no es necesario que la sangre aparezca en escena. Puede ayudarnos a focalizar visual y externamente la maldad a través de esta manifestación física… aunque también puede distraernos de la verdadera crueldad, aquella psicológica que más hondo cala, más profunda penetra y más tiempo tarda en cicatrizar, pues nuestro cerebro no sólo es una de nuestras vísceras más delicadas —no sólo a nivel físico, y por ello tiene que estar bajo la coraza de nuestros cráneos—, sino la única que por sí misma puede recordar, y las laceraciones que sobre ella se cometen hay veces que nunca dejan de sangrar. A este nivel simbólico, por lo tanto, la crueldad sí está ligada a la sangre, pues los recuerdos hay veces que son como heridas permanentemente abiertas y repletas de sal, supurando un dolor que incluso se perpetúa más allá del necesario olvido.


El ser humano, cuando se lo propone, puede ser de lo más jodido a la hora de maquinar cómo ejercitar sus dotes de crueldad. ¿Cómo actúan y definen hoy en día las nuevas tecnologías nuestra relación con esa parte de nosotros que convive, se retroalimenta, cultiva y necesita de la crueldad? En ocasiones oigo a expertos debatir sobre el uso de los videojuegos en este sentido: unos afirman que la violencia virtual nos permite el desfogue de cierto sadismo que mantenemos reprimido, neutralizando la necesidad que tenemos de infringir daño, mientras otros afirman que la convivencia cotidiana con experiencias extremas nos hace moderar la percepción ética que la cultura nos ha imprimido sobre la crueldad, haciendo que sus límites sean cada vez más laxos. Yo estoy más de acuerdo con estos últimos, ya que creo que el salvajismo es como una droga que, una vez consumida, nos convierte en un híbrido entre Mr. Hyde y el Superhombre de Nietzsche: dominar al Otro a través del dolor nos hace poderosos, pues el padecimiento hace débiles a los demás y nos permite un control sobre su voluntad que difícilmente se podría conseguir de otra manera. Tan terrible como cierto: el cine nos lo muestra esporádicamente —con ejemplos como Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), Hostel (Id., Eli Roth, 2005) o la saga de Saw—, pero lo que es cierto es que todos los días asistimos a algún telediario en el que tristemente un hombre a matado a su esposa tras años de fanática crueldad, en la que los celos y el concepto de propiedad privada han marcado a una mujer hasta convertirla en un guiñapo sin dignidad.

No hay duda de que las heridas abiertas por Auschwitz siguen muy presentes en nuestra sociedad [1]. Aquel lugar se convirtió en metáfora física y real, con nombre y apellidos, de la mayor crueldad ejercida por el ser humano de manera sistemática, despiadada e indiscriminada pues, como una piedra lanzada en medio de una charca, la onda expansiva recorrió rápidamente la vida de millones de personas —comunistas, socialistas, anarquistas, negros, gitanos, homosexuales…—, empezando y terminando en el pueblo judío, cordero sacrificial de esa religión pagana y esquizofrénica que fue el nacionalsocialismo.


Supongo que por nuestras raíces comunes, todos los europeos nos sentimos avergonzados y ciertamente culpables de aquello. ¿Cómo no estarlo? Bach, Goethe, Beethoven, Durero… conviviendo con el genocidio y la tortura a cielo descubierto, a la vista de todo el mundo. Durante mucho tiempo se nos trató de convencer de que el pueblo alemán no era consciente de lo que ocurría al otro lado de las alambradas, exculpándoles así de cualquier responsabilidad. Afortunadamente cada vez hay más voces que denuncian esta falacia: en el siempre infravalorado formato del comic se alzó hace poco tiempo una voz que se atrevió a contar lo que el mundo accidental consideraba como un tabú. Art Spiegelman, hijo de un superviviente de los campos de concentración, transcribió en boca de su padre la siguiente frase: «Sabíamos lo que se contaba, que nos gasearían y nos meterían en los hornos. Era 1944… Lo sabíamos todo. Y allí estábamos» [2]. Habría personas a las que el miedo les impediría reaccionar. Y no dudo de que a algunos les asaltara la impotencia de verse superados por una maquinaria creada por ellos mismos, pero con unas dimensiones tan colosales que se les había terminado por escapar de las manos. Pero no tengo ninguna duda de que otros, en máxima connivencia, asistieron congratulados al espectáculo de la desinfección. Ocultar esto tan sólo traería olvido, la peor herramienta para que algo parecido jamás vuelva a suceder [3].

El cine es uno de los peores enemigos de todos aquellos que pretenden olvidar. Que se lo digan a Fred Madison, el protagonista de Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997), con su atroz pánico a las videocámaras: a él le gustaba recordar las cosas a su manera. Y es que la memoria a veces es muy selectiva. No es algo para echar en cara, ya que es perfectamente comprensible y natural: es un sistema más de autodefensa, y aquellos recuerdos que nos resultan molestos, pues ¡zas! les transformamos en algo más digerible. A veces pienso que nuestro cerebro es como el estómago de un rumiante, pues masticamos constantemente el pasado para triturarlo hasta hacerlo irreconocible.


También algo parecido le pasa al protagonista de Caché – Escondido (Caché, Michael Haneke, 2005), quien disfruta de la típica vida del burgués acomodado parisino —lo que en sociología se conoce como bobo: el bourgeois bohemian [4]—, presentando su propio programa de televisión y casado con una mujer que triunfa en el mundo editorial, con la que tiene un hijo adolescente. Y, sin embargo, esa idílica paz se ve perturbada cuando comienza a recibir una serie de cintas de vídeo que le muestran que alguien está vigilando su casa: son imágenes de plano fijo en los que se ve el exterior de la vivienda y cómo sus inquilinos entran y salen de ella. Si bien al principio para nosotros no tienen más importancia que cualquier imagen que podemos ver a diario al pasear por la ciudad, el contexto y la angustia de los protagonistas nos las harán ver de otra forma al empatizar con sus circunstancias vitales: una imagen no es sólo una imagen, pues a la vez es su forma y su fondo, su continente y su contenido, la realidad empírica que nos muestra y las emociones que le otorgamos y que le acaban por dar significado.

Lo mismo pasa con los dibujos que acompañan a las cintas y que representan a niños sangrando por la boca y gallinas con el cuello cortado. Volvemos a la reflexión anterior para preguntarnos por su significado: ¿qué son y qué quieren decir? ¿Para quién tienen sentido? ¿Cuál es su origen? ¿Qué pretende quien las dibuja y envía? Conocer las respuestas a estas preguntas llevará al protagonista a salir de su pequeña fortaleza para enfrentarse con su pasado, para lo cual tendrá que alejarse de ese centro urbano en el que vive y trabaja para enfrentarse con unos fantasmas que habitan en los arrabales parisinos —significativamente en la Avenida Lénine— y en el medio rural —la granja familiar donde aún vive su madre—. Pero su viaje, además de físico, será también sentimentalmente doloroso, pues una serie de sueños a modo de flashes interrumpirán su tranquilidad: un niño de origen magrebí sangra por la boca y en otra ocasión le corta el cuello a un gallo, ligando de esta manera los anónimos recibidos con una infancia que le acosa hasta el tormento.


Si bien ni siquiera con los títulos de crédito finales Haneke nos llega a dar una respuesta que satisfaga nuestra curiosidad sobre la verdad de los hechos, existen varios elementos de la puesta en escena que nos hacen dudar de la  “mediática” honorabilidad de este respetado citoyen, a saber:

1. tras denunciar en una comisaría de policía la llegada de los anónimos, está a punto de provocar un accidente a subsahariano que circula en bicicleta, al que insulta y reprocha su conducta cuando el único responsable parece ser él mismo;

2. trata de ocultar la verdad por todos los medios a su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo bajo el pretexto de su propia seguridad; cuando se atreva a contar lo que sabe, lo hará en la penumbra de su dormitorio, con su mujer como único testigo;

3. culpabiliza de la extorsión a Majid, un hombre que en su niñez estuvo a punto de ser adoptado por los padres del protagonista. Y he aquí el verdadero problema, pues este hombre es el mismo niño de los sueños que sangra por la boca y cercena el cuello del animal. Su penosa historia está íntimamente unida a la de la propia Francia, cuando en los años sesenta y bajo la presidencia de De Gaulle se reprimieron con dureza las ínfulas soberanistas e independentistas de los argelinos. Los padres de Majid, trabajadores de la explotación granjera de los padres del protagonista, murieron en los incidentes de París de aquellas fechas, y el huérfano se convirtió en una molestia para un pequeño que veía peligrar su status patrimonial y sentimental, logrando a través de sus mentiras que el pequeño argelino terminara en un orfanato, viéndose así truncada una vida de integración como ciudadano de pleno derecho.

¿A quién beneficia más el posterior suicidio de Majid? Haneke juega al despiste: en el último plano de la película vemos al hijo del argelino hablando a la salida del colegio con el hijo del protagonista. No oímos lo que le dice a éste, pero no parece haber entre ellos ninguna disputa. Podríamos entonces hablar sobre el conflicto entre padres e hijos, cómo para cada generación es difícil aceptar los errores cometidos por sus progenitores y cómo en algunos casos rehuimos su presencia, corriendo lejos de ellos —como el propio hijo del protagonista, que durante una parte del metraje huye de su casa sin dar noticias durante casi un día y sin dar explicaciones por ello—. Pero sin duda quien más gana al final es el propio protagonista, pues los errores de su pasado se borran, quedando él impune —incluso siendo observado como víctima por parte del resto de la sociedad—, despejándose su futuro de aquellos obstáculos de su pasado: el camino hacia el triunfo —personal y profesional— queda así allanado.


Esta película nos habla de un tipo de crueldad que late en las alcantarillas de nuestra sociedad, de la cual tenemos una percepción ciertamente sobrevalorada: brillante, opulenta y, sobre todo, tolerante. Siempre me he preguntado por qué se reivindica un término como la tolerancia, cuando tolerar es aceptar con desdén: te permito que estés ahí, pero sin que me molestes. Siempre he encontrado mayor sentido a integrar, que tiene la cualidad objetiva y positiva para sumar. De hecho, a veces creo que esa teoría por la cual desfogamos con los videojuegos nuestra violencia, nuestra crueldad y nuestras frustraciones tiene algo de cierto. Pero, claro está, para muchos es más divertido la realidad que la virtualidad. Sólo así se explicaría por qué algunos eligen a los inmigrantes para ser crueles. Efectivamente, Auschwitz sigue vivo.


(artículo aparecido en el nº. 178 de Versión Original —enero de 2010— dedicado a "La crueldad") 


[1] «Como dice Imre Kertész, Auschwitz no es la historia del triunfo del espíritu humano sobre la barbarie, sino un tajo profundo y oxidado sobre una civilización que tras esa apocalíptica danza de la muerte que supuso el Holocausto (la Shoah en términos hebreos), agoniza en sus supuestos triunfos de progreso, disimulada bajo el desarrollo tecnológico y científico, pero con una falta de espiritualidad y sentido de la piedad humana, que llega a ser vergonzosa» (CAGIGA, Nacho: “Auschwitz, la herida que no cicatriza”, perteneciente al dossier coordinado por Israel Paredes “Europa XXI”, Miradas de Cine —www.miradas.net—, nº. 62 —mayo de 2007—).

[2] SPIEGELMAN, Art, Maus, Círculo de Lectores, Barcelona, 2007, p. 159.

[3] «Un SS, al describir con una precisión infernal un estilo de vida y (ausencia) de pensamiento, respondió a la pregunta de Primo Levi con esta frase que se ha hecho célebre: ´Hier ist kein Warum´ (Aquí no existen porqués). Al día siguiente de esta noche profunda, Adorno se preguntaba si tras la caída (vergüenza más bien) de los porqués, sólo la culpabilidad era posible. ´Recordar es un deber moral´. Sin ninguna duda. El problema, en cambio, hoy como ayer, continúa siendo: ¿cómo?» (Sánchez-Biosca, V.: "Hier ist kein Warum. A propósito de la memoria y de la imagen de los campos de la muerte", en La memoria de los campos. El cine y los campos de concentración nazis (coord.: Arturo Lozano), Banda Aparte Imágenes 4, Valencia, 1999; citado en el artículo de Nacho Cagiga).

[4] Término acuñado en el año 2000 por el periodista David Brooks en su libro Bobos in Paradise: The New Upper Class And How They Got There, y que en Francia Pierre Merle acabó de definir al referirse peyorativamente a esa clase social económicamente emergente —heredera de los yuppies de los ochenta y principios de los noventa—, que simpatizan con lo políticamente correcto dentro de la tendencia política de la izquierda ecologista, feminista y nostálgica de mayo del 68.

EL HUEVO DE LA SERPIENTE


Supongo que no seré muy original al tratar el aspecto con el que inicio este artículo y que más de uno/a de mis compañeros/as tocará el tema que viene a continuación, pero es que la presidenta de la Comunidad de Madrid nos lo ha puesto a huevo:

El pasado 15 de septiembre Esperanza Aguirre —esa superheroína que es como Supermán, pero que en vez de llevar los calzoncillos por encima de las mallas va con calcetines debajo de las sandalias— volvió a dar un golpe de efecto al anunciar que investiría a los profesores con una autoridad propia de policías y jueces [1]. En principio medidas de este tipo son tan populistas y populares que a todos nos llegan a convencer, porque son de esas propuestas que todos queremos oír, alarmados durante años de escuchar noticias que nos hacen abochornarnos de la sociedad en la que vivimos: profesores que sufren faltas de respeto, agresiones, atentados contra su persona y su patrimonio, linchamientos por parte de padres despechados —“¡ay, mi niño, con lo bueno que es en casa!”—, etc. Todo eso por no hablar del bullying que sufren aquellos niños más débiles, más “raritos”, que soportan sobre sus espaldas la lacra de llevar gafas —los “cuatro-ojos” de antaño, y que hoy somos “gafapasta”—, gustar de la lectura o practicar ballet. Y sin embargo, parafraseando a Hamlet, siempre hay algo que huele a podrido en Dinamarca, pues algunos días antes todos vimos atónitos cómo durante las fiestas de Pozuelo de Alarcón grupos de jóvenes se enfrentaban a la pasma y pretendían tomar al abordaje la comisaría del pueblo [2]. Pero a diferencia de Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, John Carpenter, 1976), donde allí los asaltantes eran delincuentes y yonquis que más parecían zombis que personas, aquí resultó que los bandarras no eran los acostumbrados okupas, punkis, perroflautas y demás tropa antisistema, sino unos pijos de tomo y lomo que bien podrían estar militando en Nuevas Generaciones. Qué curioso… y qué bien le vino al pelo —rubio y cardado hasta lo kitsch— a la presidenta de Madrid. Como si todo fuese una feliz coincidencia, oiga.

Pero a lo que vamos: en una de las múltiples tertulias sobre lo de la autoridad en las aulas alguien distinguió entre auctoritas y potestas, dos términos latinos que apuntan a lo mismo, pero con sus matices, ya que mientras con el primero se alude a la autoridad que uno se gana y que está investida de saber y valor moral, con el segundo se manifiesta aquella que se otorga y que se aplica por imposición. ¿Cuál de estas “autoridades” es la que se propone implantar en la Comunidad de Madrid? No es muy difícil de imaginar, teniendo en cuenta que esa autonomía se está convirtiendo en un auténtico estado policial. Los profesores allí se terminarán por convertir en unos agentes de la ley más, cada vez más atentos en corregir que la espalda esté bien recta y en repartir capones que en impartir conocimientos como —por poner un ejemplo “al azar”— Educación para la Ciudadanía, esa “inmoral” materia que no sólo enseña que dos personas del mismo sexo pueden llamar matrimonio a su relación [3], sino que precisamente intenta inculcar valores como la democracia, la tolerancia y el respeto, que ahora —tarde y mal— la derecha intenta imponer, prefiriendo de esta manera la obligación al diálogo y al debate. Vamos, lo de siempre.


Pero dejemos ya tranquila a Aguirre (la cólera de Dios) y vayamos al turrón. Todos tenemos en la memoria un profesor o una profesora que nos dejó tan fascinados y maravillados que, a poco que lo pensemos, sabemos que sin él o sin ella nuestra vida no hubiera sido la misma. Marcó nuestro camino vital y nos inculcó gustos y aficiones que, aún hoy, consideramos como una herencia para definirnos como individuos, llevando esa antorcha con el gozo del orgulloso discípulo. Yo, por ejemplo, dediqué mi primer —y, hasta la fecha, único— libro de relatos a aquella maestra que en la guardería me enseñó a leer el abecedario. Y a pesar de que la cita me salió toda una cursilería, no pude expresar con otras palabras todo mi agradecimiento por ella, por su paciencia y por su comprensión. Cuanto más lo pienso, más me siento como un depositario del fuego del conocimiento. Si volviera a nacer, sin duda lo que más me gustaría sería repetir ese tortuoso y fascinante itinerario que es aprender a leer y escribir. Y, sin duda, me gustaría que aquella misma mujer me volviera a desvirgar. Porque, al fin y al cabo, esa es la auténtica labor de los profesores: romper ese himen que significa la ignorancia para descubrir el placer del conocimiento… incluso a pesar de que éste sea algo tan deplorable como el fascismo.

Hace aproximadamente un año nos sorprendió el estreno de una película que trajo cola por su polémico argumento. La ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008) planteaba una pregunta muy seria: ¿es posible el fascismo hoy en día? Lo primero que tendríamos que decir es que el fascismo, como cualquier idea o ideología, es una constante universal —en su sentido más platónico— más allá de su aspecto externo, pues no es algo que se caracterice únicamente a través de ciertos símbolos o de una determinada exterioridad, sino que se forja a través de una serie de actitudes, y éstas las podemos encontrar en todas las civilizaciones que han poblado la historia de la humanidad. Incluso podríamos decir que se encuentran dentro de cada individuo, de forma más o menos latente, al lado de otras tendencias de signos opuestos, pues en la mayoría de las ocasiones que alguien se sienta identificado con una determinada idea corre por cuenta del entorno, pues aquellos valores a través de los cuales nos definimos suelen estar en consonancia con los mismos que vemos en nuestros hogares, en nuestro grupo de amigos… y sobre todo en la escuela, ya que durante la infancia y la adolescencia somos como esponjas que se impregnan del líquido con el que entran en contacto. Nunca dejaremos de ser unos seres sociales, grupales y gregarios y, como en la mayoría de los mamíferos, dependientes de un líder que marca con su actitud la tendencia general: la línea marcada por éste nos hará ser de una u otra manera. Y mucho más en una sociedad como ésta, condicionada por la pasividad y el seguidismo.


Viendo la película de Gansel me acordaba de El joven Torless (Der junge Törless, Volker Schlöndorff, 1966), donde a través de unos estudiantes de academia militar se constituían los precedentes de la Alemania nazi: la condición de jóvenes aristócratas de una parte de ellos —herederos de los antiguos junkers del siglo XIX— establecía su posición dominante sobre los que no lo eran, fundando la jerarquía que acabaría por instaurar el totalitarismo. La ola sin embargo, al retratar la sociedad de nuestros días, no sólo prescinde de aquellos jóvenes que se alejaban del resto de sus compañeros por pertenecer a una élite social repleta de privilegios, sino que nos enseña un muestrario heterogéneo de los jóvenes que hoy pueblan unas aulas con vocación igualitaria, donde no importa la extracción social a la hora de recibir aquellos conocimientos que forjen al individuo como parte de la masa. Y he aquí el gran peligro que para mí hay hoy en día en la escuela, pues a pesar de que en España existe desde la Transición una cierta disposición de atender educativamente a cada individuo según sus peculiaridades y necesidades, que esto se lleve a cabo acaba por depender de la buena voluntad del educador, pues los pocos recursos —económicos, tecnológicos y humanos—, la masificación de las aulas y la poca atención recibida por los jóvenes en sus hogares hace casi imposible que el eterno ideal fundado por Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza pueda ser llevado a cabo en algún momento de nuestro próximo futuro —de nuestro presente ya ni hablamos—.

La masa triunfa porque es cómoda. Esto no hay que dudarlo. Y el fascismo triunfa porque existe un cierto desahogo en que otro alguien piense por los demás, aplicando medidas de “cirujano de hierro” —en palabras de Joaquín Costa— que desinfecte y desparasite de forma efectiva aquellos “peligros” que amenazan los pilares reaccionarios —patria, familia, raza, orden, trabajo, etc.—. La parafernalia paramilitar de los antiguos fascistas ya no vale, espanta por sus reminiscencias aterradoras. Por ello, el profesor de la clase de La ola, en su intento por saber si el fascismo sería posible en una sociedad abierta, plural y socialmente igualitaria como la nuestra —nominalmente esto es así, aunque vivamos en la falsedad de la sociedad de las oportunidades: el capital tiende a ser endogámico—, decide un uniforme que contradice este término en la medida que es de lo más normal: camisa blanca y jeans definen exteriormente a unos individuos que, al portarlos, dejan de ser tales, asumiendo sin darse cuenta una estética, unos símbolos y unos lemas que los alejan de los demás tanto como de sí mismos. El experimento, forzado hasta el extremo, tiene en su final funestas consecuencias, pues aquel alumno que más aislado y perdido se encontraba en una sociedad que no le atendía ve la posibilidad de la tan ansiada integración en el nuevo grupo, convirtiéndose en un émulo del Recluta Patoso de La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987) para traernos un mensaje demoledoramente real: del fascismo se vuelve, de la muerte no.


Puede que hoy en día y a simple vista asimilemos el fascismo a una minoría en nuestra vigilante Europa, que legisla para procurar que los errores y los excesos del pasado no vuelvan a repetirse. Y, sin embargo, si echamos la vista atrás y tomamos como ciertas las aseveraciones de Michel Serres [4], deberíamos tomar como cierto —aunque sólo fuera por prudencia— que la amenaza nunca se evaporó. Lo peor de todo es que el fascismo ya no se limita a un grupo de cabezas rapadas que nos pueden apalear por cualquier motivo —ojalá que sólo fuera así— o a algunos políticos oportunistas —léase, de Le Pen en Francia a los difuntos Pim Fortuyn en Holanda y Jörg Haider en Austria, pasando por Juan Peligro en España— que aprovechan la psicosis colectiva sobre amenazas como la inmigración —repito: ojalá que sólo fuera así—. Hoy en día en la Italia de Berlusconi el fascismo ya es oficial, ya es institucional. Y todo exactamente igual que en la Alemania de los años treinta: a través de unas elecciones, del voto de unos ciudadanos agilipollados por el miedo. Hoy en día por las calles de las grandes ciudades transalpinas patrullan unos engendros llamados los «City Angels» —que más se parecen a los «Ángeles del Infierno»—, cuadrillas destinadas a sembrar el terror entre aquellos que ya viven acojonados: inmigrantes ilegales, homosexuales [5], militantes de izquierda, periodistas [6], etc. Con sus camisetas rojas y sus boinas azules —lejos de las que portan las patrullas de la ONU— planean como buitres por las calles de Roma, Milán, Florencia… a la caza de de todo aquello que suene a amenaza para el orden, la moral, la familia, la Iglesia, el Estado… ¿Cuáles serán sus eslóganes? ¿”Leña al moro, que es de goma”? ¿”Maricón al paredón”? ¿“Vigilamos por usted, pensamos por usted”? Se me ocurren otros cuántos que descarto por su sutilidad: ya puestos —y plenamente legalizados a través de las urnas—, ¿para qué esconderse?

El reciente estreno de la última y esperada entrega de Quentin Tarantino, Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009) nos hace reflexionar sobre la ética y los límites para combatir al fascismo. “Ojo por ojo y el mundo estará tuerto”, sentenció Gandhi. “La pluma vence a la espada”, dijo Rilke en cierta ocasión. No sé si es mejor estar tuerto que la ceguera que provoca el fascismo, pero de lo que estoy seguro es que los metales que configuran la pluma y la espada no proceden de la misma mina. ¿Puede una ideología como el fascismo atender a razones, darse por aludida en los discursos, plegarse ante la voluntad de la razón mayoritaria? El discurso planteado por Tarantino me parece de lo más pertinente —atención: empiezan los spoilers—: en la era de los misiles dirigidos por láser nos muestra a unos soldados cortando cabelleras nazis como si fueran unos pielesrojas; en la era digital, una montaña de celuloide a modo de pira funeraria genera un horno crematorio en el que la cúpula de jerarcas fascistas perecen. “Viejas armas para nuevos tiempos”, parece decirnos el genial director. El comando americano liderado por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) simula hablar italiano para acceder —¿de incógnito?— al estreno al que acude la cúpula nazi: ¿mascarada… o feliz coincidencia, aludiendo de forma inconsciente y tangencial a esa Italia de Berlusconi por donde se nos está colando la más deplorable de las ideologías que ha adoptado la humanidad a lo largo de su historia?


Presiento que hemos estado viviendo muy tranquilos durante demasiados años, creyendo que reconoceríamos el fascismo cuando se presentase ante nosotros. Creíamos poder observarle asomar la jeta a la vuelta de la esquina, pero tristemente ya está aquí. En Italia, a pesar de haber vivido esa misma pesadilla en el siglo pasado, le han vuelto a dar una nueva oportunidad. ¿Seremos nosotros capaces de reconocer al nuevo Primo de Rivera que acaudille el renovado delirio? Espero que aparezca en el panorama un personaje como el encarnado por Brad Pitt, que marque a golpe de machete una esvástica en la frente de todos aquellos que tengan la tentación de querer colarlos el huevo de la serpiente. Por si acaso todavía hay algún despistado que no sabe reconocer al fascismo cuando lo tiene delante de sus narices…


(artículo aparecido en el nº. 177 de Versión Original —diciembre de 2009— dedicado a "Profesores")


[1] “Sólo los profesores de la escuela pública tendrán rango de autoridad”, El País, 16 de septiembre de 2009.

[2] “La "falta de autoridad", germen del 'botellón'”, El País, 10 de septiembre de 2009.

[3] Curioso el debate abierto por el Partido Popular sobre la etimología: si la relación entre dos hombres no se puede llamar «matrimonio» por aludir este término a la maternidad a través de su raíz mater-, tampoco se podría llamar así a la relación entre heterosexuales que, por problemas fisiológicos, estuvieran incapacitados para tener descendencia. Más aún, y siguiendo con la misma lógica pepera, ¿una mujer estaría impedida por ello para transmitir su «patrimonio»? La respuesta puede ser afirmativa sólo en el caso de vivir en una sociedad como la franquista (génesis ideológico de la actual política conservadora y reaccionaria).

[4] «Estáis persuadidos de que hemos vivido y vivimos en la posteridad a Hitler: me parece demostrado que él ha ganado la guerra. Su propia paranoia, que no era individual, sino histórica, ha vencido a todos los Estados, ha investido su política exterior, y ello sin ninguna excepción» (Hermes III: La Traduction, Ed. Minuit). Cita recogida del artículo de Marcelo Soto “Vacas con hélices y cerdos en paracaídas: ¿qué puede hacer el calor con la idea de Estado?” (Versión Original nº. 162, julio-agosto 2008, pp. 14-17), donde se puede encontrar ampliada.

[5] “Gays italianos piden asilo en España por la "creciente homofobia" de su país”, Público, 8 de septiembre de 2009.

[6] Entrevista a Concita de Gregorio (directora de L’Unitá): "Hay un peligro de involución de la democracia en Italia", Público, 9 de septiembre de 2009.

'USA' EL TERRORISMO


Este verano, entre la gran cantidad de refritos —televisivos, por supuesto: ya me gustaría que hubiesen sido de chiringuito de playa— y reposiciones, tuve la oportunidad —miento, no me quedó más remedio: no había nada mejor en la tele a esa hora— de volver a ver la película que de la serie Expediente X hicieron en su día: The X Files, dirigida por Rob Bowman [1]. Su pareja protagonista, Mulder y Scully —morbosos y libidinosos a partes iguales en la piel de David Duchovny y Gillian Anderson—, se enfrentan en sus primeras secuencias a un acto terrorista por el cual un edificio queda casi completamente destruido. Lo más significativo es que todo era una tapadera para camuflar unos cadáveres que para el gobierno de los Estados Unidos eran un tanto incómodos. Además de que las imágenes del edificio destruido se me parecían mucho a aquellas de tres años antes ocurridas en Oklahoma City —perpetrado por el ultraderechista Timothy McVeigh, dando de esta manera un cariz ideológico muy determinado al acto de la película por su carácter evocador—, me llamó la atención lo mucho que todo se iba pareciendo a lo que los conspiranoicos —como yo, he de reconocerlo— destaparon en su día como la gran mentira de los atentados del 11 de septiembre de 2001: todo había sido allí una —otra— tapadera para enmascarar el verdadero asunto, que no era otro que hacer saltar por los aires a alguien en un despacho muy profundo del Pentágono y que —como en la película de Expediente X— también estaba siendo un grano en el culo para el gobierno federal. ¿Que en el Pentágono se estrelló un avión? ¿Y dónde están sus restos, y los cadáveres, y las imágenes de ese brutal alunizaje? Pero lo que más me sobresaltó es que la película estaba realizada tres años antes de los ataques a las Torres Gemelas: o alguien de su producción tenía una información privilegiada… o alguien en el gobierno de George W. Bush le gustó la idea, tomando muy buena nota de todo ello. ¿El arte imita a la vida? En algunos casos hay motivos más que suficientes para afirmar todo lo contrario.

No hay duda de que un tipo como Michael Moore produce resquemor a mucha gente. He de confesar que incluso a mí. Tres son los motivos: primero, que la filiación con su mensaje me distraiga de ser ecuánime a la hora de valorar correctamente su metodología, basada en la inducción —siempre me pareció más seria, correcta y honesta la deducción empleada por el cocainómano de Sherlock Holmes—; segundo, que la precipitación y la casi nula contrastación de sus argumentos —basados fundamentalmente en sospechas: a ver quién es el guapo que se mete en la boca del lobo para conseguir los documentos que demuestren lo que afirma— les puede servir a su vez a los poderosos para desacreditar su espíritu crítico y ponernos así en evidencia a todos los que opinamos/sospechamos como él; y tercero, estar escuchando lo que quiero oír, lo cual me puede hacer caer en una autocomplacencia que me impida estar permanentemente alerta, dependiendo de que otros como él me aporten unas reflexiones que yo mismo debería hacer.


Y, sin embargo, no me parece para nada desdeñable este tipo de cine. A través de la exaltación del espectáculo —¿o es que es otro su objetivo, mostrándonos un mundo que cada vez más parece un circo?— trata de ser didáctico en su discurso —algo que en Europa podemos considerar insultantemente paternalista, pero que si nos fijamos en el casi nulo espíritu crítico de la mayoría de los habitantes del panorama USA no nos tendría que extrañar tanto— para hacernos dudar de cualquier discurso oficial, dejándonos una mosca detrás de la oreja que no para de decirnos —como a Mulder— “La verdad está ahí fuera”. Y es cierto, porque solemos ver menos de lo que nos muestran, y lo que nos muestran es siempre una infinitésima y mínima parte de ese siniestro iceberg que es el poder, pues éste siempre cuenta con que la dispersión de las partes no nos permitirá tener acceso al todo —como la leyenda que se cuenta al principio de Elephant (Id., Gus Van Sant, 2003), una peli que tiene mucho que ver con Michael Moore y su Bowling for Columbine (Id., 2002), aunque en parte surgiera como contrarréplica a su discurso—. Pero con lo que no cuenta el poder es con que existan personas con la intuición tan acerada que acaben por dar sentido al caótico puzle en el que se ha convertido la realidad —cada vez más virtual, cada vez más parecida al Matrix de los Wachowsky—.

Uno de esos privilegiados es Noam Chomsky. Sus libros y su pensamiento son más influyentes de lo que a algunos les gustaría. Sus teorías sobre el mundo actual y su gestión son, más que una certeza, toda una revelación sobre cómo su país y sus sucesivos gobiernos llevan a cabo sus oscuros planes de dominación mundial, algo que todos sabemos aunque muchas veces desconociendo el cómo, hasta dónde se permiten el lujo de llegar para la consecución del poder absoluto. Y es indudable que Michael Moore es uno de sus más destacados pupilos, pues ya en la mencionada Bowling for Columbine nos advertía sobre la psicosis que en los Estados Unidos crean los medios de comunicación a través de sus informativos, forjando una alerta social generalizada que permita el control indefinido sobre una población que se siente permanentemente atemorizada. Estamos, pues, ante una política de terror institucionalizada: es el terrorismo de Estado contra sus propios ciudadanos. Es la instauración del miedo al vecino, a lo desconocido, a lo extraño, a lo que es diferente… al extranjero. En definitiva, el Walt Kowalsky de la primera parte de Gran Torino (Id., Clint Eastwood, 2009) en su máxima expresión de wasp amenazado en su propio territorio.


Pero lo más inquietante de todo ello no sería la certidumbre de que hay unos tipos sentados en sus despachos y que, como el Dr. Maligno de la saga de Austin Powers, quieren dominar el mundo. Eso me parece previsible, bastante normal, porque el poder nunca se sacia y su naturaleza es la de aglutinar en torno a sí la mayor cantidad de control posible. Lo que me aterra es pensar que —efectivamente y como explicó el propio Moore en su siguiente cinta, Fahrenheit 9/11 (Id., 2004)— el mundo en el que vivimos —y que llamamos de forma equivocada “realidad”— esté siendo configurado en torno al concepto del enemigo, y que este enemigo no sea ya una creación artificial para justificar presupuestos militares y armamentísticos en materia de defensa o para alegar invasiones que generan cientos de miles de muertos —forma estadísticamente neutra de contabilizar vidas humanas perdidas, que ya de por sí es bastante siniestro—, sino que el sistema de propaganda y (des)información nos haga caer en una paranoica espiral en la que creamos que son prescindibles aquellos valores y elementos que configuran la —ya de por sí deficiente— democracia de la que disfrutamos, vitoreando su desaparición para conseguir la tan ansiada seguridad, sin caer en la cuenta de que mañana nosotros mismos podemos ser el enemigo de los que velan por nuestros intereses.

Lo último que nos ha llegado de Michael Moore es Sycko (Id., 2007), donde habla del tremendo problema sanitario en los Estados Unidos, comparándolo con otras partes del mundo. Sin embargo, hay algo en su cinta que nos concierne a todos: el gran poder de la industria farmacéutica y sus monopolios. Y en estos meses que estamos viviendo —y que nos quedan por vivir— en compañía de la Gripe A —que se va a convertir en las fechas navideñas en uno más de la familia, jodiéndonos la cena de fin de año, como si no tuviéramos suficiente con atragantarnos con las putas uvas— hay motivos suficientes para sospechar que, como siempre, nos la han vuelto a colar —mira tú que no aprendemos—.


El pasado 1 de septiembre Iñaki Gabilondo, a su vuelta de las vacaciones, remataba su informativo con este mismo y triste presagio. Seguramente a él también le llegaría la noticia de que circulaba por la red un maravilloso cortometraje documental titulado Operación Pandemia (Id., Julián Alterini, 2009) [2], en el que se nos aportan datos suficientes para tomar el tinglado sobre la influencia porcina como un camelo más para acojonarnos. Pero lo más demoledor del documento se recogía en la parte en la que se habla sobre los efectos secundarios del medicamento con el que nos quieren hacer combatir a esta gripe [3]: entre ellos está la paranoia. Qué curioso: si no entras por el aro de la influencia de los informativos alarmistas, te la inoculo por vía oral. Y nuestros gobiernos, como bobos, colaborando con ello en vez de informarnos que este virus no es más dañino que la gripe convencional de cada invierno —que, por cierto, mata cada año de forma natural a miles de personas sin que esto ocupe las portadas de ningún medio de comunicación—.

Al escribir este artículo tuve una duda —que fue más una corazonada—: ¿cuántas entradas encontraría en la IMDB con la palabra «virus»? Sorprendentemente encontré que en la última década y media se han producido dos series de televisión, diez cortometrajes y un largometraje —Virus (Id., John Bruno, 1999)— con ese título. Entonces empecé a hacer memoria: Congo (Id., Frank Marshall, 1995), 28 días después… (28 Days Later..., Danny Boyle, 2002), 28 semanas después (28 Weeks Later, Juan Carlos Fresnadillo, 2007), Planet Terror (Id., Robert Rodriguez, 2007), [Rec], (Id., Jaume Balagueró, y Paco Plaza, 2007), Soy leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007)… son sólo algunos ejemplos de los que más han trascendido, de los que más han llamado la atención del público. A pesar de que muchas de estas películas beben directamente de ese maravilloso género de zombis —inaugurado, ampliado y nunca concluido por George A. Romero a partir de finales de los sesenta [4]—, se nota que, cuanto más nos acercamos a nuestro presente, mayor es la psicosis con respecto a un contagio producido por el contacto directo con otras personas: la presencia en nuestro mundo de la temible —entonces— gripe aviar no pasó desapercibida para el mundo del cine, pues sólo hay que ver la gran cantidad de films producidos en el año 2007 con este tema como eje central. ¿Triste reflejo… o dócil colaboración con la locura generalizada?


Se nos está inoculando un virus que no es real, que pasa por la fase previa del miedo —a lo extraño, a lo diferente… al otro— a través de lo intangible de un enemigo invisible e inaprensible, que se filtra entre nosotros como una fantasmagoría. Nuestra sociedad está involucionando, y cada vez nos parecemos más a aquel mundo medieval lleno de superstición que creía en un terrorífico final en esa bisagra psicológica que fue el año mil. Tan sólo hay que recordar la alarma generalizada a finales de la década/siglo pasado, cuando se nos advertía que nuestros ordenadores se colapsarían al no reconocer el «doble cero» como una fecha posterior al «doble nueve», creyendo nuestras computadoras que habíamos viajado en el tiempo al 1900. El mundo estuvo a punto de ser un enorme rancho de Waco, donde la inmolación fuera contemplada como el menor de los males. Hubo un tipo en Japón que gaseó el metro con un virus mortal en plena hora punta. Y el amianto desprendido por las Torres Gemelas al derrumbarse ya ha causado más víctimas de las que hubo ese fatídico martes 11 de septiembre de 2001. ¿Estamos siendo el blanco de una política de distracción, donde por comparación las intervenciones militares nos son vendidas como el antídoto preventivo que nos inmunice contra esa enfermedad llamada «terrorismo internacional», cuando en realidad estamos siendo dirigidos por un poder que, por su metodología, ya es de por sí la mayor amenaza terrorista?

“¿Tan difícil es entender qué se esconde detrás de la influencia porcina? Actuemos activamente, pero nunca perdamos la cordura. No entremos en un estado de paranoia ofuscador y sofocador. Cuidémonos a nosotros y cuidemos a nuestras familias. Tengamos en cuenta las medidas de prevención, pero también tengamos en claro que la fórmula, en algún momento, va a tener que cambiar, porque están jugando con nosotros, están negociando con su salud y con la salud de sus hijos”. Éstas son las palabras con las que Julián Alterini remata su intenso cortometraje de investigación. Puede que cuando se publique este artículo —dos meses después de haber sido escrito— la pandemia nos haya mandado a todos al garete… y también puede que no haya pasado nada. Siempre me ha parecido imprudente ejercer de adivino, pero me temo que esto último es lo que pasará. Puede que los gobiernos se apunten un exitoso tanto, vendiendo sus políticas preventivas como un triunfo de gestión a favor de los ciudadanos. Pero ya se nos habrá administrado la verdadera medicina que les interesa, aquella que les permita actuar cada vez con mayor impunidad ante unas amenazas con las que se están forrando. Ante un negocio así, ¿quién puede resistirse a acabar con él? La instauración generalizada del terror siempre fue muy lucrativa. Y, si no, que se lo pregunten a los inquilinos del Vaticano: el miedo, la paranoia y la superstición nunca les han fallado.

(artículo aparecido en el nº. 176 de Versión Original —noviembre de 2009— dedicado a "Terrorismo")


[1] Aunque su verdadero creador es, sin duda, el gran Chris Carter, lo cual demuestra hasta qué punto nombrar hoy en día al director como artífice del invento no deja de ser algo bastante obsoleto… en algunos casos.

[2] Disponible en http://www.youtube.com/watch?v=gKwk8Kq8QXA.

[3] El famoso Tamiflú, producido por los laboratorios Gilead Sciencies, de la cual fue presidente de su directorio Donald Rumsfeld antes de ser nombrado Secretario de Defensa por George W. Bush: el mundo es un pañuelo —lleno de mocos, que diría alguien—.

[4] Donde esos seres a medio camino entre la vida y la muerte eran en su origen una genial metáfora que señalaba tanto a los cientos de miles de damnificados por la reconversión industrial americana como a los miles de soldados que volvían a casa metidos en cajas de madera desde la lejana Vietnam.